(***Esta columna se publicó originalmente en la página web de la PUCP).

Uno de los méritos del equipo de reporteros de Spotlight, retratados en la película ganadora del Oscar, se estrella contra la más cara aspiración de quienes se dedican al periodismo informativo: ser los primeros en anunciar una noticia. Esta no era la pretensión de los periodistas que armaron un rompecabezas al que pocos prestaban interés: las denuncias contra sacerdotes acusados de violar a niños y adolescentes.Los testimonios de algunas víctimas ya eran públicos, pero solo a través de notas breves, fragmentarias y esporádicas. Por increíble que parezca, se informaba gota a gota de una práctica criminal extendida y sistemática. No había cómo entender la magnitud del drama. Este pasaba, literalmente, debajo del radar de la indignación… hasta que los reporteros de The Boston Globe se sumergieron en el caso.

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EL VERDADERO EQUIPO DE SPOTLIGHT. Michael Rezendes, Ben Bradlee Jr., Sacha Pfeiffer, Walter Robinson, Martin Baron y Matt Carroll en el Festival de Cine de Toronto 2015. Foto: Eric Charbonneau/Invision for Open Road Films/AP Images.

Vamos a contar esta historia y vamos a contarla bien. Es la promesa que se hace Walter Robinson, editor-jefe de la unidad de investigación de The Boston Globe, en un pasaje de la película. Contar bien una historia es la virtud que más me interesa destacar de la investigación que nos presenta Spotlight. Detrás de los abusos sexuales de un párroco, el trabajo tenaz y metódico de un puñado de periodistas descubre una legión de sacerdotes pederastas protegidos por su cardenal.

 

Contar bien una historia es el mérito que más me interesa destacar de la investigación que nos presenta Spotlight.

 

A contracorriente de los locutores de noticias que se solazan cada mañana leyendo la primera versión de los hechos, los reporteros de Spotlight buscaban aproximarse a la mejor versión de la verdad; una que resulte indeleble ante los ojos de la opinión pública e irrefutable en los tribunales. Esa es la abismal diferencia entre la pirámide invertida, epidérmica y fugaz, y la profundidad de un reportaje que ofrece explicaciones y panorama.

La inmediatez es un atributo indispensable del periodismo y ha sido la legítima obsesión de muy buenos reporteros y editores. Hoy, sin embargo, es una cualidad sobrevalorada en los medios. Se ha convertido en tiranía y esclaviza a muchos periodistas. Los empuja a producir contenido de manera incesante y de muy baja calidad. Les impide verificar lo que publican, soslaya la interpretación y no ofrece contexto.

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ESCÁNDALO. 6 de enero de 2002. The Boston Globe acusa.

El reportero, sometido al vértigo de este taylorismo informativo, ignora cómo contar una historia y salta de una noticia dura a otra basada únicamente de declaraciones. Adicto a las primicias y las imágenes de impacto, limita su reportería a captar fragmentos de realidad. La suya, por eso, siempre será la primera y precaria versión de los hechos, la astilla de una verdad provisional, y a menudo desechable.

La versión de los reporteros de Spotlight, por el contrario, demandó un tiempo dilatado de reportería. Siete meses de inmersión obstinada en bibliotecas y archivos, de asedio a fuentes esquivas, de puertas que nunca se cansaron de tocar, de versiones que debían contrastar con paciencia única, de madrugadas insomnes armando sus propias bases de datos, de presión constante y de sostenida discreción… En suma, siete meses sin publicar una línea sobre el tema hasta encajar la última pieza del rompecabezas.

 

Los reporteros de Spotlight buscaban aproximarse a la mejor versión de la verdad; una que resulte indeleble ante los ojos de la opinión pública e irrefutable frente a los tribunales.

 

En abril se cumplirán cuarenta años del estreno de Todos los hombres del presidente, la película sobre el caso Watergate que narraba con detalle las pesquisas de Bob Woodward y Carl Bernstein, los reporteros que destaparon un escándalo y a la larga provocaron la dimisión de Richard Nixon, en 1974. Su búsqueda de información también tardó meses, sorteó amenazas, pero contó con el respaldo de Katharine Graham, la indomable propietaria de The Washington Post.

La provocadora lección de películas como Spotlight y Todos los hombres del presidente es que un periodismo que se hace sin prisa, sin duda se hará mejor. Temo que no serán muchos los que estén dispuestos a reivindicar esta idea. La considero sugestiva, pero intuyo que a otros les sonará anacrónica. Ítalo Calvino –lo recuerda Julio Villanueva Chang– eligió como lema un oxímoron de origen latino: Festina lente (apresúrate despacio).

La premura desbocada en el periodismo puede ser sinónimo de superficialidad y falta de rigor. Lo que hoy necesitan los reporteros es tiempo para documentar de manera exhaustiva sus comisiones. Tiempo también necesitan algunos redactores para refrescar la prosa y dejar de escribir como notarios. Y muchos de mis colegas editores agradecerían disponer de más tiempo para recuperar (y cultivar) algo indispensable en este oficio: la capacidad de asombro y de indignación.