El 12 de enero de 2010 un terremoto devastó Haití y provocó la muerte de 316 mil personas.  El fotoperiodista de El Comercio llegó horas después al lugar de la tragedia y encontró un país convulsionado. Aquí relata las consecuencias psicológicas que la cobertura de este desastre dejó en su desarrollo profesional.

Por Katherine Rodríguez Ulloa

Miguel Bellido nació en Bellavista, Callao, hace 43 años. Se dedica al fotoperiodismo desde 1995. Ha cubierto miles de comisiones, pero hay una que nunca olvidará: el terremoto que destruyó Haití en 2010. Sus imágenes perduran y algunas son históricas,  como las de la captura de Vladimiro Montesinos en 2001. Miguel también ha ganado premios; obtuvo el primer puesto por su proyecto fotográfico “Pobreza y Desigualdad”, entregado por el foro Mundial de Naciones Unidas. Además, se encargó del registro gráfico del libro “Lima Bizarra: antiguía del centro de la capital”, publicado en 2006.

Magíster en antropología visual por la PUCP y licenciado en periodismo por el Instituto Jaime Bausate y Meza, Miguel se ha especializado en fotografiar desastres naturales y conflictos sociales y políticos a nivel nacional e internacional. Actualmente se dedica a la docencia universitaria en la Universidad Tecnológica del Perú (UTP) y en el Instituto Peruano de Arte y Diseño (IPAD). Su carrera empezó en el diario “Onda” y luego pasó por “Expreso”, “Gente”, “El Sol” y “La República” y ahora cubre noticias para  “El Comercio”.

Enero 2010, Puerto Príncipe, la capital de Haití, tras la devastación del terremoto. Foto: Miguel Bellido.

-Usted ha contado que vivió momentos muy trágicos en Haití ¿Qué fue lo que más le impactó de esa cobertura?

-Lo más difícil es cuando te encuentras niños y no sabes a dónde llevarlos; comienzas a fotografiar a esos grupos que lo han perdido absolutamente todo. Lo más complicado que me tocó fotografiar ocurrió cuando fui a buscar combustible con mi chofer, a las seis de la mañana. A tres cuadras, unos jóvenes se veían medio perdidos. Pero los vecinos pensaron que eran ladrones. Lo más impactante fue ver cómo los mataron a machetazos. Hice fotos de eso, vi a un chico que estaba siendo asesinado a machetazos, eso fue lo que más me estremeció.

-¿Qué otra imagen capturada en Haití considera que tuvo alguna repercusión psicológica en usted?

-Siempre te quedarás colmado de todos estos conflictos que tienen que ver con el sufrimiento humano. El cuarto o quinto día, entré al hospital y un niño se murió en mis manos. Traté de buscar ayuda, pero no había a quién acudir. Esto me afectó mucho. Salí a la calle y no podía hacer fotos, estaba bloqueado. Muertes, muertes y muertes por todos lados. Me senté y empecé a llorar un montón. Cuando ocurren estas tragedias, nos empezamos a quebrar porque somos seres humanos. Al día siguiente seguí trabajando.

– ¿Su salud mental no se vio afectada al ser testigo de estos asesinatos o de la muerte de aquel niño en sus manos?

-Recuerdo que no dormía en mi cama, dormía en el suelo. No comía porque sentía culpa, porque yo podía disfrutar mientras había gente que no tenía nada. Después, con el ritmo del trabajo, disminuyó el efecto poco a poco. Lo bueno de ser fotoperiodista es que hacemos cosas diferentes cada día. Cada día es algo nuevo, viaje tras viaje. Lo que he visto me indigna, por eso procuro que mis trabajos tengan un mensaje bastante claro que comunicar.

-Después de observar tanta desgracia humana, ¿podría comentar qué dejo la experiencia de Haití en su vida?

– Tras la experiencia que te he contado, el valor de la vida. Otra cosa que aprendí es que hay que hacer lo posible para que nuestras imágenes tengan un impacto o influencia en las autoridades.  Si lo logras, vale la pena que no hayas comido ese día, que no hayas dormido, que no te hayas bañado.

-¿Qué otros desastres naturales o conflictos sociales ha cubierto?

-Cubrí el terremoto de Pisco, en agosto de 2007; también viajé a El Cairo para cubrir la Primavera Árabe y  entre 2014 y 2016 registré las revueltas políticas en Venezuela. Pero, entre lo más fuerte siempre me quedaré con lo vivido Haití, he visto morir a mis colegas. Por ejemplo, en Perú, mataron a mi amigo Luis Choy en el 2013 y aún no tiene justicia.

