Hace menos de un año, viajar al extranjero para trabajar y/o estudiar era la oportunidad soñada por miles de peruanos. Quienes emprendieron esta nueva aventura fuera del país nunca imaginaron que verían sus planes frustrados por una pandemia mundial. Tras la crisis sanitaria, algunos decidieron volver a su patria y otros se quedaron para seguir con sus proyectos pese al miedo y la incertidumbre de estar en un lugar desconocido. A través de una pantalla, tres compatriotas comparten cómo sobrevivieron la pandemia del Covid-19 a kilómetros de distancia de sus hogares.

Cristhian Avendaño llegó en enero a Madrid, España, como parte de un programa de intercambio estudiantil con el fin de estudiar Communication and Digital Media en la IE University. Su plan era quedarse hasta julio de este año, pero su estadía se prolongó por la pandemia. Tomó la decisión de quedarse y continuar con el intercambio. “Al principio fue por capricho, sentía que no había vivido la experiencia completa. Tenía la esperanza de que el primer confinamiento iba a durar solo 15 días y aún iba a poder hacer turismo”, recuerda. 

El 15 de marzo las medidas de confinamiento entraron en vigor en España y se extendieron hasta mediados de junio. Volver a Perú no era una opción. Para regresar, Cristhian debía hacer un vuelo con tres escalas: Ámsterdam, Miami y Chile. “Era un peligro para mi salud así que le pedí a la PUCP que por favor mandara un mensaje a la universidad de Madrid y que les dijera que extiendan el intercambio. Pero respondieron que no iban a aceptar este ciclo a ningún alumno de intercambio por cuestiones de prevención”, explica. Conforme el tiempo se iba alargando, Cristhian optó por quedarse y buscar otras opciones que le permitieran aprovechar su estadía en el país europeo. 

Las cosas cambiaron cuando sus compañeros de cuarto decidieron retornar a sus ciudades natales. “El primero, un inglés, se fue dos días antes de que iniciara el confinamiento. Él dijo: ‘Se acaba esto y vuelvo.’ Me afectó muchísimo porque era la persona con la que más compatibilizaba de la casa”. El siguiente en irse fue un español, quien se marchó con la misma promesa de volver apenas termine la pandemia. Su roommate mexicano fue el único que se quedó, pero solo por un mes más. Nadie regresó y desde abril, Cristhian ha estado completamente solo. 

La diferencia horaria limitaba la comunicación con su familia y amigos peruanos. Y en el aislamiento, sus miedos más profundos afloraron. Lejos de sus padres el temor a que uno de ellos falleciera estaba siempre presente. “Me preguntaba: ‘¿Qué haces acá? Deberías estar con tu familia. Te vas a arrepentir toda tu vida si algo les pasa’”, cuenta Cristhian. Las redes sociales también contribuían a aumentar su culpa y aflicción. Por ello, desinstaló Instagram, una aplicación que utilizaba con frecuencia para compartir su vida diaria.: ahora estaba cansado de mantener una falsa apariencia. “Me afectaba mucho ver a la gente con sus familias cocinando algo rico a diario y yo aquí solo, pretendiendo ser feliz cuando no lo era”.

La presión que sentía lo llevó a buscar ayuda psicológica. Por suerte, sus amigos más cercanos lo ayudaron a contactar a un psicólogo. Las sesiones con él lo ayudaron a entender mejor lo que estaba sintiendo y canalizar sus miedos. Pero la terapia era un número más en la cuenta de gastos y el dinero no abundaba, por ello, tras dos sesiones, optó por dejarlas. Aun así, logró tener un poco de tranquilidad y con la ayuda de su madre, quien lo llama todos los días por videollamada, pudo reponerse. 

En mayo comenzó en España el plan de desescalada, equivalente a la reactivación económica en Perú. Los casos disminuían y el confinamiento se hizo menos restrictivo. Los jóvenes podían salir en ciertos horarios, lo que le permitió a Cristhian retomar sus clases de danza contemporánea y ballet. Para él fue como retomar una parte él, lo cual le dio un respiro de sus preocupaciones. “Para mí la danza es un medio de escape. Me siento más libre. Me ayudó a sentirme acompañado, a tener algo que hacer”, sostiene. 

