Tiene 25 años y ejerce una profesión poco común. Conoce de anatomía y fisiología del cuerpo humano sin ser médico y es capaz de hacer reconstrucciones faciales sin ser cirujano. Él es el encargado de darle un rostro más amable a la muerte y devolver algo de paz a las personas que han sufrido la partida de un ser querido. Al igual que muchos migrantes venezolanos que, a pesar de tener estudios superiores y una experiencia profesional que lo respaldan, a Damar Valera no le resultó fácil vivir de lo que tanto le apasiona, algo que para muchos puede resultar un lujo. En esta entrevista, cuenta cómo se inició en el ambiente funerario, sin imaginar que convertiría su trabajo en su arte más preciado.

Por Geraldine Hernández 

Damar espera pacientemente durante la madrugada de un día cualquiera en la entrada del Hospital General Guasmo Sur, de Guayaquil. Un día cualquiera, porque no hay diferencia entre un lunes, un sábado o un domingo: no existe un horario ni día de descanso en la vida de este joven tanatopractor. Su labor no espera, es incansable, agotadora, fuerte. Damar, el embalsamador de cadáveres, espera, afuera de un hospital de pacientes COVID-19, la llegada de la muerte para poder vivir.

La tanatopraxia es la práctica de la conservación temporal, el embalsamamiento, la restauración, reconstrucción y preparación estética de un cadáver. El término generalmente causa extrañeza y más aún cuando se explica en qué consiste, pues se tiene una aversión natural a la muerte y, más aún, provoca cierta impresión saber que es posible vivir de ella como una labor apasionante y gratificante que se ejerce con el mayor respeto por los difuntos.

Damar Valera se graduó en la Universidad de Carabobo como Técnico en Tanatopraxia, pero la crisis económica lo obligó a dejar su natal Calabozo, en el estado de Guárico, Venezuela, para cambiar de destino. El que tenía allá era un destino de hiperinflación, desempleo y sueldos que nunca le alcanzarían para vivir, un destino con nombre propio que no hace falta preguntar porque cae de maduro. 

Damar (de amarillo) junto a sus compañeros de la Universidad de Carabobo, quienes muestran con orgullo sus diplomas de Técnicos Tanatopractores. FOTO: Archivo personal.

Los últimos meses cambió el calor de su hogar por el frío de un laboratorio funerario, los muebles de su casa por ataúdes, la risa de sus cuatro hijos se convirtieron en silencios que parecen eternos y los besos de su esposa se quedaron congelados en las fotografías. Seis horas de viaje separan a Damar de su familia. Él trabaja en Guayaquil y los suyos residen en la ciudad de El Carmen, provincia de Manabí. Sus hijos le piden que cambie de trabajo, que regrese a casa porque lo extrañan y ninguna videollamada reemplaza los abrazos y besos de papá. 

El entusiasmo de Damar por contarme los pormenores de su trabajo es interrumpido por los escasos tiempos libres con los que cuenta. A pesar de que no nos conocemos personalmente, conversa conmigo a través de Whatsapp -él desde Guayaquil y yo desde Lima- y me explica que ha destinado su hora de almuerzo para concederme esta entrevista.

—¿Cómo nace tu interés por una labor como la tanatopraxia?

—No me gustaba el ambiente de la funeraria, a pesar de que mi familia se dedica a este rubro, pues mi padre es dueño de una funeraria en Venezuela. Yo pensaba estudiar algo relacionado con temas policiales, pero un día mi hermano mayor me pidió que lo ayudara en la funeraria para enseñarme todo lo que él había aprendido y que yo fuera como él. Como yo estaba pasando por una necesidad, acepté que me enseñara. Así pasó y poco a poco fue naciendo en mí esa inquietud de seguir reconstruyendo y embalsamando cuerpos. Después de hacer mi trabajo, me daba mucha satisfacción recibir el agradecimiento de los familiares de los fallecidos por dejarlos en buenas condiciones. Eso me alegraba mucho, me emocionaba y nació una pasión que me permitió ver a la tanatopraxia, no como un trabajo, sino como un arte. 

—No debe ser una labor sencilla. Para ti, ¿qué es lo más difícil de trabajar como tanatopractor?

—Lo más difícil en mi labor son las reconstrucciones. Tuve una intervención en la que tardé como seis horas en reconstruir el rostro de un cadáver que fue arrollado por un camión. Fue el primer caso que atendí y que nunca se me olvidará. Fue una reconstrucción a un hombre que había perdido la mitad del rostro y yo aún era un aprendiz. Gracias a Dios, quedó bien. En este trabajo siempre aplicamos el lado ético y el profesionalismo.

—¿Cómo fue tu salida de Venezuela para empezar desde cero en el extranjero? 

—La situación en Venezuela se volvió muy crítica. Soy padre de cuatro hijos y con mi esposa decidimos irnos a Perú. Llevé todos mis papeles, mis diplomas, porque quería seguir trabajando en lo mismo, pero allá en Lima se me hizo muy complicado. Busqué empleo en muchas funerarias y no lo conseguía porque en Perú no se practica esta labor. Están comenzando a penas y los tanatopractores todavía preparan los cadáveres de forma empírica, sin aplicar las técnicas necesarias. Yo les explicaba a los dueños de las funerarias cómo lo hacía y les pedía una serie de materiales para practicar la tanatopraxia, pero allá no están acostumbrados y no conseguí empleo. Me puse a vender caramelos, helados, marcianos y gelatinas, incluso trabajé en un centro de lavado de autos. Duré dos años en Perú y lo menos que hice fue embalsamar un cadáver.

