Aunque la comunidad musulmana en Lima es percibida como distante, en la mezquita de Magdalena las puertas están abiertas para todos los que muestren interés por este credo religioso. Es el principal templo del islam en Lima y está en el jirón Tacna, escondido entre calles parecidas y la sombra de los árboles. Su existencia pasa desapercibida para los limeños. Tan desconocidos son los dogmas y rituales del islam que muchos peruanos asocian esta fe con la violencia. Craso error. Los miembros de esta comunidad, muchos de ellos de origen peruano, son pacíficos y viven sin problemas en nuestro país. Esta es una inmersión en la mezquita ‘limeña’ que busca descubrir a su gente.

Por César Cavero

La música que suena te transporta al Medio Oriente. Allāhu Akbar, significa “Dios es grande” y es la frase que más se repite en los rezos. Assala malekum o “La paz sea contigo”, es la forma en la que saludan los musulmanes.  Las túnicas, las barbas, los textos indescifrables en las paredes te hacen pensar que estás en alguna ciudad árabe. Lā ‘ilāha ‘illā-llāhu Muhammadun rasūlu-llāh, se escucha la profesión de fe, “Atestiguo que no hay más Dios que Alá y que Mahoma es su profeta”. Pero no estás en Medio Oriente ni escuchando música. Estás en la mezquita de Lima, el centro religioso para los practicantes del islam más importante del país; y lo que suena es el adhan, el canto con el que se avisa a los musulmanes que llegó la hora de rezar.

Se cree que el adhan espanta al diablo y lo aleja cada vez que se recita. Se escucha cinco veces a lo largo del día. Minutos después, los fieles se forman en líneas en la mezquita y rezan juntos. Quienes no pueden ir lo hacen donde se encuentren. “Es mejor rezar en grupo. Agrada más a Dios”, me comenta Layachi, uno de los dos encargados administrativos de la mezquita. Todos deben limpiarse para “dirigirse a Dios”. Por ello tienen que hacer la ablución: se lavan las manos, los pies, la boca, la cara y las orejas. Deben hacerlo tres veces. Así quedan puros para hablar con el Creador. Ingresan a la mezquita. Está prohibido estar con zapatos en el área alfombrada. “Como rezamos sobre ella, queremos mantenerla limpia”, explica Layachi. Ahora deben colocarse en dirección a La Meca y realizar una serie de movimientos que parecen coreografiados. Se paran, se doblan, se arrodillan, se postran. Todo en silencio. Todo con fe.

El islam es una religión de origen árabe, erróneamente vinculada por muchas personas con el terrorismo o fanatismo debido a hechos de violencia registrados en distintas partes del mundo. Por ello, lo primero que hacen las autoridades islámicas es desmarcarse del terror: “El islam es una religión de paz”. En el periódico mural de la mezquita, nomás a la entrada, hay un folleto que dice “Islam no es una religión de extremismo”. Son cinco sus pilares. La shahada, la profesión de fe; que consiste en recitar con fe y convicción que Alá es el único Dios y Mahoma su profeta. El salat, denominación que reciben los cinco rezos diarios. El ayuno, especialmente en el mes de Ramadán, donde no se ingieren alimentos desde el alba hasta el ocaso. La limosna, fijada en 2.6% de lo que se gana en el año, que se puede entregar directamente a quien lo necesite. Y la peregrinación a la ciudad de La Meca, que todo musulmán debe hacer al menos una vez en la vida, si le es posible.

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La mezquita de Magdalena no es en realidad una mezquita. Es un lugar adaptado para la oración y la reunión. En 1986, el palestino Miguel Abdalá Hamideh donó su casa a la comunidad. Eran por entonces cerca de 300 musulmanes viviendo en Lima y les urgía un lugar donde practicar su fe en comunidad. Se ambientaron dos oratorios, uno para hombres y otro para mujeres. El oratorio de hombres es una sala de regular tamaño con las paredes adornadas con maderas blancas que forman una repisa para colocar libros a la disposición de todos. En una de las esquinas, una pequeña escalera de madera, que no tiene más de tres escalones y en la que el shiekh, el líder religioso de la mezquita, se ubica para dar el sermón del viernes, hace la función de quibla e indica la dirección hacia La Meca. Y, si no basta, en el piso unos elásticos direccionan. A la musallah, oratorio en árabe, se accede a través de una gran sala, la más extensa del edificio. Al cruzar la puerta principal, grandes arañas cuelgan del cielo. En las paredes se distinguen cuadros que retratan La Meca y escritos de las suras (versos) del Corán, el libro sagrado de los musulmanes. Ambos ambientes están alfombrados y destaca la belleza de la arquitectura al interior de la mezquita.

PAZ. La mezquita de Magdalena es un oasis de tranquilidad y silencio dentro del caos limeño. FOTO: César Cavero.

