Foto original: AFP

El doble éxodo de los venezolanos

Se fueron de Venezuela escapando de la extrema pobreza, pero este año regresaron en masa para evitar que el Covid-19 o el desempleo terminen con sus sueños y con sus vidas. Fueron miles los migrantes que abandonaron el Perú desde los primeros días de la pandemia. Enfrentaron una peligrosa y estresante travesía: largas horas de caminatas, pasando hambre y frío. Siempre acompañados por el miedo a contagiarse. Creían que el viaje de retorno duraría pocos días. Lo cierto es que algunos tardaron hasta cuatro meses en pisar territorio venezolano. Encontraron un país más pobre, pero frente al espanto de la muerte y la desesperanza, sintieron una mezcla de alivio y resignación: nada mejor que refugiarse en casa.

Darlen Leonardo

darlen.leonardo@pucp.edu.pe

"Ya no puedo más”, se quejó Carmen Carpio (35) y cayó de rodillas sobre el asfalto. Ella, su esposo Jorge Cárdenas (38) y sus hijos, de 4 y 6 años, llevaban 12 días caminando rumbo a Venezuela. Era un día de mediados de mayo. Habían caminado más de 8 horas para poder cruzar la frontera ecuatoriana y entrar a Colombia. Eran las 7:30 de la noche y estaban en un camino a oscuras solos en medio de la nada. La ruta se hacía cada vez más agobiante. Mientras Jorge trataba de calmar a Carmen, vieron a lo lejos dos linternas apuntándolos. Pensaron lo peor. Habían escuchado historias de asaltos y asesinatos en los pasos ilegales. “Que sea lo que Dios quiera: nos ayudan o nos matan”, pensó Jorge mientras abrazaba a sus hijos. Cuando visualizaron las siluetas que los iluminaban con sus linternas sintieron alivio. Se trataba de un grupo de mujeres que regresaba a su pueblo.

Eran habitantes de Ipiales, un poblado colombiano próximo a la frontera con Ecuador. Ellas los ayudaron y albergaron esa noche. Cuando llegaron a Ipiales, Carmen se sentó en un sillón y comenzó a llorar. Era el llanto de quien ha encontrado un poco de sosiego: luego de 12 días al fin estaban en una casa donde ella y su familia pudieron bañarse, dormir bajo un techo seguro y sentarse en un comedor para cenar. 

En enero de este año en el Perú había 798,654 migrantes y refugiados venezolanos, según cifras de la Superintendencia Nacional de Migraciones. Desde que ingresaron al país muchos de ellos se enfrentaron a situaciones de precariedad: trabajos informales, salarios bajos y costosos alquileres en viviendas hacinadas. La llegada del Covid-19 agudizó la vulnerabilidad de la migración venezolana. La cuarentena acabó con sus empleos y el virus empezaba su designio mortal. Muchos optaron por regresar a su país. Cécile Blouin, experta en movilidad humana e investigadora del Idehpucp, estima que hasta inicios de noviembre, abandonaron el Perú aproximadamente diez mil migrantes venezolanos.

“A causa de la cuarentena pasaron una situación muy difícil tanto aquí como en otros países: se quedaron sin empleo, el cierre de los espacios públicos les impidió desempeñarse como informales o ambulantes. No tenían dinero para alimentarse y mucho menos para pagar un alquiler”, explica Olga Sarrado, oficial de comunicaciones de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) en América Latina.

Un factor que agravó su vulnerabilidad fue la exclusión de los programas del gobierno para ayudar a quienes perdieron sus empleos. Ningún venezolano recibió subvenciones ni bonos. “No existe justificación para negar el acceso a bonos y subvenciones a personas por su nacionalidad. Si hay un bono para personas en estado de vulnerabilidad y pobreza, tiene que ser para todos los que están en esa situación. Las políticas deben ser inclusivas. El gobierno peruano incumplió la obligación que tiene de garantizar el derecho a la vida a todas las personas que se encuentran en su territorio”, sostiene Cécile Blouin.

