Muy pocas periodistas peruanas han experimentado los horrores de una guerra. Mariana Sánchez Aizcorbe es una de ellas. En los últimos 25 años ha recorrido el mundo cubriendo conflictos armados como corresponsal de medios internacionales. La suya, sin duda, no ha sido una reportería de salón: caminó por calles marcadas por el olor de la muerte, sostuvo la mirada frente al cañón de una Kalashnikov apuntándole en el rostro, y rogó por su vida con palabras que salieron de lo más profundo del alma.

El escenario de este encuentro es un café de Barranco. Mariana aparece en menos de un minuto. Pide un té verde y comenta conmigo las últimas noticias internacionales. Está al tanto de todo lo que ocurre en Europa o el Medio Oriente. Pero lo que pasa en el mundo no será el tema principal de conversación esta tarde. Mi intención es que cuente cada una de las convulsionadas experiencias que cubrió como periodista.

Muchos recuerdan su paso por 24 Horas como narradora de noticias, en 1997. Para ella esa etapa fue la más aburrida de su carrera y no le gustaría volver a experimentarla. Es comprensible; Mariana nació para estar en el meollo del asunto, no para resumirlo desde la comodidad de un set de televisión. Luego de renunciar al noticiero, en 1998 decidió viajar a Kosovo, una región de Albania que vivía bajo la amenaza de una ocupación del ejército serbio. La vida de los kosovares estaba en peligro. Llegar no fue nada fácil y ahora lo recuerda: “Yo conocía algunas colegas que habían cubierto conflictos desde la época en que trabajaba en New York. Un camarógrafo amigo me contactó con Leonora, una kosovar albanesa que trabajaba para una organización observadora de conflictos armados. Ella prometió acogerme en su casa. Así fue como, luego de renunciar a Canal 5, agarré mi maleta, mis ahorros y me fui”, refiere Mariana y sus ojos ya empiezan a revivir aquellos momentos de adrenalina.

 

Leonora, Drita y el conflicto

Viajó a París en 1998 y de allí partió a Serbia. Le costó mucho llegar a Pristina, la capital de Kosovo, y dar con la casa de Leonora. “Estuve tres días con ella, luego tuve que buscar otro lugar donde alojarme y conocí a Drita. Nos hicimos amigas, ella me acogió hasta que tuvo que huir a Macedonia. La guerra no había empezado aún. Era un conflicto de guerrillas entre el ejército serbio y los independistas albaneses, había escaramuzas que a veces eran controladas por la Unión Europea”, relata. “Fue difícil vender mis reportajes, nadie quería comprarlos. A nadie le interesaba lo que sucedía en Kosovo porque supuestamente no estaba pasando nada”.

Esa primera estancia en Kosovo duró un mes y medio y le permitió ver cómo se gestaba un conflicto, pudo notar la animadversión que se iba gestando entre kosovares serbios y kosovares albaneses.

 

La vuelta de Miss Bosnia

De vuelta en Lima, Mariana sabía que debía regresar a Kosovo porque el conflicto iba a estallar en cualquier momento. Sentía la necesidad de ir tras la noticia y hacer lo que tanto había soñado: cubrir una guerra. En Canal 9 la habían bautizado como ‘Miss Bosnia’, un apelativo que mucho tenía que ver con los temas que siempre la han apasionado: “Me empezaron a llamar así porque en el canal era reportera y jefa de la sección internacionales. Todos los días quería poner algo de la guerra en Bosnia”.
Volvió a reunir dinero y regresó a Kosovo en 1999. Apenas llegó a Pristina ocurrió una masacre que puso esta región de Europa en el ojo de la atención mediática. Muchos diarios y canales de televisión mandaron corresponsales. “Yo empezaba a hacer reportajes y los de CNN me contactaron para que les mande mi material, así que acepté. Tenía que enviar dos notas diarias. No tenía fotógrafo ni camarógrafo, trabajaba con la mía y tuve que salir adelante de esa forma”.

