FOTO: Centro Cultural Inca Garcilaso del Ministerio de Relaciones Exteriores.

Fidel Carrillo: “Han llegado a decirme que Lima no era como la pintaba en mis fotos”

El fotoperiodismo es un oficio que, ejercido con rigor profesional, nos permite romper las burbujas donde vivimos y explorar las múltiples esferas de nuestra sociedad, ya sea para informarnos o para reflexionar sobre su diversidad, sus territorios y costumbres. Tras haber consagrado la mitad de su vida a este oficio, Fidel Carrillo (52), es considerado uno de los fotógrafos más talentosos del país. Su larga experiencia en medios escritos, como El Comercio y La República, ha dotado de una mirada documentalista a su registro gráfico. Allí confluyen su pasión por el color y la simetría de la imagen.

Varado al margen de la Panamericana Sur, Fidel observa, con la atención de un cazador furtivo, el paisaje desértico que lo rodea. Como de costumbre, busca detectar algo especial en el entorno, seguro de su destreza para capturarlo. Tras varios minutos de espera, advierte un movimiento lejano, encañona el lente de su cámara y dispara: era un camión acercándose por la carretera. La visión le descubre al instante otros elementos: dunas, nubes, cielo azul, paneles publicitarios, viviendas a medio construir, árboles solitarios, comerciantes locales. Todo armoniza perfectamente. La ciudad y la naturaleza, en su cóctel de formas y colores, cobran vida ante sus ojos. Es natural, corresponde al espíritu de Fidel: como hijo orgulloso de migrantes ancashinos, mantiene viva la herencia de una mirada andina de la realidad.

Por azares del destino, este talento lo descubrió muy joven, cuando hacía sus prácticas de redacción en el diario deportivo Ídolo, a inicios de los noventa. “Allí me percaté que la redacción no era lo mío: me abrumaba, no iba con mi carácter. Me empecé a estresar, a cuestionar todo lo que había estudiado. Entré en un limbo vocacional. Pensé que había perdido muchos años en la universidad”, recuerda. Todo cambió en una charla que sostuvo con uno de los editores del diario. Este notó que Fidel tenía un ojo distinto, dotado de una gran habilidad visual, por lo que resolvió asignarlo al área de edición del suplemento dominical. El cambio fue providencial: al poco tiempo Fidel estimuló su dinamismo, aguzó su perspicacia y empezó a sugerir fotos junto a titulares ingeniosos para las notas periodísticas. Su vocación profesional había nacido.

Tras culminar con éxito sus estudios de Ciencias de la Comunicación en la Universidad San Martín de Porres, Fidel ya había cambiado la máquina de escribir por la cámara fotográfica. Enfocado en temas de migración e identidad, comenzó a retratar durante horas, por mera afición, las calles de Lima, sus cerros, playas y suburbios. Por las tardes, frecuentaba librerías cercanas a la Plaza Dos de Mayo para comprar revistas de fotografía y también engrosar su colección de Caretas. “Por aquella época, mis únicos referentes eran las revistas: compraba ejemplares independientemente de quién tomara las fotos, solo bastaba con ver que fueran buenas. Luego trataba de imitarlas en mis tomas (…)”, recuerda.

Fidel trabajó en La República, El Comercio y Perú21. En este último permaneció once años, de los cuales ejerció los cinco últimos como director de fotografía y editor gráfico. También colaboró con las agencias de noticias AFP Y AP durante las épocas más duras de la política peruana, como el segundo gobierno de Alberto Fujimori (1995-2000). Por entonces, cubría todo tipo de acontecimientos: desde accidentes y desastres naturales hasta ceremonias oficiales en Palacio de Gobierno. 

En el año 2014, Fidel dejó atrás su etapa de reportero gráfico para dedicarse de lleno a la fotografía creativa, un estilo de interpretación subjetiva de la realidad, muy distinto al registro informativo o documental que exige el fotoperiodismo. Allí encontró el espacio ideal para seguir cultivando su nueva pasión: captar la esencia de Lima y su gente en cuestión de segundos, y tan solo con el lente de una cámara.

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¿Qué suceso marcó este punto de quiebre entre su oficio de fotoperiodista y de fotógrafo creativo?

