En vivo y en directo: la noche en que 75 mujeres fueron detenidas y televisadas por ser lesbianas

Ilustración: Killa Cuba

Sucedió una medianoche hace 35 años. El noticiero “90 segundos” mostró cómo un grupo de mujeres eran obligadas a salir de un bar para ser introducidas en un camión portatropa de la policía. Este hecho fue conocido como “La redada al Bar La Ferretería” y su historia forma parte de la memoria del movimiento LGTBIQ+. A pesar de que el operativo fue difundido reiteradas veces por la televisión local, existe un escaso registro de lo que sin duda fue un acto de discriminación homofóbica. Algunas víctimas no se ponen de acuerdo sobre la fecha exacta de esta arbitraria detención. Pero todas coinciden en recordar algo con nitidez: la violencia policial y el escarnio mediático que se desató contra ellas solo por ser lesbianas.

Laura Rivera y Álvaro Cáceres


Cuando Gina Vargas prendió el televisor, la noche del sábado 20 de junio de 1987, se le heló la sangre. No podía creer lo que estaba viendo en la pantalla. El televisor era esa ventana que le mostraba la realidad salvaje y peligrosa que la esperaba afuera de su casa. Era medianoche y todo el Perú ingresaba a una madrugada con toque de queda. Las calles eran selvas de cemento y nadie podía poner un pie en ellas entre la doce de la noche y las cinco de la mañana. Si lo hacía, corría el riesgo de ser detenido. La ciudad era patrullada por tanques del Ejército y vehículos policiales. En aquel entonces, el joven presidente Alan García buscaba hacer frente a la violencia política de los grupos terroristas Sendero Luminoso y el MRTA.

Gina era la directora del Centro Flora Tristán, una organización que luchaba por los derechos humanos de las mujeres. En un país machista, ella era una feminista militante y, por aquellos días, había descubierto su bisexualidad. Gina conocía a muchas mujeres lesbianas y otras que eran bisexuales, pero muy pocas se atrevían a decirlo abiertamente. 

Esa noche reconoció a muchas de ellas en la pantalla de su televisor. Las obligaban a salir de un bar al que Gina iba todos los sábados por la noche. Por azares del destino, aquel fatídico día, ella no fue. 

“Allanan en Breña local de extrañas reuniones”, se leía en la pantalla. La violencia con la que efectivos policiales sacaban a un grupo de mujeres de un bar que funcionaba a puerta cerrada en el jirón Huaraz, en Breña, se convirtió en la exclusiva del noticiero nocturno “90 Segundos”, del canal 2.

Las imágenes eran oscuras, solo por los faros de los automóviles se vislumbraba un tumulto de gente expectante. Había por lo menos tres patrulleros y, aproximadamente, una veintena de efectivos que merodeaban por la zona. La luz intensa de una linterna iluminaba la pequeña puerta metálica del local y una cámara apuntaba esperando capturar el momento decisivo. De pronto, dos policías sacaron a una mujer. La jalonearon. Querían que camine hacia un camión portatropa. Ella se resistía y trataba de hablar con ellos, pero no le hacían caso. Después salieron otras mujeres, una tras otra, en una hilera que parecía interminable. Pasaban de mano en mano de los policías, las contaban como si se tratara de subir animales o sacos de papas a un camión. 

Años ochenta. Gina Vargas cuando era directora en de la ONG Flora Tristán.

Salía una, salían dos, la tercera se golpeó con la puerta del vehículo al que las obligaban a subir. Los policías las empujaban para que caminen más rápido; ellas, se cubrían la cara. Con pañuelos, con carteras, o, en última instancia, con sus manos, el objetivo era que las cámaras no alcancen sus rostros, el objetivo era proteger su identidad. Estaban nerviosas y, evidentemente, asustadas. 

De aquel desfile forzado de señoritas, destacó una de largo pelo negro. Usaba una blusa celeste, y una cartera color crema de gran tamaño. Salió serena, sin miedo, como si los policías fueran invisibles a sus ojos. Podía ocultarse como lo habían hecho las demás mujeres, pero no lo hizo. Las cámaras también le eran invisibles, o en todo caso, desdeñables. Le preguntó a un policía si debía entrar al camión y con la misma determinación de quien sube a un autobús para ir a su casa, lo hizo. Antes de poner un pie en el vehículo, volteó y miró a la cámara de un reportero con desdén. Sandra Campos subió sin prisa al camión junto a otras 75 mujeres. Con esta escena termina el video del allanamiento policial. 

