¿Qué de común tienen la música andina y la electrónica? A primera vista parecen dos géneros diametralmente opuestos. Uno es la expresión de un legado cultural antiquísimo y está lleno de historias tan hermosas como dolorosas. El otro surgió en distintas ciudades del hemisferio norte en las últimas décadas del siglo pasado, a partir de la experimentación sonora. El primero usa instrumentos clásicos, el segundo sintetizadores y diversos aparatos electrónicos. ¿En qué, pues, se parecen? Tayta Bird no cree que sean muy diferentes. Por eso, mostrando una creatividad singular, pudo fusionarlos para crear otro género particular y revolucionario. Él lo llama ‘folclore futurista’. Conozcamos su historia y escuchemos aquí algo de su música.

Piel trigueña, cabellos negros largos hasta los hombros, un sombrero oscuro y una manta colorida que lo cubre y contrasta con la seca tierra sobre la cual sus pies brincan alegre y frenéticamente. A su alrededor, un grupo de jóvenes baila un carnaval, parecen hechizados al son de su charango. De fondo está el mar, sospechosamente inmóvil y esperando a que el sol descanse finalmente en sus entrañas. Es el video musical de ‘Danza Migrante’, un ‘folclore futurista’ —que hizo en colaboración con Gabo DJ— y que es tan curioso como conmovedor. Tayta Bird, su creador, cuenta que esta canción versa sobre el sentimiento de quienes dejan su tierra en busca de algo nuevo: los migrantes.

Edwin Carrasco o ‘Tayta’, como muchos lo conocen, es un joven limeño, aunque él se considera “100% apurimeño”. Toda su familia —papá, mamá y abuelos— es de allá, del distrito de Uripa, en la provincia de Chincheros. Edwin recuerda que su abuelo siempre le decía ‘Tayta’, que en quechua quiere decir “padre”. Pronto sus amigos también lo comenzaron a llamar así. “Qué alucinante”, pensaba.

Tayta tenía planeado volver a Uripa el pasado 17 de marzo, pero las fronteras interprovinciales fueron cerradas dos días antes a causa de la pandemia. Por eso se quedó en la capital. Aquí las ideas no fluyen tanto como en otros lugares. Él siempre se sintió libre como un ave, viajando de pueblo en pueblo y conociendo más sobre costumbres y prácticas que iban cayendo en el olvido. 

‘Apresado’ en casa por la cuarentena, bajo ese cielo limeño que con el cambio de estación adquiere su típico color ‘panza de burro’, comenzó a sentirse ansioso e inquieto. “Creí que las personas de mi ayllu también se debían estar sintiendo igual”, dice. Pensó entonces en una canción que lo traslade a su tierra al menos por un momento. Así creó ‘Visiones’, en donde Tayta apostó por un estilo diferente.

Esta canción está hecha en tecnología 8D —que significa 8 direcciones y no dimensiones—. Eso implica que, al ser escuchada con audífonos, los sonidos generan una ilusión de 360°, como si el oyente estuviera sumergido en ella. En ‘Visiones’, oímos nuestros pasos posándose sobre la tierra fértil y nos sentimos volando sobre los campos de cultivo en el Ande. Hay pads —sonidos de textura suave— inquietos que corren de izquierda a derecha, un punteo de charango o guitarra, una quena casi desapercibida y un bajo perfectamente centrado, redondo y retumbante que cosquillea al corazón. 

Dice Tayta que algunas personas le escribieron llorando. Se sentían agradecidas y conmovidas. Con su música, él pudo trasladarlas a un lugar lejano y por ahora inaccesible. “Me he sentido en la puna, he sentido el olor de la muña. Me he sentido viajando”, cuenta que le dijeron.

En ‘Visiones’, como en toda su discografía, Tayta plasma su identidad andina. Cuando era más joven él creía que todo lo de afuera —la cultura occidental— era ‘mejor’. “¿Por qué escuchas huaynos? ¿Por qué te gustan? No te deben gustar. Es malo. Sigue escuchando tu música gringa”, pensaba. En aquel entonces tenía una banda y tocaba temas en inglés mientras ocultaba de dónde venía y de quienes descendía por temor al rechazo y la discriminación.

Tayta Bird en el videoclip de ‘Visiones’. FOTO: YouTube.

Radiohead era una de sus bandas favoritas, la que más le inspiraba. La sigue desde sus inicios con el álbum debut ‘Pablo Honey’. “Pero, cuando oía un huayno, sentía como un fuego dentro de mí”, recuerda. Este dilema lo llevó a una profunda crisis existencial. Encontró el tratamiento perfecto viajando. Visitó su natal Apurímac y otros pueblos de la sierra para ver “qué encontraba”. Tomó fotos, conoció gente y en el camino descubrió dos cosas: que parte de la identidad musical andina se estaba perdiendo y también cuál era la labor de un músico en la sociedad. En Lima, explica, a los músicos se les considera seres ‘bohemios’, prescindibles y están muy mal retribuidos. Esa es la imagen más difundida del ‘músico citadino’.

En la sierra, por el contrario, los músicos son parte de la comunidad, señala. “En mi tierra hay una actividad colectiva que se llama ‘Acción Popular’. Esta denominación es anterior al partido político que lleva ese nombre. Allí las mamitas llevan la comida, cantan y los músicos son muy importantes porque, si ellos no están, las celebraciones no pueden empezar”.

En su tierra, el músico está íntimamente relacionado con la naturaleza, con el prójimo y con los animales. “Es alguien que canta con el corazón, con el alma…No se guía por los parámetros musicales modernos. La música andina nativa no tiene una secuencia de compases generalizada, se canta como se siente”, explica Tayta con el entusiasmo que lo caracteriza.

