Melannie Flores: “Muchas veces se han burlado de mi fe en clase solo porque pensaba diferente”

FOTO: Rubi Andrade

Hace seis años redescubrió su fe católica. Y está convencida de que su vida cambió cuando se acercó a Jesús. Pero también hubo cambios en su entorno, en sus relaciones sociales y en su vida académica en la PUCP. Aquí un testimonio que interpela a docentes y estudiantes respecto a la tolerancia y el respeto.

Por: Angela Echenique

Melannie Solanch Flores Saavedra estudia psicología en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Ingresó en 2011 y el próximo ciclo terminará sus estudios. Es devota del Sagrado Corazón de Jesús y de la Virgen del Carmen. Durante un año realizó prácticas en Perú Champs, una ONG dedicada a otorgar becas a niños y adolescentes con talento académico, artístico y deportivo. Melannie se desarrolló en el área de asistencia psicológica de esta institución.

A lo largo de sus años de estudio ha adquirido conocimientos en humanidades y habilidades blandas que ahora le son muy útiles para su profesión y en su vida cotidiana. Sin embargo, también ha atravesado momentos difíciles a raíz de sus creencias religiosas y su forma de pensar. Melannie muchas veces ha tenido que enfrentar burlas e incomprensiones cuando ha querido expresar su opinión o hacer pública su fe católica. Le ocurrió primero en Estudios Generales- Letras y luego en la Facultad de Psicología. Las experiencias por las que pasó son recordadas por ella a continuación.

-¿Qué cambios hubo en tu entorno académico después de tu ceremonia de confirmación católica?

-Si tú eres una alumna católica eres mal vista. Eso me pasó a mí y creo que continúa pasando. Muchas veces se han burlado de mi fe en clase solo porque pensaba diferente. O no me han dejado más dar mi opinión por pensar distinto al resto. Si bien es cierto eso no me ha impedido decir lo que creo, sí se siente doloroso que otra persona te juzgue y te humille, o te trate de silenciar. Intervenir, opinar en clase es un derecho de todos los alumnos.

-¿Recuerdas alguna experiencia en la que se evidenció lo que describes?

-Sí, recuerdo dos. La primera se dio cuando llevé un curso de filosofía. En una de las clases, la jefa de práctica estaba hablando de la defensa de la vida y el aborto. Yo estaba en contra del aborto y todos los de la clase, a favor. Levanté la mano para dar mi opinión y la jefa de práctica, al ver una taza que yo tenía con el logo CAPU PUCP (sigla del Centro de Asesoría Pastoral Universitaria) la tomó y empezó a burlarse de lo que era el CAPU. Recuerdo que decía cosas como, “con razón dice esto pues, mírenla a ella que tiene esta taza del CAPU que es un lugar que defiende cosas ilógicas”. Su comentario generó muchas risas. En ese momento yo me sentí mal porque todos me miraban y se reían.

La jefa de práctica detuvo sus comentarios cuando uno de los alumnos levantó la mano y dijo que yo no era la única, que él también estaba en contra del aborto. En ese momento ella decidió cerrar el tema. Yo tenía mucho miedo de decirle que no se burle de mí, pero también sabía que no estaba bien que lo haga, entonces en el receso de la clase me acerqué a ella y le dije que por favor, evitara ese tipo de comentarios, y que si volvía a suceder yo lo iba a denunciar a las autoridades. La JP se disculpó y prometió no volver a hacerlo.

-¿Y qué ocurrió la segunda vez que sentiste que te discriminaban por tus creencias?