Entre marzo y junio las restricciones fueron sumamente estrictas: no había transporte formal para movilizarse y los migrantes tenían que hacer largas y penosas caminatas para llegar a las fronteras. Muchos tuvieron que desplazarse en servicios de transporte ilegal o salieron del país por pasos clandestinos, corriendo el riesgo de contagiarse o de sufrir accidentes en las carreteras.

*  *  *

La mañana del 16 de marzo, Carmen, su esposo Jorge y sus dos hijos abandonaron el cuarto que alquilaban en Los Olivos para emprender el viaje de retorno a Venezuela. Tenían que llegar lo más pronto posible para poder despedirse del padre de Jorge, quien tenía cáncer de próstata en fase terminal. Por eso tomaron un bus interprovincial que hacía la ruta Lima-Tumbes. Los niños estaban emocionados por volver a ver a sus tíos y primos. Cuando llegaron a Tumbes les avisaron que el entonces presidente Vizcarra había decretado el cierre de fronteras. Nada podían hacer para seguir su camino. Permanecieron dos meses varados en Tumbes. “Decidimos no ingresar a Ecuador porque teníamos miedo de que nuestros hijos se contagien”, recuerda Jorge.

La familia Cárdenas partió de Lima hacia Venezuela el 16 de marzo. Tenían que llegar lo más pronto posible para poder despedirse del padre de Jorge, quien tenía cáncer de próstata en fase terminal. No imaginaron que la pandemia los dejaría varados. Foto: Archivo personal.

Ernesto Contreras es venezolano y vivió tres años en el Perú. Se estableció en Arequipa y se dedicó a la venta de paquetes turísticos. A inicios de 2020 dejó ese trabajo y comenzó a vender almuerzos de forma ambulatoria en la Plaza de Armas de la Ciudad Blanca. De pronto el Covid-19 hizo que sus comensales desaparecieran. Sin clientela, los ingresos también desaparecieron. El 28 de julio, luego de ser desalojado de su pequeño departamento, y sin dinero para pagar otro alquiler, Ernesto Contreras decidió regresar a Venezuela. Se puso la mochila sobre la espalda y emprendió el viaje de retorno junto a su primo. Viajaron en una gandola, un enorme camión de carga. Llegaron a Lima y aquí compraron pasajes -ilegales- para llegar a Tumbes.

Enrique Arza (31) llevaba dos años y medio viviendo en el Perú cuando la pandemia lo dejó sin empleo y sin ingresos. “Era vigilante en la discoteca Tequila de San Miguel. Me iba bien económicamente y me gustaba mi trabajo, pero sabía que las discotecas no se abrirían este año”. Como ya no podía pagar el alquiler de su cuarto en Comas, se fue a vivir a San Miguel con su hermana. Al ver cómo aumentaban los contagios por coronavirus, decidió que regresaría a Venezuela. “Vi que todo estaba paralizado, menos el transporte terrestre. Ecuador también había restablecido parcialmente el tránsito. Supe que debía aprovechar el momento y regresar a Venezuela”, refiere. 

Enrique Arza tardó 56 días en llegar a su país. “No imaginé que viajar durante la pandemia fuera tan difícil y la travesía tan dura”, refiere. Salió del Perú el 8 de agosto y llegó a su casa, en Caracas, el 3 de octubre, casi dos meses después. Había comprado el pasaje en Plaza Norte, llegó a Tumbes y cruzó la frontera por un paso ilegal. “Ingresé al Perú de manera legal y ahora me iba por una trocha. En esa frontera hay mucha delincuencia, yo no sabía qué hacer. Estaba muy asustado, había escuchado que le robaban a mucha gente y que era peligroso. Yo viajaba solo y con tres maletas encima”, cuenta.

 
 
 

El drama del retorno


La pandemia forzó el retorno a pie de muchos migrantes y refugiados venezolanos, quienes salieron de sus países de acogida dominados por la incertidumbre laboral y el temor al contagio. No sabían en cuánto tiempo llegarían o lo que les esperaba al llegar a Venezuela. 

