Entre abril y mayo de este año, el Covid-19 mató a 2518 personas en la región Loreto. Uno de los hombres que enfrentó esa ola fatal fue Juan Carlos Celis, jefe del Departamento de Enfermedades Infecciosas del Hospital Regional de Loreto, situado en Iquitos. Celis, quien también fue víctima del virus, ha alcanzado notoriedad y reconocimiento debido a su habilidad para comunicar a la población los aprendizajes que él y otros médicos acumularon mientras combatían la enfermedad. Durante las últimas semanas, lo han invitado a programas de radio y televisión para difundir un solo mensaje: evitemos la automedicación.

Por Andrea Morales

No tiene tiempo, incluso ahora, cinco meses después del pico de contagios que estalló en Iquitos. Para esta entrevista Juan Carlos Celis programó la cita a las once y media de la mañana. Será a través de Zoom, cual teleconsulta. Se ha conectado desde la computadora de su consultorio. Lleva un mes comunicándose por videollamada con sus pacientes. El fondo es una pared cubierta de mayólicas plomas hasta la mitad, que se completa con pintura blanca. Ninguna mancha. Los fluorescentes iluminan su rostro. A pesar del calor, usa bata blanca encima de la típica camisa azul que distingue a los médicos. Tiene el cabello peinado hacia atrás y lentes de marco negro que esconden sus ojeras. Está solo, sin mascarilla ni protector facial, una imagen que resulta extraña a estas alturas de la pandemia, cuando ya nos hemos acostumbrado a ver o, mejor dicho, a no ver el rostro completo de los doctores.

El médico Juan Carlos Celis en su consultorio personal. Foto: Archivo personal.

Al principio

El Hospital Regional de Loreto atendió los primeros casos de Covid-19 en su región. El primer contagio se registró el 17 de marzo y dos semanas después, la primera muerte. A mediados de abril los contagios y decesos aumentaron hasta colapsar los servicios de salud de la ciudad de Iquitos. “Cuando vino el virus, como eran pocos casos, separamos solo el área de infectología como zona Covid”, recuerda el doctor Celis, responsable de esta área. Siguiendo las pautas del Ministerio de Salud, el doctor Celis y su equipo diseñaron un flujograma de atención y ruta de ingreso, pero no sirvió de mucho: todo era tan impredecible. “A los días cogimos todo el primer piso, después el segundo y así…”, recuerda. El equipo inicial estaba conformado por seis especialistas y seis alumnos residentes. “Con los doce implementamos todo, teníamos que hacernos cargo. Recuerda con inocultable desazón que en otras áreas los médicos no fueron muy solidarios. “Muchos se fueron a sus casas, literalmente, se morían de miedo, como que cada uno veía por su pellejo”.

—¿Usted sintió miedo?

—Sí, claro, todo el tiempo. El temor de llevar el virus a casa era estresante, agotador. Mi suegra es alérgica, tiene una enfermedad pulmonar y tengo hijos pequeños de once, siete y cuatro años. Además, mi esposa también es médico y trabajamos en el mismo hospital. Ella es pediatra y, al inicio, estaba supuestamente en un área no Covid, pero yo le dije desde ese entonces que esa división en realidad no existía. Me acuerdo muy bien que los primeros médicos que se infectaron fueron los que trabajaban en las áreas donde no se atendía pacientes Covid. Fue una falsa sensación de seguridad que los llevó al descuido, nosotros fuimos de los últimos en infectarnos.

—¿Cómo fue su reacción cuando supo que estaba contagiado?

—Si soy sincero, no estoy seguro de lo que hubiera hecho si me contagiaba al inicio de la epidemia; de repente yo mismo me sobremedicaba. Pensando en mi familia, nos hubiera ido mal. Afortunadamente, nos contagiamos luego del pico y digo afortunadamente porque, viéndolo en perspectiva, tuvimos varios errores al comienzo. En esas primeras semanas, (los médicos) nos desesperamos por (determinar) un tratamiento, aplicamos muchos medicamentos, una larga lista de pastillas. Muchos de nuestros compañeros se sometieron a esos tratamientos y se pusieron peor. Pero ahora sabemos que el virus actúa por fases y varios medicamentos ya han sido descartados. Entonces, cuando ya había pasado el peor momento (para Iquitos), nos contagiamos y para ese entonces ya sabíamos qué hacer o, mejor dicho, qué no hacer.

La morgue del Hospital Regional de Loreto. Cuerpos acumulados fuera de las cámaras frigoríficas. Una muestra de la crisis sanitaria en Loreto. Esta imagen fue subida el 22 de abril a la cuenta de Twitter Don Frio.

—¿Cómo Iquitos logró superar la fase crítica?

—No recomiendo la receta porque simplemente el virus arrasó con nosotros. No es que hayamos encontrado algún tratamiento. Simplemente bajó la cantidad de muertes porque más del 70% de la población tiene seroprevalencia positiva, entonces ya no existe el dilema del contagio. Alcanzamos la ansiada inmunidad de rebaño, aunque muy duramente.

