Una peruana combate el COVID- 19 en el epicentro de la pandemia. Hace 35 años, Carmen Azurín Ballón, la quinta de ocho hermanos, se cansó de buscar trabajo como microbióloga en Lima y partió hacia Nueva York para poder ayudar a su madre con la educación de los menores en la familia. Tras volverse patóloga molecular para enfrentar al VIH y la Hepatitis C, hoy, la jefa de servicios de laboratorios clínicos de uno de los hospitales más grandes de “la ciudad que nunca duerme”, se encuentra enfocada en dar lo mejor de sí para volver a despertar a la metrópolis tras el somnífero que le ha dado el coronavirus.

“No todo ha sido maravillas, he sufrido mucho, pero Él me saca unas sorpresas que yo misma me asusto”, confiesa Carmen para explicar porqué se encuentra entregada completamente a Dios. La seguridad de su voz a través del celular lo demuestra: está totalmente convencida de que su éxito profesional ha sido gracias a la ayuda divina. Si no, ¿cómo explicar que una abanquina que estudió en la Universidad de Puno y dejó el Perú en 1985 para llevar un curso intensivo de inglés, el cual abandonó al mes, logró sobrevivir en La Gran Manzana? Hoy, ella ha dirigido los laboratorios de dos locales del New York Presbyterian, una de las cadenas de hospitales más grandes de Estados Unidos.

– ¿Cómo han cambiado tus tareas en el trabajo con la llegada del COVID-19?

– Hace dos semanas comencé a capacitar a mi personal para que puedan realizar la prueba molecular. Esto ha sido algo nuevo para todos porque nunca había pasado algo así antes. Por eso, hemos tenido que aprender rápido para ayudar en los diagnósticos.

– ¿Fue sencilla esa labor de capacitación?

– Muy agotadora. Me quedé a dormir todos los días en el hospital. Normalmente trabajo 10 horas, pero esa semana no tenía horario fijo. Recién ahora estoy volviendo a mi rutina normal. No había material para hacer la prueba antes. Si hubiésemos estado preparados, podríamos haberlo hecho hace un mes.

– ¿A cuántos trabajadores diriges entre todos los laboratorios que están a tu cargo?

– Ahora en el local que queda en Westchester, afuera de la ciudad, soy jefa de 69 trabajadores repartidos entre todos tipos de laboratorios que hay. Entre ellos está el área de hematología, microbiología y anatomía patológica. Antes, en el local que queda en el Bajo Manhattan sólo tenía 51 personas. Por eso, ahora tengo mayor responsabilidad, aunque con mucha más experiencia. En mis inicios como voluntaria en el Montefiore Medical Center, roté por todos los departamentos aprendiendo de cada área, así que no es algo nuevo para mí.

– ¿Cuántas pruebas moleculares han realizado en tu hospital hasta ahora?

– Esta semana hemos realizado 220 pruebas, de las cuales 79 fueron positivas. Antes de eso, teníamos cientos de cientos. Yo ya no contaba porque era demasiado y casi todos eran positivos.

– A todo esto, ¿en qué consiste la prueba molecular?

– Para eso utilizamos la misma máquina que analiza los casos de influenza. Lo primero que se hace es recolectar la muestra con un hisopo de la parte más profunda de la nariz, cerca a la faringe. Después, se coloca el virus en una solución para que no muera. Luego, un tecnólogo agrega reactivos en la máquina molecular para identificar el organismo. A la par, se coloca la muestra del paciente dentro del aparato. Así empieza el procedimiento. Primero, se extrae el ácido ribonucleico (ARN) para purificarlo, después la máquina aplica los reactivos en la muestra para buscar al virus. La evaluación dura 51 minutos y sale el resultado: positivo o negativo. Todo el proceso se lleva a cabo dentro de la máquina y no hay mayor manipulación que introducir la muestra.

 

Los héroes de la pandemia también sienten

“Siento como si tuviera 800 años de cansancio”, así describe Carmen cómo se siente darle batalla al coronavirus. Junto a su personal médico, no han parado de trabajar ni siquiera durante los fines de semana, donde realizan videoconferencias para ponerse al tanto de los pacientes que no dejan de llegar al hospital. Como humana que es, su voz refleja el pánico que sentía cuando tenía que hacer las pruebas de descarte al comienzo.

– ¿Hubo miedo dentro del personal para empezar a realizar las pruebas de descarte?

– Mucho. Cuando el coronavirus llegó a Nueva York, nosotros sólo enviábamos las muestras a los locales principales del New York Presbyterian en Cornell y Columbia. Cuando les comuniqué a mis trabajadores que íbamos a empezar a hacer las pruebas en Westchester se querían morir.

– Y tú, ¿no tenías temor?

– No te voy a negar que sí, pero tenía que ser fuerte por mi staff. Tenía que darles seguridad y lograr que se les quite el pánico. Hice las pruebas yo misma al comienzo para que vean que era seguro para ellos. Darles esa noticia como jefa de ellos fue lo más terrible para mí.

FOTO: Archivo personal. Carmen colocando los reactivos en la muestra de un paciente.

