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Maradona, el Abraxas del fútbol

Las dicotomías de un crack. Fue dios y demonio al mismo tiempo. Glorioso y miserable. Efímero y eterno. Fue lo mejor y lo peor. Murió, pero nunca muere.

Falleció Diego Armando Maradona. Esa oración que impactó al mundo un 25 de noviembre de 2020 trae consigo una gran contradicción. Diego es tan efímero como eterno. El futbolista había muerto hace mucho, la persona nos deja recién, y la leyenda, esa nunca muere.

Contradicción, dos en uno, ambivalencia. Si lo vemos desde el lado de los amantes del fútbol, Diego es una leyenda. Fue el ídolo de millones y el héroe de otros más. Para los que fundaron la iglesia maradoniana fue, incluso, un dios. Si lo vemos desde el lado humano, para muchos es despreciable. Consumió drogas, negó a un hijo, le rompió un vaso en la cabeza a una mujer, tuvo denuncias por violencia por parte de sus exparejas, fue acusado de pedófilo. ¿Cómo le dices a sus víctimas que el tipo es un héroe cuando para ellas es un villano? ¿Cómo les justificas que esa persona merece estar en murales o que un estadio lleve su nombre?

Si me preguntan, personalmente yo a Diego no lo admiro. No es mi ídolo, pero si me ponen un video de sus mejores jugadas seguro me van a escuchar decir: “Mierda, qué increíble”.

El héroe

Diego, como ya lo dije, para muchos fue un héroe. Primero, veámoslo netamente desde lo futbolístico. Desde un caso que conocemos. Los peruanos llevamos a la categoría de héroe y referente a Paolo Guerrero. Es el goleador, nos llevó a un mundial, fue el que pateó el tiro libre indirecto que Ospina tocó. Perú a Rusia y Paolo a la gloria. Los amantes de la precisión saldrán a decir que aquello solo nos llevó al repechaje o que fue trabajo de equipo, porque el fútbol es de once. Sí, pero sabemos que, a la hora de elegir ídolos de esa selección mundialista, Paolo se llevó el primer lugar en el podio.

Diego no llevó a Argentina a un mundial. Diego ganó un mundial para Argentina. Esa es razón suficiente para que miles o millones de argentinos lo tengan de héroe. El fútbol es así, despierta pasiones. La ilusión de ver tus colores jugando la mayor competición del fútbol mundial es inmensa. Sino preguntémosles a los miles de peruanos que viajaron a Rusia para ver a Perú no pasar la fase de grupos. Esa admiración tiene un rasgo irracional, fanático, pasional. Se ama al personaje.

Sería muy fácil cerrar ahí el asunto y decir que los que admiran a Diego son incapaces de ver más allá del rectángulo de la cancha. Que son fanáticos empedernidos que se hipnotizan al verlo gambetear en medio de cuatro jugadores para llegar a una red. No es así. Aquel mismo mundial que ganó, cuartos de final, partido contra Inglaterra, Argentina gana por dos a cero. Para muchos fue una reivindicación o una revancha nacional tras la humillante derrota en la guerra de Las Malvinas.

El sentimiento de los argentinos frente a los ingleses no era como la rivalidad que los peruanos tenemos con Chile. Usemos este ejemplo cercano para empatizar. Hemos heredado un resentimiento y un rencor por la pérdida de Arica y Tarapacá, aunque ya casi a nadie realmente le importa si ese territorio es o no peruano. En ese momento, en Argentina no se trataba de las islas.

En la guerra de La Malvinas, casi toda una generación de argentinos perdió. Más de nueve mil jóvenes fueron a la guerra. Unos perdieron la vida, otros perdieron los sueños. Perdieron a los amigos, a los hermanos, a los amores. Contaba Andrés Burgo, en su libro “El Partido”, la historia de un hombre, Héctor Rebasti, que fue portero en las inferiores de San Lorenzo y posteriormente se entrenaba con el equipo profesional de Huracán. Lo llamaron a la guerra y dejó el fútbol para enrolarse. Entre los daños físicos y psicológicos que sufrió, no pudo volver a jugar. Las bombas le estropearon el oído y, por tanto, el equilibrio. Perdió la oportunidad de cumplir su sueño. Le cortaron las alas y le sacaron los guantes a la fuerza. ¿Para qué? Si Argentina igual perdió. Todo fue en vano.

