‘Barras bravas’ peruanas: pasión, piconería y la inquietante sombra de la violencia

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El peruano olvida la mayoría de sus penas cuando le toca jugar a la selección. O al menos es lo que se cuenta. Pero el fútbol no se resume en gritar goles y atesorar camisetas. ¿Qué sucede cuando en las calles y tribunas se desata la controversia y el caos? En el torneo local, las ‘barras bravas’ comparten una historia cargada de pasión por el equipo de sus amores y trágicos episodios. En este reportaje, exploramos las tensiones generadas entre los clásicos rivales Universitario de Deportes y Alianza Lima. Una reflexión que parte desde su último encuentro en noviembre. 

Por Elena Sandoval, Abigail Fernández y Melannie Mayta


Era el minuto 82 del partido entre Universitario y Alianza cuando Horacio Calcaterra marcó el segundo gol para el equipo crema. La tribuna blanquiazul, de haber estado completamente enardecida, por un momento calló. Y el silencio terminó cuando un primer hincha lanzó una bengala al campo. A él le siguieron otros. Los jugadores, en medio de su desesperación por terminar los últimos ocho minutos de aquel partido, intentaron apagarlas. Los hinchas gritaban, cantaban. No querían que el equipo contrario les ganara en el estadio Alejandro Villanueva. En Matute, en su casa, como le llaman. Ciertos asistentes blanquiazules querían que el partido se cancelara. Uno que otro se quejó, decían que la imagen del club se mancharía, que pararan. Varios ya lloraban ante la posible derrota de Alianza. Y entonces pasó. El partido terminó, Alianza perdió. Pasaron segundos antes de que todas las luces se apagaran.

No era la primera vez que Universitario de Deportes ganaba una final de vuelta a Alianza Lima en el estadio del club blanquiazul. Había sucedido hace veinticuatro años, en 1999. El ‘MatUtazo’, como los cremas denominaron tal hito, volvió a ocurrir. La vuelta olímpica y el levantamiento del trofeo eran inevitables, pero las luces no se encendieron. O más bien, no quisieron encenderlas. Evadir la humillación y las burlas pareció ser más importante que los 30 mil hinchas que asistieron esa noche. 

Gabriel Rodríguez, camarógrafo de la Liga 1 Max que estuvo presente en el partido decisivo en Matute, apunta que la violencia es una tendencia que se repite en la mayoría de eventos futbolísticos, más si son encuentros entre grupos históricamente rivales como la ‘U’ y Alianza. Los altercados empiezan cuando el equipo local pierde el dominio del balón y, progresivamente, el resultado favorece al oponente. “Cuando Calcaterra metió el gol, empezaron a tirar bengalas desde norte y sur. Tanto a mí como a mis compañeros nos estaban cayendo las bengalas, no directamente, pero hubo demasiado humo y disturbios. Querían suspender el partido. No querían que la ‘U’ ganara y lo premien en su cancha”. 

El árbitro Edwin Ordóñez se acerca a una de las bengalas lanzadas desde las tribunas para intentar apagarla. El jugador aliancista Josepmir Ballón tuvo que intervenir para sacar el objeto del campo. Captura: Liga 1 Max.

La suma de acontecimientos similares fue el motivo por el que en el año 2013 se estableció la Ley 30037, que previene y sanciona la entrada de pirotécnicos, bebidas alcohólicas, armas, entre otras restricciones más. La controversia surgía con la prohibición del ingreso de elementos que destacan la identidad de toda barra: caras pintadas, banderolas, pancartas, bombos, murgas, tarolas y todo aquello que permita al hincha alentar. Y aun cuando muchos cuestionaban esta nueva medida, todos los aficionados del fútbol sabían que se debía a una serie de incidentes violentos que se dieron durante varios partidos.

