José Enrique Escardó: “Si me van a recordar por algo, que sea por ser el primero que denunció los abusos del Sodalicio”

Satánico para sus detractores en las redes sociales, ateo para las personas que lo conocen. Sus experiencias y conocimientos lo llevaron a apartarse de quien algún día decidió entregar su vida por amor: Jesucristo. Cuando estaba en el colegio, su mayor aspiración era ser sacerdote. Ahora, a los 53 años, denuncia los abusos cometidos por religiosos y ayuda a las víctimas de estos para que puedan superar los traumas psicológicos que alguna vez él también tuvo. Esta es la historia de José Enrique Escardó Steck (JEES), un sobreviviente del infierno del Sodalicio.
Por Adrián Calle
Portada: Adrián Calle

Hoy luce intimidante: 1.80 de estatura, pesa 97 kilos, viste polo negro con una tipografía —casi ininteligible— que perfectamente podría ser usada por una banda de black metal, lleva cadena y anillos de calaveras y ataúdes, y sus brazos lucen completamente tatuados con figuras relacionadas a la filosofía, misticismo y ocultismo. Sale a la calle y rápidamente es acechado por las temerosas miradas de los transeúntes que se cruzan por su camino. Esa misma imagen es la que suele mostrar también en sus redes sociales, donde se hace llamar “JEESxorcismo” o “JEES pronounced as HELL”.  En Instagram, por ejemplo, puede subir una foto con su hija Gia como también puede publicar una cruz invertida como parte de la decoración de su casa o la ilustración de Satanás seduciendo a una mujer. En Twitter opina sobre temas relacionados a política y religión, además de confrontar a quienes lo atacan por sus críticas a los representantes de la Iglesia y su postura contra el Cristianismo.

Sin embargo, no siempre fue así. En algún momento de su vida, el libro que leía una y otra vez por cuenta propia era la Biblia, aunque en especial el Apocalipsis. Le parecía impresionante las historias que se contaban. Admite que, desde niño, sintió un interés especial por la teología, la mitología y la filosofía. Sus padres no eran católicos practicantes y su colegio, el Markham College, tampoco lo era, pero él sentía una particular atracción por la religión que lo llevó a interesarse por un grupo de sacerdotes que llegaron a su escuela cuando tenía tan solo 12 años de edad. Le llamaba la atención la forma en que vivían su fe. Ellos pertenecían a la sociedad del Sodalicio de Vida Cristiana.

—“Mi primer acercamiento con el Sodalicio fue a través de un profesor de religión en sexto grado de primaria. A partir de ese momento me comenzaron a lavar el cerebro. Duró toda la secundaria”.

Asistía a todas las reuniones que el Sodalicio organizaba para los escolares e, incluso, su mamá llegó a prestar su casa para que puedan realizar allí sus rituales. En ese momento sus padres ignoraban que José Enrique tenía una ambición mayor: quería ser sacerdote y formar parte del Sodalicio. 

“Cuando estaba en quinto de secundaria hice mi promesa de aspirante, tenía 17 años recién cumplidos. Me dijeron que no les diga nada a mis viejos. Me convertí en miembro formal del Sodalicio siendo menor de edad, mis padres no lo sabían”.

Les había dicho que estudiaría Comunicaciones en la Universidad de Lima, quizá por temor a una reprimenda. Una noche su madre Rubeth se acercó a su habitación para despedirse con un simple “Hasta mañana”. De pronto, José Enrique, harto de ocultar su vocación, se armó de valor y le dijo: “Mamá, voy a ser cura”. La noticia no fue bien recibida en casa. Al día siguiente, regresó del colegio y lo esperaban su mamá, su papá y el esposo de su mamá —quienes no se podían ver ni en pintura— para conversar sobre su futuro. Le dieron tres opciones: se iba a vivir a Canadá con una tía, hacía dos años de servicio militar o estudiaba en la Universidad de Lima hasta los 18 años. Cumplida la mayoría de edad, ya podía ser cura. Rápidamente optó por la última opción.

Fue alumno de la universidad por un año y medio, o al menos eso hizo creer a sus padres. En ese entonces, vivía con su papá Enrique en Camacho, cerca al campus, aunque también estaba cerca del Centro Pastoral del Sodalicio ubicado en San Borja, donde se quedaba la mayor parte del día. Recuerda que faltaba a clases y desaprobaba los cursos, pero que los miembros del Sodalicio se encargaban de falsificar el consolidado de notas para que sus padres no se enteren de sus bajas calificaciones. 

Cumplida la mayoría de edad, decidió retirarse de la universidad y, ahora sí, ser formalmente miembro del Sodalicio. Empacó una maleta y se dirigió hacia la playa de San Bartolo, al sur de Lima, para vivir en la comunidad cristiana. Allí se dio cuenta de que ser cura implicaba otros atributos más allá de lo cognitivo. En ese momento, a sus 18 años, su vida cambiaría al ingresar a la ‘casa de formación’, pues se convertiría en un ‘reo’ sin vínculo alguno con esferas sociales externas durante dos años.

