Profesor de la Facultad de Ciencias Sociales durante más tres décadas, Rochabrún ha dejado una estela en varias generaciones de exalumnos. Este es el testimonio de uno de sus más reconocidos discípulos.

Por Martín Tanaka*

Ingresé a la PUCP en el año 1983, a la carrera de derecho. Cuando postulé, creía que en las universidades solo se podía estudiar derecho, ingeniería o medicina. Tenía lejanas referencias de la existencia de otras carreras, que me resultaban totalmente incomprensibles. Recién en Estudios Generales Letras descubrí que había muchas más opciones, pero que no viene al caso contarlas acá (venía de un colegio religioso de varones en Miraflores y de una familia en la que mi generación era la primera en llegar a la universidad, así que ya pueden imaginarse).

El asunto es que desde Letras me sentí tentado de estudiar otra carrera, pero de todas formas ingresé a derecho. El primer semestre bastó para darme cuenta de que no podría haber terminado esa carrera: si bien el curso de Introducción a las Ciencias Jurídicas con Marcial Rubio fue muy interesante, el de Derecho Civil con Carlos Becerra fue, en cambio, determinante para alejarme definitivamente de esa facultad.

¿Qué debía estudiar entonces? Me interesaba mucho la historia, pero en esos años esa carrera mostraba un carácter muy conservador para mi gusto y, en cierto modo, me resultaba similar a la de derecho, en su formalismo y verticalidad. Sociología parecía una buena opción: el ambiente allí era mucho más informal y horizontal, pero tampoco me convencía, por parecerme ya excesivamente “relajado”.

Llevé un par de cursos allí, que tampoco me convencieron: sentía que en sociología había “licencia para matar”, decir cualquier cosa sin mayor rigor, hacer pasar opiniones, impresiones y preferencias como hechos con total impunidad.

Pensé entonces en estudiar economía, que entonces me parecía una disciplina más rigurosa; al menos, veía que los estudiantes de economía estaban obligados a llevar muchos cursos de matemáticas y a “demostrar” con datos y modelos la verdad o falsedad de sus ideas. Busqué entonces a varios profesores, a quienes les planteé mis dudas existenciales.

Recuerdo que Gonzalo Portocarrero me dijo que en su vida profesional le había interesado la economía, luego la política, luego la sociología, luego el psicoanálisis, y últimamente la educación; como que la especialidad no importaba tanto, sino los asuntos que uno trabajaría. Javier Iguíñiz se rió a carcajadas cuando le dije que de la economía me atraía el mayor rigor de la disciplina; y finalmente, Guillermo Rochabrún me hizo entender que debía estudiar lo que más me gustara, y que encontraría colegas rigurosos y exigentes en todas las disciplinas, y también charlatanes y embusteros.

Terminé estudiando sociología atraído por el rigor que Rochabrún procuraba inculcarnos. Ya sea a través de un implacable método socrático de enseñanza en dos cursos de Teoría Sociológica, en el desmenuzamiento exegético del primer tomo de El Capital en Sociología Económica, o en la crítica a todos los tótems de las ideas desarrollistas en el curso de Teorías del Desarrollo.

A lo largo de esos cuatro cursos quisiera creer que aprendí de Rochabrún lo más importante que tenía que ofrecernos: el ejemplo de una ética de trabajo académico riguroso, disciplinado, crítico, que procuraba desafiar sistemáticamente el sentido común, los saberes convencionales, todo aquello que damos por sentado; que no debía hacer concesiones a nuestras preferencias o expectativas políticas o ideológicas, a lo “políticamente correcto” o a consideraciones personales.

Por supuesto que no habré logrado estar a la altura de ese estándar, pero en las aulas de sociología asumí cuál era el estándar al que debía aspirar y tener como referente. Muchas gracias al maestro.


Martín Tanaka. Sociólogo. Doctor en Ciencias Políticas por FLACSO y profesor principal del Departamento de Ciencias Sociales. Columnista del diario La República.

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