Sucedió que cuando yo trabajaba como editor de fotografía en Perú 21, repentinamente me despidieron, siguiendo la política de despidos del grupo El Comercio. Al igual que muchos colegas, ganaba un buen sueldo. Los directivos empezaron a deshacerse de todas los jefes del diario para ahorrar dinero y designar coordinadores en lugar de editores.

Mi cese como editor de fotografías de un diario no fue por voluntad propia. Estos últimos siete años me he dedicado a trabajar como editor de mis proyectos personales. He viajado por mi cuenta, con mi propio dinero. Me iba por el centro o por los lugares que yo quería para registrar lo que yo quería. Siempre he trabajado así. Siempre he propuesto mis temas.

Fue de manera gradual que empecé a dar la vuelta en la esquina. Dejé un poco el fotoperiodismo y empecé a probar con la edición. Poco después, por motivos del destino, terminé en otro escenario de fotos. Al día siguiente de mi despido de Perú21, me llamaron de la revista Somos, de El Comercio. Quizá habían visto que en mi trabajo siempre he tenido un ojo más que periodístico, razón por la cual asumieron que podría aplicar todo lo que sabía en una revista. Luego me fui puliendo en ese ámbito.

¿Cree que este punto de quiebre en su profesión se debió en gran medida a su despido de Perú21?

Creo que lo que hizo ese despido fue acelerar mi decisión. Por ejemplo, en mi etapa de editor, cuando aconteció la toma de mando del nuevo presidente, Alejandro Toledo, o en las ceremonias del 28 de julio, cuando el mandatario tenía que ir al Congreso, yo sacaba mi cámara e iba a hacer fotos de los alrededores. Siempre fotos creativas, más espontáneas, ricas en color y gama. Por entonces el diario sacaba una página de fotos a todo color.

En lo personal, más que fotos convencionales del presidente hablando en el Parlamento, trataba siempre de sacar fotos donde Toledo caminaba, corría: sacaba una foto distinta a las demás. De alguna manera, ya estaba trazando mi camino por otros modos de ver. Cuando me despidieron de Perú 21, lo que hice fue volcar toda esa mirada un poco más editorial en la revista Somos. Ahí me fui puliendo paulatinamente. En resumen, este despido gatilló este punto de quiebre en mi carrera. No es que de un momento a otro terminé en un escenario donde no sabía qué hacer.

Cuando era un fotógrafo ordinario, viajaba mucho y trataba siempre de buscar la estética: abundante color, carga cromática. Más que el tema de la noticia, siempre buscaba la foto atractiva, diferente. Incluso había veces que a los editores no les gustaba mucho mi trabajo y me criticaban diciéndome: “Oye, pero si la nota  es sobre pobreza y tú me traes otra cosa”. Pero yo siempre insistía con mi propuesta visual. Más que reportero gráfico o fotoperiodista, me he considerado simplemente un fotógrafo.

Más que reportero gráfico o fotoperiodista, me he considerado simplemente un fotógrafo», afirma Fidel.

¿Contó con esta mirada estética-creativa de la realidad desde sus inicios en la reportería gráfica o la fue descubriendo en el camino?

Cuando uno empieza a hacer fotografía, lo hace simplemente de manera intuitiva, inconsciente, dejándose llevar por sus instintos. Y de verdad con el tiempo uno recién se percata de los detalles de su técnica a través de las opiniones y críticas de compañeros o jefes. A veces el diario quiere fotos distintas a otros medios y lo que hacen es enviarte a comisiones más importantes donde podrían sacar lustre a esa mirada distinta y tal vez tomar la delantera a otros diarios al tener las mejores fotos.

Cuando empecé a trabajar en La República y después en otros medios, justamente me mandaban a comisiones muy importantes porque consideraban que podía lograr resultados distintos. Fue así como también llegué a colaborar con empresas extranjeras y trabajar en proyectos documentales. Mi mirada es muy urbana, pero dentro de lo urbano y callejero, por ahí siempre he tratado de fabular con la realidad. Me gusta crear un poco de tensión dentro de la imagen, ya sea a través de los colores o los mismos protagonistas. Ese ha sido mi objetivo, a veces fallido, pero siempre firme. Para eso hay mercado en el medio, y al menos en la revista Somos lo han apreciado. También he trabajado para  empresas periodísticas extranjeras que creían que mi ojo podía sacar fotos muy buenas para su medio.

Me gusta crear un poco de tensión dentro de la imagen, ya sea a través de los colores o los mismos protagonistas».