—¿Por qué nos automedicamos o tomamos sobredosis de medicamentos?

—Esta enfermedad, por lo desconocida que es, genera pánico. Eso nos lleva a anticiparnos, a estar preocupados de si nos enfermamos o no y qué haremos si eso pasa. Entonces, buscamos “soluciones”. Me da bronca saber que se usaron muchas medicinas que no sirvieron de nada y que se suministraron por mucho tiempo, pero con todo lo vivido y aprendido, ya no debe ser así. Por eso ahora mi principal mensaje para todos es no automedicarse ni sobremedicarse. Debemos entender las fases de la enfermedad y tener a la mano un pulso oxímetro.

Un médico no se puede doblegar

El ejercicio de la medicina implica, dado el momento, salvar la vida de los demás en el momento más álgido. Y frente a una situación riesgosa, extrema o difícil, los médicos deben estar preparados física y psicológicamente. “Dios no quiera que alguna vez me atienda un médico ganado por lo emocional”, advierte el doctor Celis a sus alumnos residentes cada vez que les explica sobre la importancia del temple que requiere su profesión. “Yo no quiero que se pongan tristes y sufran con el paciente; por el contrario, busco que sean calculadores porque solo así se salva una vida”, puntualiza.

Pero a veces la teoría no encuentra un correlato en la realidad; a veces la teoría puede ser un ideal que busca cumplirse, pero la realidad la pasa por encima. “A un desconocido yo solo pienso en salvarle la vida, pero si me traen a alguien cercano”, dice Celis, mientras se escucha un suspiro. Por unos segundos solo hay silencio al otro lado de la línea. La baja señal nos ha hecho migrar de la entrevista por Zoom a una llamada telefónica. “Una de las cosas más fuertes que me ha pasado confiesa el doctor es haber atendido a mis amigos en el peor momento de la epidemia”.

Como jefe del Departamento de Enfermedades Infecciosas, Celis estaba informado sobre la procedencia de los pacientes que se atendía. Era el primero en enterarse cuando un amigo llegaba en mal estado al hospital. “¿Qué hacemos con esta maldita neumonía?’, me preguntaban”, recuerda Celis. “Para ellos, yo era el especialista ¿no?, entonces yo debía tener la solución. Pero lo único que les podía decir era: ‘Tranquilo, estás bien, vamos a seguir’. No podía dejarme ganar por las emociones”.

Las decisiones que el doctor debía tomar en ese momento eran de vida o muerte, literalmente. Eran decisiones que ya había tomado antes, sin duda, y sobre las que ahora da cátedra a sus alumnos con la autoridad que respalda su experiencia como médico infectólogo. Pero ser médico no lo exime de su dimensión humana, emocional. “No debía quebrarme, no podía, tenía que seguir”, recuerda. Esta determinación, que no era más que el resultado de no tener otra opción, fue la razón por la que él siguió atendiendo en el hospital sin faltar uno solo de esos días en que la muerte parecía un enemigo invencible.

El doctor Celis después de trabajar más de 10 horas en el hospital de Loreto, durante el pico de contagios en mayo. Foto: Archivo personal.

—¿En quién encontró soporte emocional?

—En mi familia, definitivamente, ellos han sido mi mayor soporte. Siempre preocupados por mí, pidiéndome que tenga cuidado; pero mientras ellos estuvieran sanos, yo tranquilo, podía seguir. No me imagino qué hubiese hecho si alguno de mis familiares se enfermaba. Seguramente, abandonaba todo para dedicarme solo a ellos. Sin embargo, no pasó y yo mismo me he sorprendido de mi energía en esas semanas: fue como descubrir a otra persona.

Comunicar lo que se aprende

Según un estudio de la Dirección de Salud de Loreto, el 71% de los habitantes de Iquitos presenta seroprevalencia positiva. Esto quiere decir que más de las dos terceras partes de la población se contagió de Covid-19. El estudio fue realizado entre el 13 y 18 de julio, a dos meses del pico de contagios y muertes en la región. Para ese entonces el doctor Celis ya tenía cinco semanas difundiendo recomendaciones en un canal de YouTube que lleva su nombre. Había subido tres videos: dos de 10 minutos realizados por él y un tercero, de más de una hora, que era la grabación de una ponencia virtual organizada por la Sociedad Científica de Estudiantes de Medicina de la Amazonía Peruana (SOCIEMAP). El primer video tuvo más de 41 mil vistas, el segundo superó las 150 mil visualizaciones y los siguientes hasta el momento ha subido cincohan sido igualmente virales, como la enfermedad que trata de combatir.

Captura de pantalla del canal de YouTube del médico infectólogo Juan Carlos Celis.