Gina Vargas no recuerda los motivos que le impidieron asistir esa noche. Lo que no se ha borrado de su memoria es la violencia con la que esas chicas fueron detenidas y cómo los periodistas de un noticiero televisivo se prestaron a captar lo que era un abuso policial y lo transmitieron para que se convierta también en un acto de humillación pública.

Muchos televidentes pensaron que se trataba de prostitutas saliendo de un local clandestino. Durante aquella época, en las redadas se detenía a personas sospechosas de vender licor o de ejercer la prostitución. Pero en este caso particular se trataba de mujeres que no estaban violando la ley. Eran lesbianas, en su mayoría, y se divertían en un espacio donde se les permitía expresar sus preferencias sexuales sin ser juzgadas.

En los años ochenta, ser lesbiana en el Perú implicaba ser una ciudadana de segunda clase, sin derechos reconocidos y expuesta a la agresión constante de la sociedad y de las fuerzas del orden. El MRTA y Sendero Luminoso perseguían y asesinaban a los homosexuales. El Estado los estigmatizaba. No había leyes que protegieran a los homosexuales. Que una mujer hiciera pública su condición de lesbiana era un peligro: podía ser despedida del trabajo, ser expulsada de su propia familia y sometida a “medidas correctivas”. 

Después de 35 años, Gina Vargas recuerda la noche en que sus compañeras fueron detenidas y maltratadas por la policía.

En medio de este clima de inseguridad, ingresar al bar de Breña implicaba que el peligro desapareciera, al menos por unas horas. Aquí las mujeres pasaban de no tener voz en el espacio público a expresarse con libertad entre cuatro paredes. Aquí transcurrían sus noches de sábado en medio del bullicio de la fiesta, la música y la satisfacción de ser quienes realmente eran. 

“Era el único refugio que tenían para vivir su identidad sexual tranquilamente. Allí podías estar segura porque nadie te iba a juzgar, porque estabas entre pares, porque estabas con amigas”, afirma Verónica Ferrari. Cuando tenía 8 años, Verónica vio las imágenes en la televisión sin saber que años después este suceso marcaría su vida y la de muchas otras lesbianas.

La noche de la irrupción 

—Yo iba con Fressia Carrasco, Emanuela Ramos y Rebeca Sevilla —recuerda Gina—. Nosotras íbamos ahí a bailar y a beber los sábados. Uno sí y otro no, pero teníamos cierta frecuencia. Ese sábado, muchas de nosotras no fuimos.

Ruth Rutele, una activista del Movimiento Homosexual de Lima, también frecuentaba el lugar y conocía a Gina. Pero esa noche prefirió quedarse en casa.

—En las discotecas gays ponían pura música en inglés. Pero yo recuerdo que en el local del jirón Huaraz ponían salsa. Entonces lo sentía como algo más cercano a mi experiencia. Había mesas y mucha gente alrededor.

El bar era un local comercial. Para entrar era necesario agacharse por la puerta pequeña de un portón metálico levadizo. La atmósfera era un tanto oscura, pero se podía distinguir a una mujer con una cartera al hombre, que iba paseándose de mesa en mesa. Era la señora Patty, la dueña del local.   

—Creo que al bar también le llamaban Patty por su dueña —cuenta Ruth—. Solo vendían cerveza, pero a veces la señora preparaba algo de comer. 

El bar de la señora Patty se ubicaba en el jirón Huaraz, en el distrito de Breña. De lunes a viernes a este lugar ingresaban hombres y mujeres. Los sábados, en cambio, la entrada era exclusiva para ellas. La mayoría eran lesbianas, pero también lo frecuentaban mujeres heterosexuales. Un lugar exclusivo pero inclusivo a la vez. Como todo el Perú estaba en toque de queda, quienes pensaban divertirse en este lugar debían permanecer desde la medianoche hasta las cinco de la mañana del siguiente día. Era una fiesta de “toque a toque” que se adaptaba a las disposiciones de seguridad del gobierno. Estas encerronas festivas eran habituales en todo Lima y Callao. Y las autoridades las toleraban dado que se hacían en espacios privados. Lo que estaba prohibido de manera explícita era transitar en el espacio público.

Gina y Ruth no fueron esa noche. Sandra Campos, en cambio, estaba “cheleando” con sus amigas Pilar, Victoria y América en el segundo piso del local. No tenía la más remota idea de que los policías y los reporteros del canal 2 se organizaban para intervenir el local. Víctimas y agresores tenían todo listo: las mujeres iban a pasar otra noche de diversión en un espacio seguro, los efectivos policiales irían con la intención de arrestarlas y exhibirlas, los reporteros del canal esperaban filmar sus rostros y exponerlas ante miles de televidentes. 