En la descripción de su cuenta de Instagram, usted señala que actualmente es un fotógrafo freelance y colaborador de Everyday Latin America, ¿me puede explicar cuál es el enfoque de esta plataforma y qué rol desempeña usted dentro de la misma? 

Los EveryDay empezaron a aparecer en marzo del 2012 por todos lados con el objetivo de mostrar el día a día de la gente y del lugar donde viven. El primero de todos fue EveryDay Africa. También hay EveryDay Egipto, Pakistán y, por supuesto, EveryDay Latin America. En cada país había un fotógrafo representante que retrataba la Lima o el Perú del día a día. En ese contexto, por recomendación de otras personas, dado que siempre publicaba fotos callejeras de Lima y del Perú, me consideraron como la persona idónea para retratar el día a día del Perú para esta página. Se contactaron conmigo y empecé a trabajar allí, junto a fotógrafos de todos los países de Latinoamérica.

Ahora bien, antes de la pandemia, los EveryDay entraron en declive, de modo que cada fotógrafo empezó a emprender proyectos más personales. Ahora el EveryDay Latin America lo tenemos abandonado. Ya no publico allí, ahora trabajo más en mi página “Fidel Carrillo”. Cuando publicaba en esa página tenía que escribir “EveryDay Fidel Carrillo”, y cuando quería compartirlo tenía que hacerlo como “Everyday Latin America Fidel Carrillo”. Eso no me convenía porque yo quería publicarlo solo como “Fidel Carrillo”. Pero resulta que la gente empezó también a crear cada uno sus proyectos personales y EveryDay quedó un poco de lado. Yo al menos ya no publico hace tiempo en EveryDay, peor cuando vino la pandemia, dado que mi situación personal se agudizó.

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Una cámara mágica en el desierto

A mediano plazo, uno de los proyectos personales más ambiciosos de Fidel consiste en el diseño de un fotolibro de cien páginas sobre el proceso de expansión demográfica que tiene lugar en las zonas periféricas de las grandes ciudades costeras, más precisamente en el desierto que rodea a la Panamericana Sur. Por el momento, la obra no tiene título, pero el autor ya baraja dos opciones: ‘La arena tomada’ o ‘El desierto tomado’. 

Tras años de recorrido por esta carretera, la idea del proyecto nació de la necesidad de ilustrar —fiel a su espíritu lúdico y alegórico—este fenómeno social de larga data y gran relevancia, pero del que apenas existen registros históricos. 

Procurando una composición armoniosa, Fidel amalgama en sus fotografías los paneles publicitarios, asentamientos humanos, vehículos y la naturaleza propia de la región desértica, sin dejar de realzar sus múltiples formas y colores. Para el desarrollo de este libro, espera recibir nuevamente el apoyo de la reputada curadora ancashina Mayu Mohanna, quien lo secundó en su entrañable exposición fotográfica ‘Lima, una mirada’, inaugurada el 28 de agosto de 2019 con el patrocinio del Centro Cultural Inca Garcilaso, del Ministerio de Relaciones Exteriores.

¿Collage?, ¿montaje? No, un lente lúdico y sutil: fotografías auténticas de paneles y big boys publicitarios diseminados por los márgenes de la Panamericana Sur. Fotos: Fidel Carrillo – Conexión Sur. Video: Diego Sánchez

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¿De qué temáticas se nutre el proyecto de este libro?

Es un proyecto sobre la Panamericana Sur. Los recursos que he empleado, tales como los paneles y el entorno cercano, creo que no los ha utilizado ningún fotógrafo en el medio. La forma como estoy editando también es original: aparte de que las fotos parecen producto de un collage, dentro del libro he juntado también varias fotos que se unen a través de los cerros y la morfología de cada foto. Parece un collage dentro de la edición del libro. Estoy emprendiendo un proyecto muy particular. Por lo menos a nivel local, no he visto ningún otro fotógrafo que utilice este recurso visual.

¿Estamos hablando entonces de un proyecto cuya propuesta temática no haya sido abordada antes?

El tema de la Panamericana Sur sí ha sido abordado antes. Hay una fotógrafa muy buena llamada Solange Adum, que también está trabajando el mismo tema. Ella tiene una mirada artística, aunque su enfoque tiende más al registro documental del crecimiento industrial de la zona. Yo me he encargado de darle la vuelta al tema. Lo mío es distinto.