Poco interesado en las redes sociales, el doctor Celis tenía un fanpage en Facebook y una cuenta en Twitter, pero no subía contenido ni tenía seguidores. “Nunca antes había hecho un video, pero cuando me dijeron que se entendía bien (el primer video que había hecho), lo subí a esa página que tenía abandonada”, refiere. Celis precisa que cuando se elevó la curva de contagios en Tarapoto su video se hizo viral a nivel local. “A mí me sorprendió porque allá en Tarapoto lo editaron muy bien, hicieron que la imagen que había adjuntado al audio se moviera y pusieron mi nombre”, describe.

—¿Cómo surge la iniciativa de hacer un video explicativo?

—Bueno, en verdad, es un audio con una imagen [risas]. Amigos, familiares y colegas de Tarapoto y de Yurimaguas, me preguntaban sobre el tratamiento del Covid-19. Me di cuenta que no podía estar repitiendo la misma información todos los días, así que me animé a hacer un audio y le añadí una imagen. 

—Es un deber de los médicos comunicarse con sus pacientes.

—Claro. Muchos perdemos ahí, y yo me incluyo. Existe un tema comunicacional que nos falta desarrollar. No hemos sabido llegar a la población. No hemos tenido la habilidad de comunicar. Muchos solo nos hablamos entre nosotros, dentro de la universidad, nos dirigimos a los alumnos, pero de ahí no salimos. Ese es un error.

—¿Cree que sus videos están ayudando a acortar esa brecha de conocimiento entre la medicina y la ciudadanía?

—Sí, pero me demoré mucho en hacerlos, podría haber empezado antes. Por otro lado, me alegra cuando alguien me dice que viendo mis videos encontró cierta tranquilidad e información segura. A mí también me tranquiliza porque ya no se automedican o sobremedican. Cuando alguien me menciona la palabra fases, me emociono porque todos los médicos nos demoramos en entender eso, inclusive yo.

—¿Cómo fue su proceso de aprendizaje frente a esta enfermedad?

—Mis maestros siempre me dijeron: “Un médico que solo lee, no cura nada; uno que solo ve pacientes sin leer, es lo mismo, es como un empírico, está en nada”. En un lado, el paciente y en el otro, el libro, el conocimiento acumulado. En esta pandemia, hemos tenido que hacer eso. Leía un artículo y veía a mi paciente. Sacaba radiografías como un niño porque estaba aprendiendo, pero en medio de la crisis no había tiempo para la reflexión, para leer tanto como hubiera querido. Si todos hubiéramos leído más, probablemente hubiéramos reducido el número de fallecidos.

Volver a las raíces

Oriundo de Yurimaguas, Juan Carlos Celis vivió su niñez y adolescencia en esa calurosa ciudad rodeada por tres ríos: el Huallaga, el Shanusi y el Paranapura. Ni bien terminó el colegio, se fue a Lima e ingresó a San Marcos en 1996. “No recuerdo haber tenido dudas de ser médico. Incluso mi papá bromeaba y me decía: ‘Tú vas a ser curandero, homérico ayahuasquero’”, rememora Celis entre risas, al tiempo que explica que así llaman a los que ofrecen la cura de amor en Yurimaguas. “Mi familia me apoyó con mi sueño desde niño”, recuerda. En San Marcos, estudió siete años; luego se fue a Loreto para realizar su SERUMS (Servicio Rural y Urbano Marginal en Salud), en una comunidad cercana a la estación 5 de Petroperú. Al finalizar, regresó a San Marcos por otros tres años para especializarse en enfermedades infecciosas y tropicales y graduarse como médico infectólogo.

Vista aérea de la plaza de Yurimaguas con el río Huallaga, ciudad natal del doctor Celis. Fuente: PerúNoticias.

—¿Por qué decide especializarse en infectología?

-Recuerdo que cuando era estudiante en San Marcos muchos estudiantes querían irse del país para mejorar su condición profesional y económica. Pero había un grupo de provincianos que teníamos la intención de volver. Entonces yo la tenía bien clara: para regresar a mi tierra, a la selva, tenía que estudiar infectología. Acá hay mucha gente que se contagia de la malaria, del dengue, etc. Todo eso lo ve el infectólogo, entonces yo no tuve dudas en eso. 

—¿Por qué estaba tan seguro de volver? ¿No pensó quedarse a trabajar en Lima?

-Recuerdo una anécdota de mi adolescencia. Mi abuela estaba conversando con su hermana. Yo tengo un primo que también estudió medicina. La hermana de mi abuela le dijo que su hijo se iba a Estados Unidos a estudiar medicina y las dos se quedaron muy preocupadas, para nada alegres. Me acuerdo que mi abuela le dijo a su hermana: “¿Cómo? ¿Acaso no hay médicos en Estados Unidos?”. Y ella respondió: “No sé, pero él quiere irse a Estados Unidos y, bueno, se va”. Luego se quedaron calladas, se quedaron tristes. Yo tenía entonces once o doce años y, desde entonces, decidí que yo sí iba a regresar.