-En noviembre 2015, un sicario asesinó a su amigo, el fotógrafo Luis Choy. ¿Qué pasó exactamente con él?

– A mi amigo le decíamos “el chino” y él no solo se dedicaba al fotoperiodismo, sino también la venta de autos. Lucho se encontraba en su casa y un sicario se hizo pasar por un cliente interesado en comprar un auto. En cuestión de segundos, el estafador le dispara.  Catalina, su hija de diez años estaba allí, lo vio todo. La mamá de Catalina había muerto de cáncer. Hay mucha gente mala. Tu vida siempre está en peligro.

-En 2009 su vida también estuvo en peligro cuando viajó de comisión a Madre de Dios.

-Hice un proyecto periodístico entre 2009 y 2013. Este proyecto era sobre la catástrofe ambiental ocasionada por la minería ilegal, la deforestación, la trata de personas y el acoso de las comunidades nativas. La publicación de los reportajes impulsó al gobierno a establecer normas y leyes para combatir la minería ilegal. Los mineros me amenazaron. Los dirigentes de la minería ilegal me buscaban. El dueño del hotel me tocó la puerta diciéndome que me estaban buscando y que me vaya inmediatamente por la puerta trasera. Varias veces tuve que huir mientras intentaba dar cuenta de la verdad.

-Usted había ganado un premio de Naciones Unidad por su proyecto fotográfico Pobreza y Desigualdad. ¿Podría contar en qué consistió?

Comencé a trabajar con un pescador en la Marbella, al pie del acantilado, en la Costa Verde. Lo acompañamos a su trabajo durante varias madrugadas. Presenté un sinnúmero de fotos, y lo curioso es que varias de ellas no solo ganaron el primer lugar, sino que también el segundo y tercer lugar. El premio era de diez mil dólares. Pedí que hicieran el cheque a nombre del pescador. Entonces, cuando bajé, fui a buscar a Carlos, el pescador, y él se molestó conmigo, me dijo: “Oe, me estás engañando…”. Le mostré todo, las fotos publicadas que ganaron y le dije: “Esto es lo que yo recibí de premio y lo correcto es que tú te lleves la mitad, pues sin ti no hubieran salido las fotos”. Al final se convenció, él vivía en una casucha y con el dinero pudo alquilar una casa para vivir con su familia, abrió un puesto de mercado, en el cual vendía lo que pescaba. Al fin de cuentas, pudo cambiar un poco su vida; eso me lo enseñaron varios fotógrafos, si ganas algo a partir de alguien, comparte ese premio, porque hay una persona ahí que aportó con su vida para que yo sea testigo de lo que acontecía.

-Usted fotografió la captura de Montesinos en el 2001. ¿Podría reconstruir el momento?

Justo hubo un terremoto en Arequipa y solo unos pocos reporteros nos habíamos quedado en Lima. Fueron como tres días de guardia, sin volver a casa, no nos duchamos en tres días. Entonces llegó el avión de Venezuela con Ketín Vidal, estábamos en la época de la transición de Paniagua. Se supone que a Montesinos lo iban a bajar y mostrarlo para que le tomemos fotos. Pero la policía le tenía bronca a Ketín Vidal porque años antes se había atribuido la captura de Abimael Guzmán, había un resentimiento. La policía en vez de pasearlo frente a nosotros, se llevó a Montesinos por atrás. Lo subieron a un helicóptero y desapareció. Perseguir un helicóptero es complicado… Yo regresé al periódico a revelar el poco material que tenía. Y en eso mi jefe me dice que vaya a descansar, pero escuchamos por la radio que lo estaban llevando a la carceleta del Poder Judicial. Como quedaba lejos, cogí un taxi, había tráfico, me bajé, comencé a correr y todo el mundo llegaba. La policía formó un cordón, nadie podía entrar. Yo me metí a una clínica, me robé una de esos mandiles blancos de doctores con estetoscopio y me paré en la puerta, de pronto veo el carro y los policías pensaron que yo era un médico, y pasa Montesinos. Le tomé las fotos con una cámara analógica. Fuimos al periódico y revelamos el material. Mi jefe me dio descanso de una semana.

Junio de 2001. Vladimiro Montesinos es internado en la carceleta del Poder Judicial, tras ser capturado en Venezuela. Foto: Miguel Bellido.