Foto: El Comercio.

Gianina Meléndez: trabajadora social, sanmarquina, solidaria y feminista

Es trabajadora social egresada de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Tiene treinta años y ha pasado los últimos diez asistiendo a mujeres y adolescentes en situaciones vulnerables o víctimas de violencia. Desde el penal de Santa Mónica hasta el asentamiento humano más alejado de Villa María del Triunfo, Gianina Meléndez intenta llegar a aquellos lugares olvidados por el Estado. La pandemia, lejos de ser un obstáculo, fue la oportunidad de plasmar sus ideales y fundar junto con cinco amigas el colectivo Manos a la Olla, que busca asistir y fortalecer las ollas comunes en el sur de Lima.

Cuando era estudiante de secundaria le preguntaban qué carrera quería estudiar y respondía: “Voy a ser profesora de inglés”. Ahora no entiende por qué decía eso si hasta hoy admite tener una mala relación con ese idioma. Si lo piensa un poco más reconoce que admiraba y quería mucho a su profesora de inglés. Era una mujer risueña, carismática y con un don especial para entender a las adolescentes. En 2007, su último año de estudios en el colegio Felipe Santiago Estenós, de Chaclacayo, le mostraron un video sobre orientación vocacional e inmediatamente conectó con la carrera de Trabajo Social. Ella veía en esta profesión la búsqueda constante de justicia y equidad social, y era eso a lo que se quería dedicar de por vida.

En el camino hacia el penal Santa Mónica, en su primer día de prácticas, Gianina imaginó que le esperaba una experiencia gratificante. Sabía que detrás de ese portón negro y el borde de púas que rodeaba el recinto, tendría la oportunidad de conocer y ayudar a muchas mujeres. Ignoraba que después de cada jornada en ese lugar su corazón terminaría estrujado y llegaría a casa para llorar después de todo lo que había escuchado durante el día. Era una joven de 21 años en su primera práctica, tenía derecho a un momento de ilusión, aunque este se desvaneció rápidamente.

Una mañana llegó al penal, se sentó en el lugar donde atendían a las reclusas y estaba lista para empezar el día. Revisaba unos documentos mientras llegaba la primera y, cuando levantó la vista, tuvo una imagen que nunca olvidará. Vio a una muchacha de 18 años, de tez oscura y llena de cicatrices que evidenciaban una niñez y adolescencia marcadas por la violencia. Parecía una mujer hundida en las drogas, pero al conocer su historia, descubrió que su realidad era peor. Había sido abusada física, sexual y psicológicamente por una cantidad de hombres que ni ella misma recordaba. En ese tiempo Gianina tenía esta idea instalada en su mente de que “un profesional no debe llorar”, pero mientras se lo repetía a sí misma pudo notar cómo su rostro se humedecía de lágrimas.

—¿Cómo no entender que esta mujer esté en esa condición con todo lo que ha vivido? Tiene solo 18 años y no debería estar aquí.

Al revivir esta experiencia, la voz de Gianina se quiebra, pero no por pena como hace unos años, sino por indignación. Ahora conoce mejor la realidad de muchas mujeres en el país. Ha reemplazado sus noches llorando por noches capacitándose para ofrecer una mejor asistencia y sus ideas empiezan a ser proyectos reales.

Cuando egresó de la universidad, su segunda práctica la realizó en la Gerencia de la Mujer de la Municipalidad de Lima. Nuevamente la vida la puso en contacto directo con mujeres víctimas de violencia. Durante el tiempo que atendió estos casos pudo profundizar en el tema, adquirir la sensibilidad para tratarlas y no caer en el discurso “solo tienen que dejar de vivir con su agresor”.

Son muy pocos los trabajadores sociales de su promoción que trabajan en campo, la mayoría ha preferido el trabajo de oficina. No los juzga ni por un minuto, pero puedo notar un aire de decepción en su rostro, como si sus compañeros hubieran traicionado el fundamento de la profesión: servir a aquellos que los necesitan. Gianina siempre tuvo claro que quería ir al pueblito más alejado del Perú, porque sabía que en ese lugar había mucho por hacer.

Aún no ha salido de Lima, pero encontró dentro de esta enorme ciudad un lugar olvidado en el que valía la pena trabajar. La ONG Buckner Perú tenía dos sedes, una en Villa María del Triunfo y otra en Pamplona Alta. Hace seis años ella decidió trabajar con esta institución. Su labor inicial era escribir las historias de vida de las mujeres a las que orientaba en programas de desarrollo. Con ellas pudo establecer una relación más cercana y que fue fundamental para emprender el proyecto Manos a la Olla. Pero siempre la violencia volvía a ser la sombra que rodeaba al grupo con el que trabajaba.

—Del grupo de mujeres al que apoyé, el 90% había sido violentada. Y de ese 90%, un 70 u 80% fueron abusadas en su niñez y adolescencia por familiares, por su padre o por un vecino.