La rutina diaria era la siguiente: A las seis de la mañana los despertaban. Llegaba el superior a los cuartos y gritaba “¡Virgen de Guadalupe!”, inmediatamente todos tenían que levantarse de las camas y responder “¡Ruega por nosotros!”. Se ponían ropa de baño para salir al muelle y nadar en el mar. A veces, les hacían cargar una piedra grande, la más grande que podían cargar, y llegar con ella hasta la isla.  Regresaban a casa y debían continuar haciendo ejercicios. Se duchaban, se vestían, rezaban, desayunaban y luego ingresaban a la biblioteca para estudiar toda la mañana hasta el almuerzo. 

Todos los temas de estudio eran sobre teología: Santo Tomás de Aquino y la Suma Teológica, eclesiología, cristología, mariología. Había un rango de influencias que iba desde Jesús hasta Luis Fernando Figari, el fundador. Debían aprenderse de memoria sus influencias históricas, su biografía y sus libros. 

Luego del almuerzo, hacían una siesta de 45 minutos, aproximadamente. Los despertaban y otra vez iban al mar. Continuaban con ejercicios intensos y extenuantes. Después reanudaban el estudio o ingresaban a las sesiones con el director espiritual. 

En la noche, luego de la cena, todos estaban agotados por las exigencias físicas y mentales de sus superiores. Ya no podían más, pero aún no terminaba el día. Iban a la cocina por una taza de café que, de alguna manera, amortigüe el cansancio acumulado del día y puedan continuar con las actividades. A las nueve de la noche, empezaban las dinámicas grupales que consistían, en palabras de José Enrique, en abusos físicos y psicológicos, golpes y actos de lo más denigrante. Él sentía que los destrozaban en vida. 

—“Por eso yo no puedo tomar café hasta ahora, lo relaciono con esa experiencia”.

Años más tarde, JEES reconoció que estaba esclavizado física y mentalmente en la casa de San Bartolo. Vivía con sus compañeros, pero no los conocía prácticamente, pues no había horas para socializar ni energías para entablar una conversación. Cuando su mamá quería ir a visitarlo, lo escondían en el baño para decirle que no estaba. Su vida se limitaba a obedecer a los curas. En ese momento, a sus 18 y 19 años, su devoción cristiana se superpuso a los abusos que sufría día a día, los aceptaba como rigores que le servirían para formarse como soldado de Cristo y defenderlo de los enemigos. Tenía la idea de que todo era parte del plan de Dios y que sus superiores querían lo mejor para él.

Hasta que se convirtió en agnóstico —y luego ateo—, José Enrique siguió una vida muy ligada a la religión. No solo fue católico, sino que también perteneció al movimiento religioso Hare Krishna por ocho años, e incluso llegó a ser monje. Foto: Adrián Calle. 

Tuvieron que pasar cerca de dos años para que empezaran los cuestionamientos internos de Escardó sobre las imposiciones de sus guías espirituales. “¿Por qué hago esto?”, “¿cuál es su finalidad?”, se preguntaba diariamente. Pidió salir de la comunidad, pero solo recibía respuestas negativas y ataques. Los guías le decían que se iba a ir al infierno y que su vida iba a ser un desastre por darle la espalda a Dios. Un día, el fundador Luis Fernando Figari, enterado de la situación, llamó a José Enrique: «Oe maricón, ya me han contado que te quieres ir, ¿no? Cabro. Pero mira, tú dime adónde te quieres ir ahora en verano. Yo te sugiero Chincha, porque ahí hay un colegio y, como a ti te gusta enseñar y sabes inglés, puedes enseñar inglés a los papas. Pero ponte bien, fortalécete, porque cuando termines tu tiempo en San Bartolo, yo tengo un plan para ti, pero no le digas a nadie». De las palabras que expulsaba Figari, solía desprenderse fascismo, racismo, misoginia y homofobia. Así lo recuerda.

El ‘plan’ al que se refería el líder del grupo religioso, quien ahora vive en Roma, era que José Enrique iba a ser el elegido para fundar la sociedad del Sodalicio en el Vaticano. Con el paso del tiempo, los mismos exsodálites descubrieron que esa promesa se la decía a cualquiera que tenía intenciones de retirarse de la comunidad. Era su forma de manipular a sus discípulos. Esa estrategia le daba resultados a Figari, porque, por ejemplo, José Enrique siguió su sugerencia de irse a Chincha en el verano de 1989 y permanecer un tiempo más en el Sodalicio, a pesar de sus cuestionamientos internos.

