Detestan viajar en transporte público. El tráfico los agobia y no soportan a choferes y cobradores prepotentes, tampoco a pasajeros estresados. Han elegido la libertad de viajar solos y siempre sobre dos ruedas. Les gusta tener el control de sus tiempos y también de sus rutas. Aunque saben que a menudo corren peligro, asumen el riesgo. No solo ahorran en pasajes, hacen tanto o más ejercicio que en una rutina de gimnasio. A la PUCP llegan algo agitados, pero también relajados por el esfuerzo físico desplegado, por la proeza diaria cumplida. Aquí las primeras cuatro historias de maestros que enseñan dentro y fuera del aula.

Hildegard Willer: entre el timón y las aulas

Foto: Luisenrrique Becerra.

Hildegard Willer es profesora del curso Taller de Periodismo Especializado en la Facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación de la PUCP. Ella es una de las docentes que se transporta en bicicleta por medio Lima. Los jueves, por ejemplo, tiene clases de nueve a doce, y parte de Miraflores una hora antes. Debe atravesar cuatro distritos en hora punta. A menudo esta alemana de 52 años hace el siguiente recorrido: toma el  malecón Cisneros, dobla por Coronel Portillo, luego avanza por Pezet, entra a Javier Prado, cruza Brasil y continúa por una ruta paralela a La Marina hasta Universitaria.  Allí voltea a la derecha y se interna en la ciclovía que la lleva directo, hasta la puerta principal de la universidad.

Minutos antes de las nueve aparece algo agitada, pero siempre risueña en los pasadizos del Pabellón Z. ¿Pero dónde y cuándo se empezó a arraigar en ella esta sana costumbre de desplazarse sobre dos ruedas? Hildegard cuenta que a los cinco años le regalaron su primera bicicleta. Era una que tenía rueditas a los costados. Más tarde se recuerda haciendo largos recorridos con sus padres. “Todos los niños alemanes saber montar una bicicleta, es algo muy natural; allá el uso de la bicicleta está muy extendido”, dice esta periodista oriunda de Baviera, un estado del sur de Alemania, muy cerca de los Alpes.

Llegó al Perú como cooperante en 1999. Primero vivió en San Juan de Miraflores, luego en Pueblo Libre y ahora está en Miraflores. Precavida, no se lanzó a las calles sin antes conocer las vías más importantes de la ciudad. Necesitaba descubrir las rutas más (y menos) congestionadas, los cruces en lo que debía extremar el cuidado y esas callecitas por donde cortar camino en medio de los embotellamientos de las horas punta.

Hildegard usa la bicicleta como medio de transporte y exige un buen trato de los conductores. “Ellos no están acostumbrados a respetar a un ciclista. Es cierto que una ciclovía te protege un poco más, pero con la bicicleta tú puedes ir por cualquier calle o carretera y tienes exactamente los mismos derechos y deberes que cualquier otro participante del tránsito. A veces los conductores de los autos te dicen: ‘Tú no debes manejar aquí, tú solo puedes usar ciclovías’. Eso no es cierto. Tengo los mismos derechos que ellos”.

Ciclista de toda la vida, dice que pedalear a diario la hace sentirse una mujer fuerte y saludable. Además, le ahorra el tiempo y el dinero que otros y otras gastan en un gimnasio. Le encanta sentir el viento golpeando su rostro y descubrir de pronto alguna vista hermosa de la ciudad, que casi siempre pasará desapercibida para los  automovilistas estresados. “Es una experiencia relajante e inigualable para mí”. La bicicleta, dice, es el único vehículo de transporte que no contamina, también es el más barato y puede ser incluso el más rápido si se tiene en cuenta los embotellamientos tan habituales en una ciudad como Lima.

Hildegard reclama políticas públicas que mejoren la seguridad de quienes usan la bicicleta como un medio de transporte cotidiano. Los ciclistas, explica, son los conductores más vulnerables y no hay leyes ni autoridades que los protejan. Tampoco hay sanciones para aquellos que vulneren o ignoren sus derechos. Las ciclovías, por último, no están bien diseñadas. Algunas son demasiado angostas y dificultan el tránsito de ida y vuelta. Miraflores está llenas de ciclovías por donde no pasan dos personas. Y después han metido unas piedras ornamentales y hasta macetas. Es muy peligroso porque te puedes chocar con esos ‘adornos’ y  accidentarte”. En efecto, para algunos alcaldes las ciclovías son paisaje cosmético colocado con fines electorales.

