Dos peruanos han sido reconocidos recientemente como los mejores de Latinoamérica. Sin embargo, está probado que Pía León y Joseph Zárate también han cometido actos que, además de ir en contra de la ética profesional, son ilícitos. ¿Son los ganadores de los concursos internacionales más prestigiosos realmente merecedores de ser considerados representantes de la excelencia?

Por Alejandro Guzmán
Licenciado en Periodismo y docente de la especialidad de Periodismo de la PUCP

En las últimas semanas una peruana y un peruano han recibido importantes reconocimientos internacionales en dos campos profesionales en los que nuestro país destaca: la gastronomía y el periodismo narrativo.

La chef Pía León recibió el 30 de octubre el premio elite Vodka 2018 a mejor chef femenina de América Latina, un distinguido galardón entregado por los Latin America´s 50 Best Restaurant. Por su lado, a inicios de octubre la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano le otorgó al cronista Joseph Zárate el Premio Gabriel García Márquez de Periodismo 2018 en la categoría texto por su reportaje “Un niño manchado de petróleo”, publicado en la revista 5W.

Diferentes medios han informado sobre estos logros resaltando la calidad profesional de los ganadores. Sin embargo, las noticias –y probablemente los criterios para nombrarlos ganadores- han ignorado o subestimado cómo estos profesionales desempeñan su labor en las instituciones a las que pertenecen o han pertenecido. En mi experiencia como reportero he tenido evidencia periodística y legal para afirmar que León y Zárate han incurrido en actos ilícitos desempeñando cargos importantes en empresas a las que prestaban servicios.

Pía León, además de ser su esposa, dirigió junto a Virgilio Martínez el restaurante Central, en el que se demostraron casos de explotación laboral. En un reportaje de la revista Carta Abierta expusimos cómo el hoy segundo mejor restaurante de Latinoamérica incumplía las leyes laborales, especialmente la de modalidades formativas, que regula la contratación de practicantes. Fue precisamente Pía León quien salió a nuestro encuentro mientras esperábamos la hora de salida de los empleados para entrevistarlos, nos dijo que no entendía por qué hacíamos eso y llamó a su esposo Virgilio, quien nos confirmó que no pagaban a sus practicantes.

El reportaje que escribí con Hanguk Yun, titulado “Los hombres invisibles de Central”, fue publicado en diciembre de 2014 y, junto a otras notas de la revista con las que se conformó la serie Los excluidos de la mesa servida, fue finalista de los Premios Nacionales de Periodismo 2015.

El caso de Joseph Zárate tuvo repercusiones legales. En el verano del 2014 fui redactor de la revista Asia Sur, cuyo editor era Zárate. Un día me encargaron camuflar una publicidad como si fuera contenido periodístico. Me negué a hacerlo y el editor, que luego de ganar el premio declaró a La República que él no escribe por dinero, me despidió diciendo que si tenía ese tipo de problemas éticos no podía trabajar allí porque al fin y al cabo estábamos en una empresa.

El asunto es que mi posición no suponía solamente un problema ético, había una dimensión legal. Lo que Zárate pretendía hacer –y luego logró publicar- se tipifica como publicidad encubierta y está prohibida. Tras una denuncia mía, Indecopi amonestó a la revista. Los detalles del caso fueron publicados por Somos Periodismo: http://somosperiodismo.com/la-publicidad-encubierta-de-asia-sur/.

¿Con qué criterios se elige a los ganadores de estos –y quizá muchos otros- premios internacionales? En su sitio web, el Premio Gabo anuncia que tiene el objetivo de incentivar la búsqueda de la excelencia, la innovación y la coherencia ética. Pero los comentarios del jurado no mencionan la ética, solo hacen referencia a virtudes narrativas. ¿No importa nada más que el resultado de su trabajo para nombrar a alguien como el mejor de Latinoamérica? ¿No importa que no respete las leyes de su país ni la dignidad de su profesión para adjudicarle los más de 10 mil dólares que le corresponden por haber ganado?

Surgen también otras preguntas al ver cómo las noticias de ambos premios rebotan en los medios con un dócil halo de optimismo: ¿quiénes son realmente los grandes profesionales premiados? ¿Son ellos los referentes que necesitamos? ¿Podemos llamarlos profesionales? Aparecen muchas otras preguntas, que, al menos, debemos hacer desde la academia, porque nadie más las hará.