“El partido los quiere afuera”: La fuga del MRTA del penal Castro Castro

La madrugada del nueve de julio de 1990, 48 miembros del MRTA, entre ellos Víctor Polay Campos, líder del grupo terrorista, fugaron del penal de máxima seguridad Miguel Castro Castro. Todos los detalles fueron minuciosamente planificados: dentro de una vivienda a 300 metros del penal, habitada por una pareja de esposos, se construía un túnel hacia la prisión. Hoy en día, esa casa ya no existe, y el espacio se ha convertido en una chatarrería. Su imagen solo permanece en los recuerdos de los policías que estuvieron de servicio aquel día y de viejos pobladores de la zona.

Por Rossdela Heredia

 

El domingo ocho de julio de 1990, a las once de la noche, el sargento Omar Heredia—padre de la autora de esta nota— iniciaba su turno de servicio como Policía de Seguridad en el Venusterio del penal Miguel Castro Castro, ubicado en el hoy populoso distrito de San Juan de Lurigancho. Cuatro horas después y sin mayores contratiempos, culminó sus labores y se dirigió a descansar a un cuarto destinado al personal policial. Pero su tranquilidad fue breve: a las cinco de la mañana, él y otros compañeros fueron alertados de que se había producido un motín en el pabellón 2-A, una zona designada para miembros del MRTA

Apresuradamente, los policías fueron enviados a vigilar las zonas exteriores del recinto penitenciario por órdenes del comandante Carlos Bernaola Huamán, jefe del destacamento de Seguridad. Si bien el penal había sido construido para estar ubicado en una zona lejana de las urbanizaciones limeñas; con los años se habían ido levantando viviendas prefabricadas a pocos metros, con hombres, mujeres, niños y niñas en ellas.

En aquel momento, Heredia divisó a lo lejos un camión estacionado en la puerta de una de esas casas, que estaba a punto de partir. “Jefe, ¿y ese camión?”, le preguntó al capitán Edward Huamaní, a cargo del grupo. “Ese camión siempre sale todos los días a la misma hora”, le respondió Huamaní, y continuaron con la supervisión.

Horas después, al mediodía, Heredia y sus compañeros se encontraban en la casa desde la que vio a ese vehículo marcharse. Dentro de ella, se había construido un túnel de 332 metros de largo y a 14 metros de profundidad hacia el penal, desde el cual Víctor Polay Campos y otros 47 emerretistas fugaron. No lo podían creer. Polay Campos había sido capturado por la policía en la ciudad de Huancayo el tres de febrero de 1989. El líder del MRTA se encontraba siendo juzgado por un tribunal de Lima por los delitos de subversión, terrorismo y secuestro de empresarios. Al día siguiente de su fuga debía asistir a uno de esos juicios. Ello nunca ocurrió. El escándalo policial y político era inevitable.

Víctor Polay Campos sale a la luz como el líder del MRTA durante la toma del pueblo de Juanjuí en 1987. Foto: Vera Lenz

En apenas dos semanas, Alan García dejaría la presidencia. Lo mismo ocurría con Agustín Mantilla y Joffré Fernández; ministros de Interior y Justicia respectivamente. La oposición pidió sus renuncias, pero ambos declararon no tener responsabilidad directa sobre los hechos y declinaron irse de sus cargos.

Por otra parte, distintos senadores pusieron en tela de juicio la actitud de García hacia Polay Campos, ya que entre ellos hubo un vínculo muy cercano durante su juventud: provenían de familias apristas, fueron militantes del partido y estudiaron juntos en París en la década de los 70. Aquellas coincidencias solo hacían dudar más de la responsabilidad política del gobierno en la fuga, que incluso fue llevada sarcásticamente hacía lo cómico en un sketch del programa «Risas y Salsa», uno de los más populares de la época. Cabe señalar que durante los primeros días de García en la presidencia, el MRTA irrumpió en distintas radioemisoras de Lima y difundió una transmisión en la que anunció una tregua con el gobierno, pero advirtió que mantendría una actitud vigilante y de fiscalización. Aquella pausa solo duró un año.

