Ilustración: Gerald Espinoza

Del teclado a la calle: Las redes sociales, un altavoz para la movilización ciudadana

En un clima de constante convulsión social, el aumento exponencial de las interacciones por internet ha ampliado significativamente nuestras formas de protestar. Las expresiones de descontento e indignación han sido intensas en la última década. Las marchas en contra de la violencia de género o en rechazo a leyes que atentan contra derechos y fortalecen la exclusión social han sacado a las calles a miles de ciudadanos que creen en una cultura democrática y de resistencia. La tecnología nos ha unido en este derecho a protestar y nos permite ahora convocar y organizar manifestaciones a distancia, generar colectivos y hacer público nuestro malestar a niveles inimaginables en el pasado. La movilización surgida primero en el espacio virtual y luego trasladada al espacio público de manera multitudinaria, en noviembre del año 2020, fue una muestra de cómo la acción política depende ahora de la comunicación digital. 
Por María Fernanda González Labbé
Publicado el 3/11/2021

Lucía, de 21 años, estudia Psicología en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. En medio de una semana cargada de tareas académicas, la noche del lunes 9 de noviembre de 2020 decidió guardar su celular para evitar distraerse en las redes sociales. Aislarse del mundo por unas horas le impidió enterarse de una noticia que sin duda ya estaba en boca de todos: la vacancia del  entonces presidente Martín Vizcarra y la inminente toma del gobierno por quien ocupaba la presidencia del Congreso, el acciopopulista Manuel Merino. “Estaba estudiando cuando mi mamá vino a mi cuarto a contarme lo que había pasado, inmediatamente entré a Twitter para enterarme de todo”, recuerda Lucía. 

Fue en esta red social donde ella vio el desborde de opiniones sobre este  zarpazo antidemocrático que provocaría la movilización más grande registrada en el Perú en los últimos años. Según el Instituto de Estudios Peruanos, 37% de la población protestó en las calles, por las redes o desde las puertas y ventanas de sus casas golpeando cacerolas.  “Todo el mundo decía que saldría a marchar, creaban chats, eventos en Facebook, había reuniones por Zoom y en menos de dos horas, las calles estaban llenas”, refiere. Lucía no pudo salir a movilizarse el día en que Vizcarra fue vacado, debía quedarse a cargo de sus dos hermanos menores. Esto no fue impedimento para apoyar a distancia a sus compañeros de la Federación Universitaria de San Marcos (FUSM), quienes hacían todo lo posible para reactivar sus comisiones de seguridad y de prensa, infaltables en las protestas sanmarquinas. 

Los manifestantes en la primera línea quienes se desempeñaron como desactivadores de bombas lacrimógenas eran en su gran mayoría jóvenes menores de 24 años. Fotografía: Ernesto Benavides (AFP)

Demasiados sucesos y emociones juntas y entrelazadas. Las redes sociales eran una galería de imágenes y videos de guardias de asalto que perseguían a los jóvenes, los golpeaban con sus varas, les lanzaban bombas lacrimógenas y les disparaban perdigones. “Desde que comencé a salir a protestar, he visto cómo los más jóvenes hemos recibido los peores golpes e insultos, nos han gritado: ‘son unos borregos, no van a lograr nada’. Pero fuimos nosotros los que sacamos a Merino”, afirma Lucía con notoria emoción.

En esos días que conmovieron al país, muchos que no suelen interesarse en política, de pronto se involucraron cada vez más en la lucha para provocar la renuncia del ilegítimo Manuel Merino. “Yo veía fotos en Twitter de personas de mi edad tan comprometidas con las marchas que me conmovieron hasta las lágrimas”, afirma Lucía. Ahora, a un año de aquel multitudinario encuentro de resistencia, surge una pregunta que invita a la reflexión: Si bien todos despertamos, ¿acaso volvimos a cerrar los ojos muy pronto? 

Colectividad y conectividad

No hay duda de que la protesta política y social anida también en los espacios digitales. Para el doctor en ciencia política y profesor principal de la PUCP, Eduardo Villanueva Mansilla, el éxito de este estallido de protesta y movilización masiva contra Manuel Merino no se debió únicamente a un esfuerzo organizativo de la acción colectiva sino más bien, a las facilidades que brindó la conectividad digital reflejada en el uso de las redes sociales. Otro componente igual de importante que facilitó el éxito de los seis días de las protestas en noviembre del 2020 es que tenía un solo objetivo: ¡Fuera Merino! Nada más. En un par de palabras se podía resumir la motivación y razón por la cual miles de jóvenes salieron a protestar y entre ellos, Inti y Bryan, dos jóvenes que fueron asesinados por la policía. “Cuando las razones de fondo de las protestas contienen a su vez la solución, es mucho más fácil que tengan éxito”, explica Villanueva, quien acaba de publicar el libro “Rápido, violento y muy cercano: Las movilizaciones de noviembre de 2020 y el futuro de la política digital”.

