Desde la histórica casa Yuyachkani, Teresa Ralli repasa sus 50 años de trayectoria artística y vida comprometida sobre las tablas. Bertolt Brecht y José María Arguedas, sus grandes referentes, se enorgullecerían de ver a la mujer que en cada interpretación es capaz de llevar a sus espectadores a un viaje escénico para cuestionar hasta las más enquistadas creencias.

Fotos Jacqueline Palacios

Una fortaleza color granate se impone en una esquina de Magdalena, la casa Yuyachkani se encuentra celosamente amurallada por paredes que disipan el ruido de la realidad. Teresa Ralli camina alrededor del Cuarto de las Máscaras, entre el centenar de caretas que se miran entre sí, y vuelve a revisar las que utilizará en la Marcha Contra la Impunidad del último 17 de octubre, en protesta por la crisis de corrupción en el sistema judicial peruano.

 Las convicciones de Teresa la llevaban a buscar justicia dentro y fuera del escenario. Ahora no le cuesta tanto, pero en los agitados años ochenta, los palos, las bombas lacrimógenas y las batidas eran parte de cada movilización. Y lo vivió cuando en una protesta la jalaron de su poncho y la llevaron al Centro de Detención Transitorio del Penal de Mujeres de Chorrillos, donde la tuvieron encerrada por quince días.

A los dieciséis años, descubrió su gusto por la actuación y, tres años después, en 1971, cofundó el grupo teatral Yuyachkani, hoy reconocido internacionalmente. Mimetizada en la fuerza colectiva, el teatro fue un refugio para esa adolescente que se encontraba en constantes conflictos familiares. Sus padres no aceptaban que ella quisiera dedicarse al arte. Se solía vincular a los actores, músicos y escritores con una vida bohemia y desordenada. Sin embargo, para ella el teatro nunca fue solo un pasatiempo. 

Ella reconoce que al comienzo las metas del grupo eran idealistas: trabajar por la justicia, hacer memoria y sanar heridas. Querían hacer la revolución, pero con resultados monumentales e instantáneos. En el camino, se dieron cuenta de que crear y promover espacios en los que se reflexione sobre la historia reciente ya era un cambio.

Durante los ochenta, existían varias compañías y grupos de teatro que se fueron consolidando en el Movimiento de Teatro Independiente (MOTÍN). Los Yuyas destacaban por sus obras originales, tenían un fuego inagotable. “Hacer teatro político era nuestro propósito”, recuerda. No les incomodaba polemizar con otros grupos y creían soberbiamente que todo lo que hacían estaba bien. Militaban en diferentes partidos de izquierda; y si bien tenían muchas diferencias entre ellos, al momento de colaborar, creaban obras memorables que ahora forman parte de su memorable repertorio.

CONFERENCIA ESCÉNICA. Teresa en medio de un desmontaje de Antígona en la Casa de la Literatura.

En medio de la crudeza de la violencia política, era muy fácil tildarlos de terrucos o soplones. Recibían llamadas anónimas constantemente y siempre había extraños rondando la casa Yuyachkani. Esa fue una de las etapas más complicadas, pero de mayor producción teatral. El grupo fue aprendiendo que la creación y la relación con el público son procesos cambiantes en los que se genera conocimiento recíproco. Esta etapa les enseñó a percibir al espectador y aprender a leerlo.

Ninguno de Los Yuyas había estudiado teatro. “Estuve en la Escuela de Arte Dramático y me salí porque me aburrió”, menciona Teresa. A pesar de ello, tenían claro que en Yuyachkani se debía estudiar, investigar y aprender. El grupo fue su escuela y su modo de entender el mundo, su lugar de formación y filosofía.

Inspirados por el dramaturgo alemán Bertolt Brecht, encontraron un modo de ver al actor como un ser que investiga, piensa y que no solo sigue las instrucciones de un director. Por su parte, el ‘Tayta’ José María Arguedas fue su principal referente nacional, de quien tomaron su vida y obra para creaciones como Cartas de Chimbote.

