Es la rubia más conocida del Perú. Su presencia en los set de televisión ha sido suficiente para elevar el rating de muchos programas nocturnos. Todos le reconocen sus dotes de showoman, pero pocos saben que también es una businesswoman. Marcó un hito en el espectáculo peruano: entre las vedettes de ahora ella es un ícono. Damas y caballeros, sin más preámbulo, la bufonesca, pero erótica…la artista y excongresista… Susy Díaz ¡aplausos!

Susy Díaz calcula su tiempo como si tuviera los días contados, pero el estrés de las horas y los minutos no le borra la gracia y sensualidad ante un par de cámaras o un micrófono. Contactar con ella es fácil, pero coordinar un encuentro es complicado debido a la atareada agenda que posee. Bueno, ese es un problema para los demás, pero no para ella. Es la mujer que soñó ser cuando era tan solo una niña que decoloraba su inocente cabello con agua oxigenada, mientras veía la telenovela ‘Nino’ o el programa concurso ‘Lo que vale el saber’. Quería ser reconocida, quería brillar, quería… quiere… lo es.

– ¿El jueves está bien?

– Sí, pero yo te llamo para darte la dirección porque ahora estoy en un taxi yendo a un evento.

– Entonces el jueves a las…

– Sí, sí. Chau.

Directa. Simple. Ella siempre tiene la última palabra.

Las últimas dos semanas se convirtieron en una odisea telefónica para que Yvone Susana Díaz Díaz (51), más conocida como Susy, aceptara sentarse a charlar un rato, pero siempre bajo sus condiciones.

Susy Díaz ya no vive en Surco, ahora es una vecina de Salamanca, Ate. Pasa el poco tiempo libre que le queda descansando en su casa verde militar, de tres pisos, frente a un conocido parque cuyo nombre, por discreción, prefiere no divulgar. Un espejo heptagonal adorna la puerta de su domicilio. Es una prueba de identidad si en verdad uno/a es digno/a de pasar por esa puerta.

Se abre la puerta.

La mano derecha de Susy mantiene una relación sentimental de años con su celular. El celular y su mano. Su mano y el celular. Se desprenden pocas veces, son el uno para el otro. Susy, con su coqueta y delicada voz, conversa y ríe con un amigo que la llama desde el extranjero. Pasea por el patio exterior, ingresa a su casa, camina por su sala y va directo a su habitación. Se ve feliz.

La sala, de paredes color hueso, parece mucho más pequeña por el espacio que ocupan una mesa de estar, un sofá, un sillón y cuatro sillas. Todos del mismo color: rojo, como la sangre de Cristo. La atmósfera es relajante y segura debido al sonido que emite una diminuta cascada artificial y por una serie de objetos con presuntos poderes místicos: la estatua de un Buda, la figura de dos elefantes, una piedra de cuarzo encima de una cantidad considerable de dinero –soles y dólares– y un ramo bendecido con una hoja de sábila colgado en la parte superior de la puerta que permite el ingreso a la sala. Ni brujas ni demonios se atreverían ingresar, al menos, a esa cándida sala.

 

“La mano derecha de Susy mantiene una relación sentimental de años con su celular. El celular y su mano. Su mano y el celular. Se desprenden pocas veces, son el uno para el otro”.

 

Al lado del sofá escarlata, una reducida mesa de madera aguanta el peso de una Biblia de gran tamaño abierta alrededor de la mitad. Al lado de esta, tres fotos marcan varias etapas de Susy Díaz: la foto de su nieto Adriano cuando tenía tan solo unos meses, una de ella cuando era congresista y otra –que parece reciente– en la tranquilidad de su cocina. Encima de aquello, dos gigantografías de los Diez Mandamientos marcan un símbolo de cristiandad en la rojiblanca sala de Susy. En efecto, el fervor religioso heredado de su madre sigue vigente. Todavía recuerda cuando le sugirió que fuese monja; en cambio, su padre apoyó la idea de que se convierta en artista. Eligió la segunda opción, pero la primera nunca murió, sigue presente a pesar de los años.

Susy se recuesta en el sofá carmesí como una lívida amante victoriana. Su rostro, a pesar del cansancio y la marca de los años, rinde un fiel homenaje a la Marilyn de Warhol: sombra azul en los ojos de pronunciado delineado, una larga pero opaca cabellera rubia y unos labios carnosos como si estuviesen incrustados de rubíes sangrantes.

Queda muy poco de la joven que ganó el Miss Tanga Internacional 1985 y el Miss Modelo Escultural 1986. Susy no luce uno de sus cortos y apretados vestidos, sino tan solo un top naranja, unos blue jeans y unas sandalias negras. Su figura se asemeja a la de Jessica Rabbit, cuyo retrato apareció alguna vez en una gigantografía en el set del sketch ‘Consultorio de la Dra. Corazón’ del programa ‘El Cartel del humor’ de canal 9.