Específicamente aquel 24 de septiembre del 2011 en el estadio Monumental, con el homicidio de Walter Oyarce, joven aliancista que fue empujado de un palco por hinchas de Universitario. En distintas zonas de la capital se realizaron protestas para que esta medida fuera levantada, lo que logró que en el año 2017 esta ley sea modificada con el fin de permitir nuevamente el ingreso de estos objetos siempre y cuando cuenten con la autorización y esté bajo las condiciones del Ministerio del Interior.

En medio de una búsqueda por erradicar la violencia en encuentros deportivos, en el año 2014 Susana Cuba, exadministradora del club Alianza Lima, propuso que todo clásico que se juegue en los estadios Matute y Monumental se dé únicamente con sus hinchadas locales, exactamente igual que un partido en Argentina entre River Plate y Boca Juniors. Al año siguiente, esta propuesta se hizo realidad. El 24 de mayo de 2015 se llevó a cabo el primer clásico con solo la hinchada local presente. Desde entonces, todo enfrentamiento entre la blanquiazul y la crema ha seguido esta orden.

La familia de Walter Oyarce Domínguez sostiene un retrato suyo durante el entierro en el cementerio Parque del Recuerdo, Lurín. Foto: Jessica Vicente – Andina.

Sin embargo, durante estos años, otros hinchas han sufrido más agresiones. En 2019, Luis Manuel Ruiz (23) falleció tras recibir un impacto de bala en un enfrentamiento entre barristas. Y el año pasado, Aldair Morales Salinas (24) murió bajo las mismas circunstancias tras la final del clásico peruano. Esto no solo se ha limitado a fanáticos, sino también a personal deportivo, como fue el caso en Chanchamayo de un árbitro perseguido con un machete por un presunto hincha en marzo de este año. Para Rodríguez, tanto la policía como la norma de jugar solo con la hinchada local presente, no son lo suficientemente efectivas para frenar esta situación, puesto que los seguidores siempre encuentran alguna manera de demostrar su inconformidad frente a los partidos, ya sea insultando, golpeando u ocasionando disturbios en la cancha mientras los camarógrafos realizan su trabajo. 

¿Por qué a pesar de la implementación de medidas legales contra actos vandálicos en eventos deportivos estos siguen desatándose? ¿Limitar la fiesta de las tribunas necesariamente transforma estas experiencias en seguras? ¿Cuál es la esencia de la celebración del fútbol y por qué parece que la violencia siempre viene con ella?

Tensiones y desbordes en las tribunas

Hay un desborde emocional de algunos integrantes de las hinchadas. Dada la presión y la necesidad de ganar, las emociones se manifiestan por medio de insultos y golpes. Esto no es exclusivo hacia el equipo contrario, sino también sucede entre ellos mismos, lo cual termina desencadenando agresiones mayores, como arrojar objetos al terreno de juego, empujones, etc. El 8 de noviembre, día del partido, miembros del Comando Sur, barra oficial de Alianza Lima, se pelearon entre sí. 

“Era el minuto 50 o 60 del partido, y en la parte superior de la tribuna sur, los chicos del Comando empiezan a discutir. De por sí, al menos para esta final, las barras estaban muy separadas, y tú te das cuenta porque cuando cantan están desorganizados. Esto es por las decisiones que toma el club o porque no están de acuerdo con cómo va el resultado. Empezaron a empujarse. La Policía subió, pero empezaron a golpearlos. Eso está muy mal”, narra Alonso Gente (21), hincha blanquiazul.

En las gradas del estadio, sucede lo que algunos llaman revisión de hinchada. Eso está presente en la gran mayoría de partidos, especialmente si son clásicos. Gente señala que ocurre cuando los mismos integrantes de las barras “corroboran” si las personas que están en las tribunas son “verdaderos” fanáticos, medida que toman para evitar infiltrados de otros clubes. Los hacen cantar las barras para constatar si saben la letra, revisan sus celulares y quitan las camisetas. De no cumplir con todo lo mencionado, pueden llegar a la conclusión de que no forman parte del equipo, y por ende, insultan y golpean hasta sacarlos del estadio. 