-La segunda experiencia fue cuando llevé un curso electivo de Estudios Generales Letras. Llevé Comunicación Social con una profesora. Un día planteó un ejercicio grupal en el que cada grupo debía trabajar un proyecto de cambio dentro de la universidad respecto a la comunicación y su relación con las personas. Yo quería que las personas conozcan la fe. Mi idea era hacer un programa de difusión sobre la fe. Con mis compañeros habíamos pensado en realizar ferias, talleres y conversatorios relacionadas a temas de fe, y difundirlos en una página en Facebook; queríamos comunicarlo a todas las facultades. Pero la profesora empezó a decir que las personas no tenían ningún tipo de fin en la vida. Yo le dije que no estaba de acuerdo con eso, tampoco estaba de acuerdo con otras opiniones que se dieron ese día en clase. Entonces ella empezó a hablar por encima de mis palabras, me callaba cuando yo quería intervenir. Cuando le propuse hacer el proyecto, me dijo que no porque ya era “un tema muy trabajado”. Le dije que yo había investigado, y por el contrario, no había encontrado ningún proyecto sobre la fe católica, sobre la existencia de una capilla abierta a los alumnos. A pesar de que yo ya tenía un grupo de chicos que querían trabajar la idea, ella se negó y nos pidió  que cambiáramos de tema.

Desde ese momento, sin importar el lugar en el que yo me sentara en el salón, ella no me dejaba participar. Pienso que un profesor no debe asumir que tiene la verdad absoluta. Creo que los alumnos deben tener derecho a expresar sus opiniones. Yo no quería tener ningún conflicto con la profesora, pero sí quería dar a conocer otra forma de pensar, con los argumentos que eso implica, pero no tenía oportunidad para hacerlo.

– ¿Has pasado por experiencias similares en la Facultad de Psicología? ¿Conoces algún caso?

-De mi parte, en general, cuando se trataban temas sobre sexualidad, aborto, o algún otro tema polémico, yo daba mi opinión, pero no se generaba debate o profundización. No había diálogo sobre un punto de vista contrario. Además de eso, he escuchado historias de amigas a las que les han dicho en clase que tener una devoción, creer en La Virgen María o simplemente orar es una suerte de locura. Eran comentarios que se decían en clases entre profesor y alumnos y solo se detenían si en el salón alguien se levantaba a decir que era católico.

-¿Consideras que ser católica ha influido en tu vida académica, en tus evaluaciones académicas?

-Sí, claro. Algunas veces recibía una calificación baja respecto a las que tenían mis compañeros. En el primer caso, en el curso de Filosofía en Estudios Generales, la profesora no devolvía los trabajos en físico, solo ponía la nota de cada trabajo en el registro y yo nunca sabía por qué mis notas  no pasaban de 12 y 13. Yo intuía que había un cierto sesgo allí. Y en cuanto a mi experiencia en facultad, yo comparaba mis trabajos con los de mis compañeros, y teníamos un desarrollo similar, muy parecido, con los requisitos solicitados por la profesora. Incluso algunos compañeros se sorprendían de mis notas. Sin embargo, ella siempre me decía que faltaba algo, sin darme razones concretas.

-Respecto a tu relación con otros compañeros de la facultad, ¿también se evidenciaba el distanciamiento?

-Sí. Como yo daba mi opinión en clase, la mayoría me veía mal y nadie quería hacer grupo conmigo. Y cuando finalmente me incorporaba a un grupo, el tema de la mayoría tenía que desarrollarse pese a que yo no estaba de acuerdo. No era considerada. La verdad, no tengo muchos amigos en la facultad justamente por estas cuestiones.

-¿Eras una católica practicante cuando ingresaste a la universidad?

-No. Mi mamá siempre ha sido católica y mi hermana lo fue por un tiempo. Cuando comencé a concentrarme en ingresar a la universidad, en mis últimos años de colegio, sentía que la religión no se veía como algo positivo. Yo dejé de ir a misa, dejé las actividades que realiza un católico: confesarse y orar. Las veces que iba era por obligación de mi mamá. Yo llegaba para la última parte, cuando nos damos la paz porque me aburría (risas). Recuerdo que un año después de que ingresé, aquí estaba vigente la polémica con el Cardenal Cipriani sobre la denominación de “Pontificia” para la universidad. En ese entonces yo participaba en las marchas, en las cadenas humanas que se realizaban, incluso me burlaba de todo lo referente al cardenal y a la Iglesia, algo totalmente anticatólico.

-¿Qué te motivó a emprender este camino de fe? ¿Qué crees que aportaba a tu vida?