Él se preguntaba en qué momento perdió esa conexión entre su ‘yo’ profundo y la Pachamama. Afortunadamente, el viaje que emprendió por los andes peruanos le permitió ver lo que antes permanecía oculto: una belleza sublime impregnada en lo más sencillo de la vida andina. En la amabilidad del lugareño que atiende a los forasteros, en observar cómo su madre le habla a sus pequeñas plantas para que sigan creciendo y den sus primeros frutos. Todo eso que antes no percibía ahora estaba a flor de piel. “Fue como un viaje de ayahuasca”, explica Tayta.

Allí descubrió también que sus abuelos eran músicos ‘naturales’. Tocaban un instrumento místico y a la vez fascinante: la pampa corneta. Sobre esta no hay mucha información en Internet, pero Tayta la describe como un instrumento de viento que emite melodías que hipnotizan y hacen danzar a cualquier animal, como ocurría con el flautista de Hamelín. 

Tayta e Ismael Rezalme, quien tiene a la mano derecha la ‘pampa corneta’ y en la izquierda un drumpad de Native Instruments, marca de la cual Tayta es ‘embajador’. FOTO: Facebook personal.

Tayta comenzó a hacer música a los 15 años para olvidarse de algunos problemas familiares y ‘huir’ un poco de su entorno. Su talento es fruto de su persistencia. Le costó mucho trabajo cultivarlo. Recuerda a unos amigos que presumían ante él de cómo tocaban arpegios y hacían complejos sweep-pickings —una técnica de ‘barrido’ de cuerdas de guitarra en donde las notas que componen un acorde son tocadas con agilidad—, mientras que él luchaba por interpretar unas cuantas melodías sencillas.

Se sumergió en sesiones de práctica que podían durar ocho horas, estaba empeñado en mejorar su técnica. “Le daba tan duro que terminaba con las manos y los dedos adoloridos”, refiere. Luego, cuando se percataba de sus progresos, veía que sus amigos hacían lo mismo, pero sin mirar las cuerdas que tocaban. “¿Cómo yo iba a hacer eso?”, pensaba. Rendirse no era una idea que pasara por su mente en esos momentos. Sentía algo de frustración, pero eso no lo hizo abandonar su objetivo.

“La música llegó a mí en un momento en que la necesitaba. En el colegio sacaba cero en ese curso. Siempre me botaban de la banda. Pero la música, de alguna manera, me escogió y me abrazó. Ahora vivo de ella”, relata. Dice que la música lo protegió, y que por eso compone, como una muestra de agradecimiento. 

De pronto descubrió que no era necesario tener una banda para hacer música, solo requería de su computadora y algunos instrumentos. “Tener una banda a veces es complicado porque hay discordancias y dependes de otros”, añade. Uno de sus primeros tracks fue ‘Wifala’, en donde incluyó versos de la canción-poema ‘Carnaval de Tambobamba’ de José María Arguedas. Cuenta que primero construyó la base rítmica —el bombo y la caja— junto con la melodía, y mientras la escuchaba le vino a la mente aquella obra del narrador peruano. Todo cuadró perfectamente.

Si bien puede utilizar instrumentos convencionales en algunos temas, el sonido siempre pasa por el filtro del sintetizador. Esto quiere decir que los sonidos emitidos por la quena o el violín son digitalizados e insertados en la mezcla. “No me gusta samplear o poner ciertas melodías ya existentes en mis canciones. Me gusta crearlas desde la nada, desde cero”, puntualiza.

Cada sonido presente en las calles y en la naturaleza es también una inspiración para Tayta. Tiene muchas ideas para futuras canciones, aunque aún no las plasma. Dice que es difícil porque aquí en Lima todo es gris. En Uripa, en cambio, hay vastos campos verdes y el cielo le sonríe a cualquier visitante con un azul inmaculado. Pero aquí también hay sonoridades de la calle que le llaman la atención, una especie de ‘subcultura’, como él la llama. “Por ejemplo, están el ‘fierro, catre, botella’; y los vendedores de verduras que recitan su clásico ‘palta mantequilla’ o ‘papa huando a un sol’. Son sonidos que inspiran”, explica. 

Sobre estos sentimientos y experiencias Tayta conversa plácidamente. Muestra su equipo, sus instrumentos y todos los sintetizadores o controladores que ha ido coleccionando a lo largo de estos años. Pero si le preguntan por su edad, prefiere no darla. Dice ser muy cuidadoso con su privacidad.

En el 2014, con su canción ‘Apu Yaya’, Tayta ganó el 1er Concurso de Producción Musical Electrónica “EPC” organizado por la ‘Dirección del Audiovisual, la Fonografía y los Nuevos Medios’ del Ministerio de Cultura. Desde entonces no ha parado de hacer música. “Lo dejé todo. Trabajaba con mi hermana en un estudio de arquitectos y dejé todo eso para hacer lo que más me gusta…Mi hermana también dejó de trabajar allí, ahora es hermánager”, dice Tayta. 

Ahora, con la pandemia, todo ha quedado ‘en el aire’. Los eventos y shows que tenía planeados para este año quedan en espera hasta 2021. Por ahora piensa en seguir produciendo canciones. No quiere dejar de hacerlo. La música lo mantuvo a salvo y nunca lo abandonó. Al principio fue muy difícil, es cierto. Pero como bien dice Tayta, aquello que más cuesta se recibe con gracia y amor.