Este es el testimonio de una pareja de estudiantes peruanos que relata cómo sufrieron la desatención del Gobierno desde que se quedaron varados en Chicago y Miami hasta su accidentado regreso a nuestro país.

Rafael Ganoza Ramos y Kiara Nieva Manrique son estudiantes de Derecho de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ambos mantienen una relación sentimental desde hace un año y nueve meses. En diciembre, específicamente el 10, decidieron viajar a los Estados Unidos por medio del programa Work & Travel. Trabajaron en un hotel de Wisconsin en el área de atención al público. Los fines de semana aprovechaban para pasear por las calles y conocer un poco más del lugar. Sin embargo, cuando sus días de trabajo terminaron y su retorno al Perú era inminente, sufrieron las consecuencias del COVID-19. El Estado peruano declaró al país en estado de emergencia y decidió cerrar las fronteras de manera indefinida. Desde ese momento, la joven pareja presenció hechos muy incómodos y desagradables. Ellos responsabilizan al Estado peruano de la desorganización para atender el caso de cerca de quinientos jóvenes que atravesaron la misma situación.

El inicio de un calvario

Rafel y Kiara tenían todo listo para regresar al Perú. Se despidieron de sus jefes y sus compañeros de trabajo. Compraron un pasaje que los dirigiría a Chicago en tren. Sin embargo, por alguna razón que desconocen, se retrasó. “En ese momento sabíamos que algo malo estaba por pasar”, me comentó Kiara. No se equivocó. A continuación, el relato completo de ambos jóvenes. Kiara (K) relata la historia con más detalles y Rafael (R) complementa sus afirmaciones.

—Cuéntenme, ¿cómo recibieron la noticia de que no podían regresar al Perú?

—Kiara: Nuestro vuelo estaba programado para la madrugada del 17 de marzo. Viajamos desde Wisconsin a Chicago y llegamos el 16 en la madrugada. Para esa hora, Martín Vizcarra ya había decretado el estado de emergencia y el cierre de fronteras. Cuando llegamos, lo primero que hicimos fue contactarnos con la aerolínea que nos vendió los pasajes. Ellos nos aseguraron que no habría problema y que de todas maneras podríamos viajar.

—Rafael: Sin embargo, el vuelo sería únicamente de Chicago a Panamá. No nos garantizaron volver al Perú. Después de la llamada, contactamos a un amigo de mi colegio de secundaria y nos hospedó en su casa por un día hasta encontrar una solución y decidir si viajaríamos o no.

—¿Qué decidieron?

—K: Decidimos no viajar e ir a la sede del Consulado del Perú en Chicago en busca de ayuda. Nuestra sorpresa fue grande al ver que había un gran número de jóvenes que, al igual que nosotros, buscaban lo mismo: viajar al Perú cuanto antes. Sin embargo, aquí sucedió la primera experiencia desagradable. Esperamos en una habitación junto a los otros chicos por al menos cuatro horas sin ningún tipo de respuesta. Nos dieron una galleta y una botella de agua de 200 mililitros y nos dijeron que eso era lo único que podían hacer por nosotros.

—R: Después, uno de los trabajadores entró y nos comentó que era la primera vez que sucedía una situación de esta naturaleza. Por ello, no sabían cómo proceder, pero que habían estado trabajando en una solución.

—K: Nos propusieron alojarnos en un hostal de 24 dólares la noche en el que podían dormir diez personas por habitación mientras que ellos puedan encontrar la manera de regresarnos al Perú. Nosotros rechazamos esa propuesta y volvimos a la casa del amigo de Rafael.

—¿Cuánto tiempo permanecieron allí? ¿Trataron de comunicarse con el Consulado en ese tiempo?

—R: Nos quedamos por tres semanas. En ese tiempo intentamos comunicarnos con el Consulado por correo y por WhatsApp para decirles que nuestro dinero no era ilimitado y que, por favor, busquen alguna solución lo antes posible. Preguntamos, principalmente, por los vuelos humanitarios o si debíamos viajar a otros Estados para poder acceder a uno. Durante esas tres semanas el Estados nos abandonó.

