Fotografía: Luis Ángel Salazar 'Sandokan'

El escenario histórico del cachascán peruano: El Luna Park limeño

Aunque algunas investigaciones señalan que los inicios del cachascán peruano se remonta a mediados del siglo XIX, no fue hasta la década de 1960 que este deporte alcanzó su época dorada gracias a un empresario que apostó por el negocio. Avisos en las calles y en televisión convocaban a miles de limeños a presenciar en primera fila combates espectaculares entre luchadores que se batían con llaves y patadas voladoras, en el Luna Park.

Por Jennifer Valqui Obregón

 

El cachascán, o también conocido como “agárrate como puedas”, tuvo dos décadas de éxito entre los años sesenta y setenta. “Nosotros los cachascanistas éramos comparados con los futbolistas. Éramos personajes públicos”, revela Juan ‘El Cóndor’ Orosco Gutiérrez, uno de los luchadores más jóvenes de la época. La admiración hacia ellos fue tan masiva que “llegaron a ser considerados como dioses. Había mucho respeto a la lucha libre”, dice Luis Ángel Salazar, más conocido en el mundo deportivo como el terrible luchador ‘Sandokan’. Sin embargo, las críticas no faltaron. Algunos hinchas del fútbol no entendían cómo los golpes extremos, las llaves y mañas, las jaladas de cabello y acrobacias mortales podían gustar tanto a las personas. Pero todo eso no fue impedimento para iniciar con el negocio.

“Moreno y alto, carismático y creativo”, así describe en sus crónicas el escritor y asiduo asistente a los shows del fin de semana en el Luna Park, Mario Vargas Llosa, al fundador de los espectáculos del cachascán peruano. Le pidió ayuda al empresario Roggero Di Santi y juntos viajaron para conocer el desempeño de luchadores internacionales y los pormenores del negocio. Organizaron las primeras competencias en el antiguo Estadio Nacional, a partir de 1942, y poco después otros reconocidos hombres de negocio de la época como Tito Lecture, Ángelo Dunde y ‘Don King’ se sumaron al espectáculo que combinaba lucha libre, box y circos. Aguirre realizó varias actividades que consiguieron la inmediata aceptación del público.

Casi una década después, levantaron el Luna Park, inspirado en la versión argentina, donde se celebraba el mismo tipo de competencias que los empresarios querían exhibir en Perú. El primer local, ubicado entre las calles Miguel Baquero y Huarochirí, solo funcionó cinco años mientras duró su contrato con la Municipalidad de Lima. Durante la década del cincuenta, la estrella del box sudamericano, Mauro Mina, también compitió ahí, bajo el apoyo de Max Aguirre.

Sin embargo, la época de gloria se vivió en el segundo local, ubicado en la Av. Colonial, donde exclusivamente se celebraron competencias de lucha libre. Aquella carpa recibía aproximadamente a 10 mil personas por show, de todas las clases sociales, pues se trataba de un espectáculo muy popular en la época. La Plaza Dos de Mayo amanecía llena de carteles y anuncios días antes de los duelos. Así, los fanáticos se enteraban y animaban a asistir. Las ventas de entradas se realizaban ahí y en las galerías del Luna Park.

Los anuncios eran pegados en un soporte de madera, ubicado en la Plaza Dos de Mayo. Fuente: La Crónica

Cada fin de semana, a las 8:30 de la noche, el jurado se alistaba en una mesa cerca al ‘Cuadrilátero de los rudos’, como lo denominó el diario El Peruano. El público levantaba sus carteles mientras se acomodaban en las sillas de madera que ocasionalmente los luchadores aplastaban contra sus contrincantes. En los pasadizos ya eran vistos los dos duelistas que competirían en el siguiente round. El presentador aparecía y empezaba su discurso alentador. Todos se encontraban concentrados en el show.