Andar en bicicleta por la capital también le ha costado a Hildegard algunos sustos. El mayor reto de manejar bicicleta en esta ciudad es no morir en el intento, advierte. Ha estado a punto de ser atropellada en varias ocasiones. Le teme a esos choferes que conducen enormes buses o camionetas y que se creen los dueños de las pistas. Los considero enemigos de los ciclistas. También le tiene respeto a las curvas. Cuenta que en una ocasión había llovido y ella iba muy rápido. En una curva patinó y perdió el equilibrio. Sufrió contusiones que hasta ahora duelen cuando le exige demasiado a esa máquina que es su cuerpo sobre ruedas. “Por eso ahora manejo más despacio, voy como una abuelita”, dice risueña, como siempre.

Juan Fernando Bossio: La libertad sobre ruedas

Foto: Sebastián Velásquez.

En 1990 Juan Fernando Bossio empezó a utilizar la bicicleta como medio de transporte. Tenía 22 años y vivía en Jesús María. Estudiaba bibliotecología en la PUCP e historia en San Marcos. Necesitaba un medio eficaz y rápido para transportarse desde casa hasta ambas universidades. Debía cruzar todo Pueblo Libre, llegar a clases en el local del ex Fundo Pando, en San Miguel, y luego recalar en la Ciudad Universitaria de San Marcos, nada menos que en el extremo este del Cercado de Lima, en el límite con el Callao.

Tres alternativas le rondaron por la cabeza: tomar tres o cuatro micros por día, caminar siete cuadras desde Católica hasta San Marcos o hacer todo el recorrido en bicicleta. Escogió la última opción. Le salía más barato y llegaba a tiempo a las clases de las dos universidades. Fue así como la bicicleta se convirtió en su principal medio de transporte durante la mayor parte de sus años de estudiante. Y hoy, que es docente e investigador, va y viene de la universidad sobre dos ruedas.

Juan Fernando Bossio se ha desplazado en bicicleta a  todos los lugares donde ha trabajado como docente o consultor. Ahora, a los 49 años, viene en bici a la PUCP. Aquí labora en la Dirección de Gestión de la Investigación (DGI) y es profesor en la Facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación. Montado en su bicicleta hace ejercicio, respira mejor y es “muy agradable, muy chévere, sabes”, confiesa un miércoles a mediodía, cuando el sol brilla sobre nuestras cabezas y el calor anda por encima de los treinta grados. “Te sientes más libre, decides cuándo parar, avanzar o acelerar. Eliges tus rutas. No tienes que estar peleándote a cada rato con los automovilistas”. Si bien es cierto este es su medio de transporte, eso no quita que de vez en cuando se divierta y juegue con el mismo ímpetu de un adolescente. Por ejemplo, cuando desciende por una calle inclinada hace piruetas para entretenerse o de pronto acelera para sentir la brisa acariciándole el rostro.

Dice Juanfer, como lo llaman sus amigos y colegas, que la seguridad del ciclista en Lima ha mejorado si se la compara con la zozobra que él vivió a principios de los noventa, cuando empezó a desplazarse en bicicleta. Admite, sin embargo, que todavía hay mucho por hacer. “Los choferes de combi creen que el ciclista debe ir por la vereda; están equivocados, no hay ley que diga eso. Algunos incluso te cierran el paso y también hay peatones que cruzan de manera intempestiva, no miran la pista, tampoco hay estacionamientos para los ciclistas”. Hace cuatro años un grupo de profesores presentó una queja por la falta de espacios para estacionar sus bicicletas. Ahora existen zonas reservadas y acondicionadas para ellos. Eso hace atractivo venir a la PUCP en bici. Si bien hay supermercados, como Metro, que han colocado espacios para estacionar bicicletas, no pasa lo mismo en los bancos, se lamenta. “Necesitamos espacios donde podamos guardar las bicicletas con seguridad. Me imagino que si crece el uso de este medio de transporte habrá más estacionamientos”.