Antes del túnel: preparando la fuga perfecta

Durante varios días, la prensa y la sociedad limeña se enteraron de más detalles tanto de la vivienda como de quienes habitaban en ella. Los vecinos proporcionaron más información que incluso fue de gran ayuda para la policía, ya que cuando ellos llegaron al inmueble no había nadie. El predio le pertenecía a Víctor Vargas y Rosa de Vargas, una pareja que había llegado a vivir hace aproximadamente un año y que nunca entabló lazos de amistad con los habitantes de la zona. Sin embargo, ellos no fueron los primeros ocupantes de aquella casa.

El terreno, ubicado en el sector derecho del penal, muy cerca a la parte frontal, inicialmente le pertenecía a Leonidas Alanya. El tres de febrero de 1988, él se lo vendió a dos emerretistas, Jaime Bautista y el ‘camarada Antonio’, por la suma de 120 mil intis— US$ 1.762 de la época—, según el informe final en mayoría de la Comisión Investigadora de la Cámara de Diputados sobre la fuga, oficializada en setiembre de 1990 y encabezada por el diputado del FIM Ernesto Gamarra Olivares. 

Jaime Bautista, quien para el año 1991 estaba recluido en el penal Castro Castro, declaró a la Comisión Investigadora que el ‘camarada Antonio’, cuya verdadera identidad nunca se supo, fue quien proporcionó el dinero. Bautista se encargó de velar por la primera fase del plan: la construcción de la vivienda, con dirección en avenida Las Parquisonias manzana B lote 13. Se contó con participación de seis obreros. En julio de 1988, la casa estuvo totalmente terminada para el objetivo final: la construcción del túnel hacia el penal.  

Un exmiembro del MRTA consultado para esta crónica –cuya identidad se mantiene en reserva– confirmó que la creación del túnel estuvo planificada desde antes de la captura de Víctor Polay Campos.  En aquella época, todos los terroristas detenidos eran trasladados al penal Miguel Castro Castro por ser considerado el de máxima seguridad en el país. Con Polay dentro o fuera, igual había miembros que su partido quería liberar. Hasta antes de la fuga, habían 2,009 internos distribuidos en los distintos pabellones y ambientes del recinto penintenciario. La proporción de reos senderistas era mayor que la de emerretistas.

Antes de la compra de aquel terreno, el MRTA había ocupado otra vivienda ubicada a una mayor distancia del penal, según el exterrorista que cumplió una pena mayor a 25 años en prisión. Los planes cambiaron cuando encontraron una casa más cercana al penal. Inicialmente, no contaban con un mapa, pero los ingenieros que estaban en sus filas levantaron mediciones bastante precisas.

Bautista junto a su esposa Jenny Rubio vivieron en la casa y se encargaron de comprar los muebles y el menaje necesario para la vivienda. Sin embargo, en julio de 1989, Bautista decidió abandonar el proyecto e irse a Huaraz. No imaginó que el ‘camarada Antonio’ lograría ubicarlo y obligarlo a retornar a Lima. Bautista se enteró de que en la casa ahora vivían Víctor Vargas y Rosa de la Borda. Él ahora cumpliría otro rol: sería quien compre los materiales de construcción para el túnel, que empezó a cavarse en agosto de 1989.

Para lograr tan grande y ambicioso proyecto fue importante la construcción de una falsa identidad de los habitantes de la casa y, sobre todo, el uso de un camión Dodge modelo 300 de color celeste, que permitió el transporte de los materiales, el personal de la obra y el recojo del desmonte que generaba la excavación del túnel, que culminó en julio de 1990, según el informe de la Comisión Investigadora.

Los vecinos de la zona nunca supieron con exactitud a qué se dedicaba Víctor Vargas: algunos contaban que la pareja había llegado desde Huaraz; otros, desde Nazca, y que eran comerciantes de verduras en el Mercado Mayorista de la Parada, según la revista Caretas. Otros decían que Vargas realizaba trabajos de transporte de carga con su camión en el Callao.

