En las calles del centro histórico de Lima se realizaba el tercer día de la Marcha de los Cuatro Suyos cuando en la avenida Nicolás de Piérola, un imponente edificio de doce pisos empezó a arder en llamas. Agentes militares de inteligencia, infiltrados en la movilización, habían empezado a atacar con bombas molotov y gasolina la sede principal del Banco de la Nación. Minutos bastaron para que el incendio avivara.

Por Mireya Fabián

 

Corrían las primeras horas del día cuando en el Jirón Lampa, ubicado en el Centro de Lima, se empezaron a congregar diversos manifestantes para dar inicio al tercer día de la «Marcha de los Cuatro Suyos». El calendario conmemoraba un año más de la independencia del país pero en las calles de la capital no había motivo para celebrar. El presidente Alberto Fujimori Fujimori iba a asumir, aquella mañana del 28 de julio del año 2000, su tercer mandato como Presidente de la República.

Entre representantes políticos, grupos sindicales y adultos de diversas edades  enrumbaron una movilización por el extenso jirón del Centro Histórico de Lima para llegar al Congreso de la República y enfrentar este hecho. Transcurrieron tres horas desde el inicio del recorrido cuando en la cuadra 8 de Jiron Lampa , a exactamente 50 metros de la histórica Plaza San Martín, algo empezó a ocurrir. Los cajeros automáticos de la sede central del Banco de la Nación, ubicados en una puerta lateral del edificio que alberga a aquella institución, empezaron a arder en llamas producto de los desmanes de delincuentes infiltrados en la movilización.

 

Frontis del Banco del Banco de la Nación ubicado en la cuadra 11 de la avenida Nicolás de Piérola. Fuente: Lugar de Memorias

 

Alejandro Toledo Manrique, líder del partido opositor Perú Posible y principal organizador de esta movilización, arribaba en aquellos instantes a la avenida Abancay, junto a otros políticos de oposición, sin imaginar lo que estaba sucediendo, a unos metros de él.

El fuego crecía sobre los aparatos electrónicos del banco estatal. De pronto, en el cruce de la cuadra 8 de Jirón Lampa con la avenida Nicolás de Piérola, los agentes policiales habían desaparecido. Miembros de vigilancia del recinto, situados en un ala interior del edificio, lograron desde allí apagar el fuego pero su trabajo fue inútil para lo que vino después.

Desde las instalaciones del Jurado Nacional de Elecciones (JNE), ubicado frente este imponente edificio de doce pisos, desconocidos delincuentes empezaron a arrojarles bombas molotov y botellas de vidrio con gasolina. En aquel momento, cerca a Palacio Legislativo, se observaba una escena similar, por parte de agentes policiales, quienes lanzaban bombas lacrimógenas a los manifestantes que estaban cerca de llegar al evento protocolar de asunción de mando.

Las llamas en el edificio del banco se desplegaron casi al instante por todo el largo y ancho del primer piso del recinto. En cuestión de minutos,las paredes de vidrio, que vestían a gran parte del frontis del edificio, estallaron y el fuego, se extendió por los murales de cemento de la institución. Desde las puertas rotas que miraban para la avenida Nicolás de Piérola, la flama se elevó hacia los niveles superiores del edificio. Segundo bastaron para que los primeros pisos de este inmueble se fundieran en el fuego y el humo gris.

En abril del año 2000, el entonces presidente Alberto Fujimori Fujimori celebró su tercer triunfo electoral. Pese a haber ocupado por dos períodos consecutivos el cargo de Presidente de la República, el líder de “Cambio 90” había logrado que se promulgara una ley en beneficio de su participación en los comicios.Alejandro Toledo, junto a otros líderes político y periodistas denunció el fraude que significaba su victoria y convocó a los peruanos a una marcha nacional a la que llamó “Los Cuatro Suyos”, la cual iniciaría el 26 de julio. Organizaciones sindicales, partidos de oposición y grupos de estudiantes universitarios empezaron a congregarse en mítines y asambleas, distribuidas en diversas puntos del país, para preparar el recorrido de esta movilización que simbolizaría la manifestación más contundente de rechazo hacia el gobierno fujimorista.