Los choferes también están cambiando, cada vez se encuentra con gente más respetuosa y precavida. “No te digo que no haya bestias por ahí, pero creo que el conductor peruano en promedio está mejorando”, reconoce. Para su suerte, él ha tenido pocos accidentes, dos ellos por culpa de peatones imprudentes. Sabe que algunas transeúntes toman decisiones intempestivas. “Por eso uno tiene que estar atento. No  hay que tener miedo a manejar bicicleta, pero tampoco hay que ir por ahí absolutamente confiado”.

Nohelia Pasapera: militante de la bici.

Foto: Jimena Rodríguez.

Era una niña cuando descubrió el caos del transporte público en Lima. Viajaba en un bus insufrible acompañada de sus padres. Era un trayecto tortuoso de aquellos que todos vivimos a diario. De pronto apareció en su mente una idea a la que continúa aferrada: “Esto tiene que cambiar. Algún día haré algo para ayudar a esta ciudad”. La frase aparecía constantemente en sus días, en sus noches, en sus sueños. Vivía en Los Olivos. Años después ingresó a la universidad y desde Lima Norte se venía a la PUCP en bicicleta. Hacía un recorrido extenso, peligroso, bizarro. Si quería seguir viajando en bicicleta debía empoderarse, llenarse de carácter. Los choferes le gritaban por no utilizar la ciclovía de la avenida Universitaria, la más larga pero también la más deteriorada de Lima. Por eso a Nohelia no le quedaba otra opción que desplazarse por las vías principales, al lado de las combis y los buses.

“Nunca me gustó el ambiente del transporte público: el chofer, el cobrador y los pasajeros viajan estresados y eso termina estresándome también a mí. Por eso prefiero ir a mi ritmo”, dice Nohelia, de 36 años, licenciada en periodismo, con dos diplomados en gestión de proyectos y antropología social, y actualmente cursando una maestría en estudios culturales. Tiempo atrás dejó Los Olivos, ahora vive en Magdalena, pero sigue movilizándose en bicicleta a la PUCP, donde trabaja en el Departamento de Comunicaciones y como profesora en la Facultad de Arte y Diseño.

La bicicleta que monta todos los días tiene una historia inusual: en vez de ir a una tienda y elegir aquella que se amoldaba a su gusto y necesidad, primero la imaginó, la dibujó en su mente, y junto con Octavio Zegarra, amigo y miembro de Cicloaxion, un colectivo de ciclistas urbanos, compró las piezas para armarla y tener, literalmente, la bicicleta de sus sueños. Sobre ella ha pedaleado a Los Olivos o Barranco y no le ha pasado nada. Hasta le ha agregado una canastilla lo suficientemente grande para soportar cinco kilos, el máximo de peso que calcula ha transportado en sus viajes por la ciudad.

En 2009 Nohelia tomó conciencia de su derecho a usar la bicicleta como un vehículo de transporte personal. Nadie tenía que amenazarla o poner en riesgo su integridad física mientras se desplazaba por la vía pública. Su activismo vino de la mano con su preocupación por otros temas vinculados a la memoria histórica, la igualdad de género y el feminismo. No hace mucho formó con cuatro amigos ‘Sosten.ible’: un colectivo de ciclistas que organizan paseos el tercer domingo de cada mes. Las rutas elegidas tienen que ver con temáticas históricas referentes, en su mayoría, a reivindicar a las mujeres que fueron importantes en la ciudad. Les llaman “Bicipaseos históricos”.  Son recorridos por lugares simbólicos en la historia del personaje elegido. Pedalean hasta el lugar donde sus personajes vivieron o trabajaron. Se detienen para recordarlos y luego reanudan el viaje. Han visitado la casa de Victoria Santa Cruz, compositora, cantante y coreógrafa, quien durante más de medio siglo reivindicó la cultura afroperuana.  Eso también hicieron en Lince, en la cuadra 24 de la avenida Petit Thouars, donde estaba la redacción del semanario ‘Cambio’. Allí la periodista Melissa Alfaro sufrió un atentado que le costó la vida el 10 de octubre de 1991.

