Es pintora, diseñadora gráfica y sobre todo, una activista que busca la igualdad de género y la incidencia política mediante sus intervenciones artísticas. Natalia Iguiñiz estudió en la PUCP y hoy es profesora de la Facultad de Arte y Diseño. Ingresó en 1990 y desde entonces mantiene un vínculo indisoluble con esta casa de estudios.

Era una de sus primeras semanas como estudiante. Natalia caminaba por las antiguas y descoloridas casetas de la Facultad de Arte. Se dirigía a la clase de Anatomía. Quería aprender a expresarse a través de nuevas formas y pensaba que ese curso iba a enseñarle a mejorar su técnica.

Cuando terminaba de dar el último paso para ingresar al salón, se quedó petrificada mirando al modelo desnudo que se encontraba en medio de la clase. Aquel chico no tenía vergüenza alguna de mostrar sus genitales a muchachitas de dieciséis. Él posaba con tranquilidad frente a decenas de ojos curiosos. Estaba acostumbrado, Natalia no. Nunca había visto a un hombre así. Con las mejillas sonrojadas y los ojos abiertos como platos, caminó nerviosa buscando un lugar, una banca, un rincón en donde no se sintiera expuesta, mientras trataba de no mirar al frente. Más tarde diría que estaba fascinada con todo lo que escuchó, vio y aprendió en esas casetas, con ese ambiente de estudio que la hacía sentirse libre.

Natalia y sus amigas buscaron un ángulo para dibujar al muchacho. Se sentaron detrás del chico con sus cuadernos de dibujo y sus lápices, quizás esperando que nadie descubra su tensión. Luego de tomar la pluma, de esparcir un tono negro y suave sobre el papel, el rubor inicial desapareció y dio paso a la creatividad. Después de muchos años y de experiencias similares, la vergüenza es lo más remoto que ella puede sentir.

La hija de los sociólogos Manuel Iguiñiz y María Rosa Boggio sintió fascinación por el arte desde pequeña. Esa misma niña empezó a visitar la universidad en la que se formaron y trabajaron sus padres, su tío Javier y sus primos, que ahora enseñan en distintas facultades. La PUCP ha estado presente en su vida. Esa explanada verde, plácida y rectangular, la ha llenado siempre de ilusiones.

Es un vínculo que ella cultiva desde hace 27 años. Este lugar la ha visto crecer, madurar, dejar de ser estudiante para convertirse en profesora, casarse, ser madre y luego divorciarse. Este es su segundo hogar. Lo fue desde que empezó a venir constantemente cuando era niña y adolescente.

–Siento que nunca egresé – repite, mientras ríe, quizás recordando cada momento inolvidable que ha pasado en este lugar.

 

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Natalia se ha vuelto una referencia obligada cuando se habla de arte en el circuito local. Con exposiciones en salas y galerías, su trabajo es valorado y reconocido. Recientemente, el fotógrafo Mario Testino incluyó su obra en el libro “77 artistas peruanos contemporáneos”.

También es una feminista activa, conocida por sus intervenciones artísticas; provocadoras por cierto, que han puesto de cabeza a políticos y poderes establecidos. Natalia fue una de las promotoras de la multitudinaria marcha ‘Ni una Menos’ que, en agosto de 2016, visibilizó la violencia constante de la que son víctimas las mujeres, y denunció la indiferencia de un Estado que no las defiende.

 

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Natalia cuando era alumna en 1991. Foto: Archivo personal.

La idea inicial de Natalia era estudiar diseño gráfico; siempre se había sentido encandilada con ese laborioso proceso, entre artístico y funcional, que antecede cada creación impresa. Las tipografías, la combinación de colores, la forma en que se proyecta presentar un boletín, una revista, un afiche, la organización de las fotografías de una publicación, el debate constante con los diseñadores para encontrar el soporte perfecto para un contenido, una imagen, una idea. Todo eso le fascinaba.