Yo estuve usando los paneles, he juntado dos imágenes dentro de una foto para crear una tercera imagen que es dialéctica, la tienes en la cabeza. Estoy juntando otras imágenes más en la edición del libro. La gente va a pensar que todas son fotos pegadas unas con otras, pero resulta que es una sola foto. Por el ángulo, por el corte que he hecho; son fotos que engañan a la vista. Incluso he colgado fotos de prueba y la gente por ahí me dice que está bueno mi collage. Piensan que para hacer esas fotos solo puedes hacerlo como collage, pero no: yo he mirado un poco más allá. Justamente para evitar malinterpretaciones en mis fotografías, precisaré al pie de las mismas que se tratan de fotos auténticas y no de collages o montajes.

¿Explica también el procedimiento mediante el cual las tomó?

Sí, incluso en la exposición que tuve, “Lima, una mirada”, mi curadora tuvo a bien considerar algunas fotos de Lima en las que empleaba un recurso similar, que la gente confundía con un collage. Pero lo cierto es que esas fotos las he juntado con otras más. Al final la gente advertía que todo se trataba de una sola foto. La idea de lo lúdico siempre ha estado presente en mis fotografías. Trato de buscarle más detalles a los ángulos, no quedarme simplemente en un registro ordinario, sino tratar de mirar un poco más allá.

La idea de lo lúdico siempre ha estado presente en mis fotografías».

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Una estética andina heredada

Como hijo orgulloso de migrantes ancashinos, ¿cuáles fueron los aspectos culturales del mundo andino que más influyeron en la producción estética de sus fotografías?

El color, la tierra, los cerros y la gente de espaldas. Me gusta fotografiar gente de espaldas, no tanto sus rostros. Siempre he tratado de capturar algo más que el espíritu de la gente: la escena del lugar, que todos los elementos de mi imagen tengan un porqué. Hay fotógrafos que solo se interesan en lo que está haciendo la gente: sus rostros, su mirada, la risa. A mí no me interesa mucho eso.

Apelo a un todo, siempre fusionado con la pared, con el color, con un elemento que juegue, se interrelacione, se fusione. Para mí el tema estructural es siempre el color. Desde chiquito veía a mi tía que venía a mi casa con sus faldones de colores o con su sombrero que siempre tenía una florcita de colores. Tenía dos tías abuelas que venían a casa vestidas así. Siempre me ha gustado el color. Luego iba a las fiestas patronales con mi papá. El tema del color para mí siempre ha sido la chispa de la vida dentro de la imagen, sino todo sería gris y apagado.

Hay fotógrafos que solo se interesan en lo que está haciendo la gente: sus rostros, su mirada, la risa. A mí no me interesa mucho eso».

 ¿Qué papel desempeña el color en sus fotografías?

Para mí, el color es como cuando tú vas a cazar un pez y le pones una carnada; para cazarlo lo primero que se necesita es una carnada. El color es como una buena carnada para captar la atención de la gente, de los lectores. Para llamar la atención de la gente debes tener puntos de control o colores fuertes que de pronto impacten visualmente y te enganchen hacia la foto. A partir de allí, te lleva a todos los rincones de la imagen. Al menos para mí siempre hay eso.

Incluso en el tema del desierto que estoy haciendo siempre hay algo de color. O si no, hay una línea que se le cruza, algo que rompa con lo formal y también eso jala. El color te sirve mucho para otros aspectos en una foto; por ejemplo, crea tensión visual. Si tienes un rojo por acá y un azul por allá, debes buscar la manera de cómo lograr balance entre los colores. Si tienes demasiado rojo y azul en un lado y abajo solo gris, hay que ver la manera de cómo buscar un color más abajo que equilibre la foto. Es muy difícil controlar la cromática dentro de una fotografía y definir qué colores crean una tensión. 

¿Puede entenderse la búsqueda permanente del color en sus fotografías como una remembranza de la infancia?

Totalmente. Yo tengo una visión muy andina de la realidad. El tema de esa fusión del color con la tierra me encanta. También cuando vas a la sierra, el color está presente, es algo característico de la zona. En cambio, cuando vas a la gran ciudad, el color que encuentras dentro de un cartel o dentro de un aviso publicitario, no es un color cultural, sino un color meramente comercial. Por eso para mí el tema del color lo tengo tan internalizado que no lo veo desde el enfoque comercial, sino que hay colores que realmente proyectan algo. Siempre estoy en esa búsqueda de coincidir todo: el escenario, la escena, la atmósfera del lugar y el color.

