Hacer turismo para todos es una nueva corriente que se ha instaurado en países como Estados Unidos, España y Argentina. Es parte del derecho a la recreación recogido por la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. No obstante, resulta complejo realizar una tarea de esta magnitud en zonas históricamente preservadas. En esta crónica emprendo un viaje al Cusco para asistir a un congreso de estudiantes con discapacidad visual, que, entre tantos objetivos, busca dirigir una expedición inclusiva a la Ciudad Imperial.

Sabía poco del turismo inclusivo, me parecía bastante utópico llevarlo a cabo en el Perú, donde casi nada es accesible para las personas con discapacidad visual, pero al mismo tiempo me causaba curiosidad formar parte de una experiencia de tal envergadura: ¡hacer turismo en Machu Picchu! Así fue que, guiada por mi deseo de conocer una de las siete maravillas del mundo, acepté participar en el primer congreso de estudiantes universitarios con discapacidad visual, organizado por el círculo de alumnos ciegos de la Universidad San Antonio Abad delCusco. El evento tuvo como finalidad establecer un diálogo entre estudiantes de todas las universidades del Perú con el fin de empoderarlos, hacerles conocer más a fondo la temática de la discapacidad e integrar una red de jóvenes universitarios ciegos. Además, en vista de que la reunión se realizaría en el Cusco, la ciudad más turística del país, otro de los objetivos que se buscó con el congreso fue constatar qué tan accesible era hacer turismo en el lugar.

Llegué a la Ciudad Imperial un miércoles muy temprano, cuando apenas los rayos del sol destellaban. Aguardé unos minutos en compañía de un trabajador del aeropuerto hasta que llegaron los guías que me ayudaron a instalarme. En el auto me explicaron la dinámica del evento. Y durante el trayecto mencionaban las calles por las que pasábamos, hicimos un recorrido. Llegamos a la calle Quiscapata, un camino en ascenso. En este lugar se encontraba el albergue municipal donde todos los asistentes nos alojaríamos. Allí tuve solo unos minutos para conocer a algunos de mis compañeros. Debíamos apresurarnos para cumplir con todas las actividades del programa.

El primer día acudimos al municipio, muy cerca de la Plaza de Armas, para escuchar una serie de ponencias y participar en talleres sobre el modelo social de la discapacidad, la educación inclusiva y la incidencia para lograr entornos accesibles. Tras varias horas en un auditorio y luego de haber sido parte de una jornada fructífera, nos permitieron un momento de descanso en el que recorrimos la Plaza Mayor. Tocamos los elementos más emblemáticos: el monumento a Pachacútec y la fuente de agua. Los guías nos describieron que la plaza estaba rodeada por la Catedral y la iglesia de la Compañía de Jesús. Me pareció maravilloso que nos describieran lo que veían, aunque debo admitir que era difícil hacerse una idea de todo.

Al día siguiente, un bus nos esperó a las 2 de la madrugada en la Plaza San Francisco para llevarnos a Ollantaytambo, poblado donde tomaríamos el tren con destino a las ruinas de Machu Picchu. Fue una travesía larga, dos horas en bus y dos en tren en las que casi no pude dormir, pues un repentino dolor de cabeza no me lo permitió. Pero el viaje tuvo sus compensaciones. Ya en el pueblo, los guías dividieron al grupo para que cada cual tuviera bajo su cargo a un número menor de ciegos; íbamos a pasar por caminos bastante irregulares y había que tomar medidas de seguridad. Recorrimos un poco la plaza, con sus monumentos y pileta. A mí me pareció similar a la plaza principal de Cusco, pero la gente decía que visualmente no era lo mismo, sobre todo por el estilo arquitectónico.

 

“Me pareció maravilloso que me describieran lo que veían, aunque debo admitir que era difícil hacerse una idea de todo”.

 

Junto con mis compañeros iniciamos el recorrido. Pasamos por un puente y de cuando en cuando nos deteníamos para escuchar el sonido del río al lado izquierdo. Un tramo en el que tenía que repreguntar para no perder el paso, en medio de los intentos de mi guía por ser lo más explícito posible. Desayunamos en un restaurante con prisa, nos esperaba otra jornada de conferencias en el salón del municipio del pueblo. Sentía algo de impaciencia, ya quería subir a Machu Picchu, pero toleré una mañana más de reflexiones. Entre risas y cánticos en quechua, terminó la conferencia. Fuimos a almorzar muy cerca de la plaza central y luego nos embarcamos rumbo a las ruinas.