Cuando Natalia cumplió trece, Manuel, su papá, la llevó a la imprenta donde se producían los materiales de una oenegé dedicada a la educación. Más de treinta años después ella recuerda todavía los secretos de la impresión de afiches. Fue ese acercamiento directo con la artesanía del diseño gráfico lo que influiría más tarde en sus opciones vocacionales. Observaba cómo se usaban los estilógrafos, el papel mantequilla, cómo mezclaban los tintes en la imprenta: magenta, cian, amarillo, negro, 3200 combinaciones… Un universo de colores para disparar su creatividad.

Mientras crecía su fascinación por el arte y por las técnicas que le servían para plasmar una idea o un sueño, Natalia descubrió que la PUCP era la única universidad que ofrecía una formación completa en artes plásticas. Esa fue, entre otras, la razón por la cual decidió estudiar aquí.

En el primer año de su carrera se dio cuenta de que necesitaba algo más. No era que el diseño había dejado de gustarle; trabajaba como diseñadora gráfica pero necesitaba expresarse,  experimentar y hacer públicas sus ideas, sus opiniones acerca de lo que pensaba de la situación política y social de su país, de sus frustraciones y deseos. La pintura apareció como su luz al final del túnel.

 

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Fines de los ochenta, principios de los noventa: el terrorismo senderista y la ola de violencia exacerbada que desató, se aproximan a cada esquina, a cada calle de Lima, después de irrumpir en medio país y matar a miles de inocentes. Apagones, amenazas de muerte, atentados, batidas, desapariciones, asesinatos… El Perú era un país de gente temerosa, que lloraba a sus muertos, y observaba, estupefacta, la corrupción gubernamental. La vida cotidiana de sus habitantes era extremadamente sigilosa, nadie quería meterse en problemas, mucho menos ser vinculado con los movimientos subversivos y su sistemática práctica de exterminio. Lima, la capital, se desmoronaba, mientras desde el Estado se aplicaba una política de terror y autoritarismo que agravó la crisis política, con más secuestros y desapariciones, con más persecución y encarcelamiento de opositores y restricciones a la libertad de expresión. Esos años imborrables se han quedado en la memoria de Natalia y de su generación.

Ella recuerda el 16 de julio de 1992, ese día un coche bomba estalló en la cuadra 2 del jirón Tarata, en el corazón de Miraflores. Natalia estaba cerca y escuchó el estallido. Se asustó. Se asustaron todos. Más tarde prendió la televisión y supo que 25 personas habían muerto y que 200 resultaron heridas.

– Yo conocía a gente que fue asesinada o desaparecida. Mis papás habían trabajado directamente con María Elena Moyano, una de las víctimas de Sendero.

Tal vez como un mecanismo de defensa muchos jóvenes artistas se encerraron en sus propias burbujas y se dedicaron a practicar un arte autorreferencial. Natalia y sus compañeros de clase expresaban miedos e inquietudes en sus retratos del cuerpo. Se aferraban a ellos mismos y a la abstracción que podía brindarles el arte para protegerse, para proteger su identidad.

Natalia entraba a la facultad a las ocho de la mañana y regresaba a casa a medianoche. Se la pasaba rodeada de pinturas y manchándose la ropa.  Pintaba sin parar, luego se echaba sobre el pasto a descansar mientras miraba el cielo gris de Lima. Ahí almorzaba, hacía la siesta, jugaba fulbito y con frecuencia se metía a clases o conferencias en otras facultades. La Católica era su edén.

Poco antes de terminar la carrera le propusieron ser instructora de dibujo modelado. Así fue como llegó a la docencia. Con los años las relaciones que estableció con alumnos y alumnas trascendieron la enseñanza.  Compartían más de doce horas a la semana. Muchos, a menudo con dilemas vocacionales, la buscaban para pedirle consejo. Natalia debía orientarlos y subirles la autoestima.

Natalia durante una de sus clases en la Facultad de Arte en 2011. Foto: Video PUCP.