De repente, Sandra oyó un grito. Una voz grave empezaba a vociferar.

—Los patas entraron al bar en ese momento. Empezaron a ponerse en filas. Uno, dos, tres, cuatro, hasta diez. Y todititos levantaron sus armas y nos apuntaron a la cabeza —exclama Sandra—. ¡Salgan en filas! —recuerda que gritó un policía.

En un abrir y cerrar de ojos su refugio quedó al descubierto. 

—¡Qué cosa le pasa a este baboso! —exclamó Sandra, quien ahora recuerda que todas estaban ebrias—. Las chicas nos matábamos de risa y los policías se morían de rabia porque no les hacíamos caso. 

Sandra percibió las intenciones de los policías. Al ingresar, pensaron que su condición de hombres y el uniforme que vestían les daba control o dominio de ese grupo de mujeres. Era de suponerse que ellas les debían obediencia. Pero indiferencia con la que se toparon provocó que estallen de ira. Su ego había sido dañado, advertía Sandra, y eso resultaba imperdonable. Decidieron imponer la orden que habían dado a toda costa. Antes bloquearon una salida auxiliar para que las mujeres solo pudiesen abandonar el local por la puerta principal. 

—La trancaron para que no saliéramos por allí y la televisión estaba esperando afuera con el camión para llevarnos a la comisaría.  

—¿Habían avisado a la televisión que ellos iban a ir? 

—¡Sí! Eso lo prepararon para fregarnos, para bloquearnos por el machismo de miércoles que siempre existe y no nos deja vivir. 

Con decenas de bares funcionando en Lima, a puerta cerrada, en plena inmovilización obligatoria, los policías decidieron ingresar a este en particular. La justificación del operativo policial fue que una menor de 16 años, cuyo hermano era policía, estaba en el bar. Entonces este quiso ‘rescatar’ a su hermana.  

—Lo que me comentaban mis compañeras, ese lunes que nos encontramos luego de la redada, era un rumor: en el local, al parecer, había una o dos chicas menores de edad —relata Ruth.

Según Sandra, los dueños del local eran una pareja de esposos miembros de la Policía de Investigaciones del Perú (PIP) y, por lo tanto, era imposible que permitieran el ingreso de una menor de edad. “Lo hicieron por jodernos”, sentencia Sandra. 

—¿Tú crees que ellos, que eran de la PIP, iban a dejar entrar a una menor de edad? ¿Sabiendo lo que se les podía venir encima? ¡Ni cojudos, pues! 

La policía decidió ingresar al bar en busca de una menor a la que no encontraron. Todo indica que fue una excusa para intervenir a estas mujeres. La policía y los periodistas decidieron hacer un escándalo y presentaron como “delictivo” el funcionamiento de un bar frecuentado por lesbianas. El estigma perseguía a lesbianas y homosexuales. Se las consideraba lacras sociales, se las culpaba de la expansión del sida y se las vinculaba con el consumo de drogas.  

—Pero solo era un lugar de mujeres donde no había ni navajitas. Éramos mujeres indefensas que queríamos divertirnos siquiera un día en medio de toda esa locura de la guerra popular —recuerda Sandra, el único rostro que la cámara de “90 Segundos” pudo captar con claridad. 

Gina remarca que los policías les bajaron los brazos para que la cámara pueda filmar sus rostros. Contra su voluntad, quedaron expuestas en televisión nacional. “Luego las botaban del trabajo o  la familia las expulsaba de la casa por indecentes, porque iban a estos sitios y dejaban mal el apellido”, relata. Frente a cámaras, se mostraba a cada una de ellas avergonzadas, bajando la cabeza y tapándose de las cámaras para evitar las represalias sociales.

Para los policías no fue suficiente con sacarlas a empujones del local, ellas debían continuar sufriendo las consecuencias de no haberse doblegado ante su autoridad. Lo que sucedió después, en palabras de Sandra, fue otro intento de humillación. Las llevaron a una comisaría cercana, pero las tuvieron a la intemperie. Paradas en medio de un patio, y con el frío intenso de la madrugada. Mujeres en medio de un terreno de hombres. 

—¡Ahora las mujeres den un paso adelante! —grita Sandra, imitando la voz de un comandante. 

Escuchan al oficial. Todas se miran, y sin decir palabra alguna, casi de manera automática, avanzan dos pasos. Súbitamente, el silencio sepulcral del patio se rompe. 

—¡Jajaja! ¡Nos matamos de risa! Nos burlamos de ellos en sus caras. Eso les dio tanta cólera que nos echaron a la calle a las tres y media de la mañana, en pleno toque de queda. 

