Dicen que el fútbol es un reflejo de la sociedad. Mientras en los Estados Unidos se mantiene viva la indignación a raíz del asesinato de George Floyd, y las redes sociales se llenan de tendencias en contra del racismo, los jugadores del Borussia Dortmund, el Liverpool, el Chelsea, entre otros clubes, han manifestado su solidaridad con esta causa. Aún así cabe preguntarse: ¿está la cancha libre de racismo? Las historias que se cuentan aquí revelan que en el Perú la respuesta es evidente. 

6 de diciembre del 2015. Por la semifinal del torneo descentralizado peruano se enfrentan Melgar y Real Garcilaso. Cerca al minuto 92, Jhoel Herrera comete una falta contra Omar Fernández. La tribuna occidente del estadio Monumental de la UNSA, en Arequipa, lanza insultos racistas contra Jhoel. Los hinchas imitan sonidos propios de los simios. El jugador no se amilana. Se golpea el pecho y besa su piel, sus brazos. “Estoy orgulloso de mi raza, muy orgulloso y se lo hice saber a la hinchada”, dice Jhoel, luego prosigue: “Es un tema muy delicado, muy difícil de tocar y de recordar. Nadie sale al campo de juego esperando que lo agredan de esa forma”. Jhoel sabe que los futbolistas están expuestos a ataques guiados por las pasiones que desata el fútbol, pero ¿en qué momento se le dio esa autoridad a la hinchada para, escudada tras la camiseta de un club, emitir discursos de odio?

Jhoel Herrera mostrando su piel a la hinchada de Melgar en respuesta a insultos racistas. FOTO: Movistar TV

1 de noviembre de 2018. Por la final del torneo femenino se enfrenta el Club La Cantera contra JC Sport Girls. En JC juega Fabiola Herrera, seleccionada nacional y hermana de Jhoel. Durante el partido, el padre de una jugadora de La Cantera lanza insultos racistas contra Fabiola. En la tribuna se encuentra Marisella Joya, afroperuana y exintengrante de la Selección Nacional de Fútbol. No resiste la indignación y quiere confrontarlo.  Pero sus amigas la detienen por temor a que su justificado reclamo acabe mal. El hombre vuelve a lanzar un insulto y este resuena en todo el estadio. “Íbamos ganando tres a dos. Estaba por terminar el partido. Me puso un adjetivo por mi color de piel. Se escuchó muy fuerte. No me podía desconcentrar porque estaba en pleno partido”, cuenta Fabiola. Sonó el pitazo final. JC Sport Girls era el equipo campeón. “Yo atiné a sacarme la camiseta y besar mi piel. No me sentí bajoneada, eso me hizo más fuerte”, recuerda la jugadora. Mientras se acercaba a la tribuna, continuó besando sus brazos y se golpeó el pecho en señal de orgullo.

Hay momentos en el fútbol que se repiten casi de manera idéntica. 1 de marzo de 2015. Se enfrentan Cienciano y Juan Aurich en la ciudad de Cusco por el torneo descentralizado.  En el minuto 72, el panameño Luis Tejada escucha los insultos racistas de la hinchada rival. El jugador no lo tolera y decide abandonar la cancha. Sus compañeros tratan de detenerlo, pero no tienen éxito. 17 de febrero del 2020. Se enfrentan el Oporto y el Guimaraes por la liga portuguesa. En el minuto 71 de partido, el futbolista Moussa Marega se cansa de los insultos racistas y de los aullidos de mono lanzados por la hinchada rival. Abandona el campo. Sus compañeros tratan de detenerlo, pero no lo consiguen. La historia se repite.

Luis Tejada abandonando el campo de juego por insultos racistas. FOTO: CMD.

El racismo no solo proviene de la hinchada como en los casos anteriores. Fabricio Cabrera, hoy jugador de Melgar, cuenta un episodio que le tocó vivir cuando jugaba para el Deportivo Municipal. Invita a uno de sus amigos a ver el entrenamiento del club. Van los dos junto a un chofer en un auto cuando un policía los detiene. Los obliga a bajar y los revisa. “Pensó que íbamos a robar porque todos éramos morenitos”, cuenta Fabricio. No lo dejan irse y se le está haciendo tarde para el entrenamiento. Tiene que llamar a Walter Romero, un coronel amigo del club, para que hable con los policías y lo dejen seguir su ruta. No fue la única vez que le pasó. En otra ocasión, yendo a una sesión de fotos del club vivió una experiencia similar.

