Antropólogo, investigador, maestro, sacerdote y amigo, Manuel Marzal Fuentes dejó una huella indeleble en la Facultad de Ciencias Sociales. Uno de sus discípulos lo recuerda, lúcido y vital, en los últimos veinte años de su fructífera existencia.

Por Alex Huerta*

La antropología busca entender a la cultura desde el punto de vista de los practicantes de la misma. Así, el antropólogo tiene que abrir su mente, liberarse de prejuicios y entrar desarmado a la comprensión de puntos de vista diferentes al suyo. El primer profesor que tuve y que me invitó a quedarme en la facultad era antropólogo y también sacerdote. Confieso que ambos aspectos me parecían contradictorios, pero el padre Marzal los combinaba con mucho humor (su arma predilecta), mucha paciencia (su característica permanente) y mucha inteligencia y soltura (su marca como maestro).

Yo lo conocí apenas empezaba la carrera y lo que me sorprendía era que se daba tiempo para aprender nuestros nombres, preparar clases, ser su propio jefe de práctica, publicar libros y artículos, corregir nuestros informes y atendernos personalmente en una oficina que, para muchos de nosotros, era un refugio de paz.

De joven, el padre Marzal sufrió un grave accidente y estaba obligado a sentarse con una pierna estirada, ya sea en otra silla o en un sillón especial. Por eso adaptó todo su entorno, para que nos sintiéramos cómodos en su oficina. Había acondicionado la puerta para que, al tocarla, pudiéramos abrirla fácilmente –un rústico sistema de ligas y chinches mantenía el cerrojo abierto– y nunca lo encontrábamos haciendo algo que no fuera leer o escribir. Era nuestra voz de la consciencia para que culmináramos la tesis, fuéramos disciplinados y siempre publicáramos nuestro conocimiento. Como él lo hacía, predicando con el ejemplo, era imposible contradecirlo.

Con el tiempo pasó también a ser mi guía espiritual porque, como muchacho rebelde, me había peleado muchas veces con mi propia fe. Lejos de predicarme, el padre Marzal me permitía explicarle cómo me sentía respecto a Dios. Definitivamente su flexibilidad y apertura de mente me hicieron no solo volver a mi fe, sino admirar más a este jesuita español que nos abrió un mundo fascinante de estudios acerca de la religión popular, es decir, de cómo en Perú reinterpretábamos la Biblia, nos hacíamos amigos de los santos, y construíamos un Cristo con características propias. Como no admirar al profesor y al amigo que, preocupado por las dificultades de muchas universidades fuera de Lima, decidió tomar la titánica tarea de hacer un compendio de tres tomos que recogía el pensamiento de la disciplina antropológica, analizando autor por autor, tema por tema, con una paciencia infinita.

Quisiera terminar esta brevísima reseña con dos experiencias que vivimos juntos de alguna manera y con ello explicar porque estoy seguro que él siempre estará con nosotros.

Cuando ocurrió el atentado en la calle Tarata, nuestro amigo y compañero César Cortez murió junto a su madre y hermana, dejando desolados y confundidos a sus jóvenes compañeros y amigos. En ese contexto, el padre Marzal fue una roca firme para nosotros; estaba bastante conmovido y participó en la misa para la familia. Le pregunté si valía la pena seguir estudiando antropología, cuando ya nada tenía sentido en la sociedad. “Claro que sí, es tiempo de entender qué pasó en un país que alguna vez fue pacífico”. Y era cierto, era momento de entender y observar para buscar el cambio.

Luego viajé a hacer estudios de posgrado y en Nueva York fui testigo del atentado del 11 de setiembre de 2001. Gracias a Dios, pude comunicarme con el padre Marzal por mail. Nuevamente le compartí mi malestar acerca de lo que acababa de ver tan cerca, tanta gente morir, tanto dolor, otra vez. El padre me escribió un mensaje diciéndome que me diera cuenta como en los momentos duros, afloraba lo mejor de los seres humanos.

Mantuvimos correspondencia electrónica por un tiempo más y cuando partió al cielo fue una sorpresa dura para mí y estoy seguro para todos. La última vez que nos comunicamos, él estaba jubilado, recuperándose de las complicaciones de un nuevo accidente que había tenido. Sin embargo, me comentó que seguía trabajando en publicaciones, artículos e investigaciones. La última frase que me escribió fue: “como verás chamba no me falta.” Ese fue su legado, la pasión que lo inspiraba hacía que todos necesitemos de él y que no lo hayamos dejado ir y lo tengamos con nosotros siempre.


Alex Huerta. Antropólogo. Columnista del diario El Comercio. Profesor del Departamento de Ciencias Sociales. Dicta cursos de su especialidad en su facultad y en Estudios Generales Letras.

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