En 1984 el periodista de la revista Quehacer José María Salcedo simuló estar loco para contar cómo viven los pacientes del hospital Larco Herrera.

“Chema Salcedo era la sangre de la calle”. Así describió Abelardo ‘Balo’ Sánchez León al multifacético José María Salcedo, al recordar los buenos tiempos de la gran revista Quehacer que editaba el Centro de Estudios y Promoción del Desarrollo, más conocido como DESCO, y que ya no se publica más.

Fue en el último número en una emotiva nota de despedida que Balo, su último director,  recordó la fundación por Henry Pease en octubre de 1976 y pasó revista a sus responsables, el director Juan ‘Cancho’ Larco, los periodistas Salcedo y Raúl Gonzales y luego un grupo de colaboradores, todos intelectuales importantes como Marcial Rubio,  Luis Peirano, Nelson Manrique, Humberto Campodónico y otros. En la fotografía estaba nada menos que Carlos ‘Chino’ Domínguez y Herman Schwarz.

Describiendo el trabajo que hacían, ‘Balo’ relató: “Si bien Cancho funcionaba a veces como un comisario respecto de la línea política, a Chema Salcedo le fascinaban los reportajes, salir a la calle, traer el aliento de la vida al cubículo de la revista”.

La colección de los 35 años de Quehacer contiene una valiosa serie de reportajes de Salcedo que luego fueron reunidos en su libro antológico El vuelo de la bala (1990).

Quizá el más notable fue el informe especial Vida, pasión y muerte de la salud mental en el Perú, una extensa investigación sobre el tema que le tomó varias semanas de trabajo y fue finalmente publicada en Quehacer número 29, de junio de 1984, con fotos de Carlos Domínguez y Luis Peirano.

 

El falso paciente del Larco Herrera

Lo mejor del informe del Chema era su inmersión personal en el hospital Larco Herrera haciéndose pasar por víctima de una depresión aguda. El engaño estuvo bien planificado: “Dos días de barba, una pequeña revolución en el orden del pelo, una vestimenta holgada, triste, descuidada, permitieron completar el cuadro. Y una mañana enrumbamos hacia el Hospital Larco Herrera”.

Domínguez lo seguía de cerca escondiendo su cámara en una bolsa de plástico. Tomaba fotos cada vez que podía porque cuando iniciaban los trámites una señora se acercó y le dijo: “Oiga, no sea malo, no le tome fotos al loquito”.

Salcedo compró un ticket de atención, hizo la cola en una gran sala esperando que lo llamaran. La primera entrevista fue con una psicóloga; luego pasó al médico y salió con un diagnóstico de depresión. No fue internado.

Volvió al día siguiente, siempre conservando el mal aspecto que hacía dudar a los taxistas que llamaba para que lo llevaran al Larco Herrera.

“Una imagen me agredió recién vuelto al hospital. Un anciano de pequeña estatura, hurgaba un montón de basura. Al fondo un paciente defecaba. Aparentemente, el anciano escarbaba en busca de comida: de hecho, de vez en cuando, se llevaba algo a la boca…”.

“Poco después un nuevo anciano me interpeló.

Era un hombre flaquísimo, alto y afilado, dedos largos y manos sarmentosas. Una cierta nobleza sufrida se reflejaba en su expresión. Sospecho que vio la escena anterior porque pidió un cigarrillo con pocas muestras de ansiedad, como quien supiera que de todos modos lo iba a conseguir.

Algo me hizo cohibirme y le expliqué: “Solo tengo Inca”. “No importa”, me dijo, “Inca está bien” (…) Dialogamos brevemente y me enteré de que llevaba ahí unos dieciocho años. “Mejor, ya estoy mejor”, me dijo cuando le pregunté por su estado de salud.

Me tocó internarme luego en uno de los pabellones del hospital que atiende a todo tipo de pacientes. Inmóviles catatónicos, dos oligofrénicos, un atareado y hasta un alegre interno que se afanaba con unos baldes de agua me contemplaron con toda naturalidad en medio de un patio de locetas.

Al fondo un hombre parecía dormitar repantigado contra la pared. Me acerqué y se lanzó a hablar. “Cómo le va, cómo le va. Qué dice la CIA. Yo soy agente de la CIA. Tengo unos vidrios en los ojos, unos vidrios perfectos, oiga usted, unos vidrios con los que veo la verdad. Con los vidrios veo el cuerpo y el alma, veo todo, lo bueno y lo malo y la CIA, veo también a mi amigo el Señor Emperador del Japón”.

 

Las autoridades del hospital

Al terminar sus entrevistas, pesquisas y paseos por el Larco Herrera, Salcedo pidió una cita con la doctora Salas, entonces directora del hospital, quien fue tajante:

“Vea usted, se ha estado manipulando mucho a los pacientes. Nosotros no nos preocupamos por las noticias, estamos totalmente abocados a la atención de nuestros pacientes y acá no se permite ninguna publicidad. Cuidar a nuestros pacientes es más importante”.

Menuda sorpresa debió haberse llevado cuando vio en las páginas de Quehacer que su prohibición de permitir el ingreso de periodistas había fracasado ante la audacia del reportero José María Salcedo, que contaría con detalle lo que pasaba detrás de los altos muros del llamado manicomio.

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Sobre El Autor

Juan Gargurevich

Profesor principal del Departamento de Comunicaciones. Titulado de la Escuela de Periodismo (1966) y Magíster en Comunicaciones (1997) ambos por la PUCP. Ha sido editor, redactor y director de medios como el Diario La Crónica, Expreso, Extra, La Voz, Marka, Revista Época, Editora Correo, Diario Sur Tacna. Docente y director en la Escuela Profesional de Comunicación Social y en Letras en la UNMSM (1972-2000). Escribe desde el 2005 en su blog "Periodismo, Periódicos, Periodistas" sobre actualidad y periodismo.

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