Una visión andina de la realidad. El color, las formas, las sombras y la tierra: elementos de una estética andina heredada. Foto: Fidel Carrillo – Perú no es Lima.

En el ámbito urbano, ¿llama la atención a su mirada todo tipo de color o hay alguno en específico que resulte más atractivo más que el resto?

No, los colores no se discriminan, al contrario: todos los colores sirven para comunicar algo. Ahora bien, si un personaje que quiero que vaya dentro de la foto tiene polo amarillo, pero atrás tiene un fondo del mismo color, lógicamente descartaré la foto porque al final el sujeto no va a destacar, se va a confundir con el fondo. Por eso también dejaría de hacer una foto. Pero todo color es bienvenido, no los puedo discriminar. Con los años he aprendido a domar la cromática de los lugares. Todo es intuitivo. En el momento lo resuelvo. A veces no sale y otras sí. Pero no hay que dejar de tomar la foto, lo que pasa en caliente y con adrenalina. Luego, cuando ya te sientas en tu computadora, dices: “¿Para qué mierda he tomado esto?” No hay color, no hay contraste, vas descartando fotos. Pero en el momento hay que ser buen pobre, hay que tomar y comer todo.

¿Cuál es la hora ideal para salir a fotografiar en la calle?

Para hacer fotos callejeras, yo prefiero salir en la mañanita o en la tarde. A partir de las 4 de la tarde, las fotos callejeras me encantan porque el sol siempre te va a dar a un costado, ladeado. Y en las mañanas también. Entre 11 de la mañana y 2 de la tarde tienes el sol encima de ti y no te ayuda para nada. Para retratos o para una revista, no prefiero el sol, sino el cielo nublado, me gusta que el cielo esté cargado de nubes. De ahí un poco subexpones la foto y le metes un flash al rostro del personaje y más el cielo cargado te sale una foto interesante. 

¿Hay algún lugar específico de Lima al que usted prefiera ir por su abundancia de color?

Antes siempre iba al centro, pero dejé de ir debido a la pandemia. Luego de dejar mi carro estacionado en una cochera por la avenida Tacna, caminaba hasta el puente de la avenida Abancay, cruzando por el Rímac, recorriendo luego el jirón Áncash, el Congreso y me daba la vuelta por el Barrio Chino. Caminaba como quien hacía ejercicio hasta la primera cuadra de Abancay. Siempre me daba esos ‘vueltones’, todo el día; luego comía por ahí, en un restaurante. Luego seguía caminando hasta la tarde. Ahora estoy retomando las fotos de ropa colgada en edificios. Para eso me he comprado un lente teleobjetivo largo.

Mi rutina diaria es la siguiente: dejo mi carro estacionado en el centro, voy a los lugares que me interesan y tomo fotos de ropa colgada, ya no de gente. También he ido a Gamarra, por ejemplo. Esa zona me encanta, es alucinante para hacer fotos, pero el estacionamiento por ahí es bien ajetreado y también hay que tener mucho cuidado por la zona, sobre todo por Aviación, que es un sitio muy peligroso dado que hay mucho ladrón y drogadicto. Allí he ido con mi equipo grande, pero he tenido mucho cuidado, siempre fotografiando ventanas o ropa colgada.

Un mundo para los maniquíes. Una colorida cuadrícula de escaparates despunta en el corazón del emporio comercial de Gamarra. Foto: Fidel Carrillo – Mundo paralelo.

Sobreviviendo en la era de transformación social y tecnológica

A raíz de la pandemia y el distanciamiento social, Fidel fue diluyendo su interés por retratar a personas para enfocarse cada vez más en toda clase de objetos y figuras presentes en el paisaje urbano y la naturaleza. Por ejemplo: nubes, cerros, vehículos y desiertos. Este giro radical en el enfoque temático de sus fotografías fue motivado por la obra de algunos referentes contemporáneos, tales como Franco Fontana y Christina de Middel. Al apreciar sus trabajos, Fidel ratificó su apego por la fotografía abstracta (representación o interpretación subjetiva de la realidad plasmada en una fotografía), género en el que ya venía incursionado de manera experimental. 