Estos no son casos aislados. ¿Desde cuándo el racismo está en la cancha? Retrocedamos un poco en el tiempo para recordar momentos aurorales del fútbol peruano. La Liga Peruana de Football fue fundada por señores que apellidaban Redshaw, Brown y Fry. En sus inicios fue una práctica reservada a los blancos y a los burgueses. El primer trofeo que se entregó en esta liga fue donado por un inglés llamado Thomas Dewar. Era un deporte practicado y dirigido por la élite limeña, al que comenzaron a sumarse de forma progresiva las clases populares. En 1901 se fundó uno de los clubes más populares del Perú: Alianza Lima, en ese entonces, Sport Alianza.

La revista ‘Toros y Deporte’ publicaba el 22 de febrero de 1930 las declaraciones de dirigentes del fútbol peruano que no querían enviar a jugadores de Alianza Lima a un torneo internacional: “¡Cómo vamos a mandar a un equipo de negros a un campeonato!, exclaman. ¡Dirán que somos un país de esa raza!”.

En aquellos años se planteaban los partidos entre Universitario de Deportes y Alianza Lima como duelos entre razas. Los blancos contra los negros. La revista ‘Toros y Deporte’ anunciaba un partido entre ambos equipos de este modo: “Un café con leche, con leche de calidad. Un café de gran estima como es el Alianza Lima. El match de los negritos y los doctores será una competencia entre la leche y el café”. Entre bromas se asomaba un racismo naturalizado. Sin embargo, en el juego eran todos iguales. Aquel partido lo ganó Alianza. Ni el dinero ni la piel blanca podían ganar un partido por los jugadores. ¿O sí?

El clásico del fútbol peruano nació con un triunfo de Universitario. Un triunfo que muchos consideran manchado por la discriminación racial. 23 de setiembre de 1928. Ambos equipos se enfrentan por primera vez en la historia. Universitario logra adelantarse en el marcador a los siete minutos de partido. Durante el primer tiempo el árbitro uruguayo Julio Borelli favorece a Universitario y cobra múltiples faltas a su favor. En el segundo tiempo, expulsa a cinco jugadores de Alianza y da por terminado el partido. Los jugadores se dirigen al camarín y, mientras pasan por la tribuna, los hinchas de Universitario les gritan “negros de porquería”. En aquel momento, los jugadores no reaccionan besando su piel o abandonando el campo. Saltan a la tribuna y se agarran a golpes con quienes los insultan. Estos responden golpeando a los futbolistas con sus bastones. Este accesorio era común entre los hombres de clases acomodadas limeñas. Por ese motivo aquel partido es conocido como el clásico de los bastonazos. Posteriormente, el diario La Prensa informó que Borelli hacía distinciones de raza entre los jugadores.

Ilustración de Piero Quijano del evento de 1928. Recuperada del diario El Comercio.

Ese espectáculo fue un reflejo de la sociedad de su época con un racismo latente y naturalizado. ¿Es la actualidad distinta? ¿Cómo ha evolucionado la discriminación racial con los años? Constantino Carvallo fue un educador peruano que fundó el colegio “Los Reyes Rojos” en el distrito de Barranco. Carvallo era fanático del fútbol y creía en la complementariedad entre el deporte y la educación. Por eso en su colegio ofrecía educación gratuita a jóvenes de las canteras de Alianza Lima. Dos de los chicos que estudiaron en el colegio de Carvallo fueron Jefferson Farfán y Paolo Guerrero. Carvallo también se encargaba de llevar a los jugadores a sus entrenamientos y a veces pasaba tiempo con ellos. Sobre estas experiencias escribió en su libro ‘Diario Educar’ publicado en el año 2005: “Entraba a Larcomar con unos chicos de Alianza Lima, negros, cholos, mestizos, cuando veo que el vigilante los detiene y los expulsa del dichoso lugar. Tuve que intervenir y los dejaron entrar porque estaban conmigo. Más tarde, en una tienda de discos, me separo de ellos para buscar unos CD y veo cómo se les acerca el vendedor a indicarles que se retiren. La pobreza no es el único dolor que deben enfrentar, quizá ni siquiera sea fundamental. Es este desprecio diario del que no tenemos noticia, que no aparece en ningún documento, que se quiere obviar aún en los medios más progresistas. Después sobre el césped les pedimos logros, triunfos, coraje”. Algunos deben lidiar con el desprecio y la discriminación desde niños. Tienen como obligación fortalecer su autoestima en una sociedad que los hizo crecer tolerando estas violencias y luego les exige triunfos deportivos.