El camino hacia Machu Picchu estaba repleto de curvas cerradas, pero mi temor se apaciguaba gracias a lo que me iba narrando mi guía: pasábamos por zonas repletas de vegetación, árboles de frutas, abismos y vacíos que ayudaban a contrastar lo verde con el azul del cielo, un horizonte espectacular. Intentaba reconstruir todo lo descrito en mi cabeza, sumergirme en aquel basto paisaje, dejándome llevar por aquella tranquilidad que me transmitía el ambiente.

Cuando el bus se detuvo bajamos con ansias, todos deseaban iniciar el ascenso. Mi guía, Dante, se dispuso a hacer su trabajo. Caminamos lentamente por aquellas pendientes repletas de desniveles, de vez en cuando una estrepitosa parada, frecuentemente estaba a punto de caerme. Dante me describía el sistema de andenes, las colinas, las puertas, los templos y en ocasiones me proponía tocar algunas piedras. El contacto me revelaba lo complejo de las construcciones y cómo había sido posible que los incas hubiesen construido todo sin utilizar cemento, solamente con un sistema en el que cada piedra encajaba con otra. Interrumpíamos la subida para tomarnos fotografías, desafiábamos la idea de que no tenía sentido hacerlo si no las veríamos nunca, creo que lo más relevante para nosotros era registrar que habíamos estado allí y compartirlo con los demás que sí verían las fotos.

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Mientras andábamos había chicos ciegos que caminaban solos con el bastón sin caerse, mientras yo, aferrada a mi guía, no podía evitar tropezar. El temor me jugaba en contra, pero me resultaba imposible no sentirlo si advertía largos tramos de precipicios. Aun así me encantó conocer el complejo arqueológico, pese a que Dante no estaba muy preparado para contarme todo lo que visualizaba. No teníamos guía turístico y a veces no nos permitían tocar las edificaciones porque la zona estaba resguardada. Es comprensible en un entorno protegido, pero aun así es evidente que no existen muchos esfuerzos por hacer turismo apto para todos, la tiranía de lo visual en los asuntos paisajísticos sigue primando.

Al final del recorrido continuamos sacándonos fotos para el recuerdo en la plaza. Posteriormente, muertos de cansancio, subimos al tren a dormir por las cuatro horas siguientes. Me quedaba un día en el Cusco y creo que lo aproveché al máximo. El viernes, esta vez en compañía de un guía turístico, visitamos la fortaleza de Sacsayhuamán, tocamos parte de los muros y recorrimos las cuevas y laberintos al borde del precipicio. Estábamos imbuidos por la adrenalina que te da el no saber dónde pisas en un lugar donde el despeñadero se halla a solo unos metros. En seguida nos dirigimos hacia el rodadero (un lugar donde naturalmente se han formado una especie de toboganes), pero allí los guías se mostraron reticentes. Dijeron que era peligroso. No nos quedó más remedio que continuar hasta Qenqo, un lugar conocido por sus mesas de sacrificios y sus canales zigzagueantes, allí también tocamos las enormes piedras.

El día finalizó con una tertulia en la que todos se pusieron de acuerdo sobre cómo se conformaría la red de estudiantes. Yo, por algunas discrepancias insinué que no participaría en la organización, pero regresé a Lima agradecida por la amabilidad y por haber integrado el plan piloto de turismo. Hubo muchas imperfecciones, pero me quedo con la perspectiva de que la accesibilidad no solo quiere decir que yo pueda estudiar o caminar en entornos comunes, sino que me permita consolidar mi independencia y autonomía en lugares de recreación. Mi primer viaje sola me recordó que la inclusión debería ser universal y que la visibilización de las personas con discapacidad en excursiones como esta es trascendente para decirle al gobierno que también somos peruanos y que estamos orgullosos de lo nuestro, pero que antes debemos conocerlo.