FOTO: Archivo personal

En el pueblo de Pedro Castillo los niños ven a sus padres construir escuelas

En Tacabamba, el distrito donde nació el virtual presidente del Perú, el Estado no existe. Por décadas, en la «Sucursal del Cielo» de Cajamarca, las escuelas se construyeron gracias al trabajo comunitario de los padres de familia que levantaron los primeros pilares con bloques de adobe y techos de calamina, organizados por las rondas campesinas. Ahora, la llegada a la presidencia de un docente de origen rural encarna la esperanza de acabar con las desigualdades en el acceso a la educación.

—Construimos este colegio a base de pura fuerza —afirma Segundo Huanambal. Tiene 50 años y solo pudo terminar la primaria.

Sentado junto a Yerli, la menor de sus hijas, Segundo se ha detenido para recordar que hace veinte años elaboró más de 100 ladrillos de adobe con sus manos. Pasó días preparando la mezcla para armar el centenar de bloques. Utilizó el mismo barro que ahora cubre sus pantorrillas, mientras trabaja en el campo. No fue el único: todos los padres y madres de la comunidad de Puña debían hacer donaciones similares para la construcción del colegio 10465. No sabía entonces que el resultado de esas faenas de cuatro meses permitió que, años después, su primer hijo pudiera acabar la primaria y más tarde graduarse de ingeniero. 

Segundo Huanambal delante de su casa. Hace 25 años, ayudó a construir el colegio 10465. Foto: Valeria Vicente.

A cuatro mil metros de altura, en el distrito cajamarquino de Tacabamba, se ubica el centro poblado de Puña. En este lugar, el esfuerzo de ochenta familias permitió la construcción del primer colegio primario de la zona. Más de cien alumnos han estudiado en el colegio 10465, entre ellos, los hijos de Segundo Huanambal. En esta misma escuela, Pedro Castillo, ahora virtual presidente de la República, ejerció la docencia hasta el 11 de marzo de este año.

En este colegio de 42 alumnos matriculados, tres profesores impartían las clases: Luci Guerrero, Walter Coronel y Pedro Castillo. Este último tenía licencia de labores a raíz de su participación como candidato presidencial en la campaña electoral. David Torres, director de la UGEL de la provincia de Chota, asegura que esta licencia se ha extendido hasta el 30 de julio, pero aún es incierto el tiempo que dure.

La fachada del colegio 10465. Foto: Antonio Álvarez.

En Tacabamba hay más de 700 colegios. De esta cifra, solo la tercera parte se encuentra en las zonas urbanas, mientras que el resto son rurales. Casi todos los jóvenes de los centros poblados de la localidad han visto a sus padres construir las aulas donde luego estudiarían: esta es la realidad en un distrito donde el 70% vive en condición de pobreza.

—Aquí el Estado no invierte. Nos han inculcado que debemos educar y sacar adelante a nuestros hijos para que luego se defiendan por sí mismos —añade Segundo Huanambal.

Segundo desciende por la entrada de Puña. Adelante, Yerli Huanambal, corre por el camino. Actualmente cursa tercero de primaria y también fue alumna de Pedro Castillo. Foto: Valeria Vicente.

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Neiser Huanambal, el hijo mayor de Segundo, tiene 24 años. Estudió primaria en Puña, en el colegio 10465, donde Pedro Castillo fue su profesor en segundo y quinto año de primaria. Debido a la falta de docentes, él se encargó de enseñarles todos los cursos, incluido el de deportes. Castillo también fue después el maestro de sus cinco hermanos menores. 

En este humilde poblado de la sierra norte del Perú, es habitual que los padres de familia busquen a los profesores que luego asumirán la educación de sus hijos e hijas. Neiser recuerda que con esfuerzo se organizaban antes de ir a la municipalidad distrital o al cabildo provincial de Chota para solicitar profesores. Ellos se encargaban de pagarles y les ofrecían alimentos de sus cultivos para que se animaran a dictar clases en Puña. 

Julio de 2004. Neiser en un desfile tradicional por fiestas patrias en el campo deportivo del colegio 10465. Foto: Archivo Personal.

Años después, Neiser diría que tuvo suerte. 

Cuando su promoción terminó sexto grado de primaria, los ronderos habían trabajado arduamente para que los locales donde solían reunirse sean adaptados como salones de clase. Algunas veces, también alquilaban casas. En otras ocasiones, solicitaban colaboración de los vecinos, quienes prestaban sus banquitas para hacer las clases en el campo. Así, este grupo de estudiantes fue el primero del colegio de Puña en poder realizar su educación secundaria.

—Así lo hemos pasado —recuerda Neiser. 

En 2013, se fue de casa para estudiar en la Universidad Autónoma de Chota. “Fue de gran ayuda tener cerca una universidad porque así mi familia me enviaba los alimentos que cosechaban. Ir a Chiclayo y Cajamarca, donde se ubican otras universidades públicas, hubiera sido más complicado para mí”, refiere. 

El hijo de Segundo es ahora ingeniero civil y ha trabajado en la Municipalidad de Tacabamba. A pesar de la sensación de abandono que sintió en algún momento por vivir en una zona rural, se siente agradecido por la formación que ha recibido. Sabe que en Tacabamba gran parte de la población adulta no sabe leer ni escribir. Sus padres y compañeros ronderos a duras penas han logrado concluir el tercer grado de primaria. 

Neiser guarda una fotografía de sus compañeros de clase junto al profesor Castillo (2005). Foto: Archivo personal.

A casi 40 kilómetros de Puña, en Agua Brava, otro centro poblado de Tacabamba sin carreteras ni vías de comunicación, nació Yover García. Tiene 41 años, solo estudió primaria y ahora es presidente de la Asociación de Padres de Familia (Apafa) del colegio Víctor Antonio Vera Delgado, donde estudian sus dos hijos. 