Marisella Joya, ex seleccionada nacional y hoy jugadora de Universidad César Vallejo, dice que durante su carrera ha experimentado racismo en múltiples ocasiones. “Si le cometías una falta a alguna adversaria escuchabas a los hinchas o incluso a sus familiares gritar: bota a esa negra de mierda, negra tenías que ser, hija no la marques te vas a ensuciar, anda báñate negra y otros comentarios como negra machona”, cuenta Marisella. Sus compañeras eran respetuosas, pero hacían bromas alusivas a su color de piel. A ella también le daba risa porque dice que tenía su autoestima ganada.  Año 2005. A un entrenamiento de la selección peruana de fútbol femenino asiste una norteamericana de madre peruana. Una compañera le hace una broma racista a Marisella. Se ríen. La norteamericana no entiende y pide que le expliquen el chiste. Lo comprende y se sorprende. Les dice que en Estados Unidos decir eso abiertamente es inaceptable. “Si se lo dices a alguien de color allá, ya estarías recogiendo tus dientes del suelo”, explica.

Podríamos crear una cadena interminable de víctimas y victimarios de racismo en el fútbol peruano. Vemos que la violencia toma múltiples formas desde bromas hasta agresiones. En 2015 un jugador de Real Garcilaso era aludido con sonidos de simio de la hinchada de Melgar. Un año antes, Garcilaso anunciaba su partido contra Alianza Lima por la fecha once del Torneo Inca representando a su rival con un mono. Aquel acto le costó una multa de doce mil dólares al equipo cusqueño. La hinchada de Alianza Lima en un partido contra Barcelona de Guayaquil entonaba el cántico: “Mono maricón no te vayas a correr”. Universitario de Deportes tenía una canción de barra que hacía alusión al accidente sufrido por el Fokker que trasladaba al equipo de Alianza Lima en 1987: “Un minuto de silencio por los negros que se han muerto y roguemos al señor que se caiga otro avión”. Los jugadores de San Martín tras vencer a León de Huánuco en la final del 2010 comenzaron a cantar: “Y dónde están esos serranos que nos iban a ganar”. En 2014 la hinchada de León de Huánuco ubicada en la tribuna oriente del estadio Alberto Gallardo lanzaba insultos racistas contra Luis Advíncula.

Afiche con el que Real Garcilaso anunció su partido contra Alianza Lima.

Hace unos días una cuenta de Twitter llamada ‘Archivo – Fútbol Peruano’ recordó algunos de estos incidentes. Gran cantidad de usuarios se exaltaron y defendieron a su hinchada en los comentarios de los tweets alegando que aquello es parte del “folklore” del fútbol. Que es normal. Tal vez no están tomando en cuenta que el racismo de aquellos cánticos es el mismo por el que pararon a Cabrera, el mismo por el que Fabiola fue insultada y el mismo por el que querían impedirles el ingreso a Larcomar a los chicos de Alianza Lima. A pocos parecía preocuparles todo lo expuesto en aquel material. Estaban centrados en desprestigiar a la hinchada rival o buscar mil maneras de justificarse.

“Es importante que la gente sepa que este es un tema real que se vive a diario. Desde mi voz y mi experiencia digo que esto tiene que cambiar”, declara Jhoel Herrera a TV Perú. En el Perú la cancha no está libre de racismo y las experiencias que se han narrado aquí son claro ejemplo. ¿De dónde sale ese racismo? ¿somos racistas? Mariela Noles escribe para RPP: “Un país donde hay racismo, pero casi nadie es racista”, haciendo alusión al nuestro en el que muchos se reconocen como víctimas, pero pocos como victimarios de racismo. Tal vez no basta con decir que no lo somos. Angela Davis, activista afroamericana, dijo: “En una sociedad racista no basta con no ser racista. Hay que ser antirracista”. Tomar postura. Hoy que la pelota no rueda y no podemos mirarla de forma hipnótica nos tocó abrir el juego, ver qué más pasaba en nuestras canchas mientras gritábamos goles. Que no se nos olvide cuando regrese el fútbol: la cancha no está libre de racismo.