Foto: Adrián Calle.

Romper con la dicotomía, el mundo no es binario: Más allá de ser hombre o mujer

Bueno o malo, rosado o azul, hombre o mujer y en algunas ocasiones ninguno de los dos. La sociedad suele asumir al espectro del género como uno binario, pero existen los disidentes, aquellas personas que cuestionan y rompen con lo dicotómico, que se van en contra del statu quo. Las personas trans no binarias son rechazadas, maltratadas y discriminadas en muchos ámbitos de la sociedad, ya sea el escolar, académico o incluso familiar. Dos jóvenes, Mía y Madison, comparten sus experiencias como rebeldes desde un lugar seguro: sus habitaciones.

Por Steffano Trinidad

Desde pequeñe

El reloj marca la 1:00 p.m. aquí, pero donde elle se encuentra, el tiempo cuenta con una hora extra. Mía tiene el cabello corto, una apariencia andrógina y luce nerviosa. Se muerde las uñas y comenta: “Mis pronombres son elle, ella, él; en ese orden de preferencia”. Mía Carbajal es una persona de género no binario de 19 años que actualmente se encuentra en el estado de Maryland, Estados Unidos, con el fin de perseguir sus sueños de convertirse en unx músicx reconocidx.

Cuando era pequeña desafió lo socialmente establecido: el género. Rememora con un sentimiento agridulce el Halloween del 2005. Tenía 4 años y se había disfrazado de Jack Sparrow, el famoso pirata de Disney, pues era su personaje favorito.

Aquel 31 de octubre, Mía le había pedido a su padre que le pinte una barba con maquillaje para asemejarse más a su héroe de las películas. Elle estaba alegre, pero al llegar a la fiesta todo cambió. Nunca olvidará aquellas miradas como puñaladas que la juzgaban —madres, padres e infantes por igual—. Sintió que no encajaba.

“Por más de que he nacido con un cuerpo femenino y se supone que debo actuar de esa manera, siempre me he sentido atraída hacia figuras masculinas”, señala Qarmia, el seudónimo que emplea a modo de nombre artístico.

Hace dos años Mía publicó en Facebook la foto de niña en que sale disfrazada de Jack Sparrow. “No hay que romantizar el pasado, pero soy una romántica empedernida y en estos momentos solo quiero deconstruir el tiempo, destruir la realidad, construir el mar y navegar hasta las nubes”, explica. Foto: Facebook Cheryl Mía Carbajal Valdivia.

Tenía apenas trece años cuando decidió confesarle a su padre que le gustaban las mujeres. Todo resultó bien: él siempre la había apoyado. Recuerda que jugaba con dinosaurios y sentía un gran rechazo hacia las muñecas de cabello rubio, conocidas mundialmente como Barbie.

Pero no todo en la vida puede ser color de rosa. Un año después de la confesión que le hizo a su padre, exactamente en 2015, unos brabucones le buscaron a la salida del colegio y le empujaron hacia el Río Huatanay, en Cuzco. El impacto de su cabeza contra una roca que se encontraba en aquel riachuelo le causó un corte que tuvo que ser atendido con rapidez. La cicatriz que dejó aquel incidente le sirve como eterno recordatorio de lo violento que es incumplir con lo que la sociedad espera de uno.

A su primer amor la conoció a los 16 años, se llamaba Fernanda. “En comparación con la salida del clóset ante mi padre, mi madre se fue al otro extremo, reaccionó fatal”, relata Mía. Se había quedado dormida antes de la cita que tenía con su enamorada. De pronto, su madre entró a su cuarto y, husmeando en las notificaciones del celular de su hija, algo le llamó profundamente la atención: mensajes amorosos con una mujer.

De los ojos de Qarmia brotan lágrimas a borbotones, como aquel día en que le empujaron al río. Los insultos de su madre dejaron una huella imborrable en su memoria. “Me dijo que era una despechada y que solo estaba con una mujer para llamar la atención de los hombres”, cuenta. Si las palabras fueran cuchillos, Mía hubiese muerto desangrada aquel fatídico día en que su madre se enteró de que era lesbiana.

Como un ave que alza el vuelo cuando siente el peligro, Mía se fue a vivir a los Estados Unidos en agosto de este año. Destaca que la experiencia de ser una persona no binaria en Perú es distinta que en el país norteamericano. Allá existen baños neutros; es decir, que los puede usar cualquier persona independientemente de su sexo o identidad de género.