 

La Marcha de los 4 suyos es, hasta la fecha, la manifestación más multitudinaria en la historia del Perú. Fuente: Sumaq

Como parte de la campaña de Alberto Fujimori y su asesor presidencial Vladimiro Montesinos para desprestigiar a los representantes de la oposición, desde las oficinas del Servicio de Inteligencia Nacional ( SIN), se empezó a planificar una estrategia para desacreditar la intención pacífica de esta movilización. Para ello, utilizaron agentes militares, que vestido de civiles, se infiltrarían en la movilización para causar destrozos en las calles aledañas al circuito escogido para la marcha. El 28 de julio del 2000, día central de la manifestación,fue la fecha escogida para poner en ejecución su plan.

Aquel viernes de julio, cerca de 30 mil efectivos policiales se trasladaron a las calles cercanas al Palacio Legislativo para velar, aparentemente, por la seguridad y orden durante este día clave de “Los Cuatro suyos”. Entre los ciudadanos que se congregaron en las avenidas del Centro Histórico de Lima aparecieron rostros desconocidos.

Las sospechas sobre estos sujetos no se confirmaron sino horas después de iniciado el recorrido. Con botellas de vidrios, palos y gasolina empezaron a robar e incendiar estacionamientos, autos y locales del Estado como el antiguo Ministerio de Educación, el Palacio de Justicia, entre otros. La ausencia del resguardo policial en las calles cercanas a estas instituciones hicieron más crítica la escena.

En el cruce de Jirón Lampa con la avenida Nicolás de Pierola, los infiltrados encontraron otro punto para desplegar su ataque. Allí, dos locales pertenecientes al Estado se ubicaban uno frente al otro: el local del Jurado Nacional de Elecciones (JNE) y el edificio de doce pisos de la sede central del Banco de la Nación.

 

Agentes policiales llegaron a resguardar las instalaciones del Banco mientras cuando el fuego ya consumía los primeros pisos del edificio. Fuente: Daniel SIlva

Mientras el fuego empezaba a arder, en ambos recintos, en el Congreso de la República, sobre los hombros de Alberto Fujimori se colocaba la banda presidencial al revés. El electo presidente advirtió este tropiezo casi en el acto. Sonriente, pero a la vez nervioso, la puso al derecho sin dejar de observar a los miembros de las bancadas de la oposición que aquella mañana lo recibían, desde sus curules, con máscaras antigás sobre el rostro.

Quién podría pensar que a muy pocas cuadras de este acto protocolar, en el imponente edificio del Banco de la Nación, quince trabajadores serían presos de un ataque organizado por el mismo gobierno. Inmersos en un recinto que se fundía en el fuego, las opciones de estos hombres se redujeron a dos: escapar o morir en las llamas.

El siniestro por dentro

Eran aproximadamente las 11 y 30 de la mañana cuando un grupo de 5 vándalos infiltrados en la macha de “Los 4 suyos” empezó a forzar la puerta principal de la sede del JNE. En la acera de Jirón Lampa, un hombre vestido con botas de jebe militar dirigía el asalto. Juntos cargaban bloques largos de madera y metal con los que empezaron a golpear la entrada metálica de forma violenta para derrumbarla.

El resguardo policial que se desplegó por cada rincón de las calles aledañas a esta institución, había desaparecido extrañamente. Los manifestantes estaban solos y el trabajo para aquellos delincuentes se hizo sencillo y veloz. En cuestión de segundos, ya estaban dentro. Allí, los delincuentes contemplaron el imponente edificio de más de diez piso que posaba en la avenida ubicada frente a ellos. Desde los pisos intermedios del JNE, estos sujetos empezaron a arrojar bombas molotov y botellas con gasolina hacia el primer piso del local principal del Banco de la Nación. Sobre la pista de la cuadra 11 de la avenida Nicolás de Piérola, otros delincuentes rompían las ventanas del centro para arrojar trapos encendidos y bolsas de gasolina.

 

Cámaras de vigilancia ubicadas cerca al Jurado Nacional de Elecciones (JNE) pudieron registrar a los infiltrados que iniciaron el incendio en el Banco de la Nación. Fuente: La República

El diario La República registra que aquella tarde del 28 de julio del 2000, quince trabajadores, entre supervisores y vigilantes de seguridad, se hallaban dentro de las instalaciones del Banco de la Nación cuando el incendio empezó. En el sótano de aquella sede, se encontraba José Ramírez Chávez, vigilante de aquel piso de la institución, quien aguardaba impaciente lo que estaba próximo a suceder. Ramírez subió rapidamente al primer nivel y desde allí, observó el comienzo de todo.