Fue así como, en mayo de 2020, nació uno de los proyectos más notables de su carrera: el ensayo fotográfico ‘(Mi) cuarentena’, publicado durante el aislamiento social obligatorio de la primera ola de contagios de Covid-19. A partir de una serie de imágenes alegóricas proyectadas por el televisor de un vecino que vivía frente a su casa, Fidel buscó retratar los problemas psicológicos y emocionales que tuvo que afrontar durante su confinamiento estricto dada su condición de diabético. 

Para su sorpresa, en medio de la tempestad, se vio exhumando un viejo —y casi olvidado— concepto personal de la fotografía, propio de sus años mozos: “la cámara como medicina o paliativo moral”. En paralelo, este prolongado tiempo de introspección lo llevó a una reflexión más profunda sobre su labor profesional.

Aislamiento y sufrimiento: fotografía alegórica del ensayo fotográfico ‘(Mi) cuarentena’, publicado en mayo de 2020, durante el periodo más crítico de la primera ola de Covid-19 en el Perú. Foto: Fidel Carrillo.

Si tuviera que corregir o mejorar algún aspecto de su técnica fotográfica o enfoque temático, ¿cuál sería?

Desde que me alejé de lo documental, me encuentro en constante cuestionamiento de mi trabajo. Por ejemplo, a veces me ocurre que estoy haciendo fotos divertidas, como tratar de unir dos imágenes para que salga algo interesante, pero de pronto acontece un derrame de petróleo en Ventanilla. Entonces la gente empieza a centrarse en ese tipo de temas, lo que varias veces me motiva a subir a mi carro e irme para allá, pero al instante recuerdo que caería otra vez en hacer lo mismo que los demás. Por otro lado, estoy seguro de que si voy no tomaré algo documental, sino que trataré de buscar fotos distintas. ¿Pero cómo voy a utilizar una tragedia para buscar premios? Imposible. No me gusta.

¿No lo considera ético?

No. Yo veo que hay muchos fotógrafos que trabajan esos temas y luego envían sus trabajos a concursos o incluso publican libros para conseguir ciertos premios, pero a mí no me gusta eso, de verdad no va conmigo. Estoy en constante cuestionamiento. Siempre trato de mirar un poco más allá de lo normal; ahora con mayor razón dado que hay una nueva generación de fotógrafos que vienen premunidos de mayores herramientas tecnológicas, como la narrativa transmedia. A mis 52 años, debería estar un poco más seguro de mi trabajo.  Quizás mi propuesta visual no sea la mejor, pero estoy dispuesto a morir por ella. Felizmente, parece que la gente por internet identifica mucho mis fotos.

Quizás mi propuesta visual no sea la mejor, pero estoy dispuesto a morir por ella».

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Aunque a veces tarda horas —e incluso días— retocando sus fotografías, Fidel disfruta manejando programas y herramientas digitales. Además del navegador web, la pantalla de su PC siempre trabaja con varias pestañas abiertas de Photoshop, InDesign y Cámara Rocket, aplicaciones que emplea a diario para editar sus fotografías, collages y otros diseños creativos. “Si tú no los consideras aliados, te irá mal. En mi caso, no puedo narrar contra la corriente”, sostiene Fidel respecto a la poderosa influencia que ejercen las nuevas tecnologías sobre el fotoperiodismo contemporáneo.  

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Usted dice que la tecnología es una suerte de aliado. Pero si considera que en las redes sociales surgen miles de usuarios que publican contenido fotográfico de carácter informativo, muchas veces sin el rigor profesional necesario, ¿cree que esa producción pueda llegar a desplazar el trabajo de un fotoperiodista o, cuanto menos, rivalizar con el mismo?

No necesariamente. Es relativo: si eres un fotoperiodista veterano y reconocido, lógicamente te van a asignar tareas que no puede realizar cualquier aficionado con celular o simplemente algunos que saben manejar fotos y video. Generalmente, los que hacen fotografía y video o no son buenos para fotos o no son buenos para videos, lo hacen a medias. Ahora bien, hay empresas que optan por la inmediatez y no saben valorar o distinguir una buena foto; solo quieren ver la acción, al protagonista y el resto no les interesa. Para eso buscan gente que cobre barato y que les entregue más rápido el material.

¿Qué dilemas éticos representa el avance de las tecnologías para su oficio?

