Las unidades de investigación de La República y El Comercio, fundadas por Ángel Páez y Ricardo Uceda, respectivamente, han jugado un papel gravitante en la lucha contra la corrupción en las últimas dos décadas. Desde denuncias por crímenes de lesa humanidad hasta conexiones entre narcotráfico y política, los casos descubiertos por sus equipos son ejemplos de reportería en profundidad. Este es apenas un vistazo a una historia  fructífera que tovadía no ha sido contada.

Transcurre el año 1994 y Ricardo Uceda, uno de los periodistas que reveló los asesinatos cometidos por el Grupo Colina en La Cantuta, se dispone a viajar a los Estados Unidos. Uceda acaba de concluir una etapa de nueve años en la revista Sí. Allí, junto a César Hildebrandt y Edmundo Cruz, define su perfil de tenaz reportero de investigación. En Estados Unidos evalúa los aciertos y fracasos de las unidades de investigación de los principales diarios de referencia. De esas visitas Uceda extrae certeras conclusiones: comprueba que solo destacan los equipos liderados por jefes con visión y olfato para descubrir casos propios, jefes que no intentan ser héroes ni son adictos a las declaraciones públicas y cuyos equipos se concentran en temas que pueden generar un impacto en la opinión pública y en el poder político o económico. Con esas ideas, Uceda regresa al Perú y en enero de 1995 asume la dirección de la Unidad de Investigación del diario El Comercio.

Para Uceda la selección de su equipo de reporteros se vuelve una de las decisiones más difíciles. Escoge a un grupo de periodistas con diferentes perfiles pero cuyo interés converge en dedicar el grueso de su tiempo a la investigación. “Tuve la suerte de encontrar a personas como Liz Mineo, que ahora tiene éxito en los Estados Unidos; Julia Urrunaga, con una mentalidad investigadora excepcional; Kike Flor, quien luego fue jefe de la unidad de Canal 2; Miguel Ramírez, quien luego fue jefe de la unidad de El Comercio y es uno de los mejores periodistas de investigación que tenemos, y Javier Casas, quien fue mi asistente y era abogado, pero terminó siendo el periodista con mejores fuentes en el Poder Judicial”, recuerda Uceda.

Pero no todas las sugerencias que recibe en su viaje a Estados Unidos le sirven. Uno de los directores con los que traba amistad le cuenta que decidieron cerrar su unidad de investigación porque los periodistas en grupo trabajan menos. Uceda, por el contrario, cree que es esencial el trabajo en equipo. Los seis años que pasa al mando de la Unidad de Investigación, de 1995 al 2001, terminan por darle la razón. En un contexto tan álgido, la cohesión de grupo es fundamental para adentrarse en los laberintos de la corrupción y los juegos del poder. Gracias a esa premisa, la unidad llega a conocer cómo operaba el gobierno autoritario de Alberto Fujimori a niveles inalcanzables para otros periodistas.

 

“Ahí donde los poderes del Estado fallan, donde el sistema esta podrido y la crisis golpea, allí precisamente reacciona el buen periodismo”.

 

En 1988 el periodista Ángel Páez, el primero en denunciar a Telmo Hurtado, infame autor de la masacre de Accomarca, viajó a Arizona invitado por la Universidad de Tucson. En su estadía conoció a profesores con experiencia en periodismo de investigación y ganadores del Pulitzer, como Virgilio Escalante, de Los Angeles Times. Esta experiencia lo estimuló y retornó al país con la idea de forjar una unidad de investigación en el diario La República. En Lima, le planteó la idea al director Gustavo Mohme Llona, pero este la desestima. Dos años después, en el preámbulo de las elecciones de 1990, Páez vuelve a lanzar su propuesta y esta vez Mohme Llona acepta. “Quería darle un mejor contenido al diario. En esa perspectiva, consideró que la producción periodística del equipo de investigación podía aportar”, recuerda Páez. La unidad nació el 15 de febrero de 1990 y, desde entonces, ha sido dirigida por él.

Páez tuvo un cuidado quirúrgico al momento de seleccionar a su equipo. “Me dieron autorización para reclutar colegas de otros medios con experiencia en coberturas de investigación. En principio convoqué a Mónica Vecco, Francisco Matos y Francisco Reyes”, refiere. Al igual que en El Comercio, esta unidad se convirtió en un semillero; muchos jóvenes reporteros fueron entrenados durante varios años por Páez y luego emigraron a otros medios impresos y televisivos.

 

Contra viento y marea

Que ambas unidades hayan surgido en la época de la dictadura de Fujimori no fue una casualidad. Allí donde los poderes del Estado fallan, donde el sistema está podrido y la crisis golpea, allí precisamente reacciona el (buen) periodismo. En 1906, un grupo de periodistas estadounidenses denunciaron la corrupción del presidente Theodore Roosevelt y fueron bautizados por éste con el nombre de muckrakers (rastrilladores de estiércol). Más tarde, los rastrilladores volverían a golpear, esta vez contra el millonario John Rockefeller, acusándolo de estafar a sus trabajadores para crear su imperio. El periodismo de investigación, según Daniel Santoro, floreció en esa época. No es casualidad, entonces, que noventa años más tarde, a inicios del gobierno más corrupto de nuestra historia, los dos principales diarios del país fundaran, con Páez y Uceda a la cabeza, sus unidades de investigación.

