Montaje: Manuel Marquina.

Historias de internado: un duro aprendizaje agravado por la pandemia

Todos hemos sido testigos de la importancia del personal de salud durante la pandemia que estamos atravesando. Sin embargo, existe un grupo involucrado en el sector salud que ha pasado desapercibido: los internos de Medicina. En este reportaje recopilamos las historias de cinco estudiantes que han vivido (o están viviendo) una de las etapas más importantes de su formación profesional en plena crisis sanitaria. Con todo lo bueno y malo que este proceso significa.  

Por Manuel Marquina y Valeria Vega

El 6 de marzo de 2020, Yelicsa Altamirano se encontraba de turno en el Hospital Dos de Mayo. Realizaba su internado como estudiante de último año de Medicina. Exactamente ese día vio entrar a quien sería el paciente cero de coronavirus en el Perú. Lo observó encapsulado y rodeado de varios doctores y especialistas. Yelicsa estaba confundida, no sabía exactamente qué estaba pasando. Lo que sí pudo reconocer fue el miedo cada vez más extendido en los rostros de sus colegas. No pensó que ese paciente, afectado por el entonces desconocido virus de la COVID-19, sería el primer caso en un país que, diecisiete meses después, ya ha registrado más de un millón novecientos mil peruanos contagiados y se ha convertido en el territorio con más muertes por millón de habitantes.

En 2019, Yelicsa había decidido iniciar el internado en el Hospital Dos de Mayo, nosocomio de renombre entre los estudiantes de Medicina. “El Dos de Mayo es muy solicitado porque es un lugar con mucha mística y brinda una buena base en educación. Es un nosocomio antiguo, donde los médicos de antaño, que no contaban con tecnología, diagnosticaban enfermedades con solo tocar al paciente. Para nosotros, representa una experiencia académica y profesional invalorable”, resalta.

Tras rendir los exámenes de selección de internado médico, Altamirano consiguió su ansiada plaza en el Dos de Mayo. Allí, desde enero de 2020, empezó su labor como interna en el área de pediatría, donde estuvo a cargo de neonatos (recién nacidos) durante tres meses. Luego, sin cambiar de área, pasó a atender a niños y adolescentes desde los 28 días de nacidos hasta los 18 años de edad. Su experiencia en el internado estaba siendo enriquecedora. Iba de lunes a domingo y pasaba entre 10 y 12 horas en el hospital, aunque los días que hacía guardia podía pasar más de un día y medio sin dormir. A pesar de la falta de horas de sueño, ella lo disfrutaba, porque sabía que estaba ahí para aprender de los mejores médicos. Todo cambió aquel 15 de marzo, fecha de inicio del estado de emergencia.

Las rutinas dentro del hospital empezaron a variar e incluso a restringirse, como el caso de las actividades académicas, es decir, las reuniones que tenían los internos junto con los doctores que encabezaban las distintas áreas. Allí, alumnos y maestros se congregaban en salones del hospital para intercambiar conocimientos, analizar en profundidad ciertos casos de pacientes y realizar exposiciones que servirían para más adelante poner en práctica. 

Días antes de que se declare la emergencia sanitaria, Yelicsa cuenta que ya había visto de cerca el temor de la gente ante el virus. “Dentro de mi área, llegaba la gente con sus niños, sobre todo aquellos quienes habían viajado al extranjero durante el brote de COVID-19. Querían que nosotros descartemos el contagio del virus. La mayoría de los internos teníamos miedo, no sabíamos con exactitud de qué trataba la enfermedad, recién nos íbamos enterando acerca de los síntomas y el tratamiento que se debía seguir. Lo peor era que en el hospital aún no se contaba con pruebas de descarte, así que no se podía hacer mucho por ayudar a las personas que llegaban”, relata Yelicsa.

El Ministerio de Salud comunicó a las distintas Facultades de Medicina que se restringiría el ingreso de los internos a los hospitales con la finalidad de proteger su salud e integridad. “El Dos de Mayo fue considerado como el primer Hospital COVID-19 del Perú y nos dijeron que no iban a aceptar internos. De los 150 que estábamos registrados, solo volvieron 16 y eso fue recién en octubre de 2020”.

Una historia similar es la de Alejandro Zevallos, médico egresado de la Universidad San Martin de Porres, quien realizó su internado el mismo año y en el mismo hospital que Yelicsa. A diferencia de ella, Alejandro estuvo en el área de cirugía durante los dos meses que pudo pasar en el Dos de Mayo. Recuerda que el ritmo del internado era agotador, estaba dentro del hospital casi todo el día y apenas tenía tiempo para descansar. Cuando se enteró que el internado se iba a suspender, se preguntó qué iba a hacer, qué iba a pasar. No imaginó que los cambios podrían llegar a ser tan radicales. 

