Daniel pinta a la gente que lo vio crecer en el cerro San Cristóbal. Un mirador turístico sumido en las tinieblas de la delincuencia. Una zona roja como él dice. Sus habitantes no imaginaban que una nueva amenaza mortal aparecería a principios de marzo. Al inicio lo tomaron con ligereza. Las pichangas seguían, las mascarillas apenas eran utilizadas por los vecinos, la guardia estaba baja. Hasta que el incontenible virus se llevó a cerca de ochenta habitantes de esta zona. El dolor era inmenso, más aún porque ninguno pudo ser despedido como lo merecía. Entonces surgió la idea: inmortalizarlos sobre paredes y muros. Para recordarlos, para tener donde rezarles y contar sus mejores anécdotas, pero, sobre todo, para crear conciencia acerca de la gravedad de la situación. Son once murales pintados por Daniel en lo que él denomina ‘El cerro de la memoria’.

Por Alexandra Garrido 

Eran aproximadamente las diez de la noche, transcurría por ese entonces el año 2001. Un joven Daniel de cabello oscuro y contextura delgada caminaba por el centro de Lima, donde es usual encontrar dibujantes al paso. Iba cruzando Jirón de la Unión cuando se topó con un grupo de artistas callejeros. Hacían retratos, detenían a las personas y preguntaban si deseaban inmortalizar sus rostros en cartulina. Algunos aceptaban, otros pasaban de largo. 

Sintió curiosidad acerca del trabajo que realizaban. Los observó por varios días hasta que decidió acercarse a ellos. Les contó que también dibujaba y gustaba de la pintura. Rápidamente entablaron amistad, la vena artística los conectó de inmediato. Con ellos se inició en el arte urbano. Primero tomó como inspiración las facciones de los transeúntes limeños. Luego plasmó en las veredas del centro de Lima, con tizas de distintos colores, obras de algunos clásicos de la pintura, su preferido era Velázquez.

Dibujo en lápiz del «Tío José», uno de los primeros modelos de Manrique cuando iniciaba como retratista. FOTO: Archivo personal.

Dejaba sus versiones de los clásicos en medio de la calle. Podía emplear hasta doce horas dibujando con la espalda encorvada y expuesto a los constantes cambios de luz bajo el cielo gris de la capital. La gente se acercaba, observaba, incluso algunas veces pasaban por encima. A Manrique le daba igual, él solo quería que la gente de a pie acceda al arte, así sea por unos segundos, que comenten y reflexionen. Eso lo emocionaba, ver a los peatones, anónimos y fugaces, envueltos en el papel de críticos, incluso si a duras penas entendían algo de pintura. Jamás soñó con llevar consigo aquellos dibujos y armar un portafolio que lo lance al mercado del arte. 

Un niño y su descubrimiento del arte

El arte no siempre es una herencia familiar. Daniel proviene de un linaje de obreros laboriosos, como lo fue su padre, quien dedicó cuarenta años de su vida a trabajar en una conocida fábrica de gaseosas. Su curiosidad por el dibujo y la pintura surgieron en los talleres que tomaba en una iglesia de la congregación salesiana, que lleva más de cien años en el Rímac. La primera vez que asistió tenía siete años. Solo debía caminar unas cuadras para participar de las actividades que organizaban los jóvenes de la zona. Quedó deslumbrado por las clases de música, de arte pictórico y de literatura.

De inmediato se sintió atraído por la biblioteca del oratorio San Juan Bosco. Los libros de arte llamaban su atención y quedaba embelesado observando pinturas de los grandes maestros del Renacimiento y el Barroco. Pasaba mucho tiempo en el templo. De lunes a viernes lo ayudaban con las tareas y los fines de semana se dedicaba a actividades recreativas. Era un espacio perfecto para desarrollar habilidades, desarrollar la imaginación creativa y encontrar una ocupación. 

Allí también tuvo la oportunidad de aprender ebanistería con quien considera su primer mentor en las artes plásticas. “Siempre recuerdo al profesor Anselmo. Era muy paciente conmigo, rara vez se molestaba. Yo tenía doce años cuando me anoté a su clase y participé de su taller durante tres años. A los quince ya había culminado mi formación en ebanistería, al igual que varios amigos de mi barrio”, recuerda con alegría. 