El 2 de septiembre Universitario también se enfrentó a Alianza Lima en una final, esta vez de la Liga Femenina 2023. El partido de vuelta se realizó en el Estadio Monumental, donde hubo escenas en las que hinchas cremas botaban entre insultos y empujones a presuntos aliancistas infiltrados. Fuente: Twitter @FrancoRojasP

¿Territorio crema o blanquiazul?

La violencia no solo se encuentra en las tribunas de los estadios, sino también en algunas zonas de nuestra capital. La Victoria y Ate, por ejemplo, son distritos históricamente blanquiazules y cremas, respectivamente: las paredes revelan las lealtades futbolísticas de estos lugares. Al doblar las esquinas de La Victoria, algunos grafitis expresan con firmeza “LA VICTORIA GRONE” o “AL”, emblemas de Alianza Lima. En cuanto a Ate, distrito donde se ubica el estadio Monumental, es común observar el símbolo “(U)” en fachadas de hogares y tiendas, que hace alusión a Universitario de Deportes. Sin embargo, la pasión deportiva de estas zonas muchas veces da paso a situaciones de conflicto. Si algún hincha blanquiazul cruza las calles de un sector crema, este podría ser blanco de agresiones físicas y verbales. Pasa de la misma manera en la situación contraria. Eventualmente, estos ambientes se tornan tensos e inseguros para aquellos que no comparten hinchada.

“Después de la final de ida, saliendo por oriente, hay un barrio de Alianza, coincidentemente cerca del Monumental. Nosotros estábamos tomando por ahí y de la nada sentimos que nos empiezan a caer botellazos y piedras. Y en ese momento, bueno, uno se abre. Yo tengo esta política personal de no pelearme. Pero sí pude ver cómo hay esa intención de hacer daño, porque está bien arraigado en esta cultura del mano a mano […]. Es como tomar ‘mi territorio’ y lo que me pertenece”, revela Paolo Ricci (25), hincha crema e integrante de La Franja, barra oficial de la selección peruana. 

“Antes había problemas con las tribunas. Había peleas tanto dentro como fuera. Gracias a Dios, con el paso de los años, esto se ha ido corrigiendo y ha estado más tranquilo. Es un ambiente hasta familiar, porque en las tribunas populares como norte, la cual nos pertenece siempre, puedes ver a familias enteras. En mi caso, yo voy con mi mamá y mi hermano. Algunas personas tienen esta idea de que en Norte se pelean, pero no pasa nada de esas cosas. Más bien, te ayudan a que seas parte del encuentro”, comenta Gianluca Cárdenas (20), hincha merengue. 

Se trata de una intensidad que no solo se vive en las gradas, sino también en las canchas. La intensidad de emociones para algunos jugadores resulta ser la fuente de su motivación. Rafael Flores (19), exjugador de la reserva de Alianza Lima, confiesa que los insultos de la hinchada contraria son un impulso para jugar con más ánimo y fuerza. “Hay ciertos jugadores que sí sienten la presión de la hinchada, la sienten bastante, les da nervios. A la hora de jugar no quieren tener el balón, se esconden dentro del campo, no quieren participar tanto por miedo a equivocarse. Pero también hay otros jugadores que utilizan esa presión o los cánticos que hacen las barras como un factor motivante. A mí me gusta escuchar al equipo rival. Me gusta escuchar que el equipo rival me insulta. Me siento mejor.”

Desentrañando la violencia

Este vínculo entre la pasión, las barras y el rendimiento de los jugadores deja la interrogante de si la violencia, tanto física como verbal, juegan un rol importante en la experiencia del fútbol. Según el psicólogo deportivo Julio César Peche, quien lleva 40 años de experiencia en el fútbol profesional, para entender esta problemática es necesario contemplar a cada hincha y jugador de manera individual. Él asegura que la causa de estos comportamientos provienen de la estructura familiar, los vínculos amicales y las distintas relaciones sociales que establecen con el otro desde temprana edad. “Si una persona tiene una base saludable, las respuestas van a ser conductas adecuadas a nivel social”. De ahí que la violencia en el fútbol pueda explicarse en patrones de violencia aprendidos en casa.  