Una de las primeras obras en las que el grupo tuvo que salir de Lima para investigar fue Puño de cobre, a inicios de los setenta, época en la que el grupo llevaba una vida muy agitada y de mucho contacto con movimientos estudiantiles. Ahí Teresa llegó a tener un contacto muy personal con una dirigente campesina, Gregoria, cuyo esposo era un minero que vivía en La Oroya. La actriz no concebía que la mujer firme y comprometida que hablaba en cada reunión campesina, sea la misma con la que conversaba por las tardes, la que le hacía confesiones y se acaloraba cada vez que hablaba sobre Laureliano, su amor prohibido. Había idealizado la imagen de luchadora social que encarnaba Gregoria y había olvidado que también podía ser una mujer sensible. Aquella lección le sirvió para la construcción de futuros personajes más semejantes a esa realidad. 

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Teresa Ralli fue profesora antes que alumna: la PUCP la invitó a ser parte del equipo de docentes en 1998, cuando se fundó la Facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación. Dos años después, decidió inscribirse y estudiar formalmente Artes Escénicas. “Entrar a la universidad me resultó una experiencia maravillosa”, recuerda. Y agrega: “Pero el aprendizaje no es solo estudiar y obtener un título”. Si de algo se siente afortunada, es de crear, de confrontarse, de poder investigar, de tener acceso al conocimiento, en suma, de vivir “aprendiendo a aprender”.

Yuyachkani quiere decir “estoy pensando, estoy recordando”, pero Teresa va más allá. Después de todo este tiempo como Yuya, le ha dado un nuevo significado a la palabra: “Estoy pensándome”. Agradece haber podido llegar a conocerse como ser humano a través de la creación artística, a explorar sus propios límites, a darse cuenta de que está en cambio constante y a gozar del placer que le da el vincularse con el público. También a reconocer la fuerza y persistencia que le permite confrontarse con otros.

Puede pasar de un momento de calma a la euforia en un mismo minuto. Para Teresa, estas no son emociones, sino estados, como climas que tiene que adaptar a su cuerpo cada vez que inicia el show.  Ella critica al teatro occidental por haberse erigido sobre la consigna de que actuar es moverse entre el llorar y reír y todo lo que se encuentra entre esos dos matices. A su parecer, hace falta más que eso para dar un mensaje. “Es un teatro bien quieto, bien dependiente de las palabras y de las emociones, de la literatura teatral. Por suerte, mi camino ha sido otro”, menciona.

 “Intento no hablar de mis emociones, prefiero preocuparme por mis acciones y así conectar con el público”, explica. Tantos personajes, una sola piel. Con cada caída del telón, la memoria tiene que ir acompañada de olvido —comenta— para poder dejar libre a cada personaje. 

Seguir trabajando su talento es un desafío y una responsabilidad que debe cumplir para no fallarse, más aún en estos tiempos. Le parece que cada vez es más difícil que la gente se detenga y se reconozca como su propio refugio, que se escuche y se entienda. Para esto, no es necesario pisar al otro, sino andar con el otro, sostiene. “Esta es la sociedad del pisotón, en la que tengo que pisar para crecer. Lo ves en las clases políticas, lo ves en cómo está construido el país, pero debajo de todo eso está la educación, la médula para enfrentarte a los problemas y tomar decisiones, porque solo así se cambia la cosa”. Estamos en cambio permanente.

 

RECONOCIMIENTOS. Ha obtenido a lo largo de su trayectoria un “Senior Fellows” por parte del Instituto Hemisférico de Performance y Política de la Universidad de New York; el premio “Lima Warmi” (2011) y una “Medalla Cívica” de la Municipalidad de Miraflores (2000).

 

Sobre El Autor

Rubi Andrade

Estudiante de noveno ciclo de periodismo PUCP. Me interesan temas de periodismo político, ambiental, cultural y el uso de herramientas digitales como salvavidas a la crisis/cambios de los medios de comunicación. Aficionada a las artes marciales y deportes de contacto.

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