Culminados sus estudios de ebanistería, se acercó a Cosme Robrero, un sacerdote salesiano aficionado a la historia del arte español.  El padre Cosme había conocido a Salvador Dalí y era un apasionado del piano, un hombre dispuesto a compartir sus conocimientos con Daniel. Este fue el maestro que puso un lienzo frente a trece jóvenes interesados en la pintura. Se preocupó por buscar a un profesor especializado, un escultor que les enseñara también principios teóricos. Del grupo, solo Daniel persistió en continuar por el camino de los trazos y los colores. “Me considero un autodidacta con formación en arte académico. Las clases que recibí son la base que le dan sentido a mis dibujos”, afirma. 

De las veredas a los muros

El arte de las calles fue tomando fuerza en Lima, sobre todo el que estaba hecho a base de pinturas en aerosol. Su memoria se remonta al año 1997, cuando por primera vez, desde la ventana de un bus, vio lo que conocemos como graffitis en las calles de distritos acomodados de Lima. “Chicos de San Borja o Surco que tenían el dinero para viajar a Miami o Nueva York, traían revistas del arte urbano que se desarrollaba en Estados Unidos, sobre todo en el Bronx”, relata. Solo bastaron unos años, a principios del nuevo siglo, para que las latas de colores pasen a manos de los colegiales de su barrio. Sobre las paredes pintaban su rebeldía de rojo y negro. Era una forma de posicionarse, de expresar sus sueños rotos y dejar huella de su existencia en un entorno de marginación social. Algunos se volvieron pandilleros, algo común en la zona.

Color Energía es la iniciativa que Daniel Manrique y su esposa Carla Magán vienen trabajando con el objetivo de llenar de color el Cerro San Cristóbal y convertirlo en un punto turístico más seguro. FOTO: Archivo personal.

Los trazos de pintura en las paredes fueron evolucionando frente a sus ojos. Tomaron forma, al punto de dejar de ser considerados pintas irreverentes y deslucidas. Se abrieron paso los murales, sobre todo en el centro de Lima. Tenían el respaldo de algunos alcaldes y hasta participaban de festivales, hasta que llegó Castañeda Lossio por segunda vez a la Municipalidad de Lima y los borró. Aunque Daniel piensa que esta acción fue beneficiosa para quienes se dedicaban al muralismo. “Dio mucho que hablar en la prensa, el suceso se divulgó y la defensa del muralismo se volvió un tema cotidiano de conversación. Hasta en mi barrio la gente hablaba de arte. Si no sucedía eso, los murales iban a pasar desapercibidos”, afirma con seguridad. 

El cerro San Cristóbal es considerado un lugar inseguro, aunque siempre presente en las rutas turísticas debido a que es uno de los principales miradores de la ciudad. Cada vez que Daniel abría una guía de turismo veía a su vecindario resaltado en rojo. Casi siempre era descrito como un lugar poco accesible y peligroso. Sin embargo, sentía que había potencial, el suficiente como para transformarlo en un lugar hermoso en donde la gente se sienta segura. Por ello, hace seis años, junto a su esposa Carla, decidió crear el colectivo Color Energía. Su sueño era muralizar las alturas de Lima a punta de brochazos y baldes de pinturas. “Lo sacamos adelante con la gente, incluso me hice dirigente barrial con la idea de tener más acceso a los espacios públicos. Toqué muchas puertas para que se hiciera realidad, fue muy difícil”, relata.

El cerro de la memoria 

Los primeros días de la pandemia apenas se sintieron en San Cristóbal. Las pisadas de los jugadores seguían frescas en las losas deportivas y la gente paseaba tranquila por las estrechas escaleras del empinado cerro. La falta de previsión persistió a pesar de la muerte de un vecino. “Ignorábamos si había fallecido a causa del virus, pero al mes comenzaron las muertes”, narra con tristeza. De pronto todos conocían a alguna víctima de Covid en su círculo cercano. 

Daniel recuerda a una señora en particular: Eustacia Julca o ‘Tachita’, como la llamaban de cariño, a quien también plasmó en un mural, uno de los más populares que ha realizado. Solía verla a diario en su pequeño puesto donde vendía maíz tostado. El coronavirus se la llevó a los 72 años por hacer caso omiso a la cuarentena. La necesidad la empujó a salir a las calles.  Vendía maíz tostado y almorzaba menú en el comedor popular. Fue doloroso presenciar su muerte, pero él considera que nadie se va en vano. Sentía que debía hacer algo para que sus vecinos tomen conciencia de lo que estaba pasando. Los murales pasaron de ser un instrumento de embellecimiento a un símbolo de memoria colectiva.