—¿Esta circunstancia te hizo evaluar la idea de migrar a Ecuador?

—Sí. Un amigo venezolano que se encontraba aquí en Ecuador adquirió un local, puso su funeraria y me pidió ayuda. Es así que me vine con mi familia, él me recibió y actualmente estoy aquí trabajando con él. A pesar de que tenía dos años sin practicar la tanatopraxia, la técnica no se olvida. Yo tengo presente mi profesión, siempre ando investigando, leyendo, viendo videos y sentí como si fuese ‘ayer’ cuando dejé de preparar un cadáver, cuando en realidad fueron dos años.

Damar (primero de la izquierda) junto a sus colegas en Venezuela. FOTO: Archivo personal.

La tanatopraxia es un trabajo muy laborioso y demandante. Los tanatopractores deben estar disponibles las 24 horas del día, los 7 días de la semana, los 365 días del año, porque la muerte no espera ni avisa. Además, es riesgoso tener contacto directo con cuerpos de los cuales se sabe la causa del deceso, pero se desconoce qué otras enfermedades infectocontagiosas precipitaron la muerte. El uso de medidas de bioseguridad es indispensable para realizar esta práctica. Para Damar el riesgo de contagiarse se multiplica en medio de la emergencia sanitaria causada por el coronavirus. 

Damar vive dentro de la funeraria que se ubica frente al hospital Guasmo Sur, donde a diario se registran fallecimientos a causa del COVID-19. A inicios de abril, Guayaquil fue golpeada por la ola de contagios y muertes que colapsaron el sistema público de salud. A diario morían hasta 500 personas a causa de la enfermedad. Los medios nacionales e internacionales expusieron la grave situación ecuatoriana de la que Damar también fue testigo.

—¿Dejaste de trabajar en algún momento a causa del COVID-19?

Hubo un momento devastador aquí en Guayaquil, donde las personas caían en las calles y nadie quería recogerlos, ni los hospitales ni el gobierno. Las familias sacaban los cuerpos a la calle donde se inflaban y descomponían. Fue algo horrible. En esos momentos de crisis no se hacía la tanatopraxia, los cuerpos se metían en el ataúd e iban directamente al cementerio. Uno que otro caso sí se embalsamaron, pero el costo era muy elevado, entonces la gente prefería enterrar de frente a sus familiares. 

—¿Qué medidas de seguridad adoptas al embalsamar cadáveres que fallecieron por COVID-19?

—Ahora ya está más calmada la situación, pero los cadáveres que salen del Hospital Guasmo Sur son fallecidos por COVID. Me toca embalsamar esos cuerpos, pero con todas las medidas de bioseguridad: tapabocas, lentes, guantes de vinilo, traje especial descartable. Siempre me protejo de que mi piel no tenga contacto con el cadáver, incluso evito el contacto con los familiares. También los tanatopractores tenemos la ventaja de crear anticuerpos, por tantas bacterias a las que estamos expuestos al estar cerca de los cadáveres. Hasta ahora no me he enfermado ni de gripe, gracias a Dios. Sí me da temor contagiarme, porque nadie está a salvo, pero a pesar de que estoy a diario en contacto con cadáveres con COVID, me siento tranquilo porque tomo todas las precauciones y los cuidados necesarios. 

A inicios de año, Ecuador fue uno de los países más afectados por la pandemia. FOTO: AFP.

—Además de la tanatopraxia, ¿también practicas la tanatoestética?

—Sí, sin lugar a duda la tanatopraxia y la tanatoestética van de la mano. Si solo se embalsama un cadáver y no aplicamos la tanatoestética, es como dejar el trabajo al 50%. La tanatopraxia se trata de retardar el proceso de putrefacción y luego de esto, se aplica la tanatoestética porque si no se aplica, quedaría el cuerpo con un color pálido, con moretones, labios pálidos. A los hombres se les peina, incluso les he cortado el cabello, también aplico brillo de uñas, base para el rostro del tono de piel que tenían en vida. A las mujeres también les he planchado sus cabellos y las he maquillado. Me da satisfacción ver que el cadáver quede lo más natural posible, porque un cadáver es el protagonista del funeral. A mí me gusta hacerles una expresión de sonrisa, para transmitir a sus familiares que se encuentran en tranquilidad, en paz.  

Damar es joven, tiene 25 años y ama su trabajo, del que quiere vivir hasta sus últimos días. Es entregado a su labor, sacrifica horas de sueño y tiempo con su familia, a quienes ve cada 15 días. Él tiene presente el profesionalismo y la ética que exige trabajar con el cuerpo de una persona fallecida, es consciente del respeto que merece. Se siente gratificado cada vez que las personas le agradecen y lo felicitan por su labor. Él ha observado a otros embalsamadores, ha detectado sus fallas y las toma en cuenta para no cometer los mismos errores. Desearía también que la tanatopraxia sea más común, más conocida y se desarrolle en otros países de la región. Damar no le desea la muerte a nadie, pero en las madrugadas espera sin impacientarse, frente a un hospital de Guayaquil. Cuando la muerte toca la puerta de la funeraria, él sabe que ha llegado la hora de ganarse la vida.