En lo que todos coincidían era en que aquel extraño vecino siempre salía entre las cuatro y cinco madrugada manejando el camión y regresaba a la casa antes de la medianoche. Rosa de Vargas siempre permanecía en el hogar, y recibía la visita de sus sobrinos Richard y Sonia, según un informe especial de La República. Hasta ahora, la verdadera identidad de los supuestos familiares es desconocida.

Ese diario recogió las declaraciones de Rosa Fonseca, vecina de ellos, quien comentó que Sonia, de aproximadamente 20 años, mantenía una cercana amistad con algunos policías que brindaban seguridad tanto a los exteriores e interiores del penal, los cuales almorzaban en la casa de la familia Espinoza, ubicada al costado de la vivienda que compró el MRTA.

Por otra parte, Sonia Alanya, dueña de la casa que quedaba frente a la vivienda de la familia Vargas, contó que sus vecinos siempre prendían la radio al máximo volumen durante el día, escuchando la mayoría de veces canciones de salsa. Lo hacían con el fin de tapar los ruidos de la construcción para evitar ser descubiertos.

Tras la fuga: se conoce la casa-fachada y el túnel

El miércoles once de julio, la prensa recién pudo conocer la vivienda por dentro y recorrer gran parte del túnel de la vergüenza. La casa ocupaba un área de 201 metros cuadrados y estaba dividida en cuatro ambientes. Solo había una puerta de madera que también daba acceso a una cochera sin techo.

Un detalle muy particular de ese espacio era una abertura en la pared del costado derecho del tamaño de un ladrillo, utilizada por los vigías de la organización para observar los movimientos de policías, y las entradas y salidas de vehículos. Esa información llegaba al encargado de la obra para que pueda manejar su operación clandestina, según La República.

El segundo ambiente era una sala, en la cual había un ropero que sirvió para que los emerretistas dejen su antigua vestimenta y sean menos reconocibles en caso la policía los busque. El tercer ambiente era un baño con una especie de pozo ciego que en realidad cumplía otras funciones: cuando se quitaba el revestimiento de cemento se daba con un ducto de 40 por 30 centímetros, el cual era utilizado para bombear aire hacia el interior del túnel. Y finalmente, se llegaba a un ambiente muy importante: frente al baño había un cuarto en el que se construyó la entrada al túnel, que era una especie de chimenea perfectamente disimulada con dos puertas que aparentaban ser un ropero empotrado a simple vista.

Policías en el interior de la vivienda desde la que se construyó el túnel. Fuente: La República

Para la construcción del túnel, se utilizaron sofisticados equipos de perforación, sistemas de iluminación, ventilación adecuada y comunicación inalámbrica a través de modernos walkie-talkies, según contaba La República, que dedicó una edición especial a la fuga el martes diez de julio. Las características de esta obra, hecha con diversos materiales como madera, cemento, fierro y tubos, se asemejaban a las de un túnel minero de bajo nivel, indica el informe de la Comisión Investigadora en sus conclusiones. 

Asimismo, al inicio del túnel se había acondicionado una pequeña sala de estar, de un metro con 90 centímetros de altura, que tenía un estante de libros y revistas. Aquel espacio estaba decorado con carteles y escritos de cartulina con lemas alusivos al movimiento emerretista. “El partido los quiere afuera y así será”, decía uno de estos, refiriéndose a los 48 miembros del MRTA, quienes entre las tres y cuatro de la madrugada del nueve de julio fugaron del penal.

Nueve de julio: escapar o ser descubiertos

Víctor Polay Campos, líder del grupo terrorista, estaba enterado de todos los detalles y de la construcción del túnel. La Comisión Investigadora sostiene en su informe final que Polay dibujó los croquis y planos de la cárcel de máxima seguridad. El túnel, de 332 metros de largo, terminaba entre los pabellones 1B y 2A, un lugar de acceso prohibido conocido como «Tierra de nadie». El líder emerretista, recluido en el Venusterio, pudo escapar pues tenía las llaves de su celda, y se movilizó sin ningún problema hacia la desembocadura del túnel.

Asimismo, el exmiembro del MRTA entrevistado para esta nota afirma que la huida no pudo postergarse más. Días antes, cuando el túnel ya estaba a tres metros del suelo —este se construyó a 14 metros de profundidad, hubo un derrumbe por la poca consistencia de la tierra. El domingo, día de visitas, era el momento propicio. Solo habían dos alternativas: escapar o ser descubiertos por la Policía de Seguridad del penal.