Retrato de «Don Vilca», residente del sector Leticia de San Cristóbal en ambas versiones: lápiz y pintura en pared. FOTO: Facebook Color Energía.

Los retratos ocuparon las paredes de inmediato. Daniel había pasado de retratar desconocidos con tizas multicolores a perennizar el rostro de sus queridos vecinos con lápices y pintura. Aquellos rostros debían perdurar en el tiempo, ser indelebles. Los dibujos pronto fueron divulgados en las redes sociales. Si la gente se encontraba confinada a causa del virus, era a través de las redes que podía contemplar a quienes se habían ido de pronto. El periodismo hizo lo suyo con los murales. Aparecieron entrevistas sobre aquel artista que deseaba que las víctimas del Covid-19, de ningún modo, sean olvidadas. 

Daniel no ha buscado ninguna retribución y tampoco notoriedad por los retratos que ha hecho de sus vecinos fallecidos. Insiste en que no quiere que se los olvide. Son una ofrenda personal a quienes perdieron a un ser querido sin la oportunidad de despedirlo como se acostumbra, un consuelo ante la ausencia de hombros sobre los cuales llorar por esa partida inesperada. Un día los dejaron en la puerta de un hospital y no los volvieron a ver. Estos murales, que los deudos  y vecinos contemplan ahora, revelan que, al menos en las faldas de este cerro tutelar de Lima, ausencia nunca será sinónimo de olvido.  

Sin embargo, no todos entienden el sentido de la obra de Daniel. La muerte es un tema tabú, más aún si lo causa un virus tan contagioso. Rendir público homenaje a quien murió por este mal puede exponer a sus deudos ante un entorno no siempre empático y solidario. Una familia temerosa del rechazo colectivo cuestionó al artista. Daniel entendía esta reacción. El temor es grande entre los vecinos y en ocasiones desata estigmas. 

Los vecinos de San Cristóbal se vieron particularmente afectados por el fallecimiento de Lutz Sherlock, un joven con habilidades especiales que murió a causa de un cáncer al estómago. Los hospitales abarrotados de casos Covid y la escasez de personal médico impidieron que Lutz, de 20 años, reciba la atención necesaria para tratar su enfermedad. A raíz del dolor colectivo por la partida del muchacho, el artista decidió plasmar el rostro de Sherlock en el primero de los once murales que ahora luce el cerro.

Primer mural del proyecto «Cerro de la Memoria» en homenaje a Lutz Sherlock, un joven con habilidades especiales fallecido durante la pandemia. FOTO: Instagram Color Energía.

Daniel salió por el umbral de su casa dispuesto a hablar con la familia para obtener el permiso necesario. “La muerte de este joven tocó la fibra sensible de toda la comunidad”, afirma con una expresión melancólica. Luego de obtener el permiso, debía buscar dónde retratarlo. Indagando entre sus amigos, uno de ellos ofreció su pared para inmortalizar el rostro del muchacho. Así lo hizo, y así empezó el proyecto llamado “El cerro de la memoria: rumbo al bicentenario”.

Con este proyecto, Daniel aspira a pintar a todos los vecinos del cerro San Cristóbal que murieron durante la pandemia. Buscando paredes donde representar los rostros, se percató de que había un parque sin nombre. Su idea ahora es cubrir los muros que rodean esta área con los retratos de los vecinos que se fueron, todos a causa de la pandemia. Ahora lo llama el Parque de la Memoria y espera que sea un lugar agradable, de reflexión y diálogo para las familias de las víctimas. 

Mural en proceso como parte del proyecto «El Cerro de la Memoria: Rumbo al bicentenario» FOTO: Archivo personal.

Más que simples ilustraciones, estos murales cargan con la esencia de las personas. Antes de pintarlos Daniel ha escuchado las historias de boca de sus allegados. Se concentra en convertir aquellas anécdotas que protagonizaron en vida en un gesto que condense el temperamento que caracterizaba a cada uno. “Se abre un hilo de historias que le dan sentido a la formación de nuestro barrio”, reflexiona. Al terminar un mural, llega a sentirse aún más cerca de la gente de San Cristóbal, después de todo, son quienes le darán color al grisáceo pasado del mirador. 

La noche avanza y las anécdotas sobran. Ocho meses de pandemia parecen ser insuficientes para el virus que todavía mantiene a muchos en el encierro. Daniel saldrá mañana con sus baldes de pintura en mano para continuar su labor. Por desgracia, aún hay muchos rostros que perennizar.