Ilustración: Gerald Espinoza

Las insufribles clases virtuales de los que no tienen acceso seguro a internet

Para miles de universitarios de zonas rurales con dificultades para acceder a una conexión estable, seguir el ritmo de las clases virtuales resultó una proeza cotidiana. Fueron nueve meses de una accidentada educación a distancia, un tiempo signado por las deserciones, los cursos desaprobados, las clases que se interrumpían a menudo y las caminatas largas en las alturas en busca de señal para "entrar" a un salón virtual. Nunca la brecha digital tuvo un impacto tan fuerte sobre miles de estudiantes como en este 2020. 

Nicolas Cisneros

ncisneros@pucp.edu.pe

La estudiante universitaria Ruth Quispe se encontraba en pleno examen parcial cuando su computadora se apagó. Las intensas lluvias que caían sobre su natal Oxapampa cortaban la electricidad en el distrito de La Constitución. Ruth era consciente de que este "inconveniente" podría pasar mientras resolvía su prueba. Por ese motivo había tomado fotos de sus respuestas conforme las escribía y, cuando la pantalla oscureció repentinamente, ya sabía qué hacer. “Le pasé las fotos a una compañera y le di mi clave de intranet para que entre a poner mis respuestas porque no puedo hacerlo desde mi celular. Cuando se va la luz acá, la señal de internet no tarda en irse también”, explica.

Simulación de la conversación entre Ruth y su compañera durante su examen parcial.

Ruth había dejado en Lima su laptop y todos los materiales que una estudiante de arquitectura necesita para cumplir con sus asignaturas. Tenía previsto volver a la capital en marzo para llevar su quinto ciclo en la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI). Cuando se enteró de que tendría que seguir las clases a distancia desde Oxapampa, solo contaba con su celular y una laptop que de vez en cuando le prestaban. La computadora de escritorio llegó recién a mediados de ciclo y fue brindada por la UNI. Pero a las dos semanas, al terminar sus parciales, el equipo se malogró. Esta avería le impidió realizar un trabajo del curso Dibujo Digital, el cual era determinante para aprobar.

Ruth tuvo que volver a seguir las clases a distancia desde su celular o desde la laptop que ocasionalmente le prestaban. Luego de tres semanas, la UNI pudo entregarle una segunda computadora de escritorio. Como, a lo largo del ciclo, no siempre tuvo a la mano una computadora o una buena señal de internet, se le acumularon los trabajos y no pudo cumplir con las entregas de otro curso que también desaprobó. Calcula que perdió un tercio de todas sus clases. Así como Ruth, al menos otros dos mil alumnos de la UNI han tenido problemas de conectividad o acceso a equipos adecuados para llevar satisfactoriamente las clases virtuales, según un informe del Tercio Estudiantil. La universidad solo pudo atender los requerimientos de un tercio de los estudiantes.

Ruth Quispe, en su casa de Oxapampa, junto a la computadora que le proporcionó la UNI. Foto: Archivo personal.

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En Puno, otros jóvenes vivieron lo mismo. Edison Vilca es un estudiante con discapacidad visual de la carrera de Comunicación Social en la Universidad Nacional del Altiplano (UNA). Él llevó sus clases virtuales desde el distrito de Llalli, ubicado en la provincia de Melgar. Debido a la falta de cobertura , Edison debe caminar media hora hasta una zona alta de su distrito para poder captar una señal de internet desde su celular. Por su discapacidad visual, reconoce que le resulta muy difícil realizar estos trayectos.

Aun así, la señal que logra captar no es suficiente para poder conectarse a sus lecciones sincrónicas a través de la plataforma Google Meet. De eso se dio cuenta en sus primeras clases del ciclo, cuando también se percató que los datos se le agotaban rápidamente. “Lo peor es que no hay tantos sitios para recargar internet en mi distrito”, añade. Por este motivo le consultó a sus profesores si podía seguir las clases por Whatsapp o por medio de una llamada telefónica y, felizmente, todos accedieron. Eland Vera, uno de sus docentes, cuenta que luego de dictar sus clases, resumía el contenido de las sesiones y se las enviaba a Edison por audio.

Como tampoco tenía suficiente internet para acceder al aula virtual, Edison también presentaba sus trabajos de investigación y exposiciones en un archivo de audio. “Ha sido una experiencia compleja y deficiente. Siento que no se han alcanzado los objetivos o competencias buscadas debido a las condiciones precarias en las que se desenvuelven tanto Edison como otros alumnos”, señala el profesor Eland Vera. Según una encuesta realizada a estudiantes de la facultad de Edison, el 80% de alumnos considera que el nivel de conectividad no ha sido el adecuado. Una cantidad similar califica como mala o regular la educación virtual recibida el semestre 2020-1.