En su travesía por Ecuador, tanto Ernesto como Enrique padecieron para conseguir un transporte que los llevara hasta la frontera con Colombia. La xenofobia y el alza excesiva del precio de los pasajes fueron algunos problemas que debieron sortear en el trayecto. Ernesto tuvo que caminar dos días hasta conseguir un pasaje a Ipiales, ciudad colombiana fronteriza con Ecuador. Por ese viaje pagó tres veces lo que cuesta el pasaje normal, pero el sobreprecio no le dio ningún beneficio. Por el contrario, el chofer lo abandonó en una finca. Desde allí tuvo que caminar durante tres días para llegar a Colombia.

Pero si pasar por Ecuador fue difícil, Colombia supuso un reto aún mayor. “La peor parte de mi viaje fue en Colombia”, es lo primero que responde Enrique Arza cuando le preguntan sobre su paso por el país cafetero. En Colombia le pusieron miles de trabas para viajar: necesitaba el Permiso Especial de Permanencia (PEP) pese a que solo estaba de paso. “Nadie quería venderme un pasaje a Cúcuta, la ciudad fronteriza con Venezuela. Un señor me hizo el favor de hacerme un PEP para poder viajar, pero todavía no tenía el pasaje. Hablé con una muchacha y se lo compré mucho más caro de lo que valía”, recuerda.

 
 
 
La familia Cárdenas junto a otros compatriotas dentro de un camión de carga en Ecuador. Foto: Archivo personal.

Enrique Arza pudo viajar, pero se quedó dos semanas varado en Cúcuta. Había gente que llevaba un mes esperando para pasar a Venezuela; solo podían salir 200 personas por día. El gobierno colombiano habilitó refugios en su frontera después del escándalo mediático creado por las protestas de los migrantes. Solo en Cúcuta, según cálculos de Enrique Arza, había más de 500 personas esperando por buses que los llevaran cerca de la frontera para que puedan ser recibidos por las autoridades venezolanas.

Carmen, Jorge y sus hijos pasaron su estancia en Cúcuta en carpas instaladas en las afueras del terminal de buses que los llevaría a Venezuela. Jorge encontró dos palos de madera a los que cubrió con unas sábanas que llevaba en su mochila. Luego de 15 días de espera, los policías les anunciaron que el gobierno colombiano ponía a disposición de ellos unos buses que los llevarían hasta la zona limítrofe con Venezuela. Sin embargo, el bus al que ellos se subieron no iba a la frontera que estaba próxima a Táchira, donde Jorge vivía, sino que iba a Arauca, a cinco horas de su lugar de origen. La familia estuvo dos días y medio en el bus, con los niños sentados en las rodillas y sin comer, pues ya no tenían dinero.

Antes de llegar a Arauca, el bus en el que viajaban paró en medio del camino para pasar la noche en un refugio llamado La Tiendita, a un paso de Venezuela. “En ese lugar teníamos una colchoneta, la comida no era mucha, pero era más acogedor”, relata Carmen. Era un refugio de ACNUR. Allí los encargados les hicieron algunas preguntas relacionadas con su viaje y les dieron lo que ellos denominaron un “kit de supervivencia” que contenía agua, galletas, pan, latas de atún y un par de mascarillas. 

Olga Sarrado, oficial de comunicaciones de ACNUR para América Latina, señala que en este contexto de pandemia han adaptado todos sus mecanismos para asegurar el contacto con los que retornan. “Hay 4,3 millones de refugiados y migrantes venezolanos en la región. A ellos se les entrega un kit de emergencias y un kit de alimentos”, explica.