¿Y el oratorio de las mujeres? Para ellas hay una modesta y pequeña musallah, a la que se ingresa solo por una puerta lateral del edificio. De igual forma, alfombrada y con guías. Tiene un pequeño almacén de velos para asegurarse que se cumpla el código de vestimenta femenino al interior del oratorio. No distinguimos aquí, sin embargo, la escalera  que vimos en el otro salón. No la necesitan. La mujer no dirige ni da el sermón si es que hay un hombre que pueda hacerlo. Y, en el improbable caso de que solo haya mujeres en la mezquita, aquella que posea el mayor conocimiento del islam dirigiría la oración, pero desde el llano, en medio de las fieles. No puede destacar. “La mujer musulmana no debe llamar la atención”, me explican algunos fieles. Incluso en la oración.

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Treinta años después de la fundación de la primera mezquita en Lima, hoy se proyecta la construcción de una más grande. Los trámites están en curso en la Municipalidad de Magdalena. El número de musulmanes creció y asciende a dos mil, aproximadamente. La mitad de ellos son migrantes. La mayoría, árabes. Es el caso de Ahmed, Layachi y Youssef. Los tres trabajan en la mezquita. Los dos últimos son los encargados administrativos, mientras que el primero es el shiekh, el equivalente a un cura. También se le conoce como imam.

Layachi es de Argelia y Youssef de Marruecos. Ambos trabajan para la Asociación Islámica del Perú, y se dividen labores entre la mañana y la tarde. Los dos están casados con peruanas. Un marroquí a quien conocí en la mezquita, también llegó a Lima tras casarse con una peruana. Es algo más común de lo que parece. “¿Se conocieron en Marruecos?”, le pregunto. “No, por Facebook, como casi todos”, me cuenta.

Ahmed es egipcio, y es un hombre muy alto. Ronda los dos metros. Estudió religión en su país y se preparó para ser shiekh. Dirige la comunidad de la mezquita de Magdalena desde hace dos años y medio. De los dos mil que hay en Lima, él calcula que 150 se reúnen regularmente, sin impedimentos de agenda. Como líder religioso, la metáfora del pastor no le es ajena. En una ocasión me pidió si podía fotografiar el rezo del viernes al mediodía, el más importante de la semana, para que pueda tener un registro de quiénes acudieron. Así, si alguien empieza a faltar, él puede averiguar si está enfermo o necesita ayuda.

Dice sentirse cómodo en el Perú. Yo quiero saber cómo llegó desde Egipto a Lima para encargarse de una mezquita en un país mayoritariamente católico. “Ellos me mandaron”, me cuenta. “¿Quiénes son ellos?”, pregunto. “¿No los conoces?”, responde pícaro y riéndose. “Yo trabajo para una organización. Ellos me mandaron”.

El shiekh Ahmed trabaja para la Organización Internacional de Memorización del Sagrado Corán, que pertenece a la Liga Mundial Islámica, y busca promover el conocimiento del islam y el desarrollo de los musulmanes. Es de orientación suní. El islam está dividido en dos ramas principales, la suní y la chií, por polémicas que se remontan a los tiempos de Mahoma. Ahmad, un suní con quien conversé en las escalinatas de la mezquita describe a los chiíes como “unos rebeldes revoltosos”. Sin embargo, el shiekh Ahmed asegura que no hay división dentro de la pequeña comunidad musulmana limeña. “Acá no vemos si es suní o chií. Acá todos somos musulmanes”, sentencia.

Cuenta que no ha sido testigo de ningún incidente de intolerancia religiosa o de islamofobia durante su estancia en el país. Sin embargo, le sorprende lo lejano que resulta el islam para el peruano promedio. “No me molesta esa distancia, me sorprende y no me gusta, porque yo soy musulmán pero tengo que aprender algo de los cristianos, de los judíos”, me confiesa.

EN ORACIÓN. Los fieles escuchan atentamente al shiekh durante el sermón del viernes. FOTO: Césa Cavero.

La mitad de la comunidad es de origen peruano, y casi todos son conversos. Ellos también debieron enfrentarse a esa distancia. Ahmad, abogado peruano converso, conoció el islam cuando su hija le contó que tenía un nuevo amigo musulmán. “Ni me lo traigas a la casa”, le dijo por entonces. En esos días usaba el nombre que figura en su DNI: Víctor. Años después, él también sería musulmán, y debió sentir en carne propia lo mismo que el amigo de su hija. “Te dicen lo clásico. ¡Ah, estás con los terroristas!”, recuerda cómo reaccionó su familia. Aisha también es una peruana conversa. Anda por las calles vistiendo el hijab, una túnica holgada que la cubre hasta los tobillos y un velo que solo deja a la vista el rostro. Cuenta que hay quienes se quedan mirándola en las calles, e incluso señoras que en verano le preguntan si eso no le da calor. “Pobrecitas, deben ser menopáusicas”, ríe. “Será negro, pero es una tela muy delgada. Yo ando totalmente fresca”. Sin embargo, años antes solía llevar el niqab, túnica que cubre totalmente el cuerpo y solo deja a la vista los ojos y las manos. Esta prenda le causó más problemas en la cristiana sociedad limeña. Desde incidentes curiosos en el que un niño llegó a ella en su bicicleta, emocionadísimo, para preguntarle: “Señorita, ¿usted es ninja?”, hasta el hostil trato del vigilante de una agencia bancaria. “Señorita, quítese la máscara”. “Quítatela tú primero”, respondió Aisha, y siguió su camino. Por estos incidentes decidió cambiar el niqab por el hijab.