Las oficinas, alfombras y cuadros del primer nivel se fundían en llamas. Este material altamente inflamable que vestía los pasillos del primer piso del local, avivó el fuego casi al instante. José, junto a sus compañeros, intentaron apagarlo con extintores y agua que rociaban con mangueras pero fue en vano: las llamas se extendían por las escaleras y se dirigían hacia los pisos más altos.

A casi veinte años de este siniestro, José Ramírez  recuerda con claridad aquellos instantes tenebrosos, entre el fuego y la desesperación de sus compañeros. Desde las  tres calles laterales del edificio, menciona, los agentes infiltrados arrojaban bombas molotov que ahora caían sobre el segundo nivel de la planta. Las cuatro entradas de acceso estaban cubiertas por el humo y el fuego: ya no podían escapar.A los minutos, la luz eléctrica se desvaneció. La única iluminación que tenían estos 15 hombres era la del fuego que  avivaba en el primer nivel del edificio.

Sin luz y con un fuego que se extendía hacia los niveles más altos del local, José y sus compañeros comprendieron que era momento de encontrar una forma de escapar.

Sobreviviendo entre el fuego y la pérdida

José subía apresuradamente por las escaleras del edificio cuando en el tercer piso, halló a su compañero José Valverde Baltazar, quien aún presentaba signos de vida. Las fuerzas de José eran ya mínimas y Valverde era un hombre corpulento. Quiso intentarlo pero sabía que sería en vano. Con pesar lo dejó y siguió su camino.

En el quinto piso del edificio, este vigilante de seguridad de tan solo 26 años, se encontró con ochos de sus compañeros quienes buscaban, al igual que él, una salida. Allí, compartieron la misma noticia: “abajo se ha quedado (Pedro) Valverde”, dijeron. Quisieron bajar pero fue imposible, el fuego ardía despiadadamente en los primeros pisos del local. No había más que hacer.

El fuego se había extendido despiadadamente por los cinco primeros niveles del edificio. Fuente: La República

Pensaron juntos, en el escape. La ventana de una de las oficinas que daba hacia la calle les dio una idea. Un vigilante, quien era técnico de la Policía, cogió su pistola y disparó hacia la luna. El vidrio que cayó, producto del tiro, dejó un amplio orificio por el cual iniciaron la huida.

Con ayuda de algunas cortinas de las ventanas del quinto piso, armaron sogas para descender. Uno por uno empezaron a bajar. José fue el quinto en hacerlo. Las quemaduras en sus manos provocaron que no resistiera la fricción y contacto con la tela de la cortina, por lo cual se soltó, a los pocos minutos de haber iniciado el descenso. No estaba ileso pero al igual que los siete compañeros, había sobrevivido.

Diez minutos transcurrieron para que el quinto piso colapsara. Al interior, se escuchaban explosiones de bombas y lo que parecían ser balones de gas que hacían retumbar el edificio. Las unidades de bomberos de Lima y Callao llegaron una hora y media después de iniciado el hecho. Casi inconsciente, José fue traslado, junto a algunos compañeros, a un policlínico del Centro de Lima. El reloj marcó las 5:25 de la tarde cuando se inició la búsqueda de los siete trabajadores que aquella tarde no salieron junto a José y sus compañeros. A la puerta de este edificio se empezaron a asomar los familiares de aquellos hombres desaparecidos. La esperanza de encontrarlos con vida era latente. Horas después, el trabajo de los bomberos dentro del local confirmaron sus temores.

 

Lima ardía en llamas aquel día. Agentes del Estado infiltrados en la movilización habían motivado varios incendios en distintos puntos. De izquierda a derecha: un hombre huyendo de un edificio que empezaba a arder en llamas; miembros de la policia observando Palacio de Justicia; trabajadores del Banco de la Nación escapando del siniestro a través de sogas hechas con cortinas. Fuente: La República.

Responsabilidades ausentes

A las 2:20 de la tarde se arrojaron los primeros chorros de agua sobre la torre que yacía destrozada en la avenida Nicolás de Pierola. En los primeros cinco pisos del edificio quedaron solo oficinas calcinadas y descubiertas por las ventanas que yacían rotas sobre la acera de la avenida. Los muros de cemento, manchados por el humo, sostenían el recinto mientra las llamas seguían aún ardiendo. Las iniciales del Banco de la Nación, ubicadas en el frontis de la torre, se mantuvieron intactas, pese a que tras ellas, piezas de concreto seguían cayendo.