Uno de los factores que generan enfrentamientos en las hinchadas es la incapacidad para tolerar la derrota, una conducta habitual de acuerdo con Peche. No asumirla correctamente tiene como posible origen la irresponsabilidad de los líderes de las tribunas: “Las ‘barras bravas’ tienen dirigentes que comandan y llevan al grupo. Esas personas tienen ciertas características que se manifiestan en momentos determinados, como en uno de tensión absoluta tras perder un partido. Si el líder de la hinchada reacciona de mala manera, los demás le seguirán. Así proliferan la violencia”, explica. 

Policías separando a barristas de Universitario en la tribuna norte por peleas internas. Fuente: Diario Correo.

El especialista también asevera que la violencia física y verbal es una característica notable de las ‘barras bravas’, sobre todo cuando estas se enfrentan a otras. “En el equipo contrario predomina la destrucción del otro porque de esa manera logra que su propia hinchada prevalezca”. Distingue esta tendencia como una manera de reafirmar la identidad de cada bando y así poder dominar el campo competitivo.

Asimismo, Peche sostiene que toda acción violenta que sucede en las gradas se debe a una descomposición social basada en la falta de respeto y tolerancia. En palabras del mismo, la evidencia tangible es que ahora existe una mayor intención de dañar o lastimar el cuerpo del otro. “En este contexto violento, la persona está predispuesta a responder de manera agresiva como un mecanismo de autodefensa ante la falta de respeto. Empiezan a actuar bajo la lógica comparativa del ‘¿por qué él sí puede hacer esto y yo no?’, lo que revela la falta de habilidades de afrontamiento”. 

En palabras del psicólogo deportivo, la cultura de la rivalidad entre hinchadas contribuye a que comportamientos violentos sean aprendidos y replicados por otros hinchas, por lo que es necesario un ambiente seguro y basado en el respeto para el cese de las agresiones: “Uno aprende por lo que ve y escucha. Cuando los hinchas van al partido, lo que escuchan y ven es pura rivalidad, agresión verbal, gestual. La violencia provoca más violencia”.

Plantear que los partidos solo tengan una hinchada presente sería una medida inadecuada por parte de los clubes, ya que de esta manera normalizan y alimentan la riña, discusión y pelea. Lo importante, según Peche, es ahondar en la problemática de la violencia asociada a lo deportivo, y trabajar en soluciones que promuevan el respeto dentro y fuera de la cancha. “Si existieran buenos administradores, ambas barras estarían presentes y no habría problema. Porque de todas maneras lo que ocurre en un partido luego se lleva a la calle. Los aficionados que son del equipo contrario y no han podido ingresar están afuera, esperando alrededor del estadio o en sus propios barrios”. 

Una de las tantas noticias de cuando interactúan las dos barras más populares del Perú en las calles. Captura: Canal N.

No hay otra salida más que desaprender. Es una tarea de las autoridades, que deben demostrar un mayor interés en buscar soluciones para una problemática estructural: la cultura de violencia en el fútbol. Es una tarea de los jugadores, que deben asumir con responsabilidad su rol en el equipo y respetar a sus oponentes. Y es una tarea de los hinchas, quienes deben apostar por la tolerancia en sus barras y cantos. “Tenemos que reconstruir nuestra sociedad”, concluye Peche.

Alentar no debería implicar la agresión a los demás. La idea de las hinchadas, o también llamadas ‘barras bravas’, es entregar todo por ver campeón al equipo de sus amores; y estas ganas siempre deben ir acompañadas del respeto y empatía mutua. Independientemente de quién pueda salir campeón, lo importante es seguir alentando y disfrutar de cada encuentro en este deporte que genera felicidad a miles de peruanos.

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