Hacia finales de agosto le comunicaron que existía la posibilidad de volver a realizar el internado pero ahora en centros médicos pequeños, donde no se atendieran pacientes de COVID-19. “Cuando lo conversé en mi casa mis padres estuvieron de acuerdo en que yo vuelva. Lo que hice fue aislarme en un cuarto que tiene su propio baño y me la pasaba ahí siempre con la mascarilla”, relata Alejandro. Siempre tuvo claro que el riesgo de contagio sería mínimo si seguía las recomendaciones de usar el equipo de protección personal (EPP), era algo que debía cumplir al pie de la letra para evitar cualquier tipo de contagio, y así lo hizo.

La historia de Jazmín Sánchez, médica egresada de la UNMSM, inicia en el hospital Nacional Daniel Alcides Carrión, ubicado en Bellavista, Callao. Durante el 2020 fue secretaria de Internado de la Federación Peruana de Estudiantes de Medicina Humana (FEPEMH), un rol muy activo durante la reasignación de plazas de sus compañeros internos a otros centros médicos. 

Al igual que Yelicsa, su colega y compañera de universidad, Jazmín inició su internado en el área de pediatría durante los dos meses que estuvo en el hospital antes de que todo cambie a causa del COVID-19. Durante los meses de espera, se mantenía bastante atenta a las noticias debido a su rol de representante estudiantil y estaba decidida a volver al internado tan pronto como sea posible, aunque también aprovechó ese tiempo para cuidar de su familia. 

“Como soy la única profesional de salud en la familia, fui a cuidar a mis abuelos que viven solos. Así estuve por varios meses, hasta que de pronto mi abuela se puso un poco mal, pero no hubo complicaciones mayores. De todas formas decidimos hacernos la prueba de descarte de COVID-19 y todos dimos positivo. Prácticamente fuimos asintomáticos, gracias a Dios. A raíz de eso fue que mi miedo de volver al internado se esfumó y mis ganas crecieron, porque uno se da cuenta que la enfermedad del COVID-19 no es la única y no es a lo que siempre nos vamos a enfrentar en un hospital”, relata Jazmín. 

El ansiado retorno

Tras ocho largos meses de espera, Yelicsa finalmente volvió a un centro hospitalario. El Minsa determinó que los internos podrían volver a centros de salud de nivel 1.3, es decir, centros de salud pequeños, que no están preparados para recibir enfermedades de alta complejidad debido a sus instalaciones y a su reducido personal de salud. “Estos centros de salud son conocidos como postas”, explica Yelicsa. Para volver a esta nueva modalidad de internado, no solo cambió el lugar, sino también el horario. Ahora irían quince días al mes y descansarían otros quince, para disminuir el riesgo de contagio.

Cuadro de clasificación de Centros de Salud según su nivel. Foto: Pia Hurtado Burgos.

Muchos de los internos no estuvieron de acuerdo y otros estaban decepcionados. Veían las postas médicas como lugares con poca seguridad sanitaria, tanto para pacientes como para profesionales en salud. Incluso así, Yelicsa aceptó el internado, deseosa de aprender y recuperar el tiempo perdido. No obstante, para complementar su aprendizaje, se tomó la libertad de variar la decisión establecida: decidió ir quince días al Centro Materno Infantil San Fernando, ubicado en El Agustino, y los otros quince, que por descanso le correspondían, practicar (sin autorización) en el Hospital de Vitarte o en Hospital Dos de Mayo. Quería practicar y aprender todo lo que se pueda. “Así fue como yo culminé mi internado, con la seguridad de haber aprendido y haberme preparado bien”, revela Yelicsa, quien ahora realiza el Servicio Rural y Urbano Marginal de Salud (SERUMS) en Apurímac. 

Yelicsa Altamirano atendiendo un parto en el Centro Materno Infantil San Fernando,. Foto: Archivo personal.

En septiembre del 2020, Alejandro pudo incorporarse al Puesto de Salud Palermo, ubicado en Cercado de Lima. “Era un lugar pequeño, una casa acondicionada para ser convertida en una pequeña posta. Nosotros atendíamos afuera, en unas mesas que instalamos en las veredas y el jardín, tomando los dos metros de distancia para seguir los lineamientos de bioseguridad”, cuenta. Ese fue el lugar donde terminó su internado a finales de abril de este año. Si bien el Minsa había estipulado que los internos no podían atender pacientes Covid, quienes llegaban tenían que ser derivadas a un hospital, pues no contaban con la capacidad instalada ni con los especialistas como para brindarles una atención adecuada. 

