FOTO: Global Humanitaria

Ruth Buendía: “No quiero que los niños de mi pueblo crezcan con las carencias que yo tuve en mi infancia”

El transcurrir de la vida de Ruth Buendía ha estado íntimamente entrelazado con los reclamos históricos de su pueblo, los asháninkas. Con los años, transformó las penurias que vivió de niña en los ejes centrales de su lucha: educación intercultural y bilingüe para las comunidades amazónicas, salud y respeto por la naturaleza. Llegó a ser la primera mujer que asumió la presidencia de la organización Central Asháninka del Río Ene (CARE) y por su trabajo ganó el Premio Medioambiental Goldman 2014. El diario El País de España la incluyó en la lista de los cien personajes más influyentes de Iberoamérica. Esta es la historia de una mujer que no se rinde.

La tarde que Ruth Buendía perdió a su padre, casi premonitoriamente, el cielo se llenó de nubes grises. Mientras jugaba entre las plantas de yuca que cultivaban en la huerta de su casa, vio un punto en el horizonte que se acercaba velozmente hacia ella: era uno de los hermanos de su comunidad. Al llegar, le dijo que acababa de presenciar la muerte de Rigoberto Buendía, su padre. Fue una emboscada. Días atrás, un lugareño lo confundió con un militante de Sendero Luminoso y, asustado, avisó a otros. Con engaños, lo llevaron a lo más profundo del monte. Allí, le dispararon directo al pecho. Ruth tenía solo 11 años.

Quedó huérfana a inicios de la década de los ochenta, años sumamente violentos para la comunidad asháninka de Cutivireni, en la provincia de Satipo (Junín). Los indígenas de la selva central eran atacados desde distintos frentes: por un lado, militantes de Sendero Luminoso invadían los caseríos para convertirlos en nuevas bases de apoyo; por otro, militares del Estado peruano los confundían con senderistas y los detenían. En medio del caos, Ruth, que acaba de quedar huérfana de padre, se sentía desprotegida. Abandonada.

“Cuando no tienes padre, ni la sociedad ni el Estado ven por ti. Por esta razón, siempre he trabajado para apoyar a los niños y niñas que se encuentran en esta situación. Recordando las necesidades que tuve en mi niñez, quiero que la situación cambie para mi pueblo. Para mis niños”, afirma Ruth.

Han pasado más de tres décadas, pero cuando le pregunto a Ruth por el momento que definió el curso de su vida, el asesinato de su padre es el primero que se le viene a la mente. Es el momento que trazó el inicio de una historia de lucha. Para muchos, su logro más importante fue cuando, al frente de la Central Asháninka del Río Ene, detuvo la construcción de la central hidroeléctrica de Pakitzapango. Odebrecht, la empresa multinacional a cargo del proyecto, abandonó la construcción a causa de las protestas sociales que Ruth impulsó.

En los últimos 20 años, Ruth Buendía ha tenido un rol decisivo para impulsar las demandas de su comunidad. Foto: Musuk Nolte

Pero antes de ser la mujer que hacía retroceder las proyectos trasnacionales que amenazaban su ecosistema, Ruth Buendía fue una niña que tuvo que postergar muchos de sus sueños: La guerra interna y la persecución que luego vivieron ella, su madre y sus cinco hermanos, la forzaron a abandonar el colegio a los 11 años, a inicios de los noventa. De Cutivireni, la comunidad amazónica en la selva central de Junín en donde nació, huyeron por el río Ene a la provincia de Satipo.

– ¿Cuándo pudiste retomar tus estudios?

– A los 18 años. En Satipo, cuando busqué en los registros, solo encontré mis certificados de estudios hasta segundo grado de primaria. Entonces tuve que estudiar en la escuela nocturna, en el CEBA Rafael Astorga. Pero a los pocos meses dejé las clases nuevamente porque estaba embarazada. A los 20 años pude retomar otra vez y terminé el colegio seis años más tarde.

– También te planteaste el reto de ingresar a la Universidad…

– Postulé a la Universidad Nacional de los Andes, en Junín. Quería estudiar Derecho. Pero me quedé en el tercer ciclo y no pude terminar la carrera. Ha sido difícil para mí, entre los hijos y liderar la organización (CARE), pero creo que esta labor social es muy importante. Por eso enfatizo tanto en ayudar a que las niñas tengan acceso a la educación que les da oportunidades para desarrollarse. 

A partir de tu experiencia, ¿consideras que la educación es una de las necesidades más urgentes para las comunidades amazónicas?

– Por supuesto. Las propuestas del Estado están orientadas a las ciudades, no a las comunidades indígenas. Aquí no llegan los materiales del Minedu y en los pueblos el requisito para contratar profesores es que hayan terminado el colegio. Imagínate. Hasta yo podría ser profesora. Reconozco que también ha sido responsabilidad de las organizaciones indígenas que así lo pidieron, pero nos estamos engañando a nosotros mismos. Siguiendo ese camino, los niños nunca tendrán éxito en la vida. Por eso debemos cambiar la ley de contrataciones indígenas.

“Con educación podemos salir adelante”, enfatiza Ruth. Luego de 14 años como presidenta del CARE, está orgullosa de los logros conseguidos: han construido dos albergues en la comunidad para niños y niñas huérfanos, firmaron un convenio con Qali Warma para que les proporcionen las raciones diarias y ahora reciben donaciones de diversas organizaciones.

“Cuando me quedé sin padre, necesité que otros me ayudaran a acceder a educación. Ahora, me satisface mucho haber ayudado a los niños y niñas que necesitaban también un apoyo”, afirma Ruth Buendía.

En medio de los árboles que rodean Cutiverini, la comunidad de Satipo (Junín) donde vive, Ruth Buendía viste los trajes originarios de su etnia, los asháninkas. Foto: Musuk Nolte

Sin embargo, el camino no ha sido fácil. Ruth también ha tenido que lidiar con las violencias de género estructurales que profundizan las desigualdades en nuestro país, especialmente en las comunidades indígenas. 

– Has vivido el machismo en carne propia.

– Sí, muchas veces. Hay mucho machismo en los pueblos indígenas y miedo de que las mujeres ocupen cargos. Hay corrupción entre los hombres, se compran entre ellos con una caja de cerveza y forman alianzas. Como fui presidenta por más de 14 años, las instituciones y autoridades se acostumbraron a conversar conmigo. Cuando asumió el nuevo presidente, el año pasado, surgieron celos políticos porque las instituciones y las autoridades seguían llamándome. Entonces el nuevo presidente  empezó a tomar decisiones de manera unilateral, sin avisarme, a lo que debo añadir también actos de hostigamiento.

– Imagino la indignación que sentiste…

– Le dije que lo desconocía totalmente: “¡Estás pisando huevo, pisa la tierra!”. Incluso me dijo: “¿Qué has hecho por CARE? Nada”. No entendía cómo era posible, pues yo lo había formado para que asumiera el cargo. Pero ganó el celo de los hombres.

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A sus 44 años, Ruth se casó y tuvo cinco hijos. Durante toda la vida se ha dedicado al activismo: este ha sido su trabajo principal. Cuando le pregunto si, luego de tanto tiempo liderando distintas organizaciones y espacios, tiene en mente retirarse, escucho su risa desde el otro lado de la línea telefónica: “No, yo pienso postular a un cargo más, quizá como presidenta, en una organización nacional. Mi meta es construir los cimientos, plantear una hoja de ruta a favor de la educación y la salud en nuestras comunidades”.