Los oficiales pensaban que las lesbianas de femeninas no tenían nada. Quisieron dividirlas entre las que se consideraban “mujeres de verdad” y las “machonas”. Pero el conflicto que esperaban originar, nunca ocurrió. Sin que nadie lo pensara, una comunidad relegada se puso de acuerdo para afirmar su identidad. Como si estuvieran en una película, de manera telepática, todas reaccionaron en conjunto y al mismo tiempo. 

Este acto de unidad no conmocionó a ningún hombre. Todo lo contrario, se enfurecieron tanto que las dejaron en la calle, a su suerte. Los policías sabían muy bien que nadie, sin excepciones, podía transitar por el espacio público a esa hora. Es más, el ejército estaba autorizado a disparar a cualquier persona que identificaban como sospechosa de terrorista. La única libertad que les habían otorgado era la de morir sin que nadie se hiciera responsable, pues cada balazo estaba justificado. 

—Estos desgraciados sabían eso y nos botaron a todas para que nos mataran en la calle. Diez amigas nos metimos en un Volkswagen, estuvimos escondiditas hasta las seis de la mañana, esperábamos que terminara el toque de queda, no teníamos a dónde ir. 

Después de la redada

Los rostros se expusieron públicamente y el bar se clausuró. La señora Patty abrió un nuevo local en la Avenida La Marina, pero no tuvo la misma acogida. 

—Si nosotras hubiésemos estado ese día, otra sería la historia —se lamenta Ruth con impotencia. Aquel día no asistieron varias activistas feministas—. Hubiéramos dado la cara sin sentir vergüenza y hubiera sido completamente diferente porque éramos activistas con experiencia.

Por eso no se quedaron calladas. El Movimiento Homosexual de Lima (MHOL) y el Centro Flora Tristán publicaron cartas en las que condenaban estos actos de violencia y discriminación hacia las lesbianas. 

—Denunciamos el maltrato del que fueron víctimas. Además, la cobertura sensacionalista de un canal de televisión. Me acuerdo clarísimo que en el Canal 2 dijeron de mí: “Miren pues, firma Virginia Vargas, esa que es una feminista, que es una como ellas. Se quiere ocultar con el seudónimo de feminista cuando seguramente es una de ellas” —relata Gina Vargas, directora de Flora Tristán, que sí era una de ellas, una del grupo de lesbianas “enfermas” que frecuentaban el bar. 

Artículo de un miembro del MHOL publicado el viernes 26 de junio de 1987 en el diario La República.

Años después, este atentado se perdería en el olvido de la mayoría de peruanos que vieron el noticiero aquella noche. No existen registros de video, tampoco artículos en internet que profundicen en el tema. La ‘redada de la ferretería’, como se le conoce, es una especie de leyenda que transita entre los movimientos homosexuales del país.

Cuando Verónica Ferrari, activista feminista y exdirectora del MHOL, vio el noticiero, tenía 11 años. Y cuando lo vio Ángela Benavides, exintegrante del mismo colectivo, tenía 13 años. Ellas recuerdan no haber entendido por qué tantas mujeres eran forzadas a salir de un bar. 

—Yo lo relacioné al inicio con un prostíbulo. O sea, te lo hacían ver como si lo fuera, porque era algo supuestamente clandestino —dice Ángela. 

Cada una ingresó al MHOL en años distintos, pero en ese lugar se dieron cuenta de la magnitud de lo ocurrido. A ambas les contaron la historia de cómo miembros de la policía sacaron a golpes a integrantes de su comunidad. Luego de un tiempo, pasó de ser una leyenda que se contaba de boca en boca a ser parte de una memoria que se enseñaba en talleres y eventos organizados por los miembros de la organización.

El MHOL grabó fragmentos del noticiero, pues es parte de su historia. Verlo nuevamente podía abrir heridas, pero también las volvía más fuertes: tener siempre presente un hecho que no se debe olvidar y que no se debe repetir.

—Tuvimos algunos talleres con las chicas en las que se habló de lo primero que sintieron. Te cargabas de frustración porque te sentías reflejada y no se podía hacer nada. También conversamos sobre qué habríamos hecho si nos hubiese pasado a nosotras —relata Ángela.

En un momento no muy lejano de la historia del Perú, las lesbianas fueron tratadas como objetos de un circo mediático. Si bien el video evidenciaba una serie de acciones condenables, hubo una en particular que no lo fue. Un gesto que demostraba valentía, una mirada que significó una victoria. 

Las generaciones de Verónica y Ángela conocieron a Sandra Campos, la única lesbiana que dio la cara durante aquella intervención. 