Taller de sensibilidad para varones en el marco de la lucha contra la violencia hacia las mujeres a cargo de Gianina Meléndez en la ONG Buckner Perú. Foto: Archivo personal.

—¿Qué momento de su vida la motivó a trabajar con mujeres vulnerables?

—Cuando era adolescente, un día estaba barriendo frente mi casa y de repente pasó un tipo en una moto y me metió la mano. En ese momento sentí vergüenza, tenía 13 o 14 años, yo estaba barriendo a un metro de mi casa, no me estaba “exponiendo”, como dicen ahora. Recuerdo que lo primero que hice fue voltear a ver si alguien había visto lo que pasó, pero no para pedir ayuda, sino porque sentía vergüenza. Luego entré corriendo a mi casa y no se lo conté a nadie. Ya de adulta me cuestioné: si yo sentí eso con un manotazo, no me imagino lo que puede sentir una mujer que ha sido abusada, una mujer que constantemente es golpeada. Entonces empecé a relacionar esta violencia, por decir pequeña, con otras sistemáticas, lo cual me hizo empatizar con cada historia que conocí y querer trabajar con las mujeres vulneradas.

Cada miembro de su familia fue fundamental para moldear cada una de sus características. Por la forma con la que habla de su madre puedo notar lo cariñosa que ha sido con ella toda la vida. Recuerda que, cuando era una niña y caminaban juntas, su madre se detenía a darle comida o algún apoyo a niños y adolescentes de la calle. Fue gracias a ella que empezó a notar la existencia de realidades distintas en su entorno y a contagiarse de la solidaridad que ahora la caracteriza. Su hermano mayor fue su referente académico. Contador, abogado y actualmente estudiante de Filosofía, le inculcó a Gianina que debía ver el estudio como una herramienta para cumplir sus metas. Y, su padre, que tuvo una educación machista con ella, le hizo ver la cara de la moneda que no debía repetirse.

Hace tres años asumió ser feminista, una decisión que en los últimos años ha sido blanco de cuestionamientos y prejuicios. Y esto fue lo que Gianina tuvo que pasar para decir en voz alta cuál era su bandera de lucha. “Yo estoy construyendo mi feminismo a partir de mi experiencia, no solo personal sino profesional”, afirma. En el trabajo de campo que realiza ha podido ver realidades muy difíciles y para ella es imposible ser indiferente.

Gianina Meléndez participando en la Marcha por el Día Internacional de la Mujer en marzo de 2020. Foto: Archivo personal.

Manos a la olla

Unas semanas después de que la pandemia acabó con nuestra normalidad, Gianina empezó a observar que en los asentamientos humanos donde ella trabajaba la comida empezaba a escasear. De pronto surgían las ollas comunes. Un amigo le propuso escribir un artículo sobre este fenómeno de solidaridad popular. Ella investigó y entrevistó a las mujeres que organizaban estas iniciativas comunales. La nota se publicó en la revista Ideele, del Instituto de Defensa Legal. Pero no bastaba con su denuncia, Gianina quería emprender un proyecto más completo y sabía que sola iba a ser imposible. Logró convocar a cinco amigas, cada una con una profesión que se complemente a las otras: trabajadoras sociales, abogada, comunicadora social y editora de videos, juntas fundaron el colectivo Manos a la Olla.

Cuatro de las seis fundadoras del colectivo Manos a la Olla camino a una actividad en el asentamiento humano Emilio Ponce de Villa María del Triunfo. Foto: Facebook Manos a la Olla.

Para Gianina era fundamental que el proyecto no cayera en el asistencialismo. Por eso crearon dos líneas de trabajo: la primera se enfoca en acompañar socioemocionalmente a las agrupaciones de mujeres, capacitarlas, fortalecerlas con herramientas y trabajar su participación ciudadana y política. Mientras la segunda se enfoca en las donaciones de alimentos e implementos de sanidad para que continúen con la cocina comunitaria. Actualmente, asisten a 34 ollas comunes de Villa María del Triunfo, San Juan de Miraflores, Lurín, Punta Hermosa y otros distritos del sur de Lima.

Gianina Meléndez en la inauguración de la construcción del módulo para la olla común La Milagrosa en Villa María del Triunfo. Foto: Archivo personal.

Por momentos hace volar su imaginación y se proyecta: quiere que la labor que están comenzando se vea reflejada en el futuro a través de ciudadanos que conozcan sus derechos y cumplan sus deberes, sueña con asentamientos humanos con servicios básicos como agua, luz y espacios comunitarios para hacer actividades sociales y recreativas. Gianina se inspira cada día en la labor que hizo María Elena Moyano. “Ella pudo movilizar a las mujeres de todo un distrito y en la época del terrorismo. Me encantaría hacer algo así”. La primera piedra ya la puso, ahora espera que cada pequeña acción realizada con persistencia y trabajo colectivo le permita cumplir su sueño de sembrar solidaridad, desarrollo y esperanza allí donde solo parecía haber pobreza extrema y abandono estatal.