 

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En los veranos de su infancia, Natalia pasaba las vacaciones en una casita de playa que su familia solía alquilar en San Bartolo. Así, mirando al mar, refrescándose con la brisa, escuchando el rumor de las olas, todos se olvidaban del estrés de la ciudad. En uno de esos veranos, Maruja (así es como todos llaman a su madre), tomó el pincel y comenzó a delinear sobre una pared lo que sería una quebrada rodeada de rocas y casitas en el balneario que entonces los acogía. Natalia recuerda haber observado a su madre con admiración; y este es un sentimiento que también experimentaba cuando veía a sus padres involucrados en proyectos sociales o pensando siempre en cómo cambiar el mundo, en cómo hacerlo más justo y humano.

Esa herencia contestataria empezaría a manifestarse lentamente, a medida que ella necesitaba expresar su desacuerdo, su denuncia, su protesta. En 1999 presentó una de sus primeras intervenciones artísticas con el colectivo La Perrera. El proyecto llamado Perra habl@ consistía en una serie de afiches ‘chichas’ que contenían frases basadas en lo que algunos hombres suelen decirle a las mujeres por la calle. “Si caminas por la calle y te llaman perra tienen razón porque te pusiste una falda muy corta y traicionera”.

El escándalo se desató pronto. Una señorona con mucha exposición mediática dijo sentirse indignada porque “un grupo de chiquillos han puesto en ridículo a una serie de personas e instituciones que trabajan hace más de veinte años por los derechos de la mujer”.  Perra habl@ desató otro tipo de reacciones: varios artistas plásticos comenzaron a preguntarse si era lícito utilizar el arte para el activismo social.  Al respecto Natalia sostiene que el arte existe para expresar ideas, utopías o propósitos muy concretos. Uno de ellos es ejercer el derecho a la crítica política y social.

Es esta convicción sobre el arte la responsable de otras controversias en las que Natalia estuvo envuelta. Siempre buscando cuestionar ideas y prejuicios establecidos, como cuando fue invitada a participar en una exposición sobre Santa Rosa de Lima, vinculó religión y sexualidad y desató las iras del cardenal Cipriani.

Desde pequeña, ese lado transgresor/defensor siempre ha estado presente en su personalidad. Lo aprendió de sus padres. Su madre decidió estudiar sociología en medio de la ebullición política que se vivió en los años sesenta. Veinte años más tarde Natalia se convirtió en una activista contra la desigualdad.

Y ese mundo de convicciones y derechos por los cuales luchar y expresarse es algo de lo que Natalia se siente satisfecha, a lo mejor orgullosa. “La felicidad también es eso de llevar una vida consecuente con lo que pienso y poder dormir tranquila todas las noches”, afirma mientras dirige la vista al póster de la marcha “Ni una menos”, que reposa en la pared de su departamento.

En todas las batallas personales que ha librado siempre ha encontrado voces de aliento y respaldo en la universidad. Es una activista, ha hablado sobre la legalización del aborto, sobre una sexualidad asumida sin culpas ni prejuicios. Y le gusta la libertad con la que ha podido expresarse dentro de un salón de clases.

-No solo soy profesora y exalumna de la Facultad de Arte; me siento profesora y exalumna de toda la universidad, siento que lo que pasa en cada facultad es importante para mí.

Sabe que todavía falta mucho trecho por recorrer para conquistar los derechos que corresponden a las mujeres que estudian, enseñan o desempeñan labores administrativas dentro del campus. “Una profesora que tiene hijos, por ejemplo, debería tener facilidades para hacer su tesis de maestría. También debería haber un lactario para las trabajadoras que tengan hijos pequeños y una guardería para todas: profesoras, administrativas y alumnas. Siempre hay que buscar condiciones de igualdad para las mujeres dentro de la sociedad”, sostiene Natalia.

Es un día frío y es notorio el cambio de estación. Estamos en la casa de Natalia hablando de su época universitaria y de su activismo feminista. Los diez cuadros que están colgados en las paredes de la sala me dicen que no estoy en cualquier lugar: esta es la casa de una artista, pero después de escucharla es inevitable pensar que también es el refugio-cuartel de una activista que busca y sueña con la igualdad.

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