Las tareas que se cumplen en un centro de salud pequeño suelen ser más de prevención de enfermedades, cuenta Alejandro. “La mayoría de los pacientes venía con una patología como diabetes o hipertensión, entonces uno tenía que darle medicamentos, ayudarlos a modificar su estilo de vida para que la enfermedad no empeore”, explica. Si bien no era lo mismo que un hospital, donde las cosas pasan más rápido y son más urgentes, considera que la experiencia le ofreció un lado que no había visto antes. ”Conocí mejor a los pacientes, ahí casi ninguno llega con historia médica, uno tiene que hablar, empatizar con ellos. Es un trabajo distinto y te ofrece otra mirada de lo que implica ser un médico”, expresa. 

Alejandro Zevallos (derecha) junto a algunos de sus compañeros del Puesto de Salud Palermo, ubicado en el Cercado de Lima. Foto: Archivo personal.

Una de las cosas que Alejandro recuerda con más cariño es el hecho de establecer lazos de afecto y solidaridad con sus pacientes. Por ejemplo, había personas con tuberculosis, a quienes no se les daba la medicación para que la tomen en casa, sino que ellos tenían que acudir al centro de salud para que se les proporcione allí las medicinas. En esas ocasiones Alejandro podía conversar con ellos, seguir su evolución, recomendarles ciertos cambios de hábitos y, al fin y al cabo, entablar cierta amistad. 

Además, valora mucho el trabajo de las dos médicas a cargo de la posta, quienes lo guiaron y apoyaron en todo lo que necesitó. Para él, haber cambiado de centro de salud no fue una catástrofe, al contrario, siente que de no haber sucedido la pandemia, probablemente no hubiese aprendido todo lo que le ofreció el Puesto de Salud Palermo. Ahora Alejandro se encuentra alistando su viaje a Estados Unidos para continuar con sus estudios de Medicina, pues quiere dedicarse a la investigación científica.

A Jazmín Sanchéz le asignaron una plaza de internado en el centro de salud San Sebastián, ubicado en el jirón Ica, en pleno corazón del Centro de Lima. A diferencia de Alejandro, para ella el cambio de una gran unidad de salud como el Hospital Carrión a una pequeña y modesta posta médica, no tuvo muchas cosas positivas. “Creo que nos ha perjudicado porque no hemos tenido tanta práctica y eso nos puede costar caro en el futuro”, confiesa Jazmin con preocupación. 

En la posta un interno está en un consultorio atendiendo a un paciente, en cambio en un hospital los internos están acostumbrados a atender a muchos pacientes a la vez. Si bien en la posta uno aprende más de cerca el trato con los pacientes, Jazmín consideró que esa nueva experiencia es muy relajada, por ello, tal como hizo Yalicsa, ingresó “por lo bajo” como interna a un hospital. En su caso, fue al mismo hospital que iba antes de la pandemia, el Carrión, del Callao, un lugar al que iba en sus días libres con las ganas de aprender y practicar más. 

Jazmín Sánchez (izquierda) junto a sus compañeros internos en el Hospital Carrión. Foto: Archivo personal.

Actualmente, Jazmín Sánchez se encuentra en San Pablo de Occo haciendo su SERUMS. Admite que algunas veces tiene miedo de que su preparación como interna no haya sido suficiente. “Ahora yo soy la responsable en el centro de salud en donde me encuentro. Pero a veces tengo miedo de que llegue un caso que no pueda atender, como una gestante a punto de dar a luz en un parto expulsivo o una persona que requiera una gran sutura. Son cosas que no he aprendido, pero he tratado de reforzar de manera autodidacta porque sé que en cualquier momento pueden ocurrir”, afirma. 

Por un internado digno

Noelia Colchado y Angie Távara son dos estudiantes de Medicina de la Universidad Privada Antenor Orrego (UPAO-Trujillo) que se encuentran realizando su internado actualmente. A fines de 2020, culminaron las clases universitarias y empezaron a sentir la incertidumbre como todos los estudiantes de Medicina a nivel nacional que habían concluido su formación académica. Se preguntaban: “¿Y el internado para cuándo?” Ambas veían que el panorama no era prometedor para su aprendizaje, en términos de seguridad y protección de su salud, tanto para ellas como para sus familias.

Por un lado, Noelia anhelaba realizar su internado en condiciones normales. Dada la situación actual, escogió al Hospital Belén, en Trujillo, pese a que ello representa un enorme esfuerzo durante los periodos en los que aumenta el número de contagios y decesos a causa del virus. “Ahora en pandemia es un gran riesgo ser interna y personal de salud en general. Si bien no tenemos pacientes Covid, cabe la posibilidad de tratar pacientes asintomáticos. Pese al uso del formato y declaración jurada, nada nos asegura estar libres del virus. Nosotros usamos el EPP compuesto por mascarillas KN95, protector facial, gorros y mandiles descartables encima del uniforme. Por suerte, el hospital está cumpliendo con darnos todas esos implementos de protección”, describe Noelia, algo cansada por su jornada laboral.