Cuando Diego le metió esos dos goles a Inglaterra, ese hombre se sintió vengado, se sintió reivindicado. Sintió que alguien había sacado la cara por él. Un partido no le iba a devolver la vida a los miles de jóvenes fallecidos, no le iba a devolver los sueños a todos los afectados, no iba a regresar Las Malvinas a los argentinos, pero sí ayudo a sanar una herida muy grande que llevaba abierta toda una nación. Además, muchos de los seleccionados, eran de la categoría de los que fueron a las Malvinas. Los del 60, 61, 62. Eran la reivindicación de esas categorías. No todos murieron, no todos se hundieron. En cada grito de gol de ese partido estaba el desahogo de toda una nación, todo el sufrimiento, el dolor y la bronca.

Todos esos argentinos tal vez no quieren ver a Diego más allá. No quieren oír de sus adicciones o crímenes. No quieren que nadie les quite a su héroe. No van a soltar el recuerdo del hombre que vino y, con un gol anotado con el puño, les sanó la identidad, les regaló desahogo, los reivindicó, rindió honras fúnebres a sus muertos. Necesitaban a alguien que los salve y apareció Maradona.

Millones de argentinos lo necesitaron para sanar, para ilusionarse, para forjar identidad. ¿Eso era lo que él buscaba? Tal vez no. Tal vez él solo pensaba en correr y anotar. No lo sé, pero a consciencia o no, se convirtió en héroe. Siempre le dedicó ese triunfo a los de Las Malvinas, aunque como generalidad, sin rostro. Diego, no conocía ni los nombres ni las caras de los nueve mil, pero seguramente, los sobrevivientes de esos nueve mil conocían la de Diego.

Diego Maradona sostiene la Copa del Mundo tras ganar la final del Mundial México 86 ante Alemania por 3-2. FOTO: AFP.

El villano

Año 2006. Diego arrojaba un vaso a la cabeza de una exreina de belleza, Tumara Vaimarae. Tuvieron que ponerle ocho puntos. Violencia. No fue el único caso. Once años más tarde, Diego era denunciado por violencia sexual.  La denunciante era Yekaterina Nadólskaya, una periodista rusa, quien sostuvo que Maradona trató de desnudarla a la fuerza en un hotel, cuando entró a su habitación para entrevistarlo. La periodista declaró para el medio digital Lenta.ru: “Vino su ayudante, me arrojó 500 dólares, y luego llamaron a los guardias de seguridad. Tres hombres me sacaron de la habitación. Ni siquiera me dejaron coger mis cosas”.

Los abogados de Maradona desestimaron la denuncia, aseguraron que Yekaterina había realizado ese tipo de denuncias contra dos políticos rusos. Afirmaron que aquella era su forma de ganar notoriedad. La denuncia no fue presentada y el caso nunca se resolvió. Eran dos versiones encontradas. Algunos eligieron creerle a la víctima y solidarizarse con el momento horrible que debió haber sido estar ejerciendo el periodismo y enfrentarse con en situación así. Además, sabían que, si era verdad la denuncia, difícilmente la justicia llegaría. Era una reportera sola frente al Diego, casi intocable. Otros, en cambio, creyeron más en las declaraciones de los abogados. Una periodista buscando fama y notoriedad, colgándose de un personaje famoso. Queda al criterio de cada uno qué versión creer.

Si hablamos de denuncias de violencia, Yekaterina no fue la única. Tres años antes de aquello, su expareja, Rocío Oliva, denunció que Maradona la golpeaba, le daba puñetazos. Además, difundió un video en el que la insulta. Diego se defendió en una entrevista con la periodista Mariana Calabró. A ella le aseguró que nunca había golpeado a una mujer. Si era sinceridad o un modo de tratar de limpiar públicamente su deteriorada imagen, no lo sabemos. Lo que sabemos es que no fueron pocas las denuncias y los escándalos.

El más turbio fue, tal vez, el que se desató tras la filtración de fotos de Maradona abrazado a dos mujeres desnudas que, se decía, eran menores de edad. La edad de las jóvenes no es un dato confirmado, pero las fotos son reales y se encuentran fácilmente en internet. Los adjetivos sobran. El lector los elegirá, pero es innegable que Diego tuvo algo de villano.

El Dios

¿Qué es dios? ¿Quién es dios? ¿Existe? Depende de las creencias de cada uno, pero lo que es innegable es que existe ´Dios´ en tanto concepto. ¿Fue Maradona un dios? Sí, pero solo porque así fue considerado por miles. Incluso, apareció la llamada Iglesia maradoniana. Se fundó en 1998 en la ciudad de Rosario. Algunos la catalogan de parodia, pero el fervor y la pasión del fútbol son lo más cercano que hay a una religión. Para el año 2015 la Iglesia maradoniana tenía quinientos mil seguidores en todo el mundo.