Ya en Chincha, recuerda que se sentía emocionalmente abatido, entraba al baño y se quedaba llorando. No sabía qué hacer con su vida. Se sentía triste porque no quería quedar mal con sus guías del Sodalicio, pero al mismo tiempo ya no tenía la misma convicción que cuando ingresó a la casa de formación. Sabía que no podía abandonar la comunidad de forma cordial, pues no le permitían irse, entonces tenía que escaparse sin que nadie se diera cuenta. Estuvo una semana pensando cuál sería el momento ideal. Ya tenía su maleta preparada para irse, solo sacaba una manta para cubrirse al dormir y la regresaba a la maleta cuando despertaba. Escribió una carta de despedida que dejaría sobre su cama cuando llegara el momento de escapar. Hasta que un día, luego del almuerzo, mientras sus compañeros dormían la siesta, vio la oportunidad para salir silenciosamente de la casa. Agarró su maleta y tomó el primer taxi que vio en la calle para que lo llevara a una estación terrestre en Chincha. 

—“Compré mi pasaje a Lima y me regresé llorando todo el trayecto, no sabía adónde iba a ir: me había peleado con mi viejo, con mi vieja, y no sabía si me iban a aceptar. Me bajé a las nueve de la noche en el cruce de Javier Prado con la Panamericana, en el Hipódromo, y me fui caminando con mi maleta a la casa de mi viejo para ver si me aceptaba. Finalmente me quedé con él”. 

Los dos primeros meses de su regreso a la vida secular los pasó muy afectado por los traumas que le había generado su estancia en el Sodalicio. Estaba completamente robotizado: seguía despertándose a las seis de la mañana, seguía bañándose con agua fría, seguía vistiéndose igual, entre otras costumbres que había interiorizado. Se escondía o sentía miedo si veía a alguien que parecía un sodálite mientras caminaba por la calle. Y, por último, se sentía triste y avergonzado por la forma en que se había ido. Aún no asimilaba todos los abusos que había recibido. Incluso, un par de años después, regresó al Centro Pastoral en San Borja para intentar un acercamiento, pero no fue bien recibido.

En el 2000, diez años después de su “liberación” de San Bartolo, José Enrique ya tenía 30 años, era titulado en Ciencias Publicitarias, aunque se desempeñaba como periodista en la revista Gente, dirigida por su padre Enrique Escardó. Precisamente, fue en este medio, donde decidió denunciar, por primera vez, los abusos cometidos por los cabecillas del Sodalicio. En ese momento, comenzó otra etapa en la vida de José Enrique Escardó. Empezó a recibir ataques, le decían que era un mentiroso, un drogadicto, que quería destruir la Iglesia. Sus amigos se alejaron cuando más los necesitaba, su familia también se alejó porque pensaban que no estaba bien mentalmente. Le tocó enfrentar solo todos los ataques de los fanáticos religiosos.

—”Estuve solo en esta lucha hasta que salió el libro, 15 años después de mi denuncia. Me crearon mala fama, tuve problemas para conseguir trabajo. Yo era considerado el victimario”.

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¿En algún momento te arrepentiste de haber denunciado?

—Ochenta veces y ochenta es muy poco. Sí, porque ha tenido consecuencias y sigue teniendo consecuencias muy fuertes. No sabía las consecuencias que iba a tener, pero de ahí las acepté y dije: «Esta lucha es mía». Siento que de alguna u otra manera es mi legado. Todos queremos dejar algo cuando nos vayamos, siento que este es mi legado para mi hija y para la sociedad. Si se me va a recordar por algo, que se me recuerde por haber sido el primer denunciante de los abusos del Sodalicio. Con eso yo me siento tranquilo y como no creo en el cielo ni en el infierno, tengo que preocuparme por lo que voy a dejar aquí.

¿Y crees que en algún momento llegará la justicia?

—No, nunca he creído que vaya a llegar. Para mí, es más importante la justicia mediática, que es lo que hemos logrado. La justicia acá se ha estado burlando de nosotros, nos ha estado revictimizando porque, como no ha salido ninguna sentencia, no hay ningún acusado, entonces dicen que las víctimas son unos mentirosos. Los políticos y el Congreso son la misma historia. La misma sociedad nos estigmatiza. 

Yo no creo que vaya a llegar la justicia, pero sí hemos logrado que los medios de comunicación informen lo suficiente del tema y ahora mis hijos, tus hijos y nuestros nietos entrarán a Internet, pondrán Sodalicio y ya no saldrá lo que ellos querían que salga, ahora saldrá lo que nosotros queríamos que salga: la verdad. Por ahí hemos ganado. Hemos logrado bastante, pero lamentablemente estas luchas son así.

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Actualmente, José Enrique Escardó tiene 53 años, una hija de 15 años, a la que adora y admira. Vive en San Miguel y trabaja como Director de Comunicaciones en la Fundación Luis de la Calle, organización que se dedica a empoderar a las personas, las comunidades y la sociedad en tres áreas clave: educación, servicio social y medio ambiente. Además de ello, dirige la Red de Sobrevivientes Perú, quienes se encargan de brindar ayuda psicológica a sobrevivientes de abuso sexual (niños, adolescentes y personas vulnerables) en cualquier tipo de instituciones (educativas, religiosas, etc.).

 Su denuncia desencadenó toda una lucha que se mantiene hasta el día de hoy.