—Que una lesbiana se haya atrevido a mostrar su rostro en televisión nacional te hace sentir representada. Sientes que encuentras un referente en tu vida, que no estás sola —dice Verónica llena de admiración, porque Sandra le hizo sentir que no debía tener miedo. 

Ser lesbiana, para Sandra, no era algo por lo que debía sentir miedo. Todo lo contrario, era ir contra la corriente. —Yo ya estaba harta de la hipocresía, a mí la verdad no me gusta ser falsa. Casi me suicido por esa falta de comprensión —confiesa Sandra. Comprensión que le faltaba a la sociedad entera.

—Nosotras vivimos mucho tiempo el lesbianismo como una opresión, como una vergüenza. Sentíamos culpa de ser lesbianas —reconoce Verónica, cuando hace memoria de su vida. 

—A mí hasta ahora no me pasa la cólera de la forma como fuimos tratadas. Sobre todo me revienta que el amor entre mujeres tenga esa connotación tan peyorativa, al punto de que te griten sucia, enferma —reclama Ruth al recordar la redada. 

—Nosotras ayudamos a varias de las chicas que habían tenido que irse de sus casas. Pedimos apoyo a psicólogas feministas para que las atendieran y vimos donde podían quedarse. Eso levantó en todas nosotras una conciencia muy clara, éramos amigas —recuerda Gina Vargas sobre las acciones que desarrolló el centro Flora Tristán después de la redada. 

—Entonces cada cosa fue sumando. Y finalmente algunas pocas empezamos a salir a las calles a protestar, a hacer nuestros primeros plantones, hasta lo que hoy conocemos como la Marcha del Orgullo—dice Ángela cuando hace memoria de uno de los primeros plantones en 1995. 

Actualmente, ¿qué significa ser lesbiana en el Perú? Para algunas, todavía es un acto de valentía porque la discriminación persiste como un mal endémico que nos enferma a todos. Pero para otras, hoy en día es mucho más fácil, es mucho más sencillo ser lesbiana en el país por gestos como los de Sandra Campos.

—¿Lesbiana en esa época en el Perú? Uy hijo, tenías que ser muy fuerte para aguantar todo —afirma Sandra, con tono rotundo. 

El movimiento creció y se fortaleció. Pero miles de personas en el Perú no saben la importancia de este acontecimiento en la memoria histórica de la comunidad LGBTIQ+. Hoy sus miembros pueden salir al espacio público sin temor a ser víctimas de los maltratos policiales y el escarnio mediático que sufrieron aquellas mujeres detenidas aquel 20 de junio de 1987.

Esta no es la historia de cómo unos policías agredieron a lesbianas limeñas que se divertían en un bar. Es la historia de cómo una comunidad de mujeres se divertía en las noches, de cómo vivían y cómo pensaban, de lo que les tocó sufrir y afrontar. Es un suceso histórico que no alcanzó la relevancia que merecía en su momento, pero que al cabo de 35 años es muy importante para la comunidad LGBTIQ+, y, también, para la historia del Perú, una historia llena de discriminación y violencia. 

Así como la fecha exacta de esta agresión policial es materia de controversia, lo mismo pasa con la ubicación exacta del lugar donde se consumaron los hechos. Tan reservado era el recinto que no se permitían cámaras fotográficas. Del interior del bar no se conservan fotos. Hay quienes aseguran que el escenario fue un bar conocido como “La Ferretería”. Incluso un video realizado para conmemorar los treinta años de la fundación del MHOL sostiene esa versión. Sin embargo, las mujeres que estuvieron presentes esa noche de junio de 1987 saben que no fue allí donde ingresaron abruptamente unos policías. Ocurrió en Breña, en un lugar que se apodaba Huaraz. 

La historia devino en un teléfono malogrado, contada de boca en boca, se confundió con otro bar que tiene una larga historia: “La Ferretería”, uno de los primeros bares homosexuales del Perú, ubicado en la avenida Venezuela, pero este nunca fue intervenido ni televisado. 

Más de tres décadas después, no hay certezas sobre la fecha exacta de este atropello. El lugar donde ocurrió también parece perdido en la nebulosa del tiempo. De las 75 mujeres solo se conoce la identidad de un puñado de ellas. La historia quedó plasmada como una leyenda. Sandra, Gina y Ruth terminan de contar sus versiones con un mal sabor de boca, se ríen en ocasiones, pero el recuerdo de que una vez la policía las maltrató y humilló por ser lesbianas no se borra. 

Este video es el única evidencia del maltrato del que fueron víctimas un grupo de mujeres lesbianas en junio de 1987.