¿Por qué admiramos a algunos deportistas? Se podría construir un robot que sea el mejor futbolista del mundo y eso no nos causaría deleite alguno. Admiramos a los deportistas porque son seres humanos como nosotros, pero traspasan el límite de lo que consideramos humano.

Los comunes y corrientes no podemos hacer lo que hacía Maradona, no podemos hacer lo que hace Messi, no podemos hacer lo que hacía Jordan. Por eso los elevamos a esas categorías semidivinas o divinas, porque rompen y trascienden las posibilidades humanas y hacen cosas que creíamos imposibles.

Diego se llevaba toda la cancha, anotaba goles como el mismísimo Maradona (porque él es la máxima referencia), le dio a Argentina un mundial. Al modesto Napoli le dio títulos de liga y Copas de Italia. Desparramó fantasía. Se ganó a punta de cuero y balón el título del mejor del mundo.

Aquí viene lo difícil como escritora porque por más exacta que quiera hacer la descripción de una escena que muestre esa grandeza como futbolista, no podré. Yo podría describir con la mayor precisión léxica posible el sabor de una torta y eso no haría jamás que el lector sienta el sabor en la boca. Tendría que comerla. Lo mismo pasa aquí. A Maradona tienes que verlo, sino no entiendes.

El hombre

Ya es cliché. El niño humilde que vino de abajo. Un chico de barrio que por puro talento natural llegó a ser el más grande del fútbol. La historia de superación que se repite en casi todas las historias que nos venden de deportistas. Todos salieron de abajo. El cebollita que se volvió campeón del mundo.

Fue humano. Pasó por Boca, por Barcelona, por Napoli, Por Sevilla, Por Newell´s como trabajador. El fútbol era su trabajo. Un trabajo para el que tenía un talento único, pero no cumplió con la disciplina que le correspondía como profesional.

Aún más cliché, en Napoli acabó involucrado con la mafia y cayó en el consumo de cocaína. Muchos culparon a la presión, a la soledad, a la propia mafia. Siempre es más fácil colocarlo como víctima, le resta responsabilidad. Sea como fuere, el vicio llegó a la vida del hombre. Podría enumerar los episodios, pero ya los conocemos: suspensiones, falsificación de resultados en exámenes de dopaje, declive deportivo. Luego de volverse el máximo ídolo del Napoli, Diego se retiró por la puerta trasera.

No solo dejó trofeos en Napoli. Cristina Sinagra apareció aquel entonces en televisión anunciando que estaba a punto de tener un hijo de Diego. Le colocó ese mismo nombre. Maradona lo negó incansablemente, entonces estaba casado. Sus fanáticos creyeron su versión y acusaron a Cristina de colgarse de la fama del futbolista. Veintinueve años más tarde, Diego Maradona reconoció a Diego Sinagra, hijo de Cristina, como hijo suyo. Aquel no fue el único.

Maradona fue una figura hipermediática, siempre envuelto en escándalos por su adicción a las drogas, denuncias por violencia de género y simpatía con polémicos gobernantes. FOTO: AFP.

Abraxas

Humano, dios y monstruo. Glorioso y miserable. Efímero y eterno. Las dicotomías de un crack. Diego es holístico. Su todo es diferente a la suma de sus partes. Algunas son brillantes, otras son turbias y grotescas. Un todo gris, entreverado, difícil de comprender. Por eso, para juzgarlo, todos eligen solo una parte, la que más entienden, con la que más empatizan.

Más allá del hombre, que hoy se ha ido, es un personaje. Tan complejo y alucinante que ni en la ficción hubiera podido ser creado y, si hubiera sido así, sería de lo más inverosímil: un niño pobre que tenía un don, se volvió el mejor futbolista de la historia, le dio a Argentina un título mundial, se involucró con la mafia de Napoli, cayó en las drogas, dejó hijos por el mundo, violentó mujeres, se retiró en decadencia, se fundó una iglesia en su nombre y un estadio de la Serie A también lo lleva.

Pensando en Diego recordé Demian, aquel libro de Herman Hesse en el cual describe a Abraxas. Era una divinidad egipcia que era dios y demonio al mismo tiempo. Representaba lo bueno y lo malo, la vida y la muerte. Diego es un Abraxas. Fue lo mejor y lo peor. Murió, pero nunca muere. Fue un dios y un demonio. Innegablemente héroe, innegablemente villano, innegablemente humano.

Al final, Maradona fue lo que fue.