Cuando llegó el verano en España, las universidades volvieron a cerrar y la escuela de baile a la que asistía Cristhian le comunicó que retomarían las clases recién en septiembre. “Creía que para eso ya iba a estar en Perú, entonces les dije: ‘Imposible, probablemente ya no estaré acá»’. Pero una nueva oportunidad lo haría replantear su retorno. “Me ofrecieron una beca para un año de formación profesional en ballet. Estaba emocionadísimo, me faltaba hacer una entrevista para pasar porque la prueba de talento ya me la estaban haciendo en clase”, recuerda. 

Antes de que comenzaran las vacaciones de verano, Cristhian empezó a sentirse mal. “Me asusté, pensé que era Covid. Me sentía solo y lloraba todos los días. No podía movilizarme. Hasta ahora no sé si fue coronavirus, pero por precaución me encerré dos semanas”. Confinado en su cuarto, no salió ni para ir al médico, solo lloraba todas las noches cuando la soledad lo abrumaba. No tenía fuerzas para levantarse, pero no había nadie que pudiera cuidar de él. “Me repetía: ‘Si tú no te cocinas, nadie te va a cocinar y te vas a morir de hambre’”. Así se daba ánimos para prepararse algo de comer. Cristhian no era capaz de ir a las clases de baile, aunque nunca tuvo la certeza de haberse contagiado de coronavirus, no quería poner en riesgo a la escuela. Por ello, para obtener su beca tuvo que hacer la entrevista por teléfono.

Cristhian en las calles de Madrid. Foto: Archivo personal.

 

Por suerte, logró recuperarse. Mientras tenga fuerzas, Cristhian seguirá bailando y mostrando su talento en el extranjero esperando el día en pueda volver a su patria. Aquella que dejó con el anhelo de estudiar y tener una experiencia inolvidable.

Entre pañales y huellas

A más de nueve mil kilómetros se encontraba el periodista peruano Jack Lo junto con su esposa, su bebé y su perro en un departamento de 36 m2 en París, Francia. Los cuatro llegaron en diciembre debido a que la esposa de Jack, Pauchi Sasaki, tenía una beca de estudios. El plan era quedarse medio año, pero todo cambió cuando el presidente francés, Emmanuel Macron, anunció el inicio del primer confinamiento en marzo.

Para el periodista peruano y su esposa, fue una locura cuidar a un bebé en medio de una pandemia mundial y en un país extranjero donde el frío era abrumador. Jack confiesa que, desde el nacimiento de su hijo, antes de mudarse a Francia, él y su esposa permanecían en casa la mayor parte del tiempo. El confinamiento que ya llevaban tras la llegada de su primogénito se hizo más estricto cuando el Covid-19 llegó a París. El único que salía del apartamento era Jack: hacía las compras, paseaba al perro y regresaba. Todos los días imprimía y llenaba una ficha con sus datos personales y el lugar a donde iba para evitar que la policía francesa lo multara. Los hábitos cambiaron, la desinfección de manos, ropa, zapatos y del perro fue esencial para mantenerse seguros. 

La ola de información sobre el Covid los abrumaba y asustaba, pero no podían dejar de estar al pendiente de la situación. Sobre todo, cuando se trataba de los comunicados del presidente Macron. Jack apenas sabía cómo comprar un baguette en francés y su esposa tampoco hablaba el idioma, por lo que entender las disposiciones del gobierno era un lío. 

Encerrados en el apartamento, la incertidumbre aumentaba.  El lugar donde se habían mudado era pequeño y antiguo, tenían un cuarto, una cocina y un baño en donde apenas se podía entrar de pie. Y el piso chirriaba con cada paso. Afuera todo se veía como una película de zombies. “Todo el mundo tosiendo y estornudando en la calle y en el supermercado. Al inicio, en Francia no era obligatorio el uso de mascarilla. Solo algunos cautos lo usaban, pero a la mayoría de franceses no les importaba”, recuerda Jack.  

Antes de la pandemia habían planeado hacer turismo y conocer el continente europeo. Incluso esperaban la visita de algunos familiares. Todos esos planes se esfumaron con la crisis sanitaria y, para ellos, su mayor preocupación era su hijo. “No quiero que nada malo te pase. Pero siento culpa. Mucha culpa por haberte traído al mundo a luchar y no solo a ser feliz, como te mereces”, escribía Jack por esos días en su cuenta de Facebook.

