Antes de ser designado ministro de Cultura, de protagonizar obras de teatro y películas, y de escribir y dirigir su propio largometraje, Salvador del Solar fue un sobresaliente estudiante de derecho en la PUCP. Sin embargo, hacia los últimos años de su formación académica, una crisis vocacional empezaría a reflejarse en su forma de pensar y en sus decisiones. Esta es una conversación sobre las incertidumbres de los jóvenes –cuando ignoran lo que pasará con sus vidas– y las motivaciones que resultan imposibles de olvidar.

Salvador del Solar dispone solamente de veinte minutos para hablar. La advertencia llegó días antes de la entrevista, luego de tres semanas de intentos fallidos tratando de concretar este encuentro. Ahora, luego de avanzar por tres salas de espera antes de sentarme con él, pienso que el tiempo disponible será mucho más ajustado. Lleva un par de semanas viajando por el interior del país y ha regresado a Lima solo por unos días. Algunos minutos más tarde, dentro de su oficina, comenta que la agenda ministerial lo tiene copado. Mientras se inicia la entrevista, aprovecha en tomar un desayuno express: sándwich y jugo de naranja. Está sometido a una rutina de trabajo intenso y ese ritmo, lejos de estresarlo, le resulta emocionante. Pero, aún dentro de ese cúmulo de actividades, los veinte minutos que nos ofreció se convertirán pronto en una hora de conversación: bastará sustituir una adrenalina por otra.

-Has contado que desde chico te encantaba la idea de actuar. ¿Por qué entonces elegiste estudiar derecho en la PUCP?

-En mi cabeza de niño no concebía la actuación como una profesión. La veía como algo fascinante y, aunque no era algo de lo que tuviera conciencia mientras sucedía, me doy cuenta mirando hacia atrás que desde el kinder, la primaria, la secundaria, e incluso en la PUCP en la Facultad de Derecho (que tiene en los sketchs una de las competencias más esperadas de sus olimpiadas), siempre que tuve la oportunidad de actuar, lo hice. Siempre me fascinó. Pero al terminar el colegio, la actuación para mí no era una opción profesional. Fue como una duda vocacional muy fuerte, que comenzó a invadirme cuando estaba cerca de acabar la carrera. Dos años antes comencé a pensar en esa posibilidad, porque sentía la inminencia del comienzo de una vida profesional que se me hacía como definitiva: voy a ser abogado y lo voy a ser toda mi vida. Y eso me comenzó a atormentar, y además era una época en la que iba con más frecuencia al teatro y sentía hasta taquicardia cuando iba como espectador. Sentía que había algo muy fuerte.

-Tú empezaste a actuar en 1994.

-Yo termino en el 94. En Letras había un curso que se llamaba Actividades. Uno podía elegir distintas opciones, y yo elegí teatro. Después tuvimos contacto con ex alumnos del TUC. En ese entonces no existía la Facultad de Artes Escénicas. Fui parte de un taller de teatro que se hizo en Sociales. La idea era que terminemos en un escenario, pero todos éramos estudiantes: venían los parciales y los trabajos. Nos reuníamos para hacer ejercicios de Jerzy Grotowski y era muy interesante. Había mucho compromiso, pero luego también había que estudiar y eso se deshacía.

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En el verano de 1994, antes de empezar el último ciclo de derecho en la PUCP, Salvador del Solar consiguió una pasantía para trabajar en el Departamento Jurídico Internacional del Banco Nacional de Comercio Exterior de México. Una experiencia envidiable.«Aprendí muchísimo ahí. Bancomext es el banco que promueve las exportaciones mexicanas, y vi contratos de una magnitud que no había visto antes. Por ejemplo, el contrato para la construcción del Museo Nacional de Belice, que era en ese momento una nación muy joven, y quería edificar un museo nacional para construir una identidad y una historia».

Pero el verdadero objetivo de su viaje a México era otro. Antes de salir de Lima, renunció al directorio de IUS ET VERITAS –asociación de la cual es miembro fundador–, y les dijo a sus compañeros que él no sabía lo que pasaría a su regreso. Iba en busca de escuelas de actuación.