-Cuando ingresé a la universidad, era una persona muy sensible, cambiaba de un humor a otro rápidamente, era muy egoísta, no consideraba al otro como una persona, sino como algo que me daba un beneficio, tampoco pensaba en su bienestar. También tenía muchos conflictos en casa. Recuerdo que para encajar en la universidad el primer día de clases tuve que asumir un papel diferente, alguien que no era yo. Cuando ingresé a la comunidad del CAPU supe que podía ser yo misma y a la vez ser amada por Cristo. No tenía que ser alguien diferente ni tampoco tenía que tratar a los demás de una manera distinta. Cambió mucho mi forma de relacionarme con las personas. Me hizo feliz. Creo que cuando las personas son ellas mismas, son realmente felices. Sabía que necesitaba a la Iglesia para poder estar cerca de Cristo. Me confirmé luego de un proceso de conocimiento, pero fue en un retiro espiritual donde tuve ese encuentro con Cristo. Ahí pude comprender que Él había dado todo por mí y que yo también debía darlo todo por Él. Esa decisión hizo que mi vida cambie por completo.

-¿Crees que hay un vínculo entre tu fe y tu carrera?

-Sí, un vínculo muy fuerte. Durante un año, trabajé en una ONG en la que pude tener contacto con seres humanos que sienten, que tienen una historia, y cada uno de ellos tenía algo particular y algo que potenciar. Yo me fortalezco mucho en mi fe porque sé que el poder de Dios es ilimitado y muchas veces he pedido por personas que realmente la pasan mal. En el lugar en el que trabajaba, muchos niños, que son con los que frecuentaba más, atravesaban maltratos, divorcios de sus padres; había familias que tenían una mamá con cáncer: situaciones difíciles de comprender y sobrellevar para un niño.

Por una parte, está el tema espiritual, pero también está la fortaleza que todo católico tiene, y que creo que es un plus. La fe da fuerza. Hace saber que pasando todas esas cosas buenas o duras, hay algo que nos espera. Entonces la fortaleza que uno tiene se la puede dar a otro que la necesita. Quizás en ese momento no se les puede hablar de la fe católica porque incluso pueden no compartir el mismo credo, pero lo que sí se les puede dar es la escucha que hace ver al otro como un prójimo. Creo que las herramientas de la psicología van muy en conjunto con la fe. Esta ve al ser humano en toda su dimensión y sabe que está destinado para ser feliz, al igual que la psicología, que lo ve como un todo y busca su bienestar. Yo relaciono mucho la carrera que me encanta con mi fe que es lo que soy.

-¿Qué esperas de la universidad, en general, respecto a la tolerancia con el credo de sus estudiantes?

Comparando las situaciones que te comento con mis clases de ahora, he notado cada vez más apertura, sobre todo en la diversidad de temas de trabajo. Ahora temáticas como la inclusión, la exclusión, la discapacidad y la violencia van tomando más cabida y me parece que es muy necesario. Pero creo que falta más diálogo. Hoy puedo decir que espero que haya tolerancia e inclusión en todos los aspectos, con mi fe y con mi opinión. Yo no busco que la otra persona piense como yo, solo que me escuche. Creo que no se deben cerrar las puertas para cosas de la fe. Recuerdo que me decían: “No, no te voy a dar este espacio”, “No, no se pueden traer esas cosas acá”, pero para otras cosas sí estaban todas las puertas abiertas. La facultad debería incluir temas que tengan que ver con la fe. Así como existe el curso Psicología y Género, ¿por qué no podría dictarse el curso Psicología y Fe?, ¿Ciencia y Fe? ¿Por qué no proponer un curso que hable de cómo ayuda la fe en el ámbito de la psicología? Quizá ponerlo como electivo. No por tener una capilla debería decirse que esta es una universidad católica. También se podría evidenciar desde la malla curricular. Todos tenemos fe, entonces no creo que sea un daño darla a conocer. Ni siquiera proponer que la vivan o que la defiendan, solo que la conozcan.

 

FOTO: Rubi Andrade

 

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