La última película de Eduardo Mendoza, que narra la captura del cabecilla senderista Abimael Guzmán Reynoso, está llenando las salas donde se exhibe desde hace más de una semana.  ¿Cómo fue el rodaje? ¿Qué dificultades surgieron durante la producción? El cineasta habló del tema durante su reciente presentación en la Segunda Semana Audiovisual de la PUCP.

Siempre hay una razón. “Esta película está hecha con el corazón”, confesó Eduardo Mendoza, el director, en el conversatorio en el que participó días atrás. Recordó que su infancia y adolescencia transcurrieron entre apagones, atentados terroristas, crisis económica y un desasosiego generalizado. Su padre, contó, era un periodista que arriesgaba todo cada vez que salía de casa para trabajar. El terror desatado por Sendero Luminoso y el desbarajuste económico y social que atravesó el Perú a lo largo de los ochenta y noventa dejaron una huella en la vida de Eduardo Mendoza de Echave. Esta película, por eso, tiene algo de catarsis personal dado que reconstruye un hecho que devolvió la esperanza a millones de peruanos.

La investigación previa. Para poner en contexto la historia de un hecho que cambió la historia del Perú, Mendoza tuvo que hacer múltiples indagaciones. En principio, leyó “Sendero. Historia de la guerra milenaria”, de Gustavo Gorriti; “Los rendidos”, de José Carlos Agüero; “Razones de sangre. Aproximaciones a la violencia política y “Profetas del odio”, de Gonzalo Portocarrero. También conversó con algunos de los autores del informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), entrevistó a ocho agentes del GEIN, a dos militantes de Sendero Luminoso y a un integrante del Grupo Colina. Toda esta fase de documentación tenía por finalidad entender a cabalidad lo que ocurrió sin politizar su historia.

El personaje es parte de ti. Como director, Mendoza cuenta que uno de sus propósitos es crear personajes verosímiles, con conflictos en casa, contradicciones y virtudes que no siempre son reconocidas. Su propia experiencia de vida lo ayuda a delinear la caracterización de estos personajes. Por ejemplo, Zambrano, el protagonista, es un miembro del GEIN, pero también es padre de un niño que está a punto de abandonar un país que se cae a pedazos. Esa era una situación normal en las últimas dos décadas del siglo XX. Mucha gente huía, escapaba del Perú.

El guión tantas veces corregido. La historia de la captura de Guzmán que vemos en la pantalla responde a la décima y definitiva versión del guion. No es mucho lo que queda de las primeras versiones. Mendoza debió borrar diálogos y escenas, reescribir, imaginar e inventar una y otra vez. Ese volver a empezar implicó cambios sustanciales e incluso la eliminación de algunas escenas que en un principio consideraba importantes.

Póster oficial de la película La Hora Final

Hacer de tripas, corazón. Buscar financiamiento para hacer una película no es precisamente una tarea grata en el Perú. Eduardo Mendoza tocó muchas puertas, pero muy pocas se abrieron. RPP y América aceptaron… auspiciarla. Por eso, cuando ganó el concurso de proyectos de largometraje convocado por la Dirección del Audiovisual, la Fonografía y los Nuevos Medios (DAFO) del Ministerio de Cultura supo que aunque lo obtenido no era suficiente (aproximadamente 570 000 soles), haría la película a como dé lugar.

Con las horas contadas. El financiamiento de la DAFO solo le duró para cuatro semanas y media de trabajo, con jornadas de 16 horas. Al final, Mendoza no sabía cómo pagar la planilla de actores y personal técnico. Tuvo que endeudarse una vez más con un banco y correr contra el tiempo. Finalmente, rodaron cinco semanas y media.

Un problema de verosimilitud. Rodar películas que están ambientadas veinte años atrás es un problema enorme, pues la ciudad ha cambiado. Hay que cuidar cada detalle, buscar que el espectador se la crea, que asuma que está en la Lima de los noventa. Eso se llama verosimilitud. Mendoza refiere que pidió permiso para cerrar tres calles y grabar con tranquilidad los planos secuencia de sus personajes caminando, sin embargo, más de una vez él y su equipo tuvieron que empezar otra vez debido a la súbita aparición de una camioneta 4×4 o de un bus del Metropolitano. ¡Esos vehículos no existían en los noventa!

Todo está fríamente calculado. Para Mendoza hay cinco pasos indispensables para grabar una película sin tener que repetir las escenas incontables veces. Primero, leer el guión y hablar sobre la historia en aproximadamente cuatro reuniones. Segundo, construir los personajes junto con los actores. Tercero, identificar cuál es el tono de las escenas (serio, dramático, etc.). Cuarto, ensayar la actuación. Cinco, ‘coreografiar’  cada escena, es decir, saber cómo se van a mover los actores o en qué dirección. “Mi productor se quejaba: ¡Pero porqué ensayas tanto!”, recuerda Mendoza.

Foto: Facebook de La Hora Final