—En Agua Brava, el Estado ni siquiera dio un libro. No existíamos para ellos. Mis padres contribuyeron a construir el colegio 10468, donde cursé mis estudios de primaria —recuerda Yover. 

El colegio donde estudian sus hijos, una obra construida durante el gobierno de Ollanta Humala, se cae ahora a pedazos. 

La noche del 5 de junio, un día antes de la segunda vuelta electoral, Yover se para en medio de la plaza de Tacabamba. Aprovecha la presencia de periodistas que llegaron de Lima y el extranjero para denunciar que en su pueblo la educación pública es pésima. Indignado, levanta la voz cuando piensa en la calidad de vida que le espera a sus hijos. Allí en la plaza, Yover mantenía la ilusión de que los corresponsales que se aglomeraban esperando a Pedro Castillo lo ayuden a visibilizar sus reclamos. Ya en 2018, ante la inacción de las autoridades, la población de Agua Brava tuvo que organizarse y levantar seis pabellones del colegio Víctor Antonio Vera Delgado. No es la única escuela que Yover ayudó a levantar. También fue voluntario en Ramos Pampa, una comunidad de Tacabamba donde los padres de familia construyeron el primer jardín de educación inicial. 

Vista de las casas que conforman el centro poblado de Puña. Foto: Valeria Vicente.

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Es una mañana húmeda de mediados de mayo de 2021. La niebla lo invade todo. 

De pie, frente a la precaria construcción de adobe que se yergue a duras penas en medio de la bruma, Luci Guerrero se detiene, por fin, a descansar. En la última hora ha recorrido en moto un camino sinuoso, donde las nubes parecían bajar desde el cielo para posarse en los abismos que se encontraban al lado del sendero. La lluvia de los días anteriores había convertido la carretera sin asfaltar en una trocha resbaladiza y peligrosa que complica el acceso al caserío de Puña. Luci, docente del colegio 10465, ahora estaba frente a la escuela de paredes amarillas y rajadas, esperando a sus alumnos para iniciar las sesiones de refuerzo. Con paciencia, ella espera que lleguen. Sabe que no vendrán todos. Pero cuando ve aparecer a algunos de los jóvenes en medio de la neblina, se dispone a abrir el salón para empezar la jornada.

Cuando empezó la pandemia, los maestros rurales de Puña debieron enfrentar un problema sin precedentes. En los primeros meses de confinamiento, a Luci Guerrero y Walter Coronel les fue imposible movilizarse al lugar: eran muy pocos los vehículos que salían para la comunidad de Puña.

Decidieron comunicarse con sus alumnos a través de llamadas telefónicas y mensajes de texto enviados a los teléfonos de los padres. Sin embargo, no todos los alumnos lograron continuar con las clases. Con el pasar de los meses, varios dejaron de responder. 

A inicios de este año, los dos profesores empezaron a visitar a sus alumnos de manera periódica y establecieron una nueva dinámica para continuar con sus clases a pesar de las dificultades: cada quince días van a Puña, sacan las carpetas de los salones abandonados y las colocan en las afueras del colegio. Así dictan las clases de reforzamiento, escuchan a sus alumnos y resuelven sus dudas. 

Pero no ha sido fácil. Los problemas que limitan el aprendizaje de sus alumnos se arrastran desde antes de la pandemia.

—Hace algunos años, mientras dictaba clases, me di cuenta de que había hablado por un buen rato sin parar y no me percaté de que dos alumnos se quedaron dormidos. Uno de ellos se orinó en la silla. Le pregunté luego: ¿Qué pasa? Me dijo que esa madrugada su padre lo había obligado a pastar el ganado. Los niños trabajan desde pequeños —narra Walter Coronel. El maestro de 50 años recuerda ahora este momento, cuando se da cuenta que son cada vez menos los alumnos que asisten a las sesiones de reforzamiento.

Aulas abandonadas. Así lucen ahora los salones donde Pedro Castillo dictó clases. Foto: Valeria Vicente

La infraestructura del colegio tampoco facilita el desarrollo de clases presenciales. El moho que deja la humedad ha empezado a trepar por las paredes y el óxido corroe los techos de calamina. Esta es otra de las razones por las que ya no se utilizan las aulas. Lo que un día se construyó con el esfuerzo de decenas de padres de familia, parece próximo a derrumbarse.

Vista desde la parte posterior de la institución educativa 10465. Los techos de calamina ya empezaron a oxidarse. Foto: Valeria Vicente.

—Hace demasiado frío, hasta gripe me da… Debe ser por la altura. ¿Sabes lo que significa trabajar con los niños en esas condiciones? Los ambientes no son adecuados para enseñar. Los techos son muy bajos, el aire es helado. En la pared, toditita la humedad se acumula —se lamenta Luci Guerrero. 

Rajaduras en las paredes del colegio 10465. Fotos: Valeria Vicente y María Alejandra Gonzales.

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Meses atrás, Pedro Castillo se acercó a Luci Guerrero cuando ella se dirigía a uno de los salones para iniciar su clase.

—Él me dijo: “Luci, si yo fuera candidato presidencial, ¿votarías por mí?”.  Yo me reí. Le respondí: “Ay profesor, ¿tan alto va a volar?”. Me confesó que ya se lo habían propuesto. Lo pensé y le dije que sí me lo imaginaba, porque él había sido un luchador —recuerda la profesora. 

Su postura no ha cambiado. Por el contrario, ahora ve una esperanza.

—Nosotros necesitamos un cambio urgente. La conectividad, las carreteras, la infraestructura de los colegios… Aquí todo nos falta —afirma la maestra de Puña.