Las unidades de bomberos lograron apagar las llamas de los cuatro primeros pisos del banco con la ayuda de escalas telescópicas y brazos articulados, horas después. Allí, entre el humo que aún se extendía en el ambiente y familias que esperaban impacientes, los hombres de rojo,encontraron los cadáveres de seis trabajadores del banco estatal.

Los resultados médicos realizados a los cuerpos, revelaron que cinco de ellos murieron asfixiados por el humo del que no lograron escapar. El sexto hombre falleció calcinado por el fuego, registra un informe de La República. La identidad de este sujeto respondería al hombre que aquella tarde José no pudo rescatar: el vigilante del sótano, Pedro Valverde de Baltazar (34).

Las bombas molotov y bolsas de gasolina arrojadas por aquel grupo de delincuentes fueron las que causaron el inicio del incendio dentro del local; sin embargo, investigaciones posteriores revelaron que lo que generó el derrumbe final de las paredes y techos del banco fueron los balones de gas ubicados en la cocina del establecido.

Entrada principal del Banco de la Nación luego del inciendo. Fuente: Sumaq

A la mañana siguiente del siniestros, esposas y familiares de las víctimas se preguntaron dónde estuvo la policía en aquel momento en que inició la embestida de este grupo de delincuentes contra el edificio del Banco de la Nación. Cerca de 30 mil efectivos se habían trasladado a las calles del Centro de Lima para hacer el resguardo policial pero en aquel cruce del Jirón Lampa con Nicolás de Piérola no hubo ningún agente que evitará que estos desmanes sucedieran.

El panorama resultaba extraño para los políticos y manifestantes de la oposición. ¿Quienes eran realmente estos sujetos?. La respuesta la encontraron un año después cuando se hicieron público cdocumentos secretos del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN) de la gestión de Alberto Fujimori. De acuerdo a ello, aquella mañana,se planeó infiltrar agentes militares a la marcha para provocar desmanes y desacreditar la propuesta de la oposición ante el país y organismos internacionales.

Dentro del plan al que llamaron “Escorpión”, se hallaron papeles donde se señalaban como objetivos de los incendiarios al Jurado Nacional de Elecciones, el Ministerio de Educación y finalmente, el Banco de la Nación. Su objetivo: causar destrucción, violencia y muerte y culpar a la oposición.

Más de diez años tuvieron que transcurrir para que el caso de la muerte de estos seis hombres pudiera llegar a instancias judiciales. En el año 2011, autoridades del Poder Judicial comprobaron el financiamiento que recibió este plan por parte del asesor presidencial del gobierno fujimorista, Vladimiro Montesinos. Pese a que el Ministerio Público solicitó una pena de 30 años por homicidio calificado, la sala penal de Lima lo condenó tan solo a 10 de prisión por delito contra la seguridad pública y peculado. Junto a él, otros altos mandos policiales fueron sentenciados.

Los viudas e hijos de aquellos seis trabajadores del Banco de la Nación que perdieron la vida entre el fuego, la violencia y la conspiración, no reciben hasta la fecha, la indemnización que se les prometió días después de ocurrido el siniestro. El caso de sus familiares se mantiene en vilo sin recibir, hasta la fecha, respuesta alguna.

 

El cuerpo de Antonio Gonzáles Dávalados, trabajador del Banco de la Nación, siendo retirado de los escombros del edificio.

El pedido de nulidad interpuesto por el Ministerio Público y la Procuraduría del Caso Fujimori-Montesinos conducirá a que se siga esperando por una respuesta y castigo justo contra los autores materiales e intelectuales.

La Plaza de la Democracia ubicada al lado de la estación del Metropolitano, ocupa hoy el espacio donde alguna vez existió el edificio del Banco de la Nación.  Este parque de 3 mil metros cuadrados fue construido años después del siniestro para hacer memoria a estos 6 trabajadores que perdieron la vida un 28 de julio del año 2000, en el marco de la «Marcha de los Cuatro Suyos».

Arboles de diversos tamaños y aceras perfectamente cuidadas visten a diario este espacio el cual es testigo de cómo a diario, los transeúntes caminan apresurados por el Centro Histórico de Lima, de día y de noche. Los muros del edificio donde perdieron la vida estos hombres ya no están pero el recuerdo se mantiene entre las personas que hasta la fecha, los recuerdan y esperan, pacientes, la llegada de una respuesta justa para su muerte.

El ex presidente Alejandro Toledo construyó, en el año 2006, esta plaza en memoria de la muerte de los trabajadores que fallecieron dentro del Banco de la Nación. Fuente: Blog Trip Lima