Su activismo la llevó el año pasado a Santiago de Chile para participar como expositora en el Foro Mundial de la Bicicleta. Presentó su experiencia con Radio Pedal, el programa que conduce en ‘Zona Pucp’. Mientras estaba en Santiago se percató de la enorme diferencia con Lima en cuanto al espacio público conquistado por los ciclistas. Nohelia dice que estamos todavía lejos de lo que se ve en Santiago. “En los ciclopaseos de allá los colectivos se reúnen una vez al mes y pedalean desde las siete de la noche hasta la una de la mañana. Asisten entre cinco y siete mil ciclistas. La gente los aplaude a su paso, es toda una fiesta”, refiere. Aquí lo máximo que hemos reunido es a 400 asistentes. A Nohelia nadie le mata el sueño de hacer de la bicicleta un vehículo de transporte masivo. Lograrlo no solo implicaría apropiarse del espacio público, sino también empoderar a las mujeres.

Augusto Del Valle: un reencuentro con la infancia

FOTO: Jimena Rodríguez.

Licenciado en filosofía por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y candidato a magíster en historia del arte por la Pontificia Universidad Católica del Perú, Augusto del Valle es profesor de los cursos Estética y Comunicación y Seminario de Tesis desde el año 2001.

Augusto recuerda que a los 15 años dejó de montar bicicleta. Los estudios y los cambios repentinos y violentos que Lima experimentaba lo alejaron de ese mágico vehículo sobre el que transcurrieron muchos de los momentos más felices e intrépidos de su primera juventud.

“Recuerdo Lima en los años setenta, esa es la ciudad en la que yo viví de muy joven. Llevaba a mi hermano menor por todo Miraflores, era el distrito en donde crecimos. Salíamos en bicicleta a jugar, hacíamos expediciones: juntos recorríamos la avenida Aramburú, los alrededores del hospital de la Fuerza Aérea. También me iba solo desde Miraflores hasta el Rímac”. Ahora, reflexiona Augusto, eso sería imposible. Lima se ha vuelto una ciudad muy peligrosa. Él atribuye este cambio a la violencia de los años ochenta. Desde entonces los habitantes perciben esta ciudad de otra manera.

Debieron transcurrir 35 años para que Augusto volviera a subirse a una bicicleta. Desde 2014 lo hace casi todas las mañanas. La ciudad que ahora transita es muy distinta a la de su infancia. Para él la bicicleta ya no está asociada al juego, sino al transporte rápido, saludable y sobre todo barato.

¿Y cómo así se consumó este reencuentro? Augusto cuenta que luego de vivir muchos años en Miraflores, su familia se mudó a Pueblo Libre, a una de las urbanizaciones que se levantaron muy cerca de la universidad. Llegar a la PUCP, sin embargo, era una odisea: él no calculaba bien sus tiempos y para no llegar tarde a clase terminaba tomando taxis. Eran viajes breves y siempre caros.

Tres años después de su recuentro con la bicicleta, Augusto afirma que con esta no solo ahorra dinero sino que, lo más importante, se trata de un relajante natural. Ahora vive en la avenida Sucre, en Pueblo Libre. Y sabe que debe salir quince minutos antes para llegar a tiempo a la universidad. Incluso arma varios playlists en Spotify para hacer del viaje al trabajo una experiencia placentera.

Ahora sus recorridos son cada vez más prolongados. Este verano pedaleó hasta Barranco para dictar talleres en el Museo de Arte Contemporáneo. El intenso y agobiante calor de la temporada  no lo ha detenido: si tenía que dictar a las seis de la tarde, salía de casa a las cuatro, llegaba a las cinco y disponía de una hora para refrescarse, tomar algo helado y comenzar sus clases tranquilo.

Augusto admite que la ciudad ha empezado a ser más amigable con los ciclistas urbanos, pero cree que uno de los mayores problemas es la falta de estacionamientos. En un reciente viaje al Cusco no encontró un lugar donde guardar la bicicleta que le habían prestado. No le quedó más remedio que encadenarla a un poste. Y dejarla allí por unas horas, con el temor constante de que se la puedan llevar.

La mayoría de sus recorridos los hace por rutas alternativas que él ha descubierto. Siempre por esas calles tranquilas aledañas a las avenidas congestionadas.  A veces también se desplaza por las veredas para evitar la ferocidad de algunos conductores que manejan a la diabla. Augusto es un ciclista precavido y de ritmo tranquilo. Ahora llega a tiempo y lo mejor, súper relajado.