Sin embargo, cuando llegó a México, se sintió desorientado, perdido en un espacio ajeno. No tenía contactos y buscaba escuelas de actuación en las páginas amarillas. “Me acuerdo que encontré una escuela de la maestra Raquel Parot. Llamé y me dijeron que podía inscribirme. Hablé con mi jefe y me dijo que mientras haga el trabajo que tenía, podía hacer lo que quisiera con mi tiempo libre”. Pero el curso nunca se abrió por falta de quórum. Entonces Salvador creyó entender que el destino se lo había dejado claro. “Dije: lo he intentado, he estado en talleres, en el curso de Letras, en los de Sociales. No será para mí”.

Estaba de regreso en Lima, era su último semestre en la PUCP, y cuando bosquejaba la idea de quedarse en el estudio legal donde practicaba, recibió una llamada. Era Lucía Melgar, actriz de teatro y televisión y ex enamorada de un amigo suyo de colegio y facultad. “No éramos muy amigos, pero nos conocíamos. Ella me dijo: ‘Mira, me he enterado de que te gusta actuar, y que no lo haces mal. Tito Salas va a celebrar sus 35 años como actor y lo quiere hacer montando la obra con la que debutó. Él ya no hará del sacerdote, y quiere a un debutante para el papel con el que empezó su carrera. Va a hacer un casting, y nada más llamaba para contarte”.

Era para no creerlo. El casting era a las 4 p.m., y ese día el estudio le encargó hacer un trámite en registros públicos. Aprovechó esa salida, se quitó la corbata porque no quería parecer tan formal, y fue a probarse. Salvador llegó 15 minutos antes, le dieron un cartón con el número 153: ese era su puesto en la cola. Delante de él escuchaba conversaciones del tipo: “Oye, ¿tú qué hiciste saliendo del TUC?”, “yo estoy dictando cursos de actuación”. El asunto no pintaba bien. Primero seleccionaron a unos treinta postulantes, solamente por la lectura de un diálogo. Luego les hicieron una prueba con una escena y a cada uno le dijeron: “Si te llamamos, estás adentro”.

Después de una semana y media sonó el teléfono. Le avisaron que ahora eran 13 los que continuaban en carrera, y que esta vez el ensayo sería en una escena con Tito Salas. Una semana después recibió otra llamada: eran 5, ahora sí iban a decidir. Una escena más, esta vez con Elva Alcandré en el papel de la madre. “Como a la semana me llaman, y me dicen: ‘Bueno, no hemos podido elegir a uno, hemos elegido a dos. Así que lo vas a alternar’. Fuimos Lucho Cáceres y yo”.

Salvador del Solar

Salvador con integrantes del Coro Femenino de la PUCP en la ceremonia del centenario de la universidad. Foto: Javier Zapata/Caretas.

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-Siempre aparecen esos eventos que nos hacen pensar si alguien no está detrás jugando al azar con nosotros…

-Sí, es algo misterioso. Creo que es una combinación entre lo que uno desea, incluso inconscientemente, y lo que de alguna forma la vida te pone. Y si no lo coges, quién sabe qué pasaría. Es un poco como esto también (ser ministro), aunque distinto porque no estuve haciendo casting, pero de pronto recibo una llamada sorpresiva del Premier en Bogotá…

-Fuiste un alumno disciplinado y dedicado en la Facultad de Derecho de la PUCP, pero luego, según has declarado, surgió el desencanto cuando te diste cuenta que el debate de las aulas no se trasladaba a la práctica.

-Sí, es verdad. Yo valoro la experiencia que tuve en la facultad, y en la universidad en general. Incluyo Letras, que para mí fueron dos años fascinantes y que además me parecen esenciales. Creo que es muy importante que tengamos una formación humanista, donde también haya lugar para la ciencia antes de entrar en la carrera. Por cierto, ‘carrera’ no me parece necesariamente una palabra positiva: este tema de la vida como una carrera… Y yo me siento muy afortunado de esos dos años en Letras, y de haberme expuesto a lecturas de filosofía, psicología, antropología, lingüística, historia universal. Pasar de los 18 a los 20 expuesto a estos estímulos… Y luego el derecho me pareció un descubrimiento.

-¿Por qué?