La apasionada de la música Mía portando su guitarra de rock. Foto: Facebook Cheryl Mía Carbajal Valdivia.

Pero esa felicidad se ve turbada cuando recuerda el riesgo de ser una persona trans. “Nunca podremos vivir tranquiles cuando hay personas que se creen los reyes de la moral como para decir qué es lo que puede y no hacer una persona solo porque tiene pene o vulva”.

Destruir para construir

Es difícil evitar lo que los seres humanos solemos hacer a cada instante: etiquetar. Cabello largo o quizá corto —eso dependerá de cómo le veas—, rostro largo y pálido con unos pómulos que se vuelven los centros de atención apenas le ves, y una mirada serena. Su nombre es Madison Guadalupe, tiene 22 años de edad y una apariencia andrógina, y estudia Historia en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

No siempre fue Madison. Antes de los hermosos y largos vestidos que suele usar en la comodidad de su hogar estaban los pantalones sueltos y la ropa “masculina”.

Un pequeño rastro de polvo que se dispersa en el aire y se desvanece, así recuerda a Sebastián, su antiguo yo. “Es que nunca me gustó ese nombre, nunca lo hice mío porque nunca lo fue”, comenta Madison.

Pero el origen de su nueva identidad se remonta a agosto de 2017. Tenía 18 años cuando, según sus propias palabras, le entraron unas impetuosas ganas de probarse un vestido.

La artista @singajelly realizó un dibujo de Madison, quien agregó la bandera del género no binario como fondo. Foto: @madison.y.la.nueva.crema.

Y tal como en los cuentos de fantasía, un hada madrina escuchó sus plegarias. Aquella fue su madre, quien le dio uno de sus vestidos para que se lo pruebe. “Yo pensaba que me identificaba como hombre y que mi expresión de género era andrógina, pero con el paso del tiempo me fui dando cuenta de que la etiqueta de hombre no iba conmigo”.

La identidad no es una sin un nombre y Madison aún no encontraba el adecuado para elle. Hasta que en enero de 2019 conoce a una chica cuyo nombre es el que ahora posee. Ella fue su musa.

La vida es como una jungla que está llena de depredadores, pero no sobrevive el más fuerte, sino el que sabe camuflarse. Eso Madison lo sabe bastante bien. “Tengo miedo de salir a la calle en vestido y que me maten, por eso no puedo ser Madison todo el tiempo, al menos no presencialmente”, señala.

Madison es una disidente. No encaja en la categoría de hombre, pero tampoco en la de mujer. De hecho, no se identifica con ninguna. Por ello su identidad de género es no binaria. Aquellos que no cumplen con los roles sociales son vistos como amenazas al status quo y deben ser eliminados, por lo que Madison solo cobra vida en las cuatro paredes de su hogar y en el ciberespacio.

No hay mal que por bien no venga. La pandemia y la virtualidad le otorgaron a Madison la capacidad de abrazar su identidad a cada instante. Gracias a las redes sociales, no necesita fingir ser alguien que no es. Puede mostrarse en vestido, maquillaje y decir que es una persona trans sin el temor de que alguien le discrimine, o peor aún, le asesine.

Madison levantando una pancarta en la que envía un mensaje de afirmación de su identidad y de invitación a los demás a, por lo menos, intentar aceptarla. Foto: @madison.y.la.nueva.crema.

El disfraz casi perfecto

“He evadido la discriminación a costa de mi propia satisfacción”, afirma Madison. El salir a la calle le hace infeliz, triste, aterrada. No viste los bellos vestidos que están ocultos en el clóset, aquel que es un calabozo para las personas LGBT+. Evita las miradas, esas que murmuran, aquellas que marginan y juzgan.

Pero no solo lo experimenta Madison, también le sucede a Mía y a otras miles de personas trans no binarias que buscan encajar en una sociedad dicotómica, en la cual solo existen extremos: o eres hombre o eres mujer.

Muchos juran defender la libertad, pero no la aplican para todas las personas: solo para aquellas que cumplen con lo que se les impone. Falsa libertad, hipócrita.

Madison evita ser asesinada en la calle vistiendo prendas no tan femeninas, pero tampoco tan masculinas para no sentirse incómoda. Mía tiene el cabello corto, pero usa prendas que socialmente se le asocia a las mujeres. Es decir, pasan desapercibidos en la calle, aquella cárcel que no parece serlo. Ese es su disfraz casi perfecto.