Por Eduardo Villanueva*

Nada más lejano de mí el pretenderme discípulo de Pepe León, el entrañable profesor de filosofías y lenguas orientales que hace muchas décadas dirige el Centro de Estudios Orientales de la universidad. Apenas llevé medio curso de Griego, el que tuve que dejar por razones burocráticas; aprecié mucho su sutileza, su trato ligero para hacernos entrar a un tema que sonaba abstruso y lejano, su sentido de humor y su bonhomía. Ya hace más de 30 años era una institución, que mis mayores en esa especialidad por la que apenas pasé me referían como alguien distinto. No era solo las temáticas que enseñaba; era la erudición tranquila, descomplicada, que transmitía. Como si ser orientalista no requiriera esfuerzo.

Claro que lo requiere. Sus años dedicados a estudiar la cultura, el lenguaje y la filosofía de la India, que apenas eran uno de sus saberes, fueron quedándome claros conforme lo traté más, ya no como alumno, sino como un algo pretencioso profesor joven que tuvo la suerte de hacer amigos que me llevaron a más amigos. A través de esas conversaciones, sin apuro y sin agenda, tuve la oportunidad de apreciar más el contraste entre el poderoso estilo de aprender y enseñar, de hacer humanidades y universidad, que representa el profesor León; de entender mucho mejor cómo ha cambiado el Perú desde la posguerra del 45; como nos hemos enriquecido pero lo que hemos perdido en el proceso.

Los tiempos formativos del doctor León son los de un Perú muy distinto, de una Lima mucho menos agobiada por las mareas modernizantes, finalmente truncas, que vendrían en las siguientes décadas. Todo estaba en el Centro, comenzando por las universidades: San Marcos en la Casona del Parque Universitario y la Católica en la Plaza Recoleta o Francia, con unos 900 metros de distancia, pero con un mar de cafés, bares, librerías, cines y teatros en medio, y con superposición de profesores y alumnos, y coincidencias de cursos y preocupaciones. Sin duda San Marcos ya era una universidad en la que la política preocupaba activamente a los alumnos; no así la Católica, que era pequeña, casi familiar, con profesores que eran eruditos, leídos, y no todos eran especialistas. Todo era mucho más simple, con mucha más cercanía entre todos, con profesores que, si no eran parientes o amigos de los padres de los alumnos, tenían alguna relación, algún contacto, que les permitía establecer relaciones de confianza y colaboración intelectual muy rápidamente.

Al mismo tiempo, el mundo iba más despacio. Los saberes humanistas predominaban, las ciencias sociales no eran todavía centrales para entender el país, y los documentos llegaban, despacio y en poca cantidad, pero lo suficiente para que alguien que quisiera aprender sánscrito pudiese encontrar la manera de hacerlo, incluso con ayuda de autodidactas. También salir del país no era una competencia, era una oportunidad que aparecía. También llegaban las influencias extranjeras, los exiliados que abandonaban la Europa destruida por una vida distinta en el que todavía se llamaba el Nuevo Mundo. El Perú, casi el final del camino, no recibía como Argentina, o Brasil, o incluso Chile, pero tuvo presencias importantes, que marcaron el camino de una universidad que buscaba su lugar, a medias entre la erudición como reflejo de las tradiciones europeas, y naciones en pleno crecimiento, que necesitarían intelectuales y universidades muy distintas muy pronto.

En estas décadas las humanidades se han transformado, pero no han perdido contacto con su preocupación original, el estudiar el saber humano como expresión y reflejo de las culturas que lo originan, pero también como algo que vale en sí mismo, como un valor humano universal, que manifiesta lo que tenemos de único pero colectivo. Las humanidades conectan saberes y tradiciones y permiten descubrir lo que tenemos en común, sea en los presocráticos, las vedas de la India o las reflexiones contemporáneas.

Esa conexión entre lo que hemos sido y lo que somos, lo que podemos ser, es lo que nos provoca la curiosidad esencial por las más diversas manifestaciones del saber. Por el latín, el sánscrito o el español andino. Por la poesía de Horacio o los juegos de video.

Eso es lo que hace que Pepe León, que sigue dictando en Letras y Ciencias Humanas, nos recuerde a los académicos de hoy en día, angustiados por indizaciones o factores de impacto, que la simple contemplación es valiosa, y que la mirada de largo plazo, la longue durée, nos permite valorar más y mejor aquello que tiene de permanente el espíritu humano, entendámoslo como lo entendamos. Esa erudición lejana pero sentida, clásica pero permanente, venida de una Lima tranquila y pequeña, sigue cada semana ofreciéndonos una lección viva de la importancia de ser curiosos más allá de lo que nos interpela cara a cara. El saber que va más allá de la vida diaria es indispensable para enganchar a la universidad de hoy con el universo milenario de los intelectuales del mundo entero. Eruditos, profesores como Pepe León, nos muestran cómo.


Eduardo Villanueva. Doctor en ciencias políticas, magíster en comunicación y licenciado en ciencias de la información, en todos los casos por la PUCP. Profesor asociado del Departamento de Comunicaciones.

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