“Llegó el momento ansiosamente esperado tanto y tantos días. Va a aparecer ante ustedes el famoso, el magnífico, el único en su género, el campeón de los campeones, me refiero a ‘La Melena Humana’, quien va a enfrentarse al brutal, criminal y despanzurrador, luchador que tiene en su haber cientos de cientos de muertes, el campeón de los esquimales ‘Anteojitos, el Razgado’”, cuenta Vargas Llosa en su primera visita al duelo cachascanista en la década cincuenta. Sonaba la campana y comenzaba el espectáculo-deporte.

Los hinchazones ya eran parte de sus cuerpos y el dolor había quedado en último plano. Con patadas rápidas, saltos voladores, apretadas intensas en las extremidades del contrincante y “buenos machotes”, como los llamaban los fanáticos, ganaban las competencias. “Así, amigo, aprenderás que con Conde en Lima nadie se queda invicto” y “menos mal que tengo reservado un sitiecito en el cementerio” eran algunas de las frases más oídas en este evento, donde no necesitaban decir lisuras ni faltar el respeto para sentirse poderosos.

Duelo entre fanáticos

Para cada espectáculo era indispensable una clave: “agitar al público”; es decir, ganarse la simpatía o antipatía de los fanáticos. Después de ser aceptado por Max Aguirre, Luis Ángel Salazar tenía que elegir el sobrenombre del personaje que iba a encarnar como duelista. Por su contextura, se llamó ‘Oso’ pero no transmitía el impacto necesario a los espectadores y ‘el jefe’ lo suspendió por un mes. En ese momento, Salazar decidió pensar detenidamente en otro personaje y leyendo un libro lo encontró. “Con mi vestimenta, mi contextura gruesa y mi cabello largo, me miraron de pies a cabeza y preguntaron por mi nombre de lucha. Les dije que me llamaba ‘Sandokan’ Inmediatamente me anunciaron que pelearía”, explicó este veterano luchador que siempre estaba listo y esperando su turno en los camerinos. Es así que la vestimenta y el físico del luchador también resaltaron en el negocio.

En el día también se ofrecían espectáculos para niños y jóvenes. Fuente: Arkiv Perú

‘El Vikingo’, ‘Sandokan’, ‘Pepe Pantera’, ‘Loco Cardenal’, ‘Súper Demon’, ‘El Mongol’ y hasta mujeres cachascanistas se batían a duelo en aquella carpa, resaltando el deporte convertido en espectáculo. Víctor ‘El Vikingo’ Díaz Chávez fue el luchador más odiado dentro y fuera del ring. Cada vez que era fuertemente atacado, hacía trampa extrayendo de su calzoneta una manopla para responder al golpe.

Su popularidad llegó a ser tan grande que paralizó la ciudad cuando se enfrentó al cómico ajeno al ejercicio físico y al que se le conocía por el término español-francés ‘Mon Cherí’, Hugo Muñoz de Baratta

Iba a ser la pelea del siglo. El reto lo inició ‘El Vikingo’ meses anteriores al duelo. Tras derrotar al enmascarado ‘Super Demon’ en un enfrentamiento, se acercó al hincha más fiel de su contrincante y le jaló el cabello. Se trataba de ‘Mon Cherí’. Este se levantó y cacheteó al cachascanista, quien no aguantó la reacción frente a cámaras y le devolvió el ataque, dejando en el suelo al cómico.

Un día antes del duelo, en diciembre de 1972, las entradas se agotaron rápidamente y muchos fanáticos tuvieron que resignarse a verlo por la televisión. Llegó el día y el Coliseo Amauta estaba muy lleno con 17 mil fanáticos esperando venganza. El tráfico era un completo caos. Artistas y modelos estuvieron en primera fila. Hinchas de ‘El Vikingo’ estaban en el lado derecho. Cómicos y amigos de ‘Mon Cherí’ en el otro extremo. Comerciantes  ambulantes en los pasillos vendiendo golosinas y máscaras en el preámbulo. Mujeres gritando: “‘El Vikingo’ es un jijuna, a ‘Mon Cherí‘ lo va a matar con la manopla”. El resto del público apostaba y se reía. Las cámaras estaban listas y en ambos extremos, los contrincantes también.