Susy Díaz

Ilustración: Cecilia Herrera

Susy siempre tiene compromisos que cumplir… o bueno, al menos, parece así. “Hoy me presento en la discoteca Vento de Santa Anita, el viernes en Pro y el sábado en Puente Piedra. Y mañana tengo que ir a grabar en el nuevo programa de Alessandra Rampolla. Pero a veces hay semanas en las que no tengo nada”.

Susy siempre ha amado su carrera por sobre todas las cosas. Una semana sin trabajar es como un puñal directo a su trayectoria. Pasaron años para que volviera a tener un contrato estable con un canal (Latina). Eso le exige sacrificar varias horas del día y la noche. “El poco tiempo que me queda es para dormir”.

Perder una tarde o un almuerzo en familia o con amigos es válido para Susy cuando una hace lo que le apasiona. En una entrevista, en 1991, con un bisoño Jaime Bayly, Susy destaca la apreciación a su entonces joven carrera. “Yo amo mucho mi carrera artística. Lo que soy se lo debo a los periodistas. Las críticas me ayudan mucho. Nunca me molesto de lo que hablan de mí”.

Esa autoexigencia de posar frente a una cámara, ser entrevistada por los medios, salir en las primeras planas, actuar erótica y sensual frente a su público o estar en un set de televisión esconde una necesidad de libertad. La sintió por primera vez cuando era una adolescente en un hogar conservador, y dejaba de pensar como una niña. Ese deseo de ser… otra. “Bueno, cuando era niña, mi mamá no me dejaba salir. Más paraba en la casa con mis hermanos, con la familia. Salíamos a visitar a alguna tía, a algunos primos”.

Para suerte de Susy, o por haber rezado mucho, consiguió vincularse desde muy joven con la televisión. “Yo trabajé de recepcionista en Panamericana Televisión cuando salí del colegio en 1984. Al poco tiempo ya estaba en ‘Risas y salsa’ y ‘Yo te mato Fortunato’ como extra, fue algo maravilloso salir por primera vez en la televisión”.

Pronto se dio cuenta que ese mundo de luces, brillo y lentes era falso y estaba lleno de envidias. No podía formar verdaderas amistades. Tan solo falsas sonrisas como saludos. “En la televisión no hay amigos artistas. Siempre hay envidia, te quitan la plata, el trabajo, el marido, no hay una verdadera amistad. Siempre te envidian, hablan mal de uno”.

Pero Susy siempre aspiró a más, no quería ser una vedette del montón. Buscaba trascender, no quedarse como una figura del momento. Su relación con Polo Campos ayudó a su popularidad. Estudió tres años arte dramático en el Club de Teatro de Lima y baile con el profesor Juan Carlos Próspero. Quería que su imagen perdurase en la mente de los peruanos, quería entretener con sus performances a una sociedad entonces rodeada del horror y la tragedia.

Sus famosas dietas eróticas inmortalizaron su carácter como una pícara maestra del doble sentido. “Las dietas me nacen del momento. Por no decir poses, mejor digo dietas con doble intención. Por ejemplo, si estoy en Rioja, hacerlo hasta que se te encoja. Tiene que ser algo que rime. O la dieta de la verdura cocida: hacerlo de amanecida y quedar retorcida. Por ejemplo en el gimnasio: la dieta de la sandía, hacerlo todos los días, pero en el gimnasio ah… Allí hay como un doble sentido”.

 

“En la televisión no hay amigos artistas. Siempre hay envidia, te quitan la plata, el trabajo, el marido, no hay una verdadera amistad. Siempre te envidian, hablan mal de uno”.

 

Tan solo en un breve momento una Susy nostálgica, a punto de quebrarle su voz, sale a relucir atravesando toda la capa de maquillaje. Es cuando recuerda su paso por el Congreso. “Estoy orgullosa de haber llegado al Congreso. Hay tantos artistas que no lo pudieron lograr. Para mí fue una sorpresa bonita porque candidateé sin ambición de llegar, y me dieron el número 13 –nadie quería el número 13 porque traía mala suerte. Fue algo maravilloso que me mandó Dios. No invertí ni un sol, y Dios, cuando uno no ambiciona nada, te lo manda”.

Suena el celular una vez más.

El tiempo terminó. Susy debe volver a trabajar con su imagen. Las llamadas no paran y una entrevista así no la beneficiaría como quisiera. Fue más bien una acción de caridad para ella.

El celular sigue vibrando. Debe alistarse para trabajar más tarde en una discoteca del norte de la ciudad.

Entre los pensamientos de Susy surge la idea de cómo le gustaría ser recordada por aquellos peruanos que la han seguido. Los que la ven ahora, en sus esporádicas apariciones en la televisión local, tal vez ya no sueñan con ella. No era así hace treinta años, cuando su silueta asomó en la pantalla por primera vez; o en los noventa, cuando salió a la calle con diminutos trajes de lentejuelas, y el número 13 dibujado en la nalga derecha. Entonces, cientos volteaban para contemplarla y desnudarla con los ojos. No es difícil imaginar cómo querrá ser recordada.