Este no fue el caso de Ni Una Menos, protesta realizada el sábado 13 de agosto de 2016. Se estima que esta manifestación congregó a más de 150 mil personas, quienes se manifestaron en contra de los feminicidios y la violencia hacia las mujeres en el Perú. Esta gigantesca marcha fue motivada por la indignación que provocaron dos sentencias judiciales que beneficiaron a los agresores de Arlette Contreras y Lady Guillén, dos mujeres que estuvieron a punto de morir a manos de sus entonces parejas.

Según el periodista y magíster en sociología Gerardo Caballero, si bien es cierto que un determinado contexto nacional, como el de la violencia machista, puede alentar la acción colectiva, en el caso de Ni Una Menos fue necesaria una chispa que encienda la indignación. El video de Contreras en el suelo y arrastrada del cabello por su agresor fue el detonante. Sin embargo, a diferencia de las movilizaciones de noviembre del 2020, la marcha de Ni Una Menos no desembocó en una solución inmediata del problema denunciado.

Varios medios de prensa peruanos determinaron que la marcha de Ni Una Menos fue la más grande en la historia del país hasta ese momento. 
 Fotografía: Andina

Camila, egresada de Diseño Industrial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, recuerda vívidamente esta movilización por ser la primera a la que fue en toda su vida. “Tenía solo 18 años y me enteré de la convocatoria por un evento en Facebook, le escribí a una de las organizadoras de la marcha y me dijo para encontrarme con su grupo en el Campo de Marte”, relata. La organizadora le contó a Camila que el chat de Facebook Messenger que había creado con otras activistas para organizar no solo la marcha sino otras intervenciones (como la realizada frente al Palacio de Justicia) estaba completamente lleno. Por eso la agregó a un grupo de Facebook llamado “Ni Una Menos: Movilización Nacional Ya”. 

Este grupo, más allá de ser un espacio dedicado únicamente a la organización y coordinación para la movilización, sirvió también para compartir experiencias propias sobre episodios de violencia. Cada vez más mujeres empezaron a compartir sus testimonios, y pese a que Camila nunca había pasado por algo parecido, sintió una profunda empatía. “El grupo de Facebook era muy activo. Nos volvimos como una familia, leer lo que tantas chicas escribían me marcó mucho. Yo ni siquiera las conocía en persona, pero esto no era necesario para empatizar con ellas”, recuerda con cierta tristeza. El grupo llegó a tener más de 70 mil personas, lo cual fue clave para movilizar a tantas mujeres. 

La creación de grupos de Facebook fue una herramienta clave en otra histórica movilización. Gabriel Salazar, activista de la Coordinadora 18D Trabajo Digno, llamada así por la fecha de la primera movilización contra la Ley Pulpín (18 de diciembre de 2014), cuenta que si bien ya había un primer grupo muy consolidado que protestó contra esta ley que normaba el régimen laboral juvenil, las redes sociales fueron determinantes en la ampliación de las movilizaciones. “Los que nos organizamos contra esta ley que recortaba beneficios laborales para beneficiar a las empresas nos conocíamos de otros espacios de militancia. Y queríamos llegar a más y más personas, a quienes no acostumbran salir a protestar, para lograrlo tuvimos que migrar a las redes sociales”, cuenta Gabriel. 

Fueron cinco protestas en 45 días contra la Ley Pulpín entre los años 2014 y 2015. Fotografía: Aldo Cáceres.

Las redes sociales: una herramienta para ampliar la convocatoria social

El movimiento que ocupó las calles y se nutrió en el espacio digital contra la Ley Pulpín, apuntaba, a corto plazo, a la derogatoria de esta norma, pero también tenía una motivación a futuro. “Queríamos un nuevo régimen laboral consensuado con la población laboral juvenil y sobre todo, justo para la clase trabajadora”, declara Gabriel siete años después. No obstante, los dirigentes eran conscientes de que necesitaban a más jóvenes comprometidos con la lucha. No podían ser los mismos de siempre, sino que debían ampliar masivamente la convocatoria y generar más adeptos con el objetivo de ser una organización social capaz de sostenerse en el tiempo. Para lograrlo, Gabriel sabía que era necesario aprovechar al máximo las redes sociales. 

“Queríamos crear una plataforma amplia para ingresar al debate nacional”, sostiene Gabriel y cuenta que una de las principales dificultades que identificaron en muchos jóvenes fue su absoluto desinterés por la política y su rechazo a los políticos tradicionales.  Ellos querían ser los organizadores de las convocatorias a otras personas. “Por eso se nos ocurrió crear grupos de Facebook en distintas zonas de Lima Metropolitana, queríamos que participen jóvenes de todos los distritos”, refiere Gabriel. Cada grupo llegó a tener a más de mil participantes que se mostraban muy interesados y animados en lograr la derogatoria de la Ley Pulpín. 