-El derecho es como un juego, un conjunto de reglas complejas, de diferentes niveles y jerarquías, que necesitan un nivel de interpretación. Pero también son reglas a través de las cuales uno puede manifestar y defender su filosofía de vida. Y el debate en clase me parecía fascinante. Los primeros años, además, los cursos obligatorios eran con profesores de altísimo nivel: Jorge Avendaño, Fernando de Trazegnies, Carlos Cárdenas, Hugo Forno, José Ugaz, Francisco Eguiguren y estoy dejando de lado a varios… Entraba y salía de clases absolutamente estimulado y con ganas de leer más. Cuando el camino fue pasando de las aulas a la combinación con la práctica pre profesional, y con la vida del abogado, sentí que esa pasión perdía fuelle. Sobre todo porque muchas veces, en la práctica, abandonas esta cosa un poco más idealista de cuál es el argumento verdaderamente válido. Y la tarea del abogado, que es además absolutamente legítima, se dedica a señalar, dentro de los márgenes de la ley, a qué interpretación se puede  recurrir en beneficio del cliente. Esa inclinación, que se apartaba de lo espontáneamente justo, me incomodaba. Ese ejercicio no me parecía tan interesante. Creo que hay gente cuya vocación no es necesariamente lo que es justo, sino ganar el caso usando las reglas para demostrar que soy un buen jugador. En el mundo del teatro, en cambio, encontraba una conexión con algo indiscutiblemente genuino. Yo tenía la sensación de que había mucha más verdad en la ficción del teatro que en la realidad del derecho. Y es algo que se ha alimentado con el tiempo, y considero que la vida real está sobre el escenario. No es esta. Eso es lo que hace de la experiencia teatral algo mágico. Además, el teatro nace del ritual y existe como una especie de actividad casi chamánica.

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 Por el quinto aniversario de IUS ET VERITAS, en 1995, Salvador del Solar publicó una columna de opinión que evidenciaba sus conflictos vocacionales. Allí señalaba que una persona solo podía ser en cuanto realizaba aquello que le apasionaba. El texto se llamó IUS y la importancia de ser. Hoy, entre recuerdos difusos, luego de 22 años, se reencuentra con algunas de sus líneas solo para darse cuenta que muchas de esas reflexiones aún lo persiguen.

Salavador del Solar

Foto: Sanyin Wu.

-Dices aquí: Quienes hemos tenido la suerte de dedicarnos a IUS ET VERITAS hemos entregado y recibido vida, hemos aprendido que, dentro o fuera del derecho, lo más importante es trabajar por convertir nuestros sueños en parte de nuestra existencia, hemos entendido, por encima de nuestras ineludibles necesidades materiales, cuál es la verdadera importancia de ser.

-¡Wow!¡Qué tal! Y además es una revista jurídica. Mira esto de aquí, qué increíble, no lo recordaba en absoluto y es algo que dije el día que comenzamos el rodaje de Magallanes: aunque la sociedad se organice cada vez más en base a incentivos materiales, subsiste en algunas personas la rebeldía suficiente para descartarlos o en todo caso colocarlos en un plano de menor importancia en relación a su vocación. Las personas así no renuncian a su necesidad de ser y se dedican a las actividades que eligen incentivados por la mera realización de estas, sin que un objetivo ulterior sea necesario para justificarlas. Estas actividades, en contraposición a la realización instrumental, tienen para los sujetos un valor en sí mismas ya que no son un medio sino un fin, de modo que estos son capaces de dedicarse ellas a cambio de nada. Esto de ‘a cambio de nada’ es exactamente lo que le dije al equipo de Magallanes: “Miren, uno nunca sabe cómo va a hacer una película. Nosotros vamos a comenzar ahora uno de esos breves lapsos en los cuales tenemos el privilegio de dedicarnos a algo que hacemos, básicamente, a cambio de nada”. Todo el mundo cuando hace una película lo hace por el placer de ser parte de ella. O sea que esta idea me persigue desde hace un buen rato, ¿no?

 -Aquí hay otra cita interesante, Salvador: “Además, a semejanza de la maternidad, se trata de una actividad difícil, de modo que una verdadera vocación es necesaria para llevarla a cabo. Ello la libera de la mediocridad que generalmente rodea a lo que se hace solo por su escasez de obstáculos. (…) Necesita de la generosidad absoluta de quienes participan de ella, generosidad que, por lo demás, y aunque parezca paradójico, se ve siempre ampliamente recompensada con una sensación que, como cuando se lee un poema, se recibe el primer beso, se ve nacer a un hijo, o progresar a un discípulo, solo puede ser comprendida y compartida por quienes la han vivido”.