Noelia Colchado durante sus labores diarias como interna de Medicina en el Hospital Belén (Trujillo). Foto: Archivo personal.

Angie, quien también es trujillana, evaluó que los hospitales de la ciudad no eran ambientes seguros para su salud física y emocional, dado que son considerados focos de contagio en la región La Libertad. Por tal motivo, decidió mudarse a Chepén,  a 139 kilómetros de Trujillo. “Hoy es un poco difícil saber el significado del internado porque trae mucha responsabilidad. Todavía no eres ni el médico que sueñas ser ni el alumno que eras antes. En todo caso, tienes todavía algo de alumno y estás a un paso de convertirte en médico. Yo decidí venir a Chepén básicamente por el tema del COVID. En el hospital en donde me encuentro estoy bien, el riesgo es menor y el personal es más amable que en hospitales centrales de la ciudad. Los médicos y enfermeras me tratan bien”, afirma Angie. 

Angie Távara en una de sus primeras experiencias atendiendo un parto como interna de Medicina en Chepén (La Libertad). Foto: Archivo personal.

Más allá de la pandemia, ambas se involucraron en la campaña #InternadoDigno, que reclamaba mejores condiciones para los internos de Medicina en todo el Perú.  Los estudiantes de Ciencias de la Salud reclamaban un internado con lineamientos claros y, sobre todo, sin maltrato. Además, de asegurar la protección de los futuros internos a través de la vacunación de cada uno de ellos. 

En un primer momento, se anunció el retorno de las prácticas preprofesionales en los hospitales del Perú, pero no se especificó de qué manera ni con qué medidas de protección para los internistas. En redes sociales se buscó viralizar los hashtag: #InternadoDigno y #LeyInternadoYa con la finalidad de exigir un cronograma de vacunación para los internos, cobertura de EPPs, estipendio mínimo, seguro de salud y vida, tamizaje Covid-19 y la promulgación del Proyecto de Ley N°06969 (Ley que crea el régimen especial que regula la modalidad formativa de las prácticas preprofesionales del internado en Ciencias de la Salud).

Desde Trujillo, Noelia Colchado y Angie Távara se manifestaron durante los primeros meses del 2021 con el objetivo de visibilizar sus derechos como practicantes. Junto a los demás alumnos de Medicina, lograron la aplicación de las dos dosis de la vacuna. No obstante, sabían que también estarían sometidas a otro riesgo, al igual que el resto de sus compañeras y compañeros, una escena altamente normalizada en el ambiente médico: el maltrato al estudiante sintetizado en la frase “derecho de piso”.

“Ya con las dos dosis de la vacuna, me siento más segura y por suerte no he pasado por ninguna mala experiencia en mi hospital, el problema no es aquí, en ciudades pequeñas, sino en la metrópoli como Trujillo. Estoy segura de que toda la jerarquización que se realiza en esos hospitales es una mala experiencia para mis compañeros de universidad, todo se relaciona al ‘derecho de piso’. Maltratan mucho al alumno por cosas que no saben. Al ser prácticas, es válido equivocarse, es el momento preciso para hacerlo y corregirnos con base en ello. Los superiores no lo toman en cuenta, este es un problema de mucho tiempo”, dice Angie, quien también decidió internarse en Chepén para no experimentar dicho maltrato.

Noelia, quien es interna en un hospital de la ciudad, denuncia que el maltrato sigue vigente y lo ha experimentado en carne propia: “Se dice que el internado es la etapa en la que se consolidan los seis años de universidad. Toda carrera necesita de sacrificio, pero en esta carrera se ha normalizado el exceso de trabajo para los estudiantes de Medicina y en general para todos los médicos. No considero que la dinámica sea saludable. Mi entorno y yo terminamos con la salud mental dañada. Muchas veces, cuando no sabes la respuesta a las preguntas que nos hacen durante la visita, ellos (los doctores) te ridiculizan frente a todos, se burlan y nos hacen pasar un mal momento. ¿Eso es normal? Aquí, en el hospital, sí”, relata. 

Comunicado oficial de la ASPEFAM del 15 de marzo de 2020, inicio de la cuarentena en Perú. Foto: www.aspefam.org.pe

En medio de comunicados, oficios y pronunciamientos, la Asociación Peruana de Facultades de Medicina (ASPEFAM) ha demandado mejores condiciones laborales y trato digno para las internas e internos de las 54 facultades de Medicina del país. Desde el 15 de marzo de 2020 hasta la actualidad, han velado por el cumplimiento de los lineamientos para las prácticas preprofesionales y el internado en óptimas condiciones; no obstante, pese a los llamados, aún existen irregularidades e incumplimientos.