El otro día una amiga me dijo: ‘¿Te das cuenta de todo lo que has logrado? Hay personas que después de conocerte han cambiado su perspectiva sobre la discapacidad’.

Este fue mi último ciclo de la carrera y probablemente sea una de las pocas personas con discapacidad visual que ha pisado la Facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación. Según me contaron mis profesores, soy la primera persona con ceguera que estudia periodismo en la PUCP.

Me ha tocado ‘abrir camino’, como me decían algunos docentes; y no puedo negar que la experiencia ha sido enriquecedora, pero también difícil.

Desde que entré a Estudios Generales Letras, tuve profesores que siempre se preocuparon por lograr que sus clases sean inclusivas. Mi jefe de práctica de Lógica y Epistemología jamás había enseñado a una persona con discapacidad visual, por eso reservaba algunas horas extras para explicarme las derivaciones. Los dos fuimos aprendiendo juntos…

Los cursos de letras no fueron difíciles para mí. El Servicio de Apoyo para Personas con Discapacidad (SAPD) de la Biblioteca Central se encargaba de escanear las lecturas y enviarme los textos que las personas ciegas requieren durante el semestre académico.  El objetivo, luego de digitalizar los textos, es transformarlos a un formato accesible. Generalmente, el formato más amigable es Word.

Yo solo debo mandar la bibliografía que necesito a la persona encargada del servicio; él se ocupa de buscar los textos y, luego de adaptarlos con un grupo de practicantes, los envía a mi correo personal.

En la computadora puedo acceder a las lecturas a través de un lector de pantalla, es decir, un sintetizador de voz que verbaliza todo lo que está en la PC. En la Biblioteca Central hay una computadora que cuenta con el lector de pantalla Jaws, y en el Pabellón Z también hay otra. Recuerdo que instalaron el programa cuando ingresé a  periodismo.

En la facultad el camino se tornó un poco más complicado. Había revisado el plan de estudios de mi especialidad y habían varios cursos que requerían de un desempeño visual. La experiencia fue buena en algunos, y en otros, no tanto. Creo que se debió a la falta de costumbre por parte de los profesores; nunca habían trabajado con una persona ciega. Había días en que me veía realmente frustrada porque era consciente de que mis compañeros trabajaban el doble porque yo no podía ayudarlos con la cámara.

Aun así logré aprobar los cursos, pero con el anhelo de que algún día la universidad aplique una política de inclusión con sus docentes, de modo que no se queden atónitos al ver a una persona con discapacidad entrar a sus clases.

La facultad siempre se mantuvo abierta a la inclusión; he sido una de las pocas personas que logró la exoneración de dos cursos puramente visuales. Y estas asignaturas fueron convalidadas por otras que sí aportaban a mi desempeño como profesional. Fue un precedente para otras personas con discapacidad que quieran ingresar a la Especialidad de Periodismo. Deben saber que la plana curricular puede adaptarse para que podamos desempeñarnos en igualdad de condiciones y potenciar todas nuestras capacidades. Yo no puedo ver, pero sí puedo aprender otras materias que no requieren necesariamente de la visión.

El día a día con los estudiantes también ha tenido sus anécdotas positivas y negativas. Desde los amigos que siempre han estado dispuestos a apoyarme cuando los profesores no lo hacían tanto, hasta las personas que me perseguían exigiéndome que acepte su ‘ayuda desinteresada’. Nunca olvidaré que una chica me gritó por decirle que yo podía llegar sola a la biblioteca, y que un chico me sostuvo el brazo un largo rato, dispuesto a ayudarme a bajar las escaleras, a pesar de que le repetí varias veces que me soltara porque yo podía hacerlo sola.

La PUCP es una de las universidades más inclusivas del Perú para las personas ciegas, eso es innegable. Algunos amigos con discapacidad me comentaban que en sus instituciones no había el servicio de escaneo de textos y debían ir a la Biblioteca Nacional, que está sobrepoblada de estudiantes, a esperar que adapten sus lecturas. A mí solo me bastaba un par de correos y nada más. Pero es cierto que no es perfecta. Faltan muchísimas cosas por hacer. Desde habilitar caminos con relieves para poder seguirlos con el bastón, hasta visibilizar el enfoque de discapacidad en el ámbito académico.

Todavía hay muy poca gente interesada en estudiar este tema, y si lo hacen, no toman en cuenta los estándares internacionales: el lenguaje es uno de ellos. Hace tiempo me topé con una persona que me dijo que quería hacer una investigación sobre ‘personas especiales’, como si las personas con discapacidad fuésemos extraterrestres o algo similar.

A lo largo de mi estancia en la universidad he podido ver el trabajo increíble que realiza la Dirección Académica de Responsabilidad Social y los colectivos sobre discapacidad dentro de la universidad, pero visibilizar es también investigar cuáles son las formas de exclusión a las que estamos sometidos, qué medidas de accesibilidad existen, entre otros asuntos.

La discapacidad no es un tema de las personas que conviven con ella. Me explico: yo no soy ninguna experta, solo soy una activista más, y ya es hora de que la universidad también se interese por el tema. El otro día una amiga me dijo: “¿Te das cuenta de todos los cambios que has logrado? Hay personas que después de conocerte han cambiado su perspectiva sobre la discapacidad”.

Me encantaría que, además de cambiar su perspectiva, hagan de la lucha por mis derechos también su lucha. Que esta universidad sea más inclusiva no depende solo de mí, depende de todos.

 

Sobre El Autor

Andrea Burga
Colaboradora

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