-Santo Dios. Bueno creo que muchos jóvenes y adultos deben seguir todavía cuestionados por esto. Pero me parece que ahora se ha vuelto mucho más potente el mensaje del éxito en lo material. El éxito son todas las imágenes que nos ofrece la publicidad. Hay una presión de ese mundo. Y uno de los libros que estoy releyendo ahorita, porque vamos a hacer una presentación en el CADE Universitario a fines de junio, es este de Martha Nussbaum que se llama Sin fines de lucro. ¿Por qué la democracia necesita de las humanidades? Nos preocupa qué habilidad tenemos para ser productivos. También la idea de que el incremento de la producción es la máxima aspiración de una sociedad y la medida de su bienestar. Necesitamos que crezca la economía, así como necesitamos que haya plata en nuestros hogares para pagar los servicios y darnos algunos gustos. Pero no hay ningún mensaje a nivel social o entre los medios que diga: lo principal es encontrarse a sí mismo y saber qué es lo que te mueve en la vida. Me da la impresión que inevitablemente el ser humano es confrontado por esa pregunta, con mayor o menor intensidad, más temprano o más tarde. Ojalá más temprano. Leo esto y digo: mejor a los 25 que a los 50. 

-En el artículo también escribes sobre la retribución. Pero no solo económica, sino de aquella que solo la vocación te puede dar. ¿Esa retribución viró del derecho hacia el teatro?

-Totalmente. No fue fácil. La decisión me costó y desgarró. A partir de un punto, después de un número de cervezas con amigos, yo comenzaba con el rollo de que quería ser actor. Y curiosamente, uno de mis mejores amigos, Enrique Felices, un día me llevó a un lado y me dijo: “Ya me cansé de escucharte esta cantaleta. Si quieres ser actor, entonces hazlo, pero dedícate a la actuación así como te has dedicado al derecho. Gánate un Óscar». Fue como recibir una autorización. En el fondo, es como si hubiera estado esperando que alguno de mis amigos me dijera que yo no estaba mal por querer ser actor. Eso me hizo sentir más seguro de intentarlo. Yo tengo la convicción de lo que comparte Joseph Campbell en El héroe de las mil caras. Campbell fue el gran especialista en mitos, él fue quien asesoró a George Lucas en todo el contexto mitológico de La guerra de las galaxias. Él habla sobre lo que considera el monomito. Dice que detrás de toda la mitología, de todos los tiempos y civilizaciones, hay un solo mito, una sola gran historia y esta es el camino del héroe. El héroe somos todos nosotros que vivimos una vida cotidiana.

-Tu camino te llevó por distintas facetas, que no son necesariamente comunes entre sí. Has sido profesor universitario, conductor de un programa periodístico, actor, director y ahora gestor público. ¿Qué te ha llevado a dar un salto de un lugar a otro?

-No sé si tenga una respuesta para esa pregunta. Pero sí sé que hay varias experiencias prolongadas en el tiempo que han marcado mi vida. Quizá la primera que yo mencionaría sería el waterpolo. Lo jugábamos desde muy chicos, con mi hermano, y fuimos parte de la selección nacional. Y también fue para mí como un posible camino de vida: que me bequen como jugador en alguna parte. Me marcó mucho el trabajo en equipo, esa sensación de representar a tu país es una emoción muy particular difícil de explicar. Más tarde llega esta etapa tan intensa de ser estudiante, fundar una revista, ser jefe de prácticas y asistente de docencia. Luego dejé el derecho por la actuación. Después estudié esta maestría en la que hubo un énfasis muy importante en comunicación política y, cuando vuelvo, armo este curso de Comunicación Política en la Facultad de Comunicaciones de la PUCP. Tuve un programa de entrevistas políticas en Canal N. Y son como experiencias que te preguntas qué cosas las conectan. Vuelvo a la actuación y exploro con Magallanes. Sentía haber descubierto en la escritura y la dirección el terreno en donde me quería quedar; la preocupación por lo público, por contar historias nuestras, pero desde el cine. Intenté con todo el equipo que Magallanes fuera algo que pudiera impactarnos como peruanos: preguntarnos, incomodarnos, lo que fuera. Y de pronto aparece esta otra aventura, que siento que conecta con la preocupación por lo público y cultural. Para mí no hay lugar más bonito en todo el Estado peruano.

Sobre El Autor

Eduardo Prado
Colaborador

Alumno de noveno ciclo. Redactor de la revista Regatas. Ha publicado en las revistas Cosas, Soho y Carta Abierta. Es su cuarta colaboración en Impresión. Le gusta el periodismo narrativo, pero desea incursionar en distintas áreas de la especialidad en el futuro.

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