Antropólogo de la PUCP cuenta su experiencia de trabajo de manera remota durante la pandemia, y los obstáculos que superó para formar parte del proyecto artístico de un colectivo de mujeres shipibas en Chorrillos y Barranco.  

Por Stephanie Morgenstern

La antropología es una de las carreras que más se vio afectada por la pandemia del COVID-19 debido a que esta disciplina de las ciencias sociales requiere un trabajo de campo presencial, especialmente en zonas urbanas o rurales conocidas mayormente por su alta vulnerabilidad social. Francesco D’angelo, un antropólogo de 28 años que hoy en día se encuentra activo en las calles a pesar del riesgo de contagio, resalta las dificultades de ejercer la antropología en este contexto. “Para empezar, no había chamba, y esto se debía tanto a la dificultad para hacer trabajo de campo como a las limitaciones presupuestales”, sostiene. Sin embargo, él encontró la manera de mantenerse a flote. Cuando comenzó la cuarentena, Francesco trabajaba como jefe de práctica de tres cursos en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas. Tenía además pequeños trabajos, uno de ellos desarrollando investigaciones privadas para empresas.

Sin embargo, para Francesco el reto no era encontrar un buen lugar para realizar una investigación, sino el poder plantearse una mejor manera de abordarla. “Me di cuenta de que el trabajo de campo es algo que siempre mencionamos, pero lo que nos enseñan los profesores es que el campo no existe”, afirma. D’angelo explica que lo que se conoce como el “campo” de la antropología no es solo un lugar alejado y exótico, sino que también forma parte de un espacio virtual. Por eso él cree que la nueva generación de antropólogos no debería ver la pandemia como un impedimento para desarrollar sus investigaciones. “Yo creo que es un reto y hay quienes ya se están preparando de la mejor manera para hacerlo. No es el fin del mundo. Existe esta ilusión romántica de desaparecerte en el campo y regresar a tu casa tres meses después con barba. Pero piña, esto es lo que hay y debemos adaptarnos”, explica.

Parte de la investigación antropológica incluye entrevistas y entablar una conversación constante con el grupo social al que se estudia. Debido a la pandemia, se podría argumentar que se han generado inconvenientes insalvables para lograr ese intercambio. Sin embargo, el coronavirus no ha sido un obstáculo para llevar a cabo su nuevo proyecto: pintar murales con un grupo de artistas llamado “Colectivo Shipibas Muralistas”. Todo se planeó mediante llamadas telefónicas, videollamadas, y conversaciones en WhatsApp. Francesco afirma que él no es de los que se rehúsa a realizar entrevistas virtuales y construir vínculos a distancia. “Whatsapp, por ejemplo, te permite acceder a información más íntima porque no estás ahí esperando una respuesta inmediata. El entrevistado no se va a sentir intimidado por la interacción cara a cara y dispone de más tiempo para pensar en sus respuestas”, sostiene.

Cuando la UPC le redujo las horas de trabajo y sus proyectos se vieron estancados por la pandemia, Francesco encontró una forma enriquecedora de aprovechar su tiempo libre. Tomó contacto con la madre de una de las integrantes del colectivo de muralistas shipibas, quien le pidió que las ayude a promover su arte nativo en Chorrillos a través de murales. Ya que a Francesco le interesa el arte, su respuesta fue la siguiente: “Mira: nunca he administrado un proyecto para pintar murales en Lima. No tengo idea cómo ayudarte, pero lo vamos a hacer juntos”. El intercambio de ideas empezó hace menos de dos meses, y el 15 de septiembre se cumplió una semana de trabajo presencial entre él y las mujeres del colectivo.

Muralista pintando su arte en Chorrillos. Foto: Colectivo Shipibas Muralistas.

El colectivo y Francesco usan ahora las redes sociales, han creado una cuenta en Instagram llamada “Colectivo Shipibas Muralistas”. La cuenta funciona como un medio de comunicación para compartir el arte de las mujeres shipibas. Además, por medio de plataformas virtuales como Yape reciben donaciones sin necesidad de un contacto físico. “La semana pasada puse en el Instagram: “Si los 100 seguidores de la cuenta donan dos soles, pagamos dos días de movilidad. Ese día recibimos muchas donaciones de dos soles de distintos usuarios”, cuenta Francesco. Su trabajo comenzó en Chorrillos, pero su nuevo taller se encuentra actualmente en Barranco.

Las mujeres del colectivo shipibo conibo vivían de las artesanías, pero la pandemia frenó la venta de sus productos. Es por ello que decidieron buscar a alguien que las ayude a compartir su arte en una circunstancia tan compleja. Francesco explica que el colectivo tiene dos objetivos claros. Primero, visibilizar la cultura shipiba a través de los murales en un lugar que ha rechazado mucho la presencia de migrantes a lo largo de la historia. Segundo, poder tener una retribución monetaria por su trabajo. En una escala más grande, tienen como finalidad sanar la discriminación que estas mujeres han sufrido durante veinte años, desde que se mudaron de Pucallpa a Lima. “La acción de pintar un mural, con simbología shipiba coniba, como el kené, que representa distintas visiones de las plantas medicinales, es un ritual en sí mismo”, explica.

El primer mural pintado por el colectivo, con su nombre y contacto ubicados a la derecha superior de la imagen. Foto: Colectivo Shipibas Muralistas.

Francesco egresó de la Pontificia Universidad Católica del Perú en 2017. Al terminar su carrera empezó a trabajar para el chef Virgilio Martinez en el Cusco. Durante los dos años que estuvo allá también vivió en una comunidad andina, lo que le permitió especializarse en proyectos de tejedores y productores agrícolas a pequeña escala. Tras regresar a Lima tenía planeadas distintas iniciativas: por ejemplo, quería crear una plataforma llamada “Antropocena” con el fin de desarrollar proyectos como el ‘turismo académico’. Sin embargo, la llegada del COVID-19 lo hizo reconsiderar sus planes.

Fancesco define su forma de hacer antropología como una práctica que se gesta todos los días, y no como una fórmula que se aplica en el campo. Él observa la difícil situación del “Colectivo Shipibas Muralistas” y busca despertar empatía y compromiso con ellas. “Se trata de desarrollar espacios para generar oportunidades de desarrollo, potenciar las capacidades de otras personas que no tienen acceso a servicios como educación o salud”, afirma.

Salvo por las horas de trabajo que la UPC le demanda, Francesco dedica su tiempo a los murales y a la venta del arte shipibo. Todos los que participan en este colectivo están comprometidos con su trabajo y dividen sus ganancias de forma igualitaria. Por ahora, se encuentran preparando talleres de bordado y teñido de mantas, pero los días que están por venir son inciertos, y no se sabe hasta cuándo continuarán con este trabajo.