Con tan solo 24 años, Renato Tapia debutó como futbolista profesional en Europa, fue en 2014 con el Twente holandés. En el Perú, el privilegio de no haber tenido necesidad de atravesar la primera división nacional solo lo ostentan, junto con él, Carlos Zambrano y Paolo Guerrero. Además de dos Copas y Super Copas de Holanda y una Liga Eredivise (Primera División de Holanda) con Feyenoord, su actual club, Renato puede jactarse también de ser artífice del renacer del balompié peruano a nivel de selecciones. Por su valentía, temperamento y liderazgo es considerado el próximo capitán de la selección nacional, pero ¿qué sucedió en el pasado para que hoy sea tomado en cuenta como el capitán del futuro? 

Por Salvador Sampén

Verano del 2002. Renato es un niño de 6 años, alto en comparación con sus amigos. La estatura exacta es desconocida porque su papá no la recuerda. Sin embargo, sí afirma que le llevaba una cabeza, por lo menos, a todos sus amigos. De eso si está seguro. Aún no es usual encontrar el apellido Tapia en los canales de televisión deportivos o en los periódicos. No lo llaman para hacer reportajes o conceder entrevistas, falta mucho recorrido para que los flashes de las cámaras penetren su cara.

Aquellos tiempos de inexistente atención popular no eran sinónimo de indiferencia. Existía una mirada que lo seguía permanentemente. Probablemente una de más valor que las miles que reflejan su fama actual. La presencia de Lucho Tapia, abuelo y patriarca de la familia, era lo que motivaba a Renato a jugar fútbol. ¿Y cómo no? Difícilmente el ancestro que todos los sábados y domingos desayunaba, almorzaba y cenaba la liga peruana se iba a resignar a morir sin inculcar a uno de sus nietos la meta del balompié profesional.

Su manera de insertarlo a la tradición futbolera familiar fue simple. Aunque nunca el método le había dado resultados -porque ningún pariente logró el objetivo de pertenecer a un club decente- lo seguía intentando. La conversación era repetitiva pero significativa:

– Renato, ya sabes. Por cada gol, te ganas 50 céntimos.
– Yo quiero cinco soles.
– Si puedes hacer diez goles. Naca la perinaca con esos equipos.

Como los campeonatos de la urbanización Túpac Amaru, en San Luis, duraban todo el día, Renato al fin de la jornada acumulaba diez soles. Realmente no quería el dinero, era su espíritu competitivo y las ganas de que su abuelo se sintiera orgulloso lo que motivaba su hambre de gol y sed de jugar fútbol.

Precisamente esa hambre y sed fueron lo que permitió que Renato continúe practicando el deporte tradicional. Algo que emociona visiblemente a su papá, quien también se llama Lucho en honor al abuelo. Apenas se menciona el nombre de su tercer hijo – Pancho y Franco son los dos primeros – es notorio el brillo de sus ojos. Luis Tapia siente que cumplió en el último de sus retoños el gran sueño que él no pudo realizar. Lo satisface ver el fruto de tanto sacrificio y acepta hablar aclarando una y otra vez que los elogios exceden a su condición de padre y son únicamente calificativos merecidos a un “extraordinario futbolista”.

En el 2003 Lucho decidió crear un equipo de barrio junto con sus amigos, al cual bautizaron “César Sussoni” en honor al amigo de toda la vida y uno de los futbolistas que falleció en la tragedia aérea del club Alianza Lima en 1987. Renato empezaría a jugar fútbol con otros niños más allá de las pichangas. Comenzaría su sueño, que más tarde sería exitoso, representándolo con un nombre ligado a la frustración y a la tragedia. Una especie de reivindicación.

Como todo equipo de barrio, los niños no abundaban y para poder inscribirse en los campeonatos formaban grupos combinando todas las edades para poder cumplir con el número mínimo de participantes. Por tal motivo, Renato competía con la categoría 1993 aunque había nacido en 1995.