—K: Estoy con Rafael. Preguntamos, principalmente, por los vuelos humanitarios o si debíamos viajar a otros Estados para poder acceder a uno. Sin embargo, cada vez que nos respondían, nos decían que no sabían absolutamente nada, pero que nos quedemos en Chicago. Culminadas las tres semanas, escuchamos rumores de que los vuelos estaban saliendo de Miami y decidimos ir  para probar suerte, porque no era nada seguro. Consultamos al Consulado sobre esto, pero no obtuvimos respuesta.

Rafael y Kiara dirigiéndose al avión que los llevaría a Miami. FOTO: Archivo personal.

—¿Qué fue lo primero que hicieron al llegar a Miami?

—K: Llamamos al Consulado en Miami y nos dijeron que aún no podían programar vuelos y que sigamos esperando. En ese momento, nos avisaron que el estado peruano estaba pagando un hotel para todos sus compatriotas varados en la ciudad. Fuimos al hotel y, al llegar, nos pidieron nuestros pasaportes y firmamos una declaración jurada. En esta declaración, el Consulado estableció reglas muy estrictas. Por ejemplo, únicamente podíamos agruparnos con personas del mismo sexo por habitación (hombres con hombres y mujeres con mujeres). Por más que dijimos que nos habíamos protegido del virus y que no presentábamos síntomas, nos separaron.

—R: El problema para nosotros es que nos agruparon con desconocidos. No sabías si estaban infectados o no porque ni siquiera nos realizaron pruebas de descarte.

—Entiendo que la estadía y la alimentación eran subvencionadas por el Estado peruano. ¿Tuvieron problemas durante su estadía?

—K: Sí. La atención en el hotel fue terrible. Hubo problemas a nivel individual como también colectivos. En primer lugar, Rafael sufrió el robo de cien dólares de su billetera y no pudimos recuperarlos. Informamos de lo sucedido, pero no le tomaron importancia. Después, yo tuve una complicación dérmica atípica. La razón es que me asignaron una compañera de cuarto mayor de edad. Al parecer, ella utilizó alguno de mis objetos personales y me contagió. Informé la situación pero no se hicieron responsables. Rafael y yo tuvimos que correr con los gastos. Al menos, fueron unos 32 dólares al día en medicamentos.

—R: En segundo lugar, todos los jóvenes sufrimos por la comida. Tal vez quejarse sobre estos detalles puede parecer excesivo, pero consideramos que ni siquiera se preocuparon en brindarnos una buena estadía. La comida consistía en un par de panes con una porción mínima de mantequilla y mermelada, y una taza de café. A veces, servían tostadas, pero en muy mal estado. Además, nos entregaban una botella de agua diaria de 250 mililitros. Es decir, solo podíamos hidratarnos con un cuarto de litro al día.

—K: Rafael tuvo que comprar un paquete de botellas de medio litro para consumir al menos dos al día.

Los panes que consumieron los peruanos varados en el desayuno y la cena durante meses. FOTO: Archivo personal.

Un Estado indiferente

Rafael y Kiara no fueron subvencionados por el Estado durante tres semanas. Tuvieron que encontrar la manera de sobrevivir en Chicago con el dinero que consiguieron trabajando durante el verano. Después fueron a Miami por sus propios medios con la esperanza de poder volver a casa. Sin embargo, como nunca recibieron información precisa, el Consulado del Perú en Miami los direccionó a un hotel. Lamentablemente, la estadía no resultó nada agradable, según los entrevistados. No obstante, “cuando pensamos que la situación iría mejorando, sucedió todo lo contrario”, comenta Rafael.

—¿Por cuánto tiempo estuvieron en esas condiciones?

—R: Estuvimos en las mismas condiciones hasta poder encontrar un vuelo de regreso al Perú. Sin embargo, no permanecimos en el mismo hotel todo el tiempo. Cambiamos de hospedaje al menos unas cinco veces.

—K: En todos, el trato fue el mismo. En uno de estos hoteles, del cual no recordamos bien su nombre, nos dividieron en tres por habitación. En estos casos, dos compartían una cama y uno dormía en un colchón. El estado de estos era inaceptable.

—Les cambiaron de hotel muchas veces, ¿el Estado estuvo a cargo de estas modificaciones?

—K: Sí, pero todo lo hizo mal. La manera de actuar por parte del Consulado fue muy desorganizada. Por ejemplo, cada vez que nos trasladábamos de un hotel a otro, nos avisaban la noche anterior y nos dividían en turnos de salida. Sin embargo, cuando llegaba la hora de irnos, nos decían que, por la hora, ya no nos moveríamos en grupos, sino todos juntos. Eso nos pareció un total desorden, porque eran alrededor de cuatrocientas personas que debían trasladarse. Se contrató personal para organizarnos, pero fueron demasiado incompetentes.

El estado de los colchones en uno de los hoteles (sucio en la parte posterior). FOTO: Archivo personal.

—Durante el tiempo que permanecieron de un hotel a otro, ¿el Consulado de Miami trató de comunicarse con ustedes en algún momento?

—K: La única forma en la que el Consulado se comunicaba con nosotros fue a través de los trabajadores que designó en cada uno de los hoteles para velar por nuestra atención. Ellos administraban los grupos de WhatsApp en los que avisaban cualquier movimiento que se haría al día siguiente. Sin embargo, nunca ofrecían respuestas concretas a nuestras dudas.

—R: Quiero resaltar que con el Consulado nunca se sabía lo que podía pasar al día siguiente. Vivíamos una total incertidumbre.

—Por todo lo que me comentan, por cuestión de fechas, los vuelos humanitarios ya salían hacia el Perú. ¿Cómo fue el proceso que siguieron para regresar al Perú?

—R: Todo fue tan desorganizado que para los vuelos no hubo avisos previos. En cualquier momento, la recepción llamaba a los cuartos y te indicaba que tu vuelo sale por la tarde y que debías estar preparado o preparada.

—K: En mi caso, la complicación de salud que tuve semanas atrás no paró y consideraron que debía irme en uno de los vuelos humanitarios. Ahí acabó mi calvario en los Estados Unidos. Pero, Rafael se quedó un par de semanas más.

—R: Quería irme, nunca me seleccionaron en algunos de los vuelos humanitarios. Además de estos vuelos, había otros que el Consulado brindaba, pero con un precio. En un inicio costaron entre 600 y 800 dólares, y, después, llegaron a costar hasta 1500 dólares. Para estos vuelos, el Consulado, “misteriosamente”, sí respondía casi de manera inmediata. En mi desesperación por no saber en qué momento volvería al Perú, decidí pagar uno de los vuelos. Me costó 450 dólares. Si creen que todos los peruanos regresamos en vuelos humanitarios, están equivocados. No fue fácil.

—Rafael, ¿lograste regresar sin ningún percance en el tramo final?

—R: No. Horas antes de abordar el vuelo, los coroneles me indicaron que podía llevar una maleta, una mochila y un carry on. Sin embargo, cuando llegué al aeropuerto, me dijeron que solo podía llevar una carry on y una maleta. Horas después, justo antes de abordar el vuelo, me dicen que, por disposición del Consulado, solo se permitirá llevar una maleta y una mochila. En ese momento, presencié uno de los eventos más tristes en mi vida. Cientos de jóvenes tiraron sus pertenencias, por las que trabajaron todo el verano, a la basura. La pésima comunicación y organización del Estado provocó esa situación que se pudo evitar fácilmente.

Muchos peruanos debieron dejar sus pertenencias en el basurero del aeropuerto. Foto: Archivo personal.