Simulación de conversaciones entre Edison y su profesor Vera.

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No todos los alumnos con problemas de conectividad pudieron adaptarse a las clases virtuales. Rayner Mikiri, estudiante de Ecoturismo de la Universidad Nacional de Madre de Dios (Unamad), tuvo que abandonar el semestre tan solo dos semanas después de iniciadas las clases. “Tenía que ir con mi celular a una zona alta y despejada que estaba a una hora caminando desde mi comunidad”, recuerda ahora de esa rutina a la que no pudo agarrarle el ritmo. “Algunos profesores tomaban asistencia y, debido a la lejanía, yo no llegaba a tiempo. Además, dejaban tareas para investigar en internet, lo que me obligaba a ir de nuevo a esa montaña”.

A Rayner la cuarentena lo agarró en Puerto Luz, comunidad nativa donde vivía antes de ingresar a la Unamad y donde también suele pasar sus vacaciones. En Puerto Luz, según relata el estudiante, no había señal telefónica ni de internet. Allí pasó los primeros meses de pandemia hasta que decidió viajar a Puerto Maldonado, la capital de la región, y alojarse en el albergue de la Federación Nativa del Río Madre de Dios y Afluentes (Fenamad). Esta organización mantiene constante contacto con estudiantes de comunidades nativas y les brinda facilidades para continuar con sus estudios. En el albergue, Rayner tiene una mejor conectividad y, por ende, podrá reincorporarse a las clases virtuales el próximo ciclo.

Rayner sostiene la tablet donada a la Fenamad en la campaña que realizaron en octubre para recolectar dispositivos. Foto: Katya Maella.

“Muchos de los alumnos que están en contacto con nosotros se sienten frustrados debido a los problemas que tienen para llevar clases a distancia. Han perdido la motivación inicial y se les nota cansados”, cuenta Katya Mallea, encargada del albergue. Rayner es solo uno de los treinta estudiantes de comunidades nativas que desertaron de la universidad o de los dos institutos que hay en Madre de Dios, en 2020, según una investigación realizada por la Fenamad.

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El 90% de habitantes de zonas rurales no tiene acceso adecuado a internet, reconoció Francisco Sagasti en su discurso de juramentación como Presidente de la República. Ruth, Edison y Rayner forman parte de ese porcentaje. Y las cifras no dejan de ser impactantes si hablamos de la población peruana en general. Según el ingeniero de telecomunicaciones David Chávez, más de la mitad de los peruanos se encuentran dentro del grupo de los no-conectados o de los conectados unimodales, quienes solo lo hacen mediante un dispositivo o una señal de internet y, por ende, tienen una conexión muy frágil.

Chávez sostiene que el problema surgió hace más de veinte años, durante el gobierno de Alberto Fujimori, cuando se privatizó los servicios de telecomunicaciones y el Estado debió  renunciar a su obligación de garantizar redes de telecomunicaciones para todos los peruanos. “El problema de esta privatización es que las empresas que operan en este campo se rigen por la rentabilidad e inversión. Y la rentabilidad se encuentra en las grandes ciudades”, acota. Por ese motivo, el servicio en zonas rurales es más caro e inaccesible, como lo refleja el testimonio de Edison en Puno. 

Para Chávez, el desarrollo tecnológico ha sido sistemáticamente ignorado durante las últimas décadas. No se reconoce ni aprovecha la capacidad que la tecnología ofrece para mejorar la calidad de la educación. Por ejemplo, la forma de evitar que la electricidad y la señal se caigan cuando llueve, como sucede en el distrito de Ruth, ya existe desde hace más de veinte años y es utilizada en otros países. “Incluso, acá se utiliza para proteger las redes políticas o militares. Falta aplicar esa tecnología al resto de conexiones y no solo a unas cuantas privilegiadas”, añade el ingeniero experto en telecomunicaciones.

David Chávez, docente PUCP y experto en telecomunicaciones. Foto: PUCP.

Chávez sostiene que el problema surgió durante el gobierno de Fujimori, cuando privatizó los servicios de telecomunicaciones y el Estado se vio en la obligación de renunciar a su iniciativa para garantizar el acceso a estos. “El problema de esta privatización es que las empresas que operan en este campo se rigen por la rentabilidad e inversión. Y la rentabilidad se encuentra en las grandes ciudades”, acota. Por ese motivo, el servicio en zonas rurales es más caro e inaccesible, como lo refleja el testimonio de Edison en Puno.  

Para Chávez, el desarrollo tecnológico ha sido sistemáticamente ignorado durante las últimas décadas, pues no se reconoce ni aprovecha la capacidad que tiene de aportar a campos como la educación. Por ejemplo, la forma de evitar que la electricidad y la señal se caigan cuando llueve, como sucede en el distrito de Ruth, ya existe desde hace más de veinte años y es utilizada en otros países. “Incluso, acá se utiliza para proteger las redes políticas o militares. Falta aplicar al resto de conexiones y no solo a unas cuantas privilegiadas”, añade el ingeniero experto en telecomunicaciones.