Una vez conformado el equipo “César Sussoni”, Lucho decidió darle ruedo a los chicos y se inscribieron en el popular campeonato de Cantolao, “La Copa de la Amistad”. Torneo que jugó Messi con Newell’s Old Boys en su infancia. El resultado fue más que positivo. Culminaron segundos. No obstante, la medalla de plata no era motivo de celebración en el barrio.

A pesar de ser un club inexperimentado, lograron vencer a instituciones de peso, como es el caso de Corinthians de Brasil o Rosario Central de Argentina. Pero los campeonatos eran de corta duración, tres días máximo, y la final la perdieron con la U “por falta de niños”. Mientras que los cremas contaban con 20 o 30 niños en sus filas, los de Sussoni contaban con 7 con lo justo para completar.

La sensación agridulce aún permanece en el sentir de Lucho, pero es consciente que ese campeonato le sirvió para sacar muchas conclusiones. Si bien es cierto que el fútbol es un deporte colectivo, la performance sobresaliente de Renato en ese campeonato, a pesar de ser dos categorías menor, fue notoria.

En imagen, de izquierda a derecha, Pedro Aquino y Renato Tapia en las divisiones menores de Sporting Cristal. Año 2006. Fuente: FPF.

Al darse cuenta de ello, su papá decidió que era el momento de dar un paso adelante, probarse en un club con formación de menores era el siguiente escalón. Renato tenía solo 9 años en el 2005, pero su papá decidió tratarlo de forma muy madura en ese entonces. De manera seria y concisa, conversaron lo siguiente:

– ¿Quieres ser futbolista?
– Si, papá.
– Listo, vamos a probarte a un club pero tienes que saber que no es fácil. Te costará sudor y lágrimas, muchas lágrimas. Pero si eres disciplinado, llegarás a Europa. Tenlo claro, Europa es la meta.
– Está bien, Europa es la meta.

Tras ver en el periódico que convocaban a pruebas masivas, Lucho cumplió su palabra y llevó a Renato a probarse a Sporting Cristal.

Existen escenas chistosas en el teatro o el cine que parecen ficción pero que muchas veces son adaptaciones de la realidad. Probablemente lo que sucedió la mañana del domingo planeado sea uno de esos ejemplos. Ambos, Lucho y Renato, se quedaron dormidos y los despertó las ganas de querer desayunar. El papá, una vez consciente, apuró lo mas que pudo a su hijo pero era tarde, llegaron retrasados a La Florida, Rímac.

A pesa de la tardanza, por cuestiones de suerte -o del destino, como lo denominan ellos- a Renato le permitieron probarse habiendo llegado una hora tarde. Aquel domingo, la asistencia fue de 100 niños. De todos ellos, escogieron a 10 para que volvieran la semana siguiente a rendir una segunda prueba. Esta vez los seleccionados se quedarían a entrenar permanentemente en el club. Renato estaba presente en esa lista privilegiada del 10%.

Siete días después, tras convencer a los profesores por sus cualidades físicas y buena capacidad técnica, Renato comenzó a entrenar oficialmente para Sporting Cristal. Tras recibir la noticia, Lucho sonrió. Pero no se alegró más de la cuenta. La meta era Europa y él lo tenía claro. Ese solo era el primer paso.

Fueron dos años los que Lucho y Renato, religiosamente, hicieron la ruta San Luis-Rímac de lunes a domingo para los entrenamientos y partidos. Sin embargo, los malos tiempos llegaron a Cristal e inevitablemente eso les afectó a ellos. El club cervecero entró en crisis institucional: dejaron de ser autónomos para pertenecer por completo a Backus y la excelente accionista de ese entonces, Esther Grande de Bentín, se marchó. ¿La consecuencia? Crisis.