En Kosovo aprendió a cubrir una guerra, cada error que cometió al principio le sirvió para saber qué hacer luego. Aprendió a moverse en una zona convulsionada, a interpretar el accionar de las tropas y de los guerrilleros, a proteger a sus fuentes de represalias. Sus maestros eran periodistas veteranos que la acogieron al ver que ella tenía ganas de aprender y pasión por estar en el lugar de hechos.

El 24 de marzo de 1999 estalló la guerra entre Yugoslavia y las fuerzas de la OTAN. Estas querían replegar a los serbios y proteger a los kosovares albaneses. Mariana estaba sola y vivía en el departamento de una chica con la que hizo amistad. Era un barrio muy pobre de kosovares serbios y kosovares albaneses. Eran vecinos pero apenas se hablaban, había mucha tensión. “Recuerdo que arriba del piso donde yo vivía había una chica que se dedicaba a tocar el piano todo el día. Solo tocaba a Bach y era impresionante; en ese momento del conflicto armado había una persona dedicada a la música, era su manera de refugiarse del trauma que vivía”, recuerda en una especie de trance.

 

Ráfagas del cielo

Mariana hizo despachos sin parar; pese a las dificultades de la zona y la falta de recursos, su astucia le ayudó a solucionar muchos problemas. “Yo salía a trabajar con amigos de AP y Reuters; ellos me llevaban y yo veía lo que hacían y a quienes entrevistaban. Como no tenía camarógrafo o fotógrafo, yo entrevistaba a mucha gente y luego le decía a los de CNN que había entrevistado a cierta persona y que en la agencia AP o Reuters tenían las fotos del individuo que yo les describía”, relata. “Yo me pagaba todo. Mis amigos de las agencias y de The New York Times me daban el desayuno y me ayudaban porque yo, la verdad, no tenía mucho dinero. Vivir en una zona de guerra es caro. Un traductor cobraba 200 dólares por día y tenías que contar con transporte y gasolina”.

Cada día era un esfuerzo doble para ella. Primero tenía que recorrer largos trayectos para estar cerca de la noticia y hacer sus reportajes. Cada paso que daba implicaba un peligro. Todas las noches, a las once, daba por cerrada la jornada y tomaba un taxi. A esa hora no era extraño toparse con un chofer ebrio manejando en zigzag por los lugares más oscuros de Pristina en pleno toque de queda. El miedo a ser asaltada y violada en esos temerarios trayectos la envolvía cada noche. Su vida corría peligro y Mariana le pidió a los encargados de la CNN que la trasladaran a un hotel. Días más tarde se alojó en el hotel más grande de la ciudad. Allí también estaban también la mayoría de periodistas. Por esos días la OTAN intensificó los bombardeos en Yugoslavia para vencer a las fuerzas militares de aquel país.

La situación era caótica, los muertos estaban regados en las calles, los tanques reemplazaron a los automóviles y el miedo desplazó el menor atisbo de esperanza. “Salía a hacer reportajes todos los días, me movía por las carreteras, me iba a los front lines donde los tanques disparaban, a los lugares donde mataban a los kosovares, allí íbamos. Yo estuve dentro del conflicto, nadie me lo contaba”.

 

¡Press, press!

Era una noche con explosiones por toda la ciudad, con muertos en las calles y sin un segundo de tranquilidad. Mariana se encontraba en el hotel, hacía transmisiones en directo de los bombardeos cuando de pronto entraron los militares serbios, la amenazaron, le colocaron con una metralleta frente a los ojos y la acusaron de ser espía de la OTAN por ser de la CNN. “Hicieron lo mismo con mis compañeros, tenían toda la intención de matarnos. Yo tuve que rogar por mi vida como nunca lo había hecho, fue un momento de desesperación, pensaba solo en mí, no quería morir. Gritaba: “Press, Press, we are press”, con la esperanza de que nos dejaran libres”.