Semanas después de la fuga, Víctor Polay Campos apareció a través de un video difundido en el programa Contrapunto, de Frecuencia Latina. Declaró que la construcción del túnel estuvo a cargo del grupo «Comandante Roger Panduro», y calificó el escape como el golpe más contundente e importante que los emerretistas hayan dado al gobierno de Alan García. «Este gobierno [refiriéndose al de García] no solo ha ahondado la crisis económica, política y social, sino que ha desarrollado una política de corrupción deshumanizada», fueron las críticas de Polay. Además, en aquella aparición indicó que García y sus amigos debían ir presos al penal Castro Castro. «Ese es el lugar que merecen», vociferó.

Así, el MRTA pasaba a la historia por protagonizar una de las grandes fugas carcelarias del país, comparable con las de los narcotraficantes Pablo Escobar y Joaquín “El Chapo” Guzmán. Tras recuperar su libertad, Víctor Polay Campos reasumió su papel como líder del MRTA. Sin embargo, la alianza entre el grupo subversivo y el MIR VR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria «Voz Rebelde»), la cual mantenían desde 1986, sufrió una gran ruptura. A fines de 1991, varios militares del MIR VR abandonaron las filas emerretistas, según un capítulo del informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) dedicado al MRTA. Polay se dedicó a recomponer el partido hasta su recaptura en junio de 1992, mientras comía en un restaurante de San Borja. Actualmente, purga una condena de 35 años de prisión por el delito de terrorismo en la Base Naval del Callao.

Recaptura de Víctor Polay Campos en 1992. Fuente: Archivo Fotográfico Jaime Rázuri- PUCP

Año 2018: ¿qué pasó con la vivienda y el túnel?

Han pasado veintiocho años desde aquella escandalosa fuga, y el ahora retirado suboficial Superior PNP Omar Heredia recuerda con mucha lucidez todo lo que vivió ese día. Heredia no fue sometido a un juicio en el fuero militar como sí lo fueron sus compañeros del turno de tres a siete de la mañana. Aquel juicio hizo imposible que la vivienda que compró el MRTA fuera demolida mientras duraron las investigaciones, aproximadamente tres años. No obstante, el paso del tiempo fue mermando en su construcción.

La última vez que Heredia vio la antigua fachada de la vivienda fue en el 2011. Luego de siete años, regresa a la zona y logra ubicar el terreno pese a que hoy está cercado por paredes de eternit y se ha convertido en una chatarrería. Los alrededores del penal han cambiado mucho: ahora hay casas de ladrillos y vecinos jóvenes, quienes no saben que hubo una fuga en 1990 y simplemente ignoran la historia que pasó a pocos metros de sus hogares. Solo un anciano que se dedica a cuidar autos durante los días de visita al penal confirma que un día demolieron la fachada de la casa, pero no sabe el porqué ni parece importarle.

Después de la fuga se destruyeron los accesos del túnel. Sin embargo, años después, internos comunes del penal quisieron replicar otro escape a través de la construcción de un conducto que esta vez iniciaba dentro del penal. La intención de ellos era empalmarlo con la estructura que quedaba del túnel del MRTA, según relata el exmilitante emerretista. Pero no alcanzaron su objetivo: fueron descubiertos y las autoridades decidieron destruir el túnel en su totalidad.

Siete años después de la “fuga del siglo”, la construcción de otro túnel, esta vez por el gobierno peruano, acabaría con los últimos cabecillas del MRTA. El veintidós de abril de 1997, se realizó con éxito la Operación Chavín de Huántar, que lograría el rescate de 72 rehenes secuestrados por el grupo terrorista en la casa del entonces embajador de Japón. Todos los emerretistas que se encontraban en la residencia fueron abatidos por los militares. El ocaso del MRTA había empezado.

Hoy en día, el paisaje alrededor del penal ha cambiado drásticamente. Fuente: PasoenLima.com

* Foto de portada: Óscar Medrano/Caretas 

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