– ¿Lograste darles esa confianza?

–Lo hice aprendiendo más de lo que estaba pasando, basándome solamente en la información oficial. Como ellos viven en diferentes partes de la ciudad escuchan de todo. El miedo ha sido obvio y esperado como seres humanos. Los suelo llamar para preguntarles cómo les va en sus turnos, especialmente de noche, cuando llega más gente. Ahora, han entendido que con su contribución están haciendo que los pacientes se puedan ir a sus casas más rápido o que se queden para recibir la ayuda necesaria. Están satisfechos.

– ¿Qué medidas se están tomando para proteger al personal médico?

– Tengo la suerte de trabajar en un hospital que económicamente se encuentra bien. Nos han dado mascarillas y otras medidas de protección. La directora del hospital nos protege mucho, en especial a los que sabe que nos trasladamos en el metro. Pero hay muchos aquí que no tienen esa posibilidad, al punto que han estado usando bolsas de plástico para protegerse la cara o les dan una sola máscara para atender diferentes pacientes. Eso es triste, así se han contaminado, han muerto enfermeros, han muerto dos médicos. Hemos perdido muchas vidas.

– ¿Has observado desesperación y pánico en la gente que asiste a tu hospital?

– Hay mucha gente que ha venido por miedo. Sienten una pequeña fiebrecita, un resfrío menor y piensan que tienen el COVID-19. Para esas personas, el hospital ha aprovechado el campo que tenemos por estar fuera de la ciudad para levantar toldos. Ahí pueden esperar los resultados de sus pruebas. Gracias a Dios no los hemos tenido que utilizar porque los casos han empezado a bajar, al menos en mi hospital.

 

Nueva York, abandonada a su suerte

Según cifras de la Universidad Johns Hopkins, Estados Unidos es, por lejos, el país con mayor cantidad de infectados por coronavirus en el mundo con más de un millón de casos confirmados hasta el cierre de esta entrevista. Por su parte, Nueva York ha sido golpeada por la pandemia con 17.682 muertes. De esta forma, el coronavirus ya ha matado más gente que la tragedia del 11 de septiembre del 2001 que se queda corta, con 2977 fallecidos. Para Carmen, las razones de esto van más allá de la geografía de la ciudad.

Embed from Getty Images

– ¿Por qué crees que Nueva York se volvió el epicentro de la pandemia en Estados Unidos? 

– Acá estamos sobrepoblados y somos de todas las partes del mundo. La mayoría somos inmigrantes. Esa es la razón. Esto no lo trajo un chino, tal vez fue un americano que se fue por allá a pasear. Esto nada tiene que ver con China. Aparte, los latinos como nosotros viven en espacios reducidos, comparten espacio para pagar una renta menor y sobrevivir. Eso también los expone.

– ¿Y qué opinas de la postura de Trump frente a la pandemia? ¿Te sientes respaldada por él como personal médico?

– No. Lo primero que hace es pelearse con el gobernador. Al comienzo, decía que era un chiste de los demócratas. Hasta el día de hoy, él niega todo. Es para darle un puñete a ese viejo. Es un hombre demasiado materialista. Subestimó la amenaza. Llevo 35 años aquí y nunca había visto que gente coma de la basura. Hoy día, de regreso a casa, vi cinco personas haciéndolo. Una señora mayor, con todo lo que pasa y el virus rondando, buscaba qué comer ahí. Él dice que todo está bien, que la economía se recuperará sola. Yo personalmente lo veo todo peor, eso no se veía aquí antes.

– Me imagino entonces que apoyas al gobernador Andrew Cuomo.

– Todos lo apoyamos. Nos gusta que sea firme en sus decisiones y cómo se enfrenta a Trump. Hace unas semanas le pidió más ventiladores para atender a los pacientes. Se negó. Le dijo “ya le di 1000 ventiladores y ahora, ¿quiere más? Tiene que ponerse a trabajar”. Trump lo ataca personalmente, pero nosotros vemos su trabajo. Cuomo sabe todo lo que está pasando en Nueva York, eso te dice todo.

– ¿Crees que el peor momento de esta lucha ya pasó?

– No. ¿Sabes cuándo debemos tener más cuidado? Cuando el número de casos empiece a bajar y creamos que el coronavirus ya se está yendo. ¿Tú sabes cuántos turistas en el mundo deben estar esperando para venir a Nueva York? Ahí es donde tenemos que estar más alertas, porque sino esto va a regresar peor de lo que vino.

– Y una vez que esto pase, ¿cómo crees que cambiará una ciudad tan grande como Nueva York?

– Principalmente, en el aseo. Ahora uno piensa en todo, diciendo: “me da miedo coger esto y lo otro”. La vida tiene que cambiar. Yo creo que esto es un llamado de Dios para que nos moderemos. El hombre empezó a andar como un animal descarrilado, todo por la ambición material. Ojalá que esto nos sirva para ser más humildes y estar más unidos como sociedad.

FOTO: Archivo personal. Carmen junto a la máquina en la que realiza las pruebas moleculares del COVID-19.

Escucha a Carmen AzurÍn en este episodio del podcast Voces desde el encierro.