El esperado regreso a casa


 

“Por fin llegamos a nuestro país. Las cosas van a ser diferentes”. Carmen y Jorge recuerdan lo que pensaban entonces. Pero no fue así. Cuando finalmente cruzaron la frontera, los esperaba un equipo de médicos y policías. Separaron a los hombres y mujeres en dos filas y se llevaron a Carmen y a sus hijos a una revisión general, mientras Jorge seguía en la fila de hombres esperando su turno. Después les hicieron dos pruebas para descartar que estuviesen contagiados y los llevaron a un refugio en donde debían cumplir la cuarentena obligatoria impuesta por el gobierno venezolano para las personas que retornaban. “Nos sacaron las pruebas para luego meternos a un refugio que en realidad era una escuela abandonada. No estaba acondicionado: no teníamos colchones, estaba sucio y no había agua potable”, señala Jorge.

Diez mil migrantes venezolanos abandonaron el Perú hasta noviembre de 2020, según estima Cécile Blouin, experta en movilidad humana del Idehpucp. Foto: AFP.

A quienes ingresan a Venezuela se les exige permanecer en centros de cuarentena conocidos como Puntos de Atención Social Integral o PASI. Estos centros no cuentan con los servicios básicos necesarios, como agua potable ni luz o alimentos, para que los retornantes pasen su cuarentena y se sometan a la prueba de descarte del Covid-19. Si bien el gobierno venezolano aseguraba que la cuarentena de los retornantes duraría 14 días, muchos de ellos -como la familia de Carmen y Jorge- permanecieron meses en estos lugares. 

Cécile Blouin explica que el peligro de este nuevo éxodo venezolano es el viaje de retorno a su país de origen, pues existen denuncias acerca del tratamiento que reciben las personas que regresan. “No los dejan llegar a sus provincias o estados de origen y tienen que cumplir con una cuarentena muy estricta y extremadamente prolongada. No son bienvenidos en Venezuela. Hay ideas negativas sobre los que retornan, son considerados traidores a la patria”, advierte.

La familia de Carmen permaneció 76 días en los centros de cuarentena por un error en el sistema de salud venezolano. Ellos ingresaron el 1 de junio a Venezuela y salieron de estos establecimientos el 16 de agosto. Pasaron por tres refugios y les sacaron más de diez pruebas rápidas durante su estadía porque creían que estaban contagiados. Luego de más de tres meses partieron rumbo a Táchira, donde Jorge encontró a su padre en una caja de cremación. No llegó a tiempo. Su padre había fallecido mientras se encontraban en el primer refugio. La noticia le ocasionó a Jorge una parálisis facial por la acumulación de estrés.

“Todo el sacrificio que hice para ver a mi padre fue en vano. No llegué a despedirme de él”, señala Jorge con pesar. “En el refugio, la doctora no quiso atenderme y nos dijo que iba a mandar una ambulancia que llegó una semana después”. Una enfermera que se encontraba en el centro de cuarentena pudo orientar a Carmen para que le realizara masajes en el rostro y pueda recuperar el movimiento de sus músculos faciales.

Cuando Enrique Arza cruzó la frontera, lo primero que hizo la Policía Nacional Bolivariana (PNB) fue verificar si tenía antecedentes penales. Luego le hicieron la prueba rápida y lo llevaron a un refugio donde se encontraban las personas que buscaban regresar a Caracas. Allí permaneció 40 días. No había agua potable, la comida era muy mala y el trato de los militares era opresivo. Cuando autorizaron el viaje a Caracas, el autobús que el gobierno ofreció los trasladó a la capital venezolana, pero no los dejó volver a sus hogares. Debían iniciar otra cuarentena de 18 días más. 

Luego de pasar por otras tres pruebas de descarte, Enrique pudo salir e ir a la casa de sus padres. El reencuentro con su familia fue emocionante. Ninguno de ellos sabía de su viaje. “En ningún momento desde que salí de Perú les había dicho que venía para Caracas. No quise preocuparlos”, cuenta. En Venezuela y junto a sus padres se siente tranquilo. “Tengo menos estrés. Obviamente estoy en mi casa. Aquí tengo mi plato de comida y a mi familia a mi lado”, explica Enrique.