 

“Desde Etiopía y Eritrea enviaba información a Reuters y a CNN, y ahí vivió en carne propia lo que es la indiferencia del mundo en relación a África. A nadie le importa realmente lo que suceda ahí”.

 

Todo el equipo de CNN fue encerrado tres días en una habitación. Por las noches abrían la puerta a patadas, los apuntaban, les quitaban los equipos y los insultaban. También destruyeron la camioneta en la que se desplazaban. El conflicto estaba en su punto más alto cuando llegó la orden de Milosevic, el presidente yugoslavo: los periodistas extranjeros debían ser expulsados. Les ofrecieron ir a Belgrado o a los campos de refugiados kosovares en Macedonia. “Mis compañeros y yo preferimos irnos a Macedonia. Más que las historias de los políticos y militares, nos importaba lo que acontecía con los refugiados, con los ancianos, los niños y las madres que abandonaban sus casas y dejaban todo para huir”, recuerda Mariana, quien todavía puede ver en su mente la ciudad de Pristina destruida y desolada al momento de partir a Macedonia.

 

En el fin del mundo

La frontera de Macedonia con Kosovo no era un lugar para vacacionar. De día, en los campos de refugiados, el cielo era surcado por aviones que se disponían a bombardear objetivos. Miles de kosovares cruzaban la frontera en carretas, tractores o a pie, todos trataban de salvar sus vidas. Muchas kosovares se refugiaron en Albania. Mariana los siguió. La situación era penosa. “Albania era el fin del mundo, no habían nada más que puros bunkers. El crimen organizado en dicho país era tan grande que una vivía atemorizada todo el tiempo. Estuvimos ahí hasta que el acceso a Kosovo fue reestablecido”.

El 10 de junio de 1999 la OTAN cesó los bombardeos, las tropas yugoslavas se replegaron y desocuparon Kosovo. Los periodistas extranjeros regresaron. Mariana volvió a Pristina. Fue un momento único, inolvidable: la ciudad estaba en escombros, pero los habitantes recibían con flores la llegada de los tanques alemanes de la OTAN que marcaban el término del conflicto.

“La gente empezó a regresar a casa, querían recuperar lo que perdieron, querían reconstruir sus vidas. Hubo muchos saqueos, percibí mucho rencor contra los kosovares serbios que se quedaron ahí, muchos de ellos tuvieron que huir”, recuerda Mariana, quien luego de esa experiencia volvió a Nueva York para establecerse ahí por un tiempo.

 

Del desierto hasta el Timor

Mariana siguió viajando. Pronto llegó a Etiopía, uno de los países más pobres del mundo. No la atraía la cobertura de una guerra, sino la hambruna que mataba a miles de sus habitantes. Era freelance y su llegada coincidió con la guerra entre Etiopía y Eritrea. Enviaba información a Reuters y a CNN, y ahí vivió en carne propia lo que es la indiferencia del mundo en relación a África. A nadie le importa realmente lo que suceda ahí.

“Fue una experiencia dura, tuve que dormir en el burdel de una ciudad llamada Gode, en la mitad del desierto. El mayor problema era que no había agua y una galonera pequeña era todo lo que tenía para una semana. Esa experiencia te enseña a valorar el agua como un recurso vital. Las mujeres caminaban hasta 15 kilómetros para recoger un poco agua. Nunca la olvidaré esa experiencia”.

