Sacerdote jesuita, historiador nacido en Estados Unidos, pero peruano de corazón, Jeffrey Klaiber Lockwood fue profesor de la PUCP durante treinta y ocho años. Otro historiador norteamericano formado en nuestras aulas, rememora lecciones y encuentros con su maestro.

Por Charles Walker*

Tuve la suerte de tener al padre Jeff como profesor en 1980, cuando pasé un año en la Católica gracias a un intercambio universitario. El curso de Historia V se llevaba a cabo en uno de los salones que todavía existen en Humanidades. Jeff era un excelente profesor, estricto en cuanto a llegar a tiempo pero con un buen sentido de humor y un toque muy humano, lo cual era su característica principal. Éramos tres o cuatro norteamericanos en el curso y me acuerdo que nos obligaba a hablarle en castellano. Aprendí mucho pero me traumé con los nombres de personajes importantes del siglo XIX que comenzaban con P. Recuerdo que cuando estudiaba con una amiga, esta se reía cuando me confundía con Prado, Pardo y Palma.

Afortunadamente, conservo varios exámenes y ensayos de ese año y veo que Jeff me dio un 15 en el primer examen (“¿Cuándo? ¡Datos concretos!”) y un 17 en el siguiente (“más desarrollo” pero después un “muy bien”). Hice mi ensayo final sobre la International Petroleum Company y Velasco, un tema que le fascinaba. Sin embargo, ahora que reviso el ensayo no sé cómo aceptó el título que puse: “La IPC, Estados Unidos y Velasco: una relación ambigua”. No veo que fuese muy ambigua. En ese momento no tenía idea que iba a ser historiador, pero sin lugar a dudas el curso de Jeff me estimuló y me ayudó escoger ese camino.

Mantuvimos el contacto y se alegró cuando decidí hacer el doctorado. Nos encontrábamos cada cierto tiempo en el Centro, sin planearlo de antemano. Siempre conversábamos (muy bajito si era en inglés, lo que me parecía chistoso ya que todos sabían que éramos un par de gringos), y muchas veces buscamos un lugar para tomar un té. Siempre preguntaba por mi esposa y, en su momento, por mis hijos. También quería saber cómo iban las investigaciones y me sugería algún archivo o publicación.

Me acuerdo que una vez nos fuimos a tomar té en un sitio nada elegante en el jirón Puno. Hablamos largamente sobre uno de sus temas preferidos, el aprismo popular, y se hizo tarde. Cuando estábamos por pagar la cuenta, entraron dos mujeres que –digámoslo de alguna manera– solían trabajar de noche. Me miraron de reojo para ver si era un potencial cliente, pero al acercarse a la mesa le dijeron a Jeff: “Hola, padre”. Hasta ahora no sé si lo conocían de su congregación, alguna misa o simplemente supieron que era sacerdote. En otra ocasión caminábamos por Camaná y dos personas distintas lo detuvieron para agradecerle por su ayuda con algún problema familiar. Él se sonrojó y dijo que no era nada pero preguntó, con nombres propios, cómo estaban sus parientes. Su generosidad era legendaria.

Jeffrey era modesto, moderado en su forma de ser, y muy humano. Escondía su erudición, pero al hablar de los jesuitas o del Perú moderno, sus conocimientos sobresalían. Pensé que era muy austero en todo hasta que fuimos a comer con él en Chicago, la única vez que nos vimos en Estados Unidos. Su pasión por la pizza de Chicago se notaba ya que comió mucho más que el resto, incluso yo, un conocido glotón. Terminó la pizza y con cara de felicidad admitió: “Esto sí me gusta”. Aquella vez, sin embargo, reveló que extrañaba mucho Lima. Ya no podía estar contento fuera del Perú.

La última vez que nos vimos fue en su oficina en la PUCP. Expresaba su satisfacción por lo que él entendía como la mejora de la universidad, en particular por su acercamiento a un grupo más amplio de la sociedad limeña y peruana y su excelencia académica. Yo estaba de acuerdo. Preguntó por varios alumnos suyos que estudiaban en mi universidad, UC Davis, y otros que se encontraban en Estados Unidos o Europa.

Fue una clásica conversación con Jeff: él preguntaba mucho y hablaba poco, o por lo menos con gran discreción. Con algo de timidez me habló de sus proyectos. Me contaba su satisfacción por los logros de otros y su optimismo (cauto) porque consideraba que el Perú estaba yendo por buen camino. Eso debe haber sido en 2013, un año antes de su muerte prematura y tan lamentada. Cuando entro a la Católica siempre pienso en él y cuando camino en el centro de Lima lo sigo buscando, casi por instinto. Juro que otra vez lo voy a encontrar de casualidad y conversaremos, en castellano o en inglés, bajito. Como tantos otros, lo extraño y le debo mucho.


Charles Walker. Historiador estadounidense. Estudió PUCP en 1979 como alumno de intercambio y desde entonces ha dedicado sus investigaciones al Perú. Autor entre otros del libro La rebelión de Túpac Amaru.

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