Ambas equipos han tenido una producción fértil. En 1997 la unidad de El Comercio descubrió que desde el Ministerio de Salud se pretendía la esterilización forzada y sistemática de mujeres de bajos recursos. La campaña provocó decenas de muertes y arruinó las esperanzas de maternidad de miles de mujeres humildes. En 2001 la unidad se enfocó en el llamado fraude de la fábrica de firmas falsas. Uceda recuerda que la investigación nació de un testigo que hacía pintas para los fujimoristas y había estado en un edificio, junto a cientos de personas, falsificando firmas. “Faltaba poco tiempo para las elecciones y pudimos haber sacado solo ese testimonio, pero nos preguntamos cómo podría tener mayor impacto. Así que decidimos trabajar día y noche durante veinte días. Fue el único caso en el que estuvimos todos. Fue muy difícil”, recuerda Uceda. La denuncia fue un duro golpe al gobierno y robusteció la postura de quienes aseguraban que se cocinaba un fraude. Los testigos, con ayuda de El Comercio, tuvieron que salir del país por su seguridad.

Edmundo Cruz llegó a La República en 1997. Unas semanas después de su ingreso ya estaba publicando reportajes sobre casos de corrupción y violaciones de los derechos humanos. Cruz provenía de las canteras de la revista Sí y cuando se incorporó a La República continuó con sus denuncias de los crímenes del Grupo Colina. Una fuente confidencial lo ayudó a identificar a los miembros de esta banda paramilitar y a desmentir las versiones oficiales que los protegían. “El Gobierno decía que el Grupo Colina era un invento de la prensa. Nosotros demostramos que eso era falso, publicamos la planilla del SIN”, recuerda Páez. Un caso más: los inservibles aviones MiG-29 comprados en Bielorrusia. Páez, quien dirigió aquella investigación, contó que le ofrecieron US$150 mil por no publicarla y, ante su negativa, lo amenazaron y difamaron en los diarios chicha. No se dejó amedrentar y en el 2003, por esta investigación, Fujimori fue declarado traidor a la patria por el Congreso.

Investigación

Ángel Páez, jefe de la Unidad de Investigación, y Edmundo Cruz. Durante más de 18 años trabajaron casos de corrupción y derechos humanos. Foto: La República.

 

En tiempos difíciles

“Yo creo que es un buen momento para el periodismo en el Perú, pero no necesariamente para la investigación. Hay muchos medios, muchos periodistas y medios independientes. Para los efectos del interés público, digamos que hay un montón de fisgones”, señala Uceda. Su principal crítica apunta a la falta de recursos. En marzo de 2014 la unidad que alguna vez dirigió en el diario El Comercio fue víctima de este problema. Su entonces director, Fritz Du Bois, decidió cerrarla por considerar que era un gasto innecesario. Los tiempos y modos de trabajo habían cambiado. Era impensable que un grupo de periodistas se dedicara a investigaciones durante semanas e incluso meses, sin publicar. Menos de un año después, con Fernando Berckemeyer al mando del diario, la unidad fue reactivada. El nuevo director entendía que el peso de la unidad no radicaba en su producción diaria, sino en la trascendencia de sus revelaciones.

Según Uceda, los casos mal llevados, como el de las agendas de Nadine Heredia, son otro síntoma de la crisis del periodismo de investigación. “En ese caso, yo estoy convencido de que hubo investigación, pero en ese trabajo aún no se sabía lo fundamental: si ella llegó a tener o no esos 7 millones que anotó, dónde están, cómo es, ese debería ser el final, el resultado”, afirma.
Páez comparte esta opinión. Cree que dicha investigación incumple una regla básica: la originalidad. “Se supone que se deberían hacer investigaciones que nadie más tiene. Pero en el caso de las agendas la tienen 4 o 5 medios y todos trabajan con la misma fuente”, señala con preocupación. Otro rasgo que marca el deterioro de la especialidad, dice Páez, son las supuestas investigaciones basadas en audios o correos robados y que no toman en cuenta que estas pruebas están prohibidas. “Lamentablemente, no verifican. Se le da mucha prioridad a lo que llama la “denunciología”. Acusan y no les importa si la otra persona ha dado su versión de los hechos”, asegura.

Para ninguno de los dos, sin embargo, el panorama es del todo negativo. Páez rescata que cada vez con más regularidad algunos periodistas se animan a trabajar con plataformas propias y al margen de los medios tradicionales. “Me refiero a Ojo Público, Convoca e IDL-Reporteros. Gracias a la calidad de sus investigaciones ahora los grandes medios se cuelgan de sus hallazgos y los rebotan”, admite. Otro rasgo positivo es el periodismo colaborativo en el que reporteros de distintos países se embarcan en investigaciones conjuntas. Para Uceda, los medios independientes son la mejor alternativa. En las universidades, queda la tarea pendiente de enseñar a hacer periodismo de investigación a los estudiantes. “Debería ser un curso obligatorio”, propone Páez. Si no formamos ahora nuevos periodistas de investigación, ¿quiénes destaparán las interioridades del poder político y económico?