Para Eduardo Villanueva, estas cinco movilizaciones en un periodo de 45 días, con miles de personas organizadas digitalmente y dispuestas a crear su propia manera de hacer política, fueron vistas como el renacimiento político de la juventud peruana. “Además de tener un adversario débil (el gobierno impopular y un Congreso más impopular todavía), estas protestas se realizaron en Lima y captaron una atención mediática y política muy rápida”, refiere el analista político.

A causa de las protestas, la llamada Ley Pulpín no duró ni dos meses y fue derogada el 26 de enero de 2015. De este modo, miles de personas, que antes no habían participado en protestas callejeras ni habían sido parte de los debates sobre estos temas en redes, lograron hacer retroceder al poder político con su resuelta presencia en las movilizaciones que se tiraron abajo la norma laboral. Las redes sociales fueron clave para alcanzar este objetivo.

Lo mismo sucedió en las movilizaciones de noviembre del 2020. En esa oportunidad, no fueron millones las personas que se unieron a las movilizaciones para exigir la renuncia de Manuel Merino. Muchos protestaban por primera vez. Y lo hicieron a su manera, ya sea por redes sociales (Facebook, Twitter, Instagram o TikTok), a punta de cacerolazos o en las mismas calles. La versatilidad de esta movilización fue inaudita.

Para el sociólogo Omar Coronel, esta conectividad creó un ambiente de ‘tecnopositivismo’. Quienes protestaban sentían que gracias a las redes sociales la lucha por una causa considerada legítima, había trascendido otros espacios. “El éxito de lo vivido en noviembre no se debió a un esfuerzo organizativo de la acción colectiva sino a las facilidades que dio la acción conectiva al facilitar una participación masiva, pero esto fue a costa de lo efímero”, reflexiona Coronel, al mencionar que, si bien este ‘tecnopositivismo’ derivó en la participación masiva, también sucedió que la movilización y el clima de protesta y lucha por la resistencia y la democracia, declinó con la salida de Manuel Merino.

La tecnología al servicio de la movilización ciudadana

Paulo Tuya, estudiante de Ingeniería Informática de la PUCP, conforma el grupo de jóvenes que creó ‘Tinkuy bot’, un bot en la red de mensajería instantánea Telegram utilizado para orientar a miles de personas que se movilizaron en las protestas de noviembre del 2020. “Nosotros queríamos evitar la dispersión y el caos. Muchas personas no sabían dónde buscar ayuda cuando fueron detenidas o resultaron con alguna lesión en las protestas”, relata Paulo. 

Al buscar ‘Tinku bot’ en Telegram, se podía escribir palabras clave en el chat, como “detención” o “atención”, por ejemplo. Lo que hacía el bot era compartir información relacionada a esas palabras clave. Si escribías “detención”, el bot enviaba una larga lista de abogados disponibles para ayudar de manera gratuita a todos los manifestantes que habían sido detenidos en las comisarías. Por otro lado, al escribir “atención”, el bot enviaba al chat la ubicación de todas las brigadas de primeros auxilios, sobre todo, de las que se encontraban más cerca del manifestante herido.

Al igual que Paulo, Diego Sánchez y Milagros Díaz, de la carrera de Gestión y Alta Dirección de la PUCP, crearon un sitio web con el objetivo de “mapear” a los estudiantes que salían a las calles para manifestarse. Este sitio web, contaba con un formulario detallado en el que cada persona debía registrar datos como su nombre, código de alumno, contacto de emergencia y descripción de su vestimenta para que un grupo de voluntarios, a cargo de la Federación de Estudiantes de la PUCP, pueda contactarse con cada uno de ellos y asegurarse que habían llegado a salvo a sus hogares. 

“Milagros y yo queríamos cuidar a nuestros compañeros, que ellos tengan a la mano un sitio web al cual pedir ayuda y sentir que no estaban solos al momento de ejercer su derecho a la protesta”, cuenta Diego. Este sitio web contaba además con recomendaciones para una jornada de protesta segura. “Nos dimos cuenta que esta herramienta tuvo buena acogida, cada día se registraron más de 200 estudiantes, trabajadores y docentes de la universidad”, recuerda Milagros con emoción. 

Sitio web de “Voz al mando PUCP” creado por Diego Sánchez y Milagros Díaz para las protestas de noviembre del 2020.

Contundente pero fugaz

Durante la crisis política de noviembre de 2020, la reacción de millones de personas en todo el país fue un momento de movilización social sin precedentes. Sin embargo, debe reconocerse al mismo tiempo que se caracterizó por su fugacidad. Fue una respuesta masiva que se desvaneció y no trascendió hacia otros objetivos después de la caída de Merino. Esta movilización, al igual que las que se registraron contra la Ley Pulpín y las marchas de Ni Una Menos, demostraron la vulnerabilidad de la clase política, pero también la incapacidad de estos movimientos de crear una legitimidad social que perdure en el tiempo con objetivos a largo plazo y líderes con capacidad de convocatoria. En palabras de Coronel, la mayoría de movilizaciones han sido muy intensas, pero a costa de lo efímero. 

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