El siguiente destino de su carrera de corresponsal de guerra fue Afganistán. Esta vez Mariana llegó como reportera de CNN tres días después del atentado contra las Torres Gemelas, en setiembre de 2001. Se instaló primero en Pakistán e hizo reportajes desde la frontera. Poco después pudo ingresar a Kabul, la capital. “Estuvimos cuatro meses en la casa de la CNN en Kabul. Hicimos muchos reportajes y tuvimos acceso a zonas de conflicto. En Kabul teníamos un cocinero y muchas comodidades; pero vivíamos en peligro constante, era aterrador. En nuestra primera noche, cuando entramos a la ciudad en un convoy, casi somos objeto de un ataque armado de las tropas norteamericanas. Un reportero de The New York Times, que viajaba con nosotros, tuvo que llamar al Pentágono para darles nuestras coordenadas y advertirles que éramos periodistas. En un conflicto nunca estás bien, estás en peligro en las calles, en el hotel, estás en peligro por ser periodista, por ser extranjero, por ser mujer”, afirma Mariana, quien volvió cuatro veces a Afganistán para cubrir la guerra que desangra a ese país desde hace catorce años.

 

“En Kosovo aprendió a cubrir una guerra, aprendió a moverse en una zona convulsionada, a interpretar el accionar de las tropas y de los guerrilleros, a proteger a sus fuentes de represalias”.

 

Chechenia fue otro escenario de guerra visitado por la reportera. Estuvo poco tiempo, pero fue uno de los lugares más peligrosos que pisó. Grozni, la capital, había sido destruida por las tropas rusas. A diario se registraban decenas de secuestros y en los edificios enormes agujeros provocados por los bombardeos. “La gente vivía con un miedo abrumador, nadie quería salir a las calles. Muchos bajaban baldes desde los pisos más altos de los edificios para conseguir agua y así evitar que los maten fuera de sus casas por salir a buscarla”, cuenta Mariana.

Existe un pequeño país llamado Timor Oriental. Pocos saben que vivió un conflicto de casi 30 años con Indonesia, que murieron más de 100 mil personas, el 10% de su población; que el 75% de Timor quedó en ruinas; que miles de mujeres fueron violadas como táctica de guerra y que aproximadamente la mitad de su millón de habitantes debió abandonar sus hogares para salvar sus vidas. “La guerra en Timor generó más interés mediático porque Australia se metió al conflicto. Me quedé ahí cuando había una crisis humanitaria y la violencia seguía durísima. Recuerdo que montamos una carpa en el cuarto de un hotel que estaba casi en cenizas. No había comida para nadie en Timor. La CNN mandó un avión con agua y víveres que nos salvó la vida”.

 

La Pinta, La Niña y La Santa María

Mariana volvió a Nueva York y trabajó un tiempo como editora de The Wall Street Journal. En 2006 fue contratada por Al Jazeera y se convirtió en corresponsal de la cadena qatarí en América Latina. Estuvo en Venezuela en los momentos de mayor crisis política y en Colombia para cubrir la tensa relación entre la guerrilla y el gobierno. México, sacudido por la violencia del narcotráfico, fue también otro destino visitado con frecuencia para reportear desde allí, lo mismo que El Salvador y Honduras.
Ahora Mariana es otra vez freelance, y continúa colaborando con Al Jazeera. Este año estuvo en Bolivia para cubrir unas protestas mineras en Potosí, también en el VRAEM y en Arequipa para cubrir el conflicto minero de Tía María. Mariana no descansa porque es una apasionada de lo que hace y siempre busca contar esa historia que está en lo más oscuro y que necesita ser revelada.

Hay rostros que han quedado grabados para siempre en su memoria. Uno de ellos es el de Drita, aquella mujer generosa que la acogió en Pristina, pero que poco después debió treparse en uno de aquellos trenes que rescataba a los kosovares y los llevaba a los campos de refugiados en Macedonia y Albania. Nunca más volvió a verla, pese a que todos los días, luego de enviar sus despachos desde la frontera, se dedicaba a buscarla por horas, megáfono en mano, y gritando su nombre hasta el cansancio:“¡Drita! ¡Drita!”.

Historias como la de Drita la marcaron para siempre. “Lo que me mueve a hacer periodismo es mi capacidad de indignación frente a los hechos. No he perdido la sensibilidad”, afirma con convicción. Después de escucharla narrar las peripecias de su labor periodística me queda claro que ella resume mejor que nadie lo que es una reportera de batalla.