El animador ingresó al ring nervioso y ansioso para anunciar a ambos contrincantes: ‘El Vikingo’ y ‘Mon Cherí’. “La lucha fue pareja bajo los reflectores. Sorprendido por la larga resistencia del retaco cómico, ‘El Vikingo’ -sordo ante la pifia general- utilizó lo peor de su repertorio: rodillazo en la cara, piquete en los ojos y mazazos en la nuca. ‘Mon Cherí’ quedó tumbado fuera del cuadrilátero. Y eso no fue suficiente, pues cogió la larga mesa de transmisión y se la lanzó contra el pecho. El público, que ya estaba de pie, saltó de dolor. El árbitro fue enérgico: ‘El Vikingo’ quedó descalificado. Ganó ‘Mon Cherí’­ e inmediatamente fue llevado en una ambulancia”, narró Luis Miranda.

Este enfrentamiento consiguió los mayores niveles de audiencia de la televisión en la época. Lograron un alto rating que fue envidiado por los nuevaoleros de las matinales y las telelloronas de aquella década.

El éxito de este espectáculo fue aprovechado también por otros comediantes del momento, quienes crearon “Los Colosos del catch”, programa emitido por Panamericana Televisión. La rutina era la misma: “los cómicos versus algunos luchadores reconocidos” en el Luna Park o en el coliseo Amauta. La época dorada del cachascán se extendió a otros dos recintos más como el Coliseo Cerrado o Velódromo, en Cercado de Lima, y en el Coliseo Nacional, en La Victoria.

Una semana después del enfrentamiento de ‘Mon Cherí’, el cómico ‘Melcochita’ participó de esos shows del programa. Fuente: Arkiv Perú

El espectáculo en televisión

“Aquí estamos, aplausos, señores. Aquí estamos en la esquina de la televisión. Esta noche estamos con las intimidades del cachascán con ‘Los Colosos del catch’. Recordando las fabulosas épocas del cachascán. Estamos en un dos a dos con ‘The Demolitions’, un aplauso para ellos. A mi derecha e izquierda de su televisor, está ‘Bad Boy’ y ‘El Hombre Araña’. ¡Esoooooo! Mucha fuerza. Y arbitrando como siempre, poniendo la equidad, calmando los ánimos, calmando el ímpetu asesino y demoledor de estas bestias del cuadrilátero: ’El Dandee’. Esto empieza, ¡yaaaaaaaaa!”, presentaba Jaime Lertora el espectáculo que había llegado a la televisión, pero que lamentablemente no duró mucho.

En la década de los setenta, Lima enfrentaba una alta tasa de migraciones, cambios sociales y constantes transformaciones políticas. “El movimiento culturista de la prensa de izquierda luchó por censurar ‘Los Colosos del Catch’, y así el canal 5 tuvo que suspender la transmisión por presión del gobierno militar”, relata Fernando Vivas. Como consecuencia, Max Aguirre, decidió  realizar eventos no televisados por todo el Perú, hasta su muerte a inicios de los ochenta. Así se cerraba un gran capítulo del cachascán.

Ahora, solo quedan las fotografías y videos archivados para recordar. Hoy, el primer establecimiento donde funcionó el Luna Park es un depósito de vehículos y el segundo y el más recordado por los fanáticos, le pertenece a la tienda Maestro. En las calles, ya no queda rastro de los anuncios de las competencias: “Hoy, Yanqui vs Tigre” y “Torneo de Fiestas Patrias”. Ya no se ve a la prensa pasando frecuentemente por los alrededores, esperando el momento preciso para grabar. El cachascán quedó arrinconado a pequeños shows en Lima y provincias que ex luchadores como ‘Sandokan’ impulsan para evitar que esta cultura desaparezca.

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