Pero el problema de la brecha digital no solo se reduce a la calidad de señal, sino también a la falta de equipos tecnológicos para acceder a la educación virtual. Chávez explica que, si bien algunos cursos pueden adaptar su contenido de modo que sea accesible desde cualquier equipo, hay otros que necesitan una laptop o una computadora, dispositivos que no están al alcance de todos los estudiantes del Perú.  

Si bien el desinterés por mejorar las condiciones tecnológicas en el país se ha evidenciado más durante la pandemia, este es un problema latente desde mucho atrás. “Cuando me mudé a Lima, en segundo de secundaria, tuve que llevar un curso de computación. La profesora nos decía que algunos temas ya debíamos haber aprendido el año anterior”, relata Ruth. “Le expliqué que nunca llevé cómputación en Oxapampa por falta de máquinas y de señal. Ella parecía no creer que existiese gente que no dominaba los conocimientos que nos pedía”. 

A Rayner le sucedió algo similar. Él recuerda que se sentía en desventaja respecto a sus compañeros de la universidad porque no había llevado ningún curso de computación en su colegio de Puerto Luz. “En temas de educación, siempre hemos tenido ese problema. Dentro de la misma universidad, ha habido cierta indiferencia respecto a la situación de los alumnos de comunidades nativas”, señala José Dumas, dirigente del área de educación de la Fenamad. Por ese motivo, el albergue donde se encuentra Rayner y otros estudiantes suele contratar a un profesor de informática para enseñarles los conocimientos básicos. De este modo buscan acortar la brecha de conocimientos informáticos entre estos alumnos y el resto de universitarios. 

“Durante el Gobierno de Ollanta Humala se intentó acortarse la brecha digital con los proyectos de la Red Dorsal Nacional de Fibra Óptica y las Redes Regionales de Banda Ancha, que brinda internet de alta velocidad a varias zonas del país”, David Chávez, experto en telecomunicaciones y profesor de la PUCP. “Lamentablemente, los siguientes gobiernos no siguieron con este proyecto. Este año, el Ministerio de Educación ha realizado una gran inversión para adquirir tablets y es una buena iniciativa, pero el impacto se verá a largo plazo”. 

Chávez cree que es necesaria una capacitación intensiva de los maestros en el uso de tecnologías de la información y la comunicación para generar mayor demanda y, así, atraer inversiones empresariales. Otra solución al problema de esta brecha es que haya mayor subsidio por parte del Estado en las telecomunicaciones. “En algunos países, el acceso a la red ya ha sido declarado como un derecho fundamental y por eso lo garantiza el Estado. A ese modelo debemos aspirar aquí en el Perú”, propone.

Soluciones urgentes para problemas urgentes


 

Algunas comunidades buscaron soluciones temporales para paliar la crítica situación de los estudiantes debido a la brecha digital. Por ejemplo, en Cupi, un distrito aledaño a Lalli, el pueblo de Edison en Puno, la municipalidad ha brindado celulares y tablets a algunos adolescentes para que puedan continuar con sus estudios de la mejor manera. En Madre de Dios, el albergue de la Fenamad, por su lado, ha estado recibiendo donaciones de tablets para poder entregarlas a los estudiantes con los que mantienen contacto.  

Con respecto a los problemas de señal, Ruth cuenta que algunos de sus vecinos en Oxapampa comparten su señal de internet. En Puerto Luz, la comunidad de Rayner, las autoridadeshan puesto un router en un lugar céntrico. “Lo instalaron cuando yo ya estaba en el albergue, pero me han dicho que la red solo aguanta hasta cinco dispositivos conectados sin que se sobrecargue”, relata el estudiante de la Unamad.

En áreas urbanas de Lima también hay zonas que no cuentan con conectividad adecuada. Por ese motivo, el alumno de quinto secundaria Gabriel Bazalar ha estado implementando dispositivos que expanden la cobertura de internet en Los Pedregales, asentamiento humano en San Juan de Miraflores. Estos equipos amplifican la señal de un punto de internet hacia distintas zonas y forman una red de malla, también conocida como tecnología mesh. Gabriel cuenta que, en la primera etapa de este proyecto, se ha logrado amplificar la señal a unos doscientos metros cuadrados y brindar internet a siete beneficiarios que antes no tenían este servicio.

“Este tipo de medidas son un paliativo para la situación actual. Responden a problemas urgentes, pero es importante que también se den cambios estructurales”, sostiene el ingeniero David Chávez.