FOTO: La República.

Eduardo Tokeshi: un creador de universos

Una identidad marcada por la mezcla entre la cultura nipona y la cultura peruana. Un hombre de profunda sensibilidad: poeta, narrador, pintor y, ante todo, un hombre lleno de curiosidad y creatividad. Así es como corresponde definir a Eduardo Tokeshi, uno de los artistas peruanos más reconocidos y admirados de nuestros tiempos. 

Por Alonso Orrego Geiser

Sus padres nacieron en Barrios Altos y en el centro de Lima, eran hijos de japoneses okinawenses que emigraron al Perú a comienzos del siglo XX. Como era costumbre en la época, fueron enviados a Japón para aprender la lengua y las tradiciones en casa de sus tíos. Eduardo cuenta que su madre se fue a Japón cuando tenía cuatro años; su padre, a los doce. 

Del fruto de esa unión nacieron tres hermanos: una vive en Estados Unidos; otro, en Japón. Ninguno se dedica al arte. Eduardo fue a dos colegios: hizo la primaria en la Escuela América, en La Victoria; y la secundaria, en el Colegio Angloperuano San Andrés. Su trayecto por los colegios estuvo marcado por una soledad generada por él mismo, era introvertido. De hecho, solo recuerda haber tenido un par de amigos. Cuando era niño tuvo asma y tenía que permanecer mucho tiempo sentado. No era conveniente para su salud permanecer mucho tiempo echado o parado. Esta condición lo indujo a dibujar y escribir. Eduardo señala que este es el origen de su introversión y de su amor por el arte. “Hay muchos casos de niños enfermizos que descubren el arte mientras padecen algún mal”, acota. Le comento el caso de Mishima, él responde que es el caso también del poeta limeño Luis Hernández. 

Me llenaba de curiosidad saber qué había descubierto primero, su amor por la palabra escrita o su amor por la pintura. Cuenta que primero vino la escritura. Su hermano fue quien lo introdujo en el mundo de la narración y la poesía. “Él venía con textos de los grupos de poesía de la época, la Sagrada Familia, por ejemplo, y yo los devoraba sin entender casi nada”, señala Eduardo. Para él antes que el óleo y la pintura, está la palabra escrita. Mandó algunos textos a concursos de poesía y, “felizmente”, no tuvo buenos resultados, recuerda. Estamos a fines de los años setenta, tenía dieciocho años y por entonces él estudiaba arquitectura, aunque soñaba con ser escritor. Por un azar del destino abandonó su obsesión por la escritura y empezó a pintar de una manera obsesiva, parecía un vicio. 

La vida está hecha de descartes”, reflexiona Eduardo.

Hizo dos años de arquitectura, pero era un pésimo alumno. Entretanto, probaba ser muchas cosas: ser músico, ser escritor; todo mientras trabajaba en el bazar de ropa de su padre. Andaba conflictuado, sentía que no estaba haciendo aquello que lo apasionaba; él quería ser pintor, le fascinaba pintar y dibujar. Abandonó los estudios de arquitectura y se trasladó a la Especialidad de Pintura de la PUCP. Era el año 1983 y Eduardo recuerda que entonces no estaba seguro de que quería ser pintor. La confirmación de su destino como artista plástico llegó a finales del año 1984, cuando reconoció que iba a ser un camino duro y que iba a tener que pintar mucho, pero que, indudablemente, esa era su máxima pasión. Eduardo hace una reflexión muy sabia: “La vida está hecha de descartes”; uno va andando en círculos y probando todo tipo de cosas, así va uno, descartando aquellas cosas para las que no sirve o va reconociendo qué cosas dejar para después. Entonces cita a Ribeyro. Es una frase que él recuerda así: Mucha gente se va a morir sin haber abierto ciertos cajones ni haber tocado ciertas cuerdas.

Pregunto qué es lo que más le gusta de pintar, me responde que la posibilidad de crear universos visuales a los que pueda acceder cualquier espectador. Para él, el arte es un asunto viral, es un asunto de contagiar a la gente, él desea que el espectador se quede aunque sea cinco minutos contemplando su cuadro y que así, ojalá pueda inocularle el virus de su arte. “El arte es viral”, remata. Recuerda que en el año 1989 fue a la casa del hijo de la pintora Tilsa Tsuchiya y se quedó anonadado con un cuadro que colgaba en su casa: era su famoso “Tristán e Isolda”. La profunda impresión que provocó este cuadro en él nunca lo abandonó. Esta sensación era la que él quería reproducir con sus obras; esa emoción era EL ARTE.

