Después de “Viaje a Tombuctú”, su ópera prima galardonada en cinco festivales de cine, Rossana Díaz Costa (46) dirige por estos días la adaptación cinematográfica de “Un mundo para Julius”, la célebre novela de Alfredo Bryce Echenique. Financiar esta producción no ha sido fácil. Rossana avanza despacio pero segura. Está convencida de que pronto presentará al entrañable Julius en la pantalla grande. Aquí habla de su nuevo proyecto cinematográfico y lanza una mirada crítica sobre el boom del cine comercial limeño.

Sus alumnos del taller de apreciación cinematográfica la miran concentrados. Rossana afirma que el cine debería mostrar una realidad que muchos se empeñan en negar. Las películas deben hacerte pensar, repite. Habla con entusiasmo. “El cine no está solo para entretener, también puede hablarnos de los problemas de la gente y generar reflexión”, propone, antes de ponerle play al fotograma congelado que muestra el proyector.

Una canción fúnebre comienza a sonar. Es el inicio de Paris, Texas, de Wim Wenders. Rossana recuerda que este tipo de películas antes eran muy valoradas y llegaban incluso a un público masivo. En un pasado ya lejano para mi generación, pasaban filmes como estos en Frecuencia Latina y Rossana se encargaba de grabarlos en VHS. Así descubrió a Fellini, a Visconti y a otros directores que han sido olvidados por el público peruano.

Rossana pide disculpas por llegar tarde a la entrevista pactada. Se ha tardado, explica, ensayando una respuesta a una pregunta que le hicieron en clase: ¿Cuál es el secreto del éxito de las películas de Tondero?

-¿Y qué respondió?

-Que todo depende del dinero que se invierta en la distribución de las películas.

-¿Por qué las películas de Tondero tienen más éxito que las películas independientes?

-Tondero ha colocado su película en más de 150 salas y cada una le cuesta 800 dólares. Además, debe llevar el disco duro a cada sala en la que se proyecta. Súmale a eso el presupuesto para la publicidad que acompaña cada uno de sus estrenos. Es una inversión millonaria la que están haciendo. En cambio las películas de autor se exponen en 15 salas de cine como máximo. Se trata de estrenos pequeños y por eso las personas a menudo ni se enteran.

-¿Con Viaje a Tombuctú tuvo problemas para la proyección de la película en salas?

-No, solo fue con Cinestar porque estaba anunciada para una de sus sedes, pero no apareció. Sin embargo, estuve un mes en cartelera.

 

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Rossana sonríe al recordar cómo fue que promocionó su primera película. “Pegamos muchos afiches e hicimos algunas pintas con el logo de la película”, relata. En Cineplanet de Plaza San Miguel ella y los actores repartieron folletos en la calle. Este era la frase que más repetían: “Es una película peruana de los ochentas y tiene música de Soda Stereo y Charlie García”. La gente los miraba, veía el volante entre sus manos y preguntaban con curiosidad por qué no salen en la televisión. “No tenemos plata”, respondían los actores. Más de uno, en la cola para entrar al cine, los miró con simpatía.

Ahora ella me mira, y repite: “Las personas no saben qué quieren ver cuando están en la puerta del cine. Por eso, mientras más salas y horarios tengas, te van a ver más. Podemos decir, entonces, que el éxito de Tondero es porque tienen el dinero necesario para llegar a más espectadores”.

¿El éxito de taquilla de Avenida Larco es fruto de su calidad?

No. Tiene fallas de fondo, fallas en el guión y hasta en el discurso. No entiendo qué es lo que realmente está queriendo decir la película. Está hecha para entretener con una reflexión muy light, muy superflua. No muestra lo que realmente se vivió, ni tampoco le importa hacerlo. El baile y la música se imponen dejando en último plano el fenómeno del terrorismo. Se han metido con un tema complicado, el conflicto armado interno. Además, hay una mezcla de épocas, ya sea con la música que va desde 1985 hasta 1996, o con el lugar real en donde se daban los concursos en esa época. En los ochenta, los concursos no eran en el Nirvana. Avenida Larco falla como musical en sí. Cualquier persona que conoce el género sabe que los musicales no son una cadena de videoclips.

-Su mensaje final es: Fuerza, todos unidos…

-Este es un mensaje, en el fondo, muy hipócrita sobre el Perú. Las películas de este tipo son muy verticales. Es la mirada de un grupo social que quiere hacer una película para su sector social. Las personas de otras clases sociales lo ven y no se sienten representadas. Cuando estuve en Cusco para una conferencia, muchos decían que las películas tenían solo una mirada limeña, pero si ni la gente de Lima se identifica con las películas de acá, imagínate como se sentirán en Cusco o Ayacucho.

-Entonces, en una frase, ¿qué pensó cuando vio la película?

Que habían trivializado los años ochenta. Han usado una realidad maquillada porque no refleja al verdadero peruano. En la película los personajes están caricaturizados, hay una evasión de la realidad ya que se trata en lo mayor posible que todo sea concebido más bonito de lo que en verdad era.

Rossana en una foto promocional de la película Viaje a Tombuctú. Foto: Punto Edu.

-Viaje a Tombuctú también tiene un contexto de terrorismo.

-Es de la misma época, pero muestra a otro grupo social. Cuando comenté que quería ver Avenida Larco me dijeron: “Ni la veas”. Igual yo quería verla. Así no fueron los ochentas.

-¿Por qué necesariamente el cine tiene que ser un fiel reflejo de la realidad y generar una reflexión, si su base principal es la ficción?

-El cine de ficción puede ficcionar la realidad, recrear otras realidades, pero debe ser siempre verosímil. El problema de algunas películas que se hacen en la actualidad es que son realidades no verosímiles, intentan contar una historia, pero la mayoría no se la cree.

-¿Cómo se consigue realizar una película verosímil?

-La verosimilitud en el cine se consigue con un guión sólido, una buena dirección, un buen casting, una historia sin problemas de tono, el respeto por la historia de un país o sus heridas si es que estas son mencionadas, la mirada horizontal y universal. Las películas de Tondero parece que tienen alguno o varios de estos problemas. Cuando todo se queda en la superficie, cuando no hay historias contadas desde el corazón o desde la necesidad vital, sino desde la necesidad de vender y ganar dinero, las películas se convierten en simples productos para pasar el rato.

-No son pocas las películas peruanas que han abordado el tema del terrorismo: La boca del lobo, Las malas intenciones… ¿Por qué es tan importante o recurrente este tema?

-El conflicto armado puede ser abordado desde diferentes puntos de vista. En el caso de La Boca del Lobo se contó desde el punto de vista de los militares. Las malas intenciones es la historia de una niña, aunque tiene de contexto esta época. Mi película es sobre las consecuencias del terrorismo en una generación. Es necesario seguir pensando en este pasado de guerra interna, de terrorismo, porque esta es una herida que no ha sanado en el Perú. Todo lo que nos sucede ahora como país es a causa de eso, pero hay personas que prefieren ir al cine a comer canchita y evadir la realidad. Ese es el problema de discurso: “Hay que entretener, hacer que la gente se olvide de sus problemas”. Por eso el reto del cine independiente es hacer que reflexionen. ¿Cómo lograrlo? Todavía lo estamos averiguando.

-¿Cómo hacemos para difundir el cine de autor?

-Eso se logra con publicidad, pero no hay dinero. Lamentablemente, sin eso, no se puede hacer nada.

-Ahora se han abierto más salas independientes, como Cine Medium, para poder ver este tipo de películas.

-Sí, pero eso no llega al gran público. Lo mismo pasa en todo el mundo. La diferencia es que en el extranjero hay ciertas distribuidoras que sí confían en el cine de autor y hay cines que están abocados a mostrar este tipo de películas.  Cuando vivía en España había cines como Cineplanet, que mientras en una sala proyectaban Harry Potter, en la otra podías encontrar alguna película turca o francesa. Aquí, en Perú, solo filman películas para entretener, para ganar dinero, para hacer negocio mostrando solo un tipo de películas.

-¿Cómo promover cine independiente?

-Nos hace falta educación, formación en cine. Si hubiera una escuela pública de cine, eso significaría que alguien que entra para ser cineasta no tiene que ser necesariamente un chico rico, sino que debe tener talento. Años después va a contar la historia real desde su experiencia personal. Va a enriquecer el cine. Así se rescata la memoria real del país. Cuando seamos más, podremos ser notados. Estudiar cine es muy caro y complicado, yo tuve que irme de ilegal a Europa para estudiarlo.

-¿Y una industria también es necesaria?

-La escuela de cine llevaría a una buena formación de la industria. Las empresas que ahora producen películas comerciales dicen que están creando industria y no es cierto, están creando plata para ellos. La gente solo ve un tipo de películas. Su dirección de fotografía es correcta, pero para la publicidad. Estamos hablando de un lenguaje que a veces no es del todo cinematográfico. Y no, no somos como ellos nos representan en Asu Mare o en A los 40.

 

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Rossana Díaz Costa junto a Alfredo Bryce Echenique. Foto: Cinencuentro.

Rossana sostiene que el boom del cine comercial ha homogenizado la producción cinematográfica local. En los bancos le preguntaron si la película que va a producir –y para la que busca financiación– es una comedia. Frunce el ceño mientras recuerda cuál fue su respuesta: “No, es Un mundo para Julius”. “Y, ¿cuántos espectadores espera tener, tres millones?”, repreguntaron. “Es un drama y la verán las personas que tengan que verla”, les respondió antes de salir de aquel lugar con una respuesta negativa. “En Un mundo para Julius tengo a Magaly Solier y a otros actores talentosos, pero vas a los bancos, les dices que tienes a Magaly Solier y ellos no ven ningún valor en ella, te preguntan si no tienes a alguna figura que salga en la televisión”.

-¿Cómo va con el proyecto de Un mundo para Julius?

-He fracasado buscando dinero privado. Aunque ya he obtenido la ayuda del Ministerio de Cultura de Argentina. La han nombrado de interés para América Latina. Por el momento, estoy preparándome para el concurso de IBERMEDIA de España.

-¿Cómo así Magaly Solier se unió al proyecto?

-Lo leyó, le gustó y dijo: “Estoy dentro”. Ella es la Vilma perfecta.

-A pesar de la falta de financiamiento, ¿han podido avanzar?

-Hemos hecho una campaña de intriga publicitaria, un teaser, proyectamos lanzarla a mitad de año. Ya tengo distribuidor, es de los grandes.

-¿Quién es?

-La Century Films. Los distribuidores de la Warner. Al parecer la película va a estar en muchas salas.

¿Cuánto demoró en escribir el guión?

-Había escrito un primer tratamiento (un plan detallado de cómo se va a realizar el guión) mucho antes de que escribiera Viaje a Tombuctú. Intenté hacer la adaptación, llegué al tratamiento, hasta comencé con el guión, pero me di cuenta de que era un proyecto demasiado ambicioso, muy grande. Con la primera versión del guión que terminé hace dos veranos me dieron los derechos de autor. Ahí comenzó mi búsqueda de todo. Estoy en la cuarta versión del guión.

-¿Cuándo estará lista la película?

-En 2018. El distribuidor ha pedido que se estrene el otro año. Hasta fines de este año tengo el derecho de autor. La ayuda del Ministerio de Cultura de Argentina es para la post producción. Lo que no tengo es financiamiento para el rodaje. Por eso estoy buscando más financiamiento.

-¿Espera que sea un éxito comercial?

-No espero que todo el mundo vaya a verla, aunque es apta para todos. Es una película que habla de un problemas del país, una mirada muy crítica sobre un sector social. Eso puede molestar porque el cine no está ahí solo para entretener, tiene que ayudar reflexionar, a crear identidades, a que las personas de ese país se sientan representadas en sus películas.