Sumergido en la nostalgia y el fastidio, Lucho recuerda aquellos días: “Tras el cambio de dueños en Cristal las cosas se pusieron feas en el club. Ya no existía mantenimiento en las canchas, no le daban refrigerio a los chicos y la mitad de los profesores abandonaron el equipo. Yo veía que Renato jugaba bien, pero por su talento, porque dejó de avanzar en su formación. Su nivel se estancó y eso me preocupó mucho”.

Luego del cambio de dueños en Sporting Cristal, Esther Grande junto con su esposo, Ricardo Bentín, decidieron poner a marchar el club EGB (Esther Grande Bentín). A pesar de ser una escuela reciente, contaba con los mejores formadores de menores en el Perú debido a que gran parte de ellos eran los que pertenecían a Cristal, el mejor club peruano de esas características antes de la crisis.

Lucho no vio con malos ojos cambiar a su hijo de club. Renato ya debía pasar del “fútbol 7” al “fútbol 11” y como consecuencia su afiliación a Cristal era inminente. Eso significaba que pasaría a tener un acuerdo económico con el club, y su salida del mismo supondría un costo que debería ser cubierto por el padre o por la institución que requiriera llevárselo. Algo que definitivamente los Tapia querían evitar a toda costa.

Cuando la propuesta de afiliación llegó, la respuesta fue un rotundo no. La decisión de irse a EGB estaba tomada. Irse a un club recién creado significa un riesgo, pero Carlos Gastiaburú, entrenador de Renato en Cristal antes de la crisis, logró convencer a Lucho.

Él estaba presente en todos los partidos que Renato disputaba y cada vez que anotaba goles, capturaba los momentos felices en una cámara fotográfica. Ni que se diga en las finales de campeonato, él estaba presente para capturar en imagen cada respiración y movimiento de su hijo. Luego, todas las noches se sumergía en la computadora para almacenar todas las fotos en documentos con descripciones de lo sucedido en los encuentros deportivos y la labor que Renato desempeñaba ahí.

A los meses, verano de 2009 para ser más exactos, un suceso contribuiría a la formación de Renato y le alegraría la vida a Lucho. Él lo necesitaba, como tantos otros futboleros que sufrían los pésimos resultados de una selección sumergida en paupérrimo rendimiento, y que meses después vivirías sus días más oscuros con el popular escándalo de indisciplina en el hotel Golf Los Incas.

Todas las horas frente a la computadora, algo que parecía una afición, daría frutos. “Renato atravesaba la secundaria. El colegio donde estaba no me gustaba mucho porque dejaba que desear. Sin embargo, era el único que podía pagar. Pero un día, los encargados del área deportiva del San Agustín, en uno de los encuentros de EGB, me preguntaron por un file que llevaba en la mano. Era el registro de las fotos de Renato. Fue llamativo porque yo me encontraba con un fólder grande en las tribunas de una cancha durante un partido de fútbol, eso no es muy usual. Le enseñé las fotos de Renato y se sorprendió, claro que lo conocía. Enseguida, me citó a su oficina en el San Agustín al día siguiente. Meses después Renato pertenecía a un colegio que hubiese sido imposible que yo pague”.

Los estudios fueron de la mano con el deporte. En su primer año en ese colegio, Renato fue subcampeón de los juegos nacionales escolares, pero de todas formas viajó a Venezuela representando al Perú a nivel de colegios porque el DT de Alfonso Ugarte lo pidió expresamente. En el segundo año sí se quedó con la Copa y no solo eso, fue escogido el mejor jugador. No solo comenzaba a hacerse de logros, sino que también la popularidad empezaba a tocar su puerta.

Año 2011. Las esperanzas de la selección están renovadas con un Sergio Markarián que promete mucho para la Copa América en Chile. Por su parte Lucho ya comienza a soñar, Renato había sido escogido dos veces seguidas por “La 9”, extinto medio de comunicación que cubría el fútbol de menores, como el mejor jugador de su categoría y podría llegar pronto a la selección, piensa. Podría verlo con Perú en la próxima Copa América, se ilusiona.