El testimonio de conversión más peculiar fue el de José, un ingeniero electrónico a quien conocí un sábado en la mezquita. Me vio con mi mochila al hombro y la cámara fotográfica en la mano. “¿Eres periodista?”, pregunta. “Estudiante”, respondo. Le explico qué estoy haciendo, y le pregunto: “¿Eres peruano?”

—Sí.
—¿Converso?
—No, reconverso.
—¿Reconverso? ¿Cómo es eso?
—Musulmán significa sumiso a Dios. Cuando nacemos, todos somos musulmanes porque todos somos sumisos a Dios. Ya con el tiempo uno se va. Yo regresé —me dice José, que ahora se llama Yussef.

Ese sábado era fiesta en el calendario musulmán. Se recordaba el día en que Moisés abrió el mar para dirigir a los judíos fuera de Egipto hacia la Tierra Prometida. La doctrina islámica tiene puntos de encuentro con el judaísmo y el cristianismo. Las tres religiones rezan al mismo dios: Jehová, Yahvé y Alá son solo nombres distintos. El islam reconoce a Moisés, Abraham o Jesús como profetas enviados por Alá para transmitir su mensaje. Mohammad aparece como el último profeta, el más importante. Fue enviado por Dios para guiar a la humanidad, que había malinterpretado el mensaje de sus predecesores. Para los musulmanes, Jesús (o Isa, en árabe) es profeta de Alá, pero no su hijo. Y, como los cristianos, aguardan por su segunda llegada a la Tierra.

SHAWARMA. Tras el sermón, siempre hay momento para que la comunidad mulsumana comparta sus alimentos. FOTO: César Cavero.

Era día de ayuno, una fecha importante. Yussef me había contado que tras la puesta del sol “los hermanos” se juntarían para romper el ayuno. Me invitó a compartir la cena con ellos. Sería mi segunda comida en la mezquita. La primera vez Layachi me invitó a la cocina para comer con otros hermanos musulmanes. Había cocinado un plato argelino llamado durmal, que para mi mala suerte llevaba aceitunas (que preferiría no tenerlas en la comida). El té había llegado desde Irán. Ese sábado de ayuno, sin embargo, Mahmoud, quien vino de Egipto hace seis años y es pionero en la venta de shawarmas en Lima, cocinó un plato egipcio para 70 personas.

En una mesa larga estábamos peruanos y extranjeros. Árabes residentes y musulmanes de paso en el Perú. Ni bien se puso el sol, uno de ellos que vino por negocios desde Afganistán, empezó a repartir las frutas que había llevado a quienes estábamos en la mezquita. Luego me preguntó en un inglés masticado si la cena era pagada. “Es gratis para toda la comunidad”, le dije. El plato era egipcio, pero, para mí, sabía igual al estofado de mi abuela. Un árabe desde el otro lado de la mesa me preguntó: “¿Qué tal comiendo árabe por primera vez?”. “Muy rico —le dije— sabe como un plato peruano llamado estofado”. Luego me dijo algo que me desconcertó. “Llevo cinco años en el Perú y hasta ahora no he probado comida peruana, gracias a Dios”.

¿Cómo puede alegrarse por no haber probado nuestra comida? ¿No sabe acaso que la comida peruana es una de las más exquisitas del planeta? Me chocó, pero me quedé callado. Yo no era ni musulmán y estaba comiendo de su plato. No me podía quejar.

Tiempo después comprendí lo que me quiso decir. Conversando con el sheikh Ahmed, en un pequeño salón al lado de la mezquita donde dictan clases de árabe y de doctrina islámica, me explicó. “Nosotros siempre decimos alhamdudillah, que es ‘gracias a Dios’. Si nos pasa algo bueno, damos gracias a Dios. Si nos pasa algo que parece malo, damos gracias a Dios. Porque solo Dios sabe qué es bueno para nosotros, por eso nos da lo que nos da. Nosotros no sabemos lo que Dios sabe”, me deja en claro.

Comprendí, entonces, que mi interlocutor de esa tarde no se alegraba de no haber probado nuestra comida, sino que agradecía a Dios por lo que le había tocado vivir, y lo que no. Desde que entré por primera vez en contacto con el islam, me llamó la atención esa fe interminable en Alá y la confianza de que todo lo que les sucede es por designio de Él. Esa fe inagotable que los lleva a rezarle cinco veces al día y a limpiarse para dirigirse a Él, y a postrarse en el suelo para dejar en claro que se someten ante Él, que lo aman y lo temen. Esa capacidad inmensa de creer en que todo lo que sucede, sucede porque Dios lo decide así. Esa capacidad inmensa de creer en un ser superior. Yo no puedo creer de esa forma, pero cuánto me gustaría poder hacerlo.