Foto: Archivo personal.

Las chicas de “El Búnker”: un lugar de ejercicio y hermandad en San Juan de Lurigancho

El cierre total de los centros de entrenamiento debido al Covid-19 fue un golpe duro para aquellas personas que acudían a esos sitios para ejercitarse. Es así que se abrieron nuevos espacios deportivos que ofrecían un servicio más personalizado. En esta nota, Adriana Solórzano, fundadora del gimnasio “El Búnker”, junto a tres de sus alumnas, relatan cómo este lugar no solo las ayudó a ponerse en forma, también a formar fuertes lazos de amistad.

Cada miércoles y viernes, Alejandrina Bravo (60) se levanta a las 6:30 de la mañana y empieza a alistarse para ir al gimnasio. Sus clases empiezan a las siete, así que se apura en colocar su botella de agua, toalla, ropa de cambio y una fruta en su maletín deportivo. Mientras le pide al chofer del mototaxi que la lleve al Jirón Servales, donde está ubicado el gimnasio, ella sabe que debe llegar lo más temprano posible para tener un buen sitio para sus clases. Una vez que llega a “El Búnker”, Alejandrina empieza con la rutina del día.

Después de dos horas de ejercicio, termina su sesión y se reúne con sus amigas para conversar un rato y terminar de acordar los planes para la reunión del amigo secreto del próximo sábado por la noche. La compañía de todas las chicas del gimnasio junto al entrenamiento realizado resulta reconfortante. Luego de más de veinte meses desde el inicio de pandemia, “El Búnker” se siente como un segundo hogar, un lugar seguro donde todas ellas pueden refugiarse en tiempos adversos.

Las alumnas del “El Búnker” luego de terminar una sesión de entrenamiento. Foto: Archivo personal.

El cierre de los gimnasios

Ante el inicio de la emergencia sanitaria y el eventual cierre de los centros deportivos, muchas personas que atendían en los gimnasios enfrentaron un periodo de incertidumbre en que sentían que ese lugar de unión les había sido arrebatado. “Lo que más me gustaba del gimnasio era la alegría que compartía con mis compañeras. Cuando empezó la pandemia, se nos cayó el mundo. Pensábamos que íbamos a engordar e íbamos a perder todo el progreso que habíamos hecho”, recuerda Lissette Valderrama (39), alumna de “El Búnker” desde el año pasado.

Esta situación no solo afectó a los alumnos, también generó desconcierto en los entrenadores. “He sido profesora de gimnasio por 13 años y siempre me gustó ayudar a mis alumnas física y mentalmente. Al inicio de la pandemia, yo lo tomé como un pequeño descanso que necesitaba, pero a medida que aplazaban la cuarentena, entré en un cuadro de estrés porque no podía ejercitarme ni ver a las chicas. Sentía que algo me faltaba”, comenta Adriana Solórzano, profesora fundadora de “El Búnker”.

El entrenamiento virtual

Ante la imposibilidad de realizar actividades presenciales, Adriana empezó a idear nuevas maneras de realizar clases de ejercicio a distancia. “Las chicas me llamaban y me decían que estaban desesperadas por entrenar. Así que me preparé y desocupé mi sala para iniciar con las transmisiones en vivo y encontrarme con las chicas vía pantalla”, menciona la entrenadora. De esa forma, comenzó a dictar clases privadas a través de Zoom y en Facebook Live.

En este nuevo escenario, las alumnas tuvieron que adaptarse a la virtualidad. Evidentemente no fue un proceso fácil debido a que las plataformas digitales eran algo nuevo para todas ellas. “No era lo mismo porque, en muchas ocasiones, no sabías si estabas haciendo los ejercicios de la manera correcta”, señala Lissette sobre sus primeros días en la virtualidad. Asimismo, la entrenadora también se enfrentó a algunas dificultades en la enseñanza. “Al inicio me chocó bastante porque pensaba que estaba hablando yo sola como loca. A veces me desesperaba y quería gritarles que no lo estaban haciendo bien. Terminaba afónica y muy cansada”, expresa.

Sin embargo, a pesar las dificultades, el ejercicio remoto les brindaba a las alumnas cierto alivio dentro de la convulsionada coyuntura. “El ejercicio me ayudó por la distracción que me daba. En la casa estábamos prácticamente encerrados todo el día. Con el entrenamiento botaba toxinas y me sentía más relajada”, menciona Lissette. “Me estaba traumando con todas las noticias que salían, pero al momento en el que empezaba a ejercitarme me olvidaba de todo y me sentía muy bien”, añade Alejandrina.

Durante los primeros cuatro meses de la pandemia, Adriana realizaba clases de entrenamiento virtuales a través de Zoom y Facebook Live. Foto: Captura Facebook de Adriana Solórzano.

La virtualidad también facilitó que muchas personas empezaran a entrenar por primera vez al estar en casa todo el día. Tal es el caso de América Velásquez, madre de Lissette, quien empezó a entrenar con las transmisiones en vivo. “Para mí es algo nuevo ya que nunca pensé entrar en esto. Justamente por el encierro de la pandemia, mi hija me trajo aquí. Me sirvió mucho porque mi cuerpo me lo estaba pidiendo. Ya cuando terminaban las clases, yo continuaba con el ejercicio por mi cuenta”, comenta.

