Los periódicos atraviesan el momento más crítico de su historia. En las últimas semanas hemos sido testigos del cierre de dos tabloides (Publimetro y El Bocón) y del despido de cientos de periodistas en otras redacciones, que también tambalean debido a que las ventas han caído tanto como los ingresos por publicidad. La prensa escrita está ahora en cuidados intensivos y nadie sabe si logrará salir con vida de esta crisis.  En ese contexto: ¿qué pasa con los vendedores de periódicos infaltables en cualquier barrio de la ciudad? Esta es la historia de Walter Ramos, un canillita que a diario se desplaza entre Miraflores y Surquillo distribuyendo periódicos en bicicleta. Él es el eslabón de una cadena que vincula a las empresas periodísticas con sus lectores, es parte de una antigua tradición que, inexorablemente, se va extinguiendo: la lectura del diario de papel.

Por Luciana Zunino 

Se levanta a las dos de la mañana. Se viste y sale raudamente para emprender un viaje hasta el número 288 del jirón El Carmen, en Surquillo. Allí recoge la bicicleta y la caja que llena con los diarios del día. Esos ejemplares se imprimieron con el papel de los diarios que no se vendieron en días anteriores. Walter recuerda la primera vez que vio cómo se reciclaban las páginas de los periódicos para imprimir nuevos tirajes en ese papel. Deshilachan el papel que sobra del día anterior y se hacen nuevos rollos gigantes en los que quedarán impresas las malas noticias de otra jornada. 

Para él la distribución de periódicos es su única fuente de subsistencia. Empieza a entregarlos a las 4 de la mañana y sigue una ruta que va por Larco, Pardo y Schell, en Miraflores, y luego se prolonga hasta El Golf, en San Isidro. Le gusta montar bicicleta. “Es un buen ejercicio”, dice. Walter es el mayor de tres hermanos, pero asegura que es el más saludable, y atribuye a la bicicleta su buen estado físico.

Tiene 59 años pero aparenta menos. Nació en San Pedro de Casta, en la provincia de Huarochirí. Ahora vive en Villa María del Triunfo. Usa gorra, mascarilla, polo de manga corta, bermudas, medias altas y zapatillas. Siempre se desplaza en una bicicleta. Al lado del timón lleva una caja donde caben infinidad de cosas; por ejemplo, un calendario chino de cartón en el que tiene anotadas todas las direcciones, fechas, nombres y diarios que debe entregar a cada suscriptor. Ya se acostumbró a llevar la caja repleta de periódicos. Nunca se le ha caído un ejemplar.

Desde hace diez años, Walter Ramos se moviliza en bicicleta  para cumplir su trabajo. FOTO: Luciana Zunino. MONTAJE: Killa Cuba.

Después de las 7 de la mañana, cuando ya ha terminado de repartir los periódicos, se va al  Mercado N° 1 de Surquillo; allí un amigo le presta un puesto para seguir ofreciendo periódicos mientras dure la cuarentena. La demanda es muy baja en todos los puntos de venta. “Hace tiempo que no se saca como debe ser”, se queja Walter, quien ha encontrado una fuente adicional de ingresos en el lavado de autos en una cochera.

Desde que se declaró el estado de emergencia por el COVID-19, los tirajes de los periódicos limeños se han reducido a la mitad, en el mejor de los casos. Muchos quioscos están cerrados y se habla de la pandemia como la causante de la inminente desaparición de los diarios impresos. Sin embargo, este formato periodístico aún encuentra canales para sobrevivir gracias a los canillitas y a los fieles lectores del papel. Si hablamos de los periódicos como una especie en vías de extinción, surge la pregunta: ¿qué pasará con los canillitas? Para ellos no hay bono del Estado, aunque se lo merezcan. 

En la caja sobresale un ejemplar de Correo. En una de sus páginas se lee: “Delivery gratis, te llevamos el periódico a tu casa”. Al preguntarle si eso les afecta,  Walter responde: “Con el delivery ofrecido por las empresas periodísticas la suscripción mensual costaría doce soles, más o menos. A nosotros no nos conviene porque no nos contratarían para la distribución; las mismas empresas tendrán a sus propios repartidores”. Cuando le pregunto por los sindicatos de canillitas, empieza a rebuscar en su caja y saca un anuncio que publicaron los gremios en el diario Exitosa. También un pronunciamiento en el Diario Uno. Sus dirigentes destacan la vigencia de la Ley N°10674, norma que establece la protección y asistencia del Estado en favor de los canillitas. “Ojalá nos hagan caso”, dice.

Los gremios se han pronunciado sobre la situación laboral de sus treinta mil afiliados. En los pronunciamientos piden al gobierno acceso al bono que se ha entregado a los peruanos más vulnerables y también una pensión de jubilación. El 70% de los agremiados tiene más de 50 años.  También piden que les hagan pruebas de descarte del coronavirus, dado que su trabajo transcurre en la calle.  Los canillitas admiten que son parte de una actividad en camino a desaparecer. Es por eso que piden algo que llama la atención: ofrecer otros tipo de productos y servicios, como recarga de celulares, por ejemplo. 

Sabido es que la crisis de los periódicos impresos es anterior al coronavirus.  La pandemia arremetió contra las empresas periodísticas cuando estas daban sus primeros pasos para su reinvención en el formato digital. Gumersindo Lafuente, subdirector de Eldiario.es, de España, pronostica el cierre de muchos periódicos impresos en todo el mundo en los próximos meses. 

No hay que ser un experto para advertir que el final del diario de papel está cada vez más próximo. La mayoría de la gente se ha volcado a internet para informarse y más aún ahora, por el temor al contagio. En realidad, el costo que representa la impresión y distribución de diarios es un mal negocio si se repara en la escasa demanda del público.  La mayoría de los canillitas empezó a trabajar hace veinte o treinta años. “Toda una vida”, dice Walter. Muchos de sus compañeros ya son adultos mayores y por lo tanto población de riesgo en medio de la pandemia.  

Walter tiene claro que la gente dejó de comprar periódicos en la primera década de este siglo, cuando internet se empezó a masificar. Hace 20 años, recuerda, el diario La República imprimía 180.000 ejemplares, ahora no pasa de 5.000. La mayoría de lectores se inclina por las plataformas digitales, aunque Walter prefiere el papel a lo digital. Dice que la gente que aún compra periódicos lo hace porque se trata de una experiencia de lectura distinta a la que ofrece una pantalla. Poder “tocar” las noticias y, conservarlas luego en un cajón es una experiencia irremplazable. Sentir el papel en la yema de los dedos, avanzar y retroceder entre las páginas, releer una y otra vez lo que no se entendió y entregarse al placer de llenar el crucigrama son vivencias que no tienen precio. 

Cada tres días Walter se cambia de mascarillas. Él intenta mantenerse alejado de las personas que se aglomeran en los centros de distribución de diarios. Tiene temor de contagiarse. Cuenta que varios de sus compañeros han muerto a causa del COVID-19 en el Callao. 

Son las dos y diez de la tarde. Walter vuelve al número 288 del jirón El Carmen, en Surquillo. Coloca los periódicos en un ropero, coge unos cuantos, deja la bicicleta y se va a su casa en Villa María del Triunfo. Allí aprovecha los momentos de ocio para leer los diarios que no se vendieron y que luego serán reciclados. Sus favoritos son Expreso, La República, Diario Uno, Exitosa y La Razón. “Llego a mi casa, los leo y a la mañana siguiente los devuelvo”, cuenta antes de alejarse pisando fuerte los pedales de su fiel compañera, su bicicleta.