Simplemente hay que aceptar los retos. En mi caso, no es que no me guste, sino que a mis 52 años tengo otras prioridades; editar libros, vender mis fotografías o crear otras páginas web; todo relacionado a la fotografía. Aparte tengo una pequeña empresa con mi esposa. Probablemente llegue a dedicarme más a la empresa, que además ya lleva años en funcionamiento. En los tiempos libres me dedicaré a resolver mis asuntos personales. A  largo plazo no pienso trabajar para la revista, ya no quiero que me digan qué es lo que tengo que hacer.

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Una mirada andina de la realidad

Tan pronto ingresan a la casa de un personaje público, Fidel, el videorreportero y el redactor organizan con premura la escena del retrato. Se elige un ambiente iluminado y con buen fondo. Montan el equipo básico de fotografía y video, acomodan al modelo y dan por iniciada la sesión. Mientras dispara, Fidel no deja de pensar en la manera de capturar una toma atractiva, así como en el tiempo cada vez más corto que dispone para fotografiar. “Antes tenía 20 o 25 minutos para hacer mis fotos, ahora tengo menos de 15, porque el videorreportero también tiene que hacer sus tomas y aparte el redactor tiene que grabar al instante unos videos sobre la nota para las redes sociales. Al final, tengo 10 minutos para hacer una foto de portada, antes uno podía disponer de 40 minutos”, lamenta. 

Por eso el registro gráfico de sus comisiones, a menudo, termina por diferir ampliamente de su concepto inicial, alimentando así una mezcla de frustración e impotencia que empeora cuando sus editores lo recriminan por tal motivo.  “Ya me ha ocurrido un par de veces que, por el tiempo, las fotos no me han salido como yo quisiera, y encima me preguntan: ‘¿Por qué no hiciste esto?’ Yo les replico: ‘Porque no tuve tiempo’. Al final, esto es un tómalo o déjalo”, refiere.

Aunque esta situación le resulta mortificante, por ahora, Fidel mantiene firme su compromiso de seguir colaborando con la revista Somos. El tiempo, afirma, será el principal encargado de definir los nuevos rumbos de su carrera fotográfica, cuyo norte invariable seguirá siendo la búsqueda permanente de una mirada andina de la realidad peruana.

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En su página web, usted cita un comentario que hace la curadora Mayu Mohanna a propósito de su trabajo fotográfico. Reproduzco sus últimas líneas: “Fidel toma el tan mentado caos limeño, lo recompone y nos lo devuelve transformado en arte. El comentario social, siempre presente, deja entrever una experiencia de pertenencia y orgullo, donde las distintas culturas cohabitan en paz”. ¿No cree usted que esta es una descripción un tanto idílica, considerando las múltiples taras, injusticias y desavenencias que definen la realidad social limeña?

Sí, incluso hay quienes han llegado a decirme que Lima no era como la pintaba en mis fotos. Lo único que les repliqué fue: “Si leen el título de mi exposición, “Lima, una mirada”, comprenderán que se trata de, valga la redundancia, una mirada particular: la de un fotógrafo que creció en un cono, que proviene de una cuna provinciana y posee una mirada andina de Lima. Actualmente, llevo 19 años viviendo en Pueblo Libre, aunque visito con frecuencia mi querida Comas. Ahora bien, si hubiera nacido en Pueblo libre, probablemente mi mirada sería distinta, no una tan idílica como la de Comas, sino tal vez una mirada de turista, por la sencilla razón de que no habría crecido allí y, por lo tanto, no existiría un lazo afectivo o de sangre con el lugar, requisitos indispensables para idealizarlo. Fue a partir de mi distanciamiento del lugar, que comencé a idealizarlo, incluso en mis sueños, porque ya no lo veía más. En mis sueños yo veía a Comas, lugar donde crecí, de una forma distinta de lo que era en realidad. Es más, cuando iba a visitar a mis padres, les decía que iba a recorrer cierto lugar pues, aparte de que no iba hace varios años, en mis sueños aparecían de un modo sublime. Por ello, quería ver cómo estaba ese lugar, si en verdad se asemejaba al de mis sueños, pero recién cuando visitaba esa zona, todo mi romanticismo se desvanecía.

 

Un océano invertido que colorea la ciudad. Fotografía del banner oficial de la exposición ‘Lima, una mirada’, inaugurada en el 2019. Foto: Fidel Carrillo – Centro Cultural Inca Garcilaso.

¿Cómo influyó este proceso de desidealización en su producción fotográfica?

Una vez empecé a ver mis fotos para crear mi web y me percaté de que el 80 o 90% del material contenía solo gente migrante. Eran los conos o el centro de Lima. Toda la población migrante aglutinada en los conos, evocando siempre el tema del caos, del desorden. Todo estaba relacionado con el tema andino, por eso me interesaba mucho el tema del caos urbano producido por el fenómeno de la migración andina, aunque lejos de todo me gustaba el caos porque, dentro del mismo, para mí existía una armonía. El reto era buscar esa estética del caos en la que creo resueltamente, todo lo cual está impregnado dentro de mis fotografías.

¿Cómo logra percibir un orden y hasta cierta belleza en el atronador caos limeño?

Para mí el reto siempre ha sido componer mis fotos en la calle, en pleno movimiento. Considero un reto el desorden porque dentro de tus fotos puedes crear capas. Por ejemplo, hay un primer plano, lo hilvanas con el segundo plano, y este lo relacionas con el tercero y luego con el cuarto. Pero el reto es que, si hay cuatro personas, una en cada capa, esta capa no debería taparse con ninguna otra. Todo tiene que exhibirse bien en su respectivo espacio delimitado dentro de la foto. Eso es crear un orden.

Para ello, es muy importante recurrir al recurso de la espera, ser muy paciente. Hay mucha gente que solo mira el primer plano y no lo relaciona con el segundo, y al final todo les resulta complicado de entender. Yo con los años aprendí a componer así; buscar yuxtaponer imágenes, así como Alex Webb (fotógrafo estadounidense de la agencia Magnum), pero en una versión más chicha, más peruana. En lo personal, el significado de la belleza, más que lograr algo bonito, estriba en lograr lo que tú supuestamente percibes. En esencia, la belleza es bien subjetiva. Quizá lo que captures sea algo feo, pero para ti puede ser bello.

Veo que usted comparte sus fotografías en su página web y sus redes sociales, donde tiene miles de seguidores ¿cómo logra que la gente comprenda la visión tan particular que usted tiene de la realidad?

Lo mío es una propuesta visual. Publico mis fotos sin pensar si a la gente le va a gustar o no, simplemente propongo. Ya luego la gente dispone con su like o su comentario su apreciación de mi trabajo. Hay fotos que impactan, que le gustan a la gente, pero otras que no tanto. Antes una foto quedaba en la retina por una semana; ahora, en cambio, cuelgas una foto y en una hora ya quedó desfasada. Por fortuna, los seguidores de mis redes sociales entienden mucho mis fotografías. 

Hay muchos periodistas y fotógrafos locales y extranjeros que entienden mis fotografías y valoran la propuesta estética. Las ven como algo sugerente. Si vas cambiando tu propuesta de pronto tu trabajo pierde carácter. Tú consigues carácter con tu trabajo si logras persistir con tu estilo o propuesta visual, luego la gente también se acostumbra e identifica tus fotos. Acá la idea es no estar sujeto a los gustos particulares de cierto sector de tu audiencia. Uno identifica al fotógrafo no por sus buenas fotos, sino por su estilo, y dentro de su estilo no necesariamente todas son buenas fotos.

Por último, ¿qué pesa más para convertirse en reportero gráfico: el talento o la experiencia?

No es posible empezar teniendo experiencia y talento. Uno empieza con el tema de la pasión. Si te gusta, genial. Puedes adquirir experiencia y de repente tienes la fortuna de atesorar un talento en bruto que se irá puliendo de a pocos. Al inicio no sabes si tienes lo uno o lo otro. Pero eso sí, si te apasiona la fotografía, con el tiempo vas a tener experiencia y con tu recorrido vas a pulir tu talento y al final vas a ser una ‘bestia’ tomando fotos. A lo que sea que te dediques, creo que con pasión ya tienes el 50% de tu camino recorrido, el resto ya es pura inspiración y trabajo duro. La idea es que el fuego de la pasión nunca se apague. Cuando te apasiona algo, las cosas las haces sostenidas. Aunque te caigas y cometas errores, te sigue gustando, le vas a dar duro.


Para conocer más sobre el trabajo de Fidel, puedes visitar los siguientes enlaces: 

Página web: https://www.fidelcarrillo.com/

Instagram: https://www.instagram.com/fidelcarrillo.fotografia/?hl=es-la