El inicio “El Búnker”

A medida que las restricciones sanitarias iban levantándose gradualmente, Solorzano empezó a encontrar maneras para ofrecer un servicio presencial. La entrenadora comenta que, incluso antes de la pandemia, estaba planeando abrir un espacio propio en el que se podría dictar clases personalizadas ya que, hasta el momento, ella dictaba clases en otro gimnasio donde había conocido a todas sus alumnas. “Este lugar estaba proyectado de acá a cinco años, pero adelanté todos los planes porque veía que mis chicas estaban estresadas y deprimidas. Debía tener un lugar donde ellas viniesen a desfogarse y recuperar lo perdido”, indica la profesora. De esa manera, luego de meses en la virtualidad, en julio del año pasado, Adriana Solórzano empezó a dar clases presenciales personalizadas en “El Búnker”.

El anuncio de la presencialidad fue una gran alegría para las alumnas. Poder entrenar junto a las amigas de siempre fue una noticia que provocó mucho entusiasmo. “Empecé a saltar porque iba a volver a encontrarme con mis amigas. Recibí la noticia con mucha alegría porque iba a entrenar de forma presencial junto a la profesora y mis compañeras nuevamente”, recuerda Alejandrina. Asimismo, algunas alumnas preferían este tipo de espacios más privados. “Yo prefiero entrenar mil veces aquí que en un gimnasio porque es más reducido. En los gimnasios hay mucha gente o a veces las máquinas están ocupadas. Aquí todo es más personalizado”, añade Lissette.

De la misma manera, el inicio de las sesiones presenciales fue una gran sorpresa para aquellas personas que habían empezado a entrenar en la virtualidad. “Cuando vi todas las máquinas por primera vez, pensé: ‘Wow, esto es un monstruo para mí’. Pero, poco a poco, he ido agarrando la técnica y me he acostumbrado”, dice América sobre su primera experiencia y progreso en las clases presenciales en “El Búnker”.

Más allá del ejercicio

Si bien muchas personas acuden a los gimnasios con el objetivo principal de ejercitarse y ponerse en forma, en el caso de “El Búnker”, las alumnas no solo buscan un fortalecimiento físico, sino mental. En muchas ocasiones, este no solo es un lugar para entrenar, sino que es un espacio que les permite lidiar con el estrés del día a día de forma saludable. “Desde que empecé aquí, mi forma de ser y de ver la vida es diferente. ¿De qué vale preocuparme si al final no voy a solucionar nada así? Además, como elimino todo con el ejercicio, voy descargada a casa y sin la misma preocupación de antes”, señala Lissette.

Las alumnas de “El Búnker” formaron lazos de compañerismo y amistad en este lugar. Si bien algunas de ellas ya se conocían antes de la pandemia, debido a que ese nuevo espacio era más privado y cercano, esas relaciones se fortalecieron. “Veo amistad y hermandad porque nos preocupamos por el resto y nos apoyamos. No solamente es venir, hacer ejercicio e irnos, también vemos el compañerismo en todas y aprendemos de cada una”, comenta Lissette. Aparte de encontrarse en el gimnasio, las alumnas se reúnen para salir a comer o bailar, celebran sus cumpleaños juntas, y hasta se van de viaje en algunas ocasiones. “Nosotras somos bien unidas y siempre tratamos de agruparnos”, añade Alejandrina.

Las alumnas de “El Búnker” reunidas en una cena en diciembre por el intercambio de regalos. Foto: Archivo personal.

Asimismo, la relación entre profesora y alumna es muy importante en este espacio ya que, aparte de verla solamente como una entrenadora, las alumnas ven a Adriana como una amiga más. “Además de ser instructora, ella te guía. Adriana no nos ve como un producto final, sino que nos quiere ver a nosotras como personas”, señala Lissette. Dentro de esa relación, Adriana recuerda una anécdota de pandemia. “Ellas me dieron una sorpresa en mi cumpleaños. No estaba preparada porque tenía mis clases virtuales y les había dicho que íbamos a festejar por Zoom, pero ellas me tocaron la puerta y vinieron con payaso, mariachi y con la torta. La verdad me sentí muy feliz y pude darme cuenta de que he creado un equipo sólido”, comenta.

Uno de los factores principales en los gimnasios es cómo, a través de las rutinas de ejercicio, las mujeres pueden llegar fortalecer su autoestima y encontrar en estos espacios un lugar seguro. “Yo busco ayudar a mis alumnas para que sepan valorarse, quererse y tenerse amor propio. Anteriormente, era difícil ver a una mujer en un gimnasio porque pensaban que solo estaba diseñado para los hombres porque ellos tenían fuerza. Así que, a través del ejercicio, ellas pueden empoderarse. Muchas mujeres salen de sus casas porque ya no soportan estar ahí, y vienen aquí a botar el estrés y ser libres. Ellas sienten este lugar como su segunda casa”, indica Adriana.

Las alumnas de “El Búnker” junto a la profesora Adriana Solórzano en el gimnasio celebrando el Día de la Madre. Foto: Archivo personal.

Finalmente, las alumnas de “El Búnker” mostraron cómo este espacio no solo es exclusivo para las personas más jóvenes, sino que es un lugar abierto para todas las edades. “A mí me ayudó porque, por mi edad, había entrado en la premenopausia sin darme cuenta. Entonces, con los ejercicios nunca noté los síntomas como el cansancio o el bochorno”, explica Lissette. En el caso de América Velásquez, de 62 años, luego de sufrir un infarto cerebral, entró en un cuadro depresivo. Sin embargo, ella encontró en el gimnasio una manera de mejorar física y anímicamente. “Yo pensaba que todo se había terminado para mí, pero el ejercicio me ayudó bastante porque he conseguido amigas, me cuentan historias y nos aconsejamos”, afirma.