Enrique Arza trabajaba como vigilante en una discoteca limeña. La pandemia lo dejó sin trabajo, por lo que Enrique emprendió el viaje de regreso a Venezuela. Fuente: Archivo personal.

Después de dos años y medio fuera de Venezuela, Ernesto estaba a punto de llegar a su hogar en Cordero, en el estado de Táchira. Pagó a policías colombianos para que faciliten su ingreso a Venezuela. Ellos lo ubicaron en uno de los centros habilitados para los ciudadanos que retornaban a su país de origen. Allí le tomaron una prueba rápida al ingresar y otra luego de 15 días para que pueda salir e ir a Táchira junto a su familia. “Me alegró ver a mis padres. Hubo muchos cambios en este tiempo que no estuve con ellos, pero quiero establecerme en mi país y abrir un negocio”, afirma.

 

Volver con la frente marchita


 

Para la experta en movilidad humana, Cécile Blouin, la pandemia ha impactado de forma excepcional en todos los países de la región y Venezuela no es la excepción. Los ciudadanos venezolanos que han regresado son conscientes de la crisis en la que se encuentra su país, pero se han visto obligados a regresar dado que no pueden subsistir en los países a lo que migraron.

Dado el impacto prolongado de la pandemia, los miles de migrantes venezolanos que han retornado a su país de origen no piensan en regresar al Perú por el momento. Muchos han decidido empezar nuevamente en Venezuela y otros consideran que necesita disminuir el riesgo al contagio para poder pensar hacia dónde van a emigrar nuevamente. 

“La migración se ha dado por un fenómeno excepcional como la pandemia, pero los que regresan son conscientes de que han salido de Venezuela por problemas vinculados a la violación de derechos humanos, de alimentación, salud o trabajo. Y eso hace difícil pensar que ellos van a poder reencontrar en Venezuela su estilo de vida. Puede haber personas que vayan a salir de Venezuela, pero no necesariamente regresarán al Perú. Las razones detrás de la migración venezolana no han desaparecido: sí va haber un movimiento migratorio de salida cuando acabe la pandemia”, puntualiza Cécile Blouin.

Carmen está ahora en Cordero, su casa, su ciudad. Su familia piensa comenzar de cero y construir oportunidades en su tierra. “No sería loco pensar en volver al Perú, pero ahora con la pandemia no regresaría. Salir no está en nuestros planes. En Venezuela estamos sobreviviendo”, admite Jorge, su esposo. Después de la travesía de retorno, ambos ya han conseguido un trabajo estable en su país de origen: Carmen realiza mantenimiento y limpieza en un colegio de Táchira y Jorge trabaja como vendedor de una empresa de embutidos. “Estamos trabajando en lo que encontramos”, señala. 

La familia Cárdenas decidió regresar a Venezuela para poder ver al padre de Jorge, quien estaba muy delicado de salud, sin pensar que la pandemia retrasaría sus planes de regreso. Ellos no esperaban vivir los desafíos del retorno a pie, junto a sus hijos ni exponerlos al contagio del virus. “Yo creo que fue una experiencia grandísima. Nosotros ya teníamos nuestras cosas en Perú y otra vez tuvimos que dejarlo todo para regresar a Venezuela a iniciar de cero. El camino de retorno nos enseñó a convivir con mucha gente desconocida con otras actitudes y otras costumbres”, afirma Carmen.

Aunque ahora ya tengan cierta estabilidad, el retorno los ha marcado. Jorge lo explica así: “Yo contemplé la posibilidad de matar si durante el viaje alguien atentaba contra mí o mi familia. Tenía un cuchillo en el bolso por si nos querían robar o, incluso, secuestrar. Durante nuestro tiempo en el refugio estuvimos con gente del “Tren de Aragua”, una banda criminal venezolana. Ellos estuvieron implicados en el asesinato y descuartizamiento de dos personas en un hotel de San Martín de Porres, en Perú. Pero durante la estadía en el espacio de cuarentena, no hicieron nada. Llegué a ese punto de quiebre de mi humanidad para proteger a mi familia”.