Sin embargo, el deseo permanecía aún muy distante. No había sido convocado a ninguna categoría de la selección peruana. Algo incongruente, cuando había recibido el premio cómo el mejor.

“Nos sorprendía mi ausencia de las convocatorias a la selección pero no nos distraíamos del objetivo, continuábamos trabajando para llegar a Europa” me comenta un imperturbable Renato, quien parece el espectador de lujo de una obra de teatro cuyo desenlace ya conoce de antemano.

Hasta que un día el acontecimiento soñado llegó. La selección dirigida por el popular Juan José Oré, responsable de la clasificación de Perú al Mundial sub 17 en 2007, único logro de una selección menor, se preparaba en la Videna para afrontar el Sudamericano de la categoría en Ecuador y el DT no estaba conforme con los centrales, por lo que comenzó a consultarle a sus pupilos si conocían algún jugador que cumpliera esas características.

Renato (de negro) cuando jugaba en el EGB. Año 2013. Fuente: Peru.com.

Horacio Benincasa, actual futbolista de Real Garcilaso y padrino de Niara Amelia, la hija de Renato, le comentó a Oré que había un volante muy bueno que competía por EGB. Se llama Renato Tapia, le dijo.

Al día siguiente en la práctica, Renato le llenó los ojos a Daniel Ahmed, asistente de JJ. La principal virtud que resaltó en él fue su habilidad para desmarcarse en los ejercicios de fútbol reducido y esa fue la clave para su integración al plantel que representó a Perú en aquel sudamericano.

Lamentablemente para los intereses peruanos, los resultados en el torneo no fueron buenos. Perú culminó cuarto de cinco en la primera fase, solo por encima de Bolivia, en un grupo en el que también se encontraban Uruguay, Argentina y el anfitrión, Ecuador.

No obstante, esa no fue la única experiencia como seleccionado nacional de Renato. Ya en 2013, y esta vez para el sudamericano sub 20 de Argentina, sí estuvo en el radar del DT desde el comienzo.

Aquel certamen fue el último en que una selección sub 20 estuvo realmente cerca de clasificar a un mundial de la categoría. Cabe resaltar que nunca una selección peruana de esas características ha clasificado a una Copa del Mundo.

Tras el final del torneo se suscitó un hecho que ya se ha divulgado en muchos reportajes. Los históricos clubes ingleses Liverpool y Tottenham llamaron a Lucho y le ofrecieron pruebas para Renato. Las culminó todas de manera satisfactoria, pero una regla incomprensible e incongruente en el fútbol moderno impidió que se quedara en tierras inglesas. Todo defensor extranjero debe medir mínimo 1.90 cm. La prueba médica indicaba que Renato solo crecería hasta 1.85 cm.

Sin embargo, no hay mal que por bien no venga. La breve instancia en Inglaterra le dio notoriedad a Renato en el fútbol europeo. A las pocas semanas de su paso por Liverpool y Londres, Lucho recibió una llamada del Twente holandés. Ellos no querían pruebas, ellos deseaban fichar a Renato.

El resto de la historia es conocida. Renato Tapia debutó en 2015, frente a Venezuela, en la selección absoluta de Perú. Marcó su primer gol en el 2016 frente a Ecuador y se hizo conocido por declarar en inglés tras la clasificación histórica a la siguiente fase en la Copa América Centenario, luego de eliminar a Brasil.

Una camada nueva de jugadores había surgido. Esa fue la idea que rondó en la prensa durante el resto de días. Muy equivocados no estaban. Esa misma camada clasificó a Perú a una Copa del Mundo y consiguió un subcampeonato en una Copa América después de 44 años. Renato no solo es parte de esa camada, es el nombre indicado para recibir el legado de la capitanía de Paolo Guerrero. Representa la generación del cambio.

 

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