“Tristán e Isolda”, de Tilsa Tsuchiya.

Escoger o descartar ha sido un dilema continuo en su vida. Retomó la escritura a principios de este siglo, en la época de los blogs; creó dos y firmaba sus textos con seudónimos. Tenía poco más de cuarenta años. No ha cesado de escribir desde entonces. Ahora escribe aforismos, poemas y narraciones cortas que publica en sus redes sociales. Hace algunos años hizo una maestría en escritura creativa en la PUCP: “Todo cambia cuando entras a esa maestría; tu manera de leer, tu manera de escribir, la forma en que ves una serie o una película, los libros que lees los ves con otros ojos”. Con 61 años, Eduardo acaba de terminar un libro que es su tesis de maestría, se llama “Sanzu”, que significa “río de tres cruces”. Es el río que en la religión budista deben cruzar los muertos hacia el más allá. En este libro plasma memorias autobiográficas, una suerte de estampas que se remontan a su niñez. El libro tiene un reverso que se llama “La otra orilla”, y que reúne textos poéticos. 

Pequeño poema escrito por Eduardo publicado en Instagram. Foto: @eduardo_tokeshi

Ante la pregunta de qué temas lo obsesionan tanto en la pintura como en la escritura, responde que la búsqueda de la identidad es uno de esos vicios. Imaginar una identidad a partir del arte es su tarea como pintor, algo que tiene un tinte político. El arte es político, dirían muchos pensadores. Tokeshi sostiene que la indignación es fundamental para generar una identidad nacional. Si no te indignas, si no te importa tu país y lo que le sucede, eres un paria y padecerás tu desarraigo. Eduardo es nikkei y por lo tanto es necesario preguntarle cómo ha influido esa raíz oriental en su arte. Dice que indudablemente esta herencia lo ha marcado muchísimo; la pregunta de a dónde pertenece uno. Sin embargo, confiesa que se siente ante todo peruano; prefiere mil veces los golpes de Vallejo que la sutileza de Matsuo Bashō; mil veces a Arguedas y Vargas Llosa que a Mishima y Kawabata. 

Sus referentes tanto en la pintura como en la escritura son de lo más diversos. En la pintura, desde artistas como Francis Bacon, Fernando de Szyszlo o José Tola, hasta objetos y situaciones cotidianas, como la televisión, la calle y, algo que llamó mi atención, las redes sociales. “Yo guardo a veces historias de quince segundos de Instagram que me dejan atónito y que sé que en algún momento voy a utilizar”, acota. En la literatura sus pilares son Borges y Cortázar, pero también disfruta mucho de la poesía peruana de los sesenta y setenta. Menciona a Eduardo Chirinos, Giovanna Pollarolo, Antonio Cisneros, Luis Hernández, José Watanabe y Martín Adán.  

Yo guardo a veces historias de quince segundos de Instagram que me dejan atónito y que sé que en algún momento voy a utilizar”, acota Eduardo.

Me intriga saber cómo descubrió su pasión por la docencia. Eduardo es profesor en la Facultad de Arte y Diseño de la PUCP. “Quien enseña aprende dos veces”, me responde. Enseña a alumnos de primer y quinto año y para él ingresar a una clase nueva es todo un reto. Argumenta que cada alumno es como una caja fuerte que hay que abrir para ver qué hay adentro. “Puede haber un lingote de oro como puede no haber nada”, señala. 

Para él es fundamental enseñarles a los alumnos a ver. Eduardo cita un refrán: “Enseñarles a pensar para ver, enseñarles a ver para que piensen”. Tokeshi disfruta enseñando a los alumnos a cultivar un criterio visual y él puede ver ese desarrollo, en tanto que enseña a alumnos de primer año a quinto año. Siente que debe enseñar, que es su deber transmitir sus conocimientos; y añade que enseña por curiosidad, por descubrir qué hay en la cabeza de sus estudiantes.