Pese a la tensión que había por lo inestable de la situación, él y su esposa trataban de reponerse y levantarse el ánimo con un poco de humor. “Sabemos que, a pesar de las dificultades, éramos privilegiados porque hay quienes la han pasado muy mal. Nosotros tuvimos un momento de ajuste, nada más”, sostiene. Con el paso del tiempo, ambos sentían que era hora de tomar una decisión sobre su estadía en Francia. Quedarse en París parecía ser la mejor opción para la familia, los arrendatarios del departamento les habían dado la posibilidad de quedarse más tiempo si era necesario sin costos adicionales. Sin embargo, ambos optaron por regresar a Lima. La preocupación por su hijo y la enfermedad a la tiroides de la esposa de Jack eran motivos suficientes para volver. “Si nos pasara algo en cualquier parte del mundo, donde vamos a estar más seguros y donde hay alguien que pueda cuidar al bebé va a ser en Perú”. 

Una vez tomada la decisión, debían buscar la manera de volver los cuatro juntos: Jack, Pauchi, el hijo de ambos y Ramón, su perro. “Hablamos con la embajada, pero no nos dieron bola porque nuestro pasaje estaba programado para junio. Pero cada semana la cosa se iba poniendo peor allá. Escribimos de nuevo al consulado, exponiéndole el caso y nos dijeron que, por el bebé y mi esposa, éramos prioridad para volver”. Ese mismo día a Jack y a Pauchi les informaron que el vuelo de repatriación saldría en dos días. No sabían cómo ni en qué tiempo iban a empacar las maletas que llevaron para seis meses de estadía. “Teníamos el equipo de trabajo de mi esposa, las cosas del bebé, la caja del perro… mis cosas eran una maleta pequeñísima al lado de ellos”, cuenta Jack.

Había otro problema que preocupaba a la familia aparte de las maletas: Ramón, su perro. El consulado peruano en Francia le respondió a Jack que no era posible que retornasen junto a su mascota, pues la aerolínea no lo permitía. La confusión se hizo más grande cuando la aerolínea francesa les comunicó por llamada que sí podrían llevar a Ramón. “Teníamos dos versiones. Al final con el taxi que contratamos para que nos llevara al aeropuerto quedamos en que nos esperaría hasta que podamos hacer el check-in para ver si el perro podía volver. Si no se podía, ya habíamos coordinado con otro amigo en París para que se quedara con Ramón el tiempo que fuese necesario”, relata. Por suerte, Ramón pudo regresar junto a sus amos.  

Jack al lado de su esposa Pauchi pasando un tiempo en familia junto a su bebé y a su perro Ramón antes del confinamiento en Francia. Foto: Archivo personal.

Del frío invierno parisino pasaron al caluroso clima limeño, por suerte el viaje de la familia fue tranquilo y sin complicaciones.  “Nos metieron a unos buses, llenamos unas fichas, nos midieron la temperatura, nos subieron a otro bus y nos llevaron a Casa Andina de Shell Miraflores”, cuenta. Se separaron de Ramón, quien tuvo que quedarse en casa de un amigo de la familia mientras ellos hacían cuarentena en el hotel. Pasaron de un apartamento oscuro y sin vista a una pequeña habitación de hotel, en donde abrir las ventanas estaba prohibido. “Yo estaba desesperado, dos semanas sin poder abrir la ventana, sin respirar”. En la habitación solo había una silla y una cama donde Jack trabajaba al lado de su bebé. A pesar de todo lo que tuvieron que pasar, finalmente estaban en casa. “Estamos en tu hogar, no solo porque hayamos nacido aquí, sino porque aquí están las personas que nos aman. Y ese lugar es Perú, acuérdate de eso, mi hijo”, escribe Jack a su bebé. 

 

Dejando más que recuerdos

La estudiante de periodismo, Gabriela García, viajó en enero a México. Su destino era Nuevo León donde estaría de intercambio por un año en la Universidad de Monterrey (UDEM). Con esa idea comenzó sus clases y todo parecía ir bien hasta que llegó marzo y con el rápido aumento de los casos de contagios, México estableció medidas de prevención. Fue ahí cuando la UDEM le comunicó que las clases serían virtuales. “Ni hablar, me regreso a Perú porque ese es mi país y es mi lugar seguro”, pensó. Pero lo que Gabriela no esperaba era que Perú cerraría sus fronteras. Ella y su familia entraron en pánico. Sus pasajes estaban para mayo y no podría volver antes. 

Poco a poco los compañeros extranjeros con los que vivía se fueron yendo a sus respectivos países y solo se quedó ella con la familia mexicana que ocupaba la casa. Dentro de Monterrey, ella residía en San Pedro, uno de los municipios del estado de Nuevo León, en donde se detectó uno de los primeros casos de coronavirus. Resultaba un peligro inminente; por ello, pese a que no había una cuarentena obligatoria, Gabriela decidió confinarse voluntariamente. 

Mientras el tiempo iba transcurriendo, la necesidad por volver iba aumentando. La UDEM canceló los programas de intercambio y solo quedaron los estudiantes extranjeros que ya estaban en Monterrey. A ellos la universidad les ofrecía seguir sus estudios por el resto del año con una condición: salir de México y volver con un carnet de extranjería actualizado. “Fue un problema bastante grande para mí porque se me iba a vencer el carnet de extranjería y querían que me regrese a Perú y que luego vuelva a México, lo cual era imposible”, explica. 

Como muchos estudiantes de intercambio, Gabriela ingresó al país con una visa de turista, la cual duraba solo seis meses. Si vencía, se convertiría en ilegal y podría ir presa si la policía mexicana la detenía. Con el cierre de fronteras, la única opción de salida era Belice, país que ella desconocía. Ante la desesperación, García fue a Migraciones para pedir una actualización del carnet sin tener que salir de territorio mexicano. “Me dijeron que ellos no estaban dando nada, se lavaron las manos. Prácticamente nos dejaron varados”. 

Por suerte, el consulado peruano en México no la dejó sola. No solo cubrió los gastos de comida y hospedaje, sino que la ayudó en su búsqueda por un vuelo humanitario. “A mí me ofrecieron tres veces vuelos humanitarios y las dos primeras veces tuve que rechazarlos porque no eran gratis, sino que tenía que pagar como 500 dólares. Y eso no incluía el pasaje de Monterrey al DF”, revela.  

Si bien ir a la capital no era tan complicado, salir del país sí lo era. Para Gabriela, el vuelo humanitario fue una experiencia traumática.  Su vuelo salía a las 7 a.m., pero tenía que estar en el aeropuerto cinco horas antes para realizar todos los trámites necesarios. Su carnet de extranjería había vencido justo un día antes y las autoridades la llevaron a la oficina de migraciones para regular su situación con un costo de 500 pesos mexicanos, casi 90 soles.  Incluso, la joven recuerda que hubo gente a la que aún no se le vencía el carnet, pero aun así les hacían pagar el mismo monto para salir del país. 

Gabriela pasó más de 24 horas en el aeropuerto sin saber si podría volver con todas sus cosas. Ella se fue con 40 kilos de equipaje y la aerolínea solo le dejaba volver con 23. En México dejó mucho más que recuerdos. Antes de abordar, se deshizo de kilos de pertenencias. No tenía otra opción, si quería volver a Perú, tenía que seguir las órdenes de las autoridades mexicanas. “En el mismo aeropuerto tuve que botar mi ropa, libros, todo lo que podía, porque no te querían dejar llevar ni un gramo más”. Formada en una fila, el clima era denso, desde su lugar podía ver a gente intentándose poner toda la ropa que tenía en la maleta, una prenda sobre otra, y con el miedo de que la policía los detuviera sin razón. “Las autoridades mexicanas, por la coyuntura, se ponían más cabezas duras. Te podían decir ‘Te ves sospechoso. Parece que estás llevando drogas’. Eso pasó con una chica y casi no la dejan abordar”. 

El vuelo duró 12 horas con una parada en Colombia. En ese tiempo nadie podía recibir comida o asistencia y el uso de la mascarilla era obligatorio. Después de un largo trayecto, el piloto les anunció a los pasajeros lo que tanto anhelaban oír: “Compatriotas ya pisamos suelos peruanos, por fin están en casa”. “Cuando escuchamos el anuncio, toda la gente se puso a aplaudir y algunos incluso lloraron porque había personas que estuvieron varadas desde hace meses y que a las justas tenían para comer”, recuerda con nostalgia. A pesar de lo que tuvo que pasar, Gabriela se siente afortunada por haber contado con la ayuda del consulado, de su familia mexicana y de su familia de sangre